jueves, 26 de julio de 2012

Sesenta y dos años de malagueño


Era una tarde calurosísima aquel veintiseis de julio de mil novecientos cincuenta. A bordo de un tren correo que partía de la estación de Córdoba a las once y media de la mañana arribaba a una vetusta, sucia y destartalada estación de Málaga sobre las cinco y media de la tarde, o sea seis horas para el trayecto Córdoba-Málaga en el tren correo Madrid-Málaga. Por tanto hoy se cumplen sesenta y dos años de mi llegada a esta bendita Ciudad. Diez días atrás había salido de la Academia de Úbeda como flamante Guardia Civil. Mi destino a Málaga lo era con caracter forzoso y más bien poca gracia y alegría me produjo tal destino, pero ya curtido en diversas batallas por cuanto a mi situación personal y laboral iba a comenzar a dar un cambio radical a dichas situaciones, por lo que de buen talante venía dispuesto para acomodarme a la nueva situación que iba a comenzar.  Pese a que traía veinticinco años recién cumplidos, atrás dejaba más de diez dedicados a mi trabajo en el campo  y en la mina y lo humilde de mi nuevo empleo como simple Guardia, para mí suponía cuando menos una seguridad en en el empleo del que nunca había disfrutado  como jornalero. Desde mi salida como Guardia Civil, y particularmente, desde que a tempranas horas de aquel lejano 26 de julio salía de mi pueblo con dirección a Málaga, cuantas esperanzas, ensoñaciones y deseos pasaban galopando por mi cerebro. Por cuanto a la seguridad en el modo y forma de agenciarme un sueldo, aunque no muy holgado, sí algo mas ámplio que el que dejaba de percibir en todos mis trabajos anteriores, que como digo lo venía realizando desde hacía mas de diez años y tambien menos penoso de lo que atrás dejaba, mantenía en mí esa esperanza de haber mejorado y expectante a como habría de desevolverme en lo que hasta el momento era un casi misterio para mí. Todo era futuro para mí, esperanzas, deseos, incógnitas, y a su vez un nosequé que parecía decirme no iba a ser peor de lo que abandonaba. Hoy que aquel futuro ya ha pasado, desvelada toda incógnita, y conseguido lo que supuso mi paso por la Guardia Civil, y otro tanto del tiempo servido que ya  jubilado llevo, nunca ni en los más ilusionantes sueños hubiere pensado haber conseguido todo cuanto en mi vida profesional lo fue, y lo que es más importante en la personal y familiar, lo ha sido y lo continúa siendo, por lo que nunca podré mostrar a Dios todo mi agradecimiento de lo conseguido en esas seis largas décadas. Ahora, gozando este presente, agradecido a todo ese pasado, y deseando me sea prorrogado en lo posible este presente hacia el futuro, un regodeo permanente me asiste y del que espero me sea respetado por el tiempo que en este mundo me este todavía reservado a continuar. Un sentido recuerdo para todos esos seres queridísimos que a lo largo de estos sesenta y dos años se fueron de mi lado y ya metido en harina, un abrazo para todos, que muchos son, lo que aun me quedan. ¡Ah!, y como en el título digo, llevo ya sesenta y dos años ejerciendo también de malagueño de lo que tan orgulloso me siento, sin que por ello renuncie a mis raices villaharteñas, y cordobesas. Hasta la próxima entrada.

lunes, 23 de julio de 2012

La familia alrededor de la mesa


Hoy se me viene al recuerdo, qué, como y de qué forma se comía en la casi generalidad de los hogares cuando yo  era niño y no tan niño. Concretamente me voy a referir a los años antes de la guerra civil española, y también a mi pueblo. Así, a grandes rasgos,  los principales elementos que componían la mayor parte de la dieta se basaba en el aceite, el pan, los cereales, las hortalizas, frutas del tiempo y una  parte relativamente importante en los productos de la matanza. Ésta, aunque no se hacía en muchos de los hogares de la localidad, sí se encontraban a la venta en los diferentes comercios durante todo el año. 

La única comida del día en que podía hallarse alguna variedad a lo largo del año, era la de mediodía, que en mi pueblo se llamaba merienda, y que podía tratarse de alguna tortilla de patatas, algún que otro torrezno de vez en vez, un guiso de arroz generalmente con bacalao, que esta clase de pescado entonces era comida de pobres, alguna alternancia según la época del año, por ejemplo en el verano el pisto y creo que poco más. El desayuno generalmente los miembros de la familia, excepto el padre o los varones que estaban en edad de ir a trabajar al campo, era el café con leche que solía migarse con pan  y que se le daba preferencia al mas duro que hubiere en la casa. 

Hasta aquí creo que podría considerarse totalmente normal, pero donde viene la sorpresa para las gentes de hoy, estaba en la cena, que cuando menos en el 95% de las casas del pueblo, se comía la "olla", como se le denominaba al cocido. La olla se componía de los garbanzos, eso sí, de una clase de la que hace muchísimos años yo no los he comido tan buenos, aunque tambien influyera con el apetito que se comía, tocino, tocino añejo para que hiciera buen caldo y cuando era posible un trozo de hueso de jamón, y la carne solía asomar en la olla allá creo que no más de cinco o seis veces al cabo del año, alguna que otra patata y creo que ya está. La costumbre de cenar la "olla", se debía que como quiera que los hombres durante su jornada en el campo solían comer a base de fiambre, con esto cuando menos tomaban una comida caliente cada día y lo más fácil, creo que más económico y de mayor alimento como entonces se decía, no era otra cosa que la olla. La cena como era la única comida  en la que se reunía toda la familia era precisamente en la que se hablaba y comentaba, cuando menos en casa de mis padres todo lo concerniente a lo que a cada uno le había sucedido o hecho durante el día. 

De la olla, primero se sacaba el caldo, se le echaban fideos, arroz o en caso contrario a ese caldo se le echaban unas sopas de pan y después de las sopas, se comían los garbanzos y luego el tocino, alguna vez morcilla o en raras ocasiones la carne, la que solo solía comerse en las grandes solemnidades. Y ahora viene, creo que una cuestión que a la mayoría os va a causar sorpresa. Los niños a partir de los tres o cuatro años comían la misma comida que los mayores, y la sorpresa que decía, es que la comida tanto las sopas, como luego los garbanzos se vertían en un solo plato o fuente como se le llamaba y de ahí del mismo plato comíamos todos, desde el niño de los tres o cuatro años hasta el padre,  la madre y el abuelo o abuela si estaba en la casa. Quizá esta forma de comer todos en el mismo plato, hacía que nadie podía descuidarse en el comer si no quería quedarse a medio ayunar y cuando menos entre mis cuatro hermanos y yo, nunca nadie dijo que aquella u otra comida no le gustaba y si así hubiera sido tendría que haberse ido a la cama sin cenar, porque si tengo la certeza de que mi madre jamás le hubiera preparado otra cosa.   Entonces en las casas tanto el mobiliario como los útiles de cocina y demás enseres, estaban limitados a lo imprescindible y en casa de mis padres si como ahora se hace hubieramos querido comer cada uno en un plato distinto, hubiéramos tenido que salir a la calle, o mejor dicho a otra casa. a pedir platos prestados, porque los siete platos pequeños que se hubieren precisado para poderlo hacer los cinco hermanos y mis padres, no los había en la casa. Niños con tres, cuatro o cinco años, los mayores e incluso los ancianos, después de darse un buen lote de sopa, despues garbanzos y después tocino que se repartía proporcionalmente a cada uno en su lado de la fuente a la que correspondía, nádie decía que no lo quería y se le metía entre pecho y espalda. Los más pequeños inmediatamente despues de la cena se íban a la cama y no recuerdo que núnca ninguno de mis hermanos, ni por supuesto yo, tuiviéramos una mala digestión con todo el condumio que de la "olla", nos había servido para la cena. Como citaba anteriormente, la "olla" componían cuando menos trescientas sesenta cenas al año en mi casa y así estoy seguro se hacía extensivo la inmensa mayoría de las gentes de Villaharta. En una próxima entrada trataré de los enseres, mobiliario y útiles de cocina que se tenían en los hogares de los jornaleros y tambien algunas de las conservas que en cada hogar se hacían.   

Hasta la próxima.                                    

martes, 17 de julio de 2012

Cuarenta años y parece que no son nada


En estos momerntos en que comienzo esta nueva entrada en el blog, son las cinco en punto de la tarde. En estos instantes, pero de hace cuarenta años, recuerdo me encontraba despidiéndome de mi mujer, que en el Hospital Provincial Carlos Haya de Málaga, se encontraba acompañando a su padre que se hallaba hospitalizado desde hacía algunos días y que precisamente 6 días después fallecía. Y digo me despedía de mi mujer, porque al mismo tiempo le decía que me iba a vigilar el servicio de una pareja compuesta por un Cabo y un Guardia, de los que tenía a mis órdenes en el servicio de Información y luego después me marcharía para el Cuartel de los Ángeles. Así lo hice. 

La pareja de servicio aludida, tenía la misión de vigilar un coche Seat 124, con matrícula falsa, que había sido robado y que estaba siendo utilizando por el Lute y que unos días antes había sido herido por el Cabo Comandante de Puesto de Cártama, cuando el mismo estaba distrayendo al encargado de una sucursal de la entonces Caja de Ahorros de Ronda, sita en la barriada de la Estación del mencionado pueblo de Cártama, posiblemente estudiando la forma de entrada para robar en la misma, alguna noche posterior.  Al mencionado vehículo le habíamos pinchado dos ruedas la noche anterior a fin de que no pudieran ponerlo en marcha cuando fueran a utilizarlo. Como quiera que todas las informaciones que teniamos sobre el mismo y sus hermanos  las salidas para la comisión de sus hechos delictivos las realizaban siempre cuando menos cuando ya comenzaba a oscurecer, regresando de las mismas antes de la amanecida, ese servicio lo era principalmente con el fín de poder dedectar si alguién solía aproximarse por el vehículo y luego tratar de localizar su domicilio, sigilo que había que tomar dado la cantidad de medidas de seguridad que siempre empleaban antes de tomar los vehículos que uitilizaban en sus desplazamientos, siempre robados y provistos de matrículas falsas. Tras la preceptiva "sin novedad en el servicio" que me fue dada por el Cabo Jefe de la pareja, como tenía previsto me marché para el Cuartel, no sin antes también me había visto con el Guardia, dado a que cada uno ejercia su vigilancia no juntos, pero sin perderse de vista el uno del otro a fin de poder prestarse el correspondiente auxilio en caso necesario. El enfrentamiento tuvo lugar a dicha hora, debido a que el Lolo iba a tirar al campo unos vendajes llenos de sangre que habían utilizado en la cura de su hermano, que como se dice fue herido días antes.

Transcurridos unos veinte minutos en que tardé en llegar al Cuartel, ya se había recibido una llamada de la pareja en la que se comunicaba habían tenido un enfrentamiento con uno de los hermanos del Lute al que sin duda lo habían herido, dado a que se había dejado un pequeño rastro de sangre pero que había desaparecido por entre los cañaverales de un arroyo próximo al lugar de los hechos y donde también se perdía el reguero de sangre que hasta allí llegaba. Con el resto de personal que en aquel momento tenia disponible y dada la  novedad al Teniente Coronel primer Jefe de la Comandancia me trasladé hasta el lugar, y que precisamente estaba en una barriada no mas de ciento cincuenta o doscientos metros de distancia del Hospital Carlos Haya.


Tras tres dias de incensantes gestiones, descubrimos cuatro domicilios, que con nombre falso habían sido adquiridos por El Lute, y en uno de los cuales se encontraban, una hermana y el hermano pequeño del Lute, la madrastra del mismo, la mujer y dos hijos de otro de los hermanos, precisamente el que había sido herido en el enfrentamiento a que se hace mención anteriormente y dos hijos del propio Lute y que mas de un año antes se los había quitado a la madre de los mismos cuando residían en las proximidades de Madrid. El Lute, y sus hermanos el Lolo, los dos heridos, y el Toto, no fueron hallados en ninguno de los domicilios encontrados.

Como quiera que de estos hechos ya en otras ocasiones he dado buena cuenta en este blog, y por no hacerlo mas pesado, diré que la final fué la entrega a la madre de los dos hijos del mencionado Lute y que en aquellos momentos residia en Valencia y la que previo aviso llegó hasta Málaga, por vía aérea, regresando por la misma vía tras hacerse cargo de los mismos en el Tribunal Tutelar de Menores donde habían sido entregados y para cuyos actos los realicé yo personalmente y utilizando un Renault 4-L de mi propiedad, con el fin de pasar totalmente desapercibidos tanto por la prensa como por las gentes de Málaga y que hubieren entorpecido todo el desarrollo de los actos, que lo fueron con toda normalidad.

Con todos los actos que han quedado relatados, estuve siete días sin ir a dormir a mi casa, o sea a esta desde donde hoy escribo. Este tiempo empleado en un servicio no se practica hoy, menos mal.

En esta fecha se cumplen hoy también diez años del fallecimiento de mi cuñado Dionisio, o "Doni", como se le llamaba, al que hoy con esta breve referencia quiero recordar con cariño.

Hasta la próxima entrada.
                                                   

miércoles, 11 de julio de 2012

Otra vez San Benito


Una de las fechas del calendario de la que nunca se me pasará de recordar mientras Dios quiera que mi cerebro asi lo pueda, es precisamente esta del once de julio. El origen de ello viene desde nada menos que hace hoy OCHENTA Y UN AÑOS, que para la vida de una persona no es precisamente decir que fue el día de ayer. Como resulta que también en mas de una ocasión he referido en este blog esa  circunstancia y manteniendo la teoría de que la casa no se empieza por el tejado, comenzaré citando que en la localidad de Obejo,  limítrofe con mi pueblo, se celebraba y aún se continúa celebrando, la festividad en honor de San Benito, patrón del mencionado pueblo. Ello se lleva a cabo en una ermita que a no mas de mil o mil quinietos metros de Obejo y sita en un paraje de encinas y a donde acuden principalmente penitentes tanto del propio pueblo como de los limítrofes a cumplir la "manda" que en su día hicieron, y que allí fui llevado por mi padre y dar forma a lo que por mi madre se había hecho en ocasión de unas contrariedades  que en mi estado de salud había sufrido el año anterior. Pero creo que como preámbulo me he excedido un tanto y como reza el dicho, vamos al grano.

De aquel lejanísimo día que como puede deducirse era el despuntar del alba en mi caminar por este mundo, guardo en mi recuerdo unos cuantos detalles puntuales, tal se hubieren sucedido en no mas allá de hace una hora y que comenzaré a relatarlos por el orden en el que a lo largo del día  fueron acaeciendo. No haría mucho rato en que el sol comenzaba a calentar aquellos encinares, cuando mi padre amarraba el cabestro o ronzal de la jáquima de la burra con la que nos trasladamos hasta allí, al tronco de uno de dichos árboles y en el que ya había otros de la especie, asnal, mular o caballar en iguales circunstancias y lo que si puedo jurar es que ningún vehículo automóvil se hallaba aparcado con seguridad en muchos kilómetros a la redonda. No mucho rato después sacaban en procesión por las inmediaciones de la ermita a San Benito y de lo que mas me impactó fue que prendidos por diversas partes de la vestimenta del santo llevaba bastantes billetes y aunque entonces yo no podía deducir cuales serían el valor de  los mismos, si sé que eran de diferentes tamaños, lo que hoy al recordarlo debían corresponder igualmente a valor distinto. Asimismo colgaban también figuras de algún que otro animal, y diversas partes  del cuerpo humano, sin duda de promesas hechas en relación a cuanto dichas figuras representaban. Finalizada la procesión y por un número de unos veinte o veinticinco hombres provistos de unas simuladas espadas de madera, dio comienzo la representación de una danza y en la que al final terminaban con uno de los danzantes  con las simuladas espadas de todos los demás cruzadas sobre  cuello y de lo que me recuerdo que mi padre me adelantó antes de llegar ese momento diciéndome "ahora van a simular que ahorcan al maestro de la danza". Hasta aquí, mis erecuerdos por cuanto a la procesión  se refiere.

Finalizada la misma y tomando las riendas de la burra que había de volvernos hasta mi pueblo, y también a una distancia creo podía ser de un par de kilómetros a la salida de Obejo dirección Villaharta, existía y hasta hace unos tres años, seguía allí, un pilar de donde por un caño salía un agua tan fresca y buena, que mi padre vaciando de la calentona que ya estaba la que contenía una botija que llevábamos, ambos estuvimos saciando un tanto la sed que por el excesivo calor que hacía tenía mas que resecas nuestras gargantas. También nuestro medio de transporte estuvo buen rato bebiendo del pilón y que sin duda no menos necesitada de ello estaba que nosotros. De aquello,  me produjo un gran impacto un buen número de pececillos de colores que que hábiles nadaban en el pilón, y digo me produjo gran impacto, debido a que yo nunca había visto que recordara hasta entonces aquello que tan maravilloso me parecía, y de lo que en mi cabecita comenzó a fraguarse una idea que al poco rato despues de almorzar que hicimos a un no mas de cien metros carretera abajo del pilar y bajo la sombra de una encina, una vez que mi padre se dispuso a echar una pequeña siesta, sirviéndole de cama el aparejo de la burra, yo y utilizando como medio un sombrerito de paja que llevaba puesto, y recuerdo que con una pequeña cinta de lana de color rojo y en cuyos finales simulaban dos madroños, cincundaban el casquete del sombrero, me dispuse a ejercer un intento de pesca de algunos de los pececillos que apaciblemente nadaban en las aguas fresquitas que desde la sierra próxima bajaban. No recuerdo el tiempo que llevaba practicando la infructuosa pesca, cuando mi padre despertando de su corta siesta, se llevó el desagradable susto al notar de que yo no estaba junto a él, aunque tan pronto dirigió su vista para los alrededores fuí divisado y lo que no recuerdo es que fuera siquiera reprendido por semejante hecho. Sí fue una gran decepción la sufrida por mí, cuando ni utilizando el sombrero ni alguna que otra vez intentaba hacerlo  a mano, consiguiera  dar captura a uno siquiera de aquellos maravillosos pececillos. Reanudada nuestra marcha hacia mi pueblo, sé que    tomamos un camino distinto al que para la ida habíamos llevado y todo con la intención de pasar por unas hazas de olivos que no muy lejos de allí tenía mi abuela paterna y de donde, de unos perales que también había junto a un recodo de la carretera, mi padre estuvo cogiendo, ayudándole yo en lo que pude, una buena cantidad de peras que me recuerdo casi llenamos un costal, que sin duda mi padre había echado con dicho propósito. De tan solo una jornada y a la temprana edad de los seis años que contaba, guardo como citaba al principio, de todo ese número de hechos y que desde entonces   han ido. y sin duda alguna, seguirán yendo, formando parte de todo ese cúmuilo de recuerdos que a lo largo de mi ya larga vida me fueron sucediendo, y que los cuales son personales e instransferibles y solo desapareceran cuando yo lo haga y ya nadíe más volverá a rememorarlos. 

Perdonar si me he excedido un tanto en el relato, del que seguramente a mí me han hecho, y en este día así ha sido a lo largo de mi vida, tanta ilusión traerlos al recuerdo y que mirando hacia ese lejano pasado, me da la sensación de que ya nádie, a excepción de mí y a través del recuerdo sea capaz de llegar hasta ello. 

Despues de aquella mi primera visita a Obejo por San Benito, fueron varias más las que hice con el paso del tiempo y de la que en compañía de dos amigos hice en el año 1941, muestro una fotografía que espero que mi editor coloque con su maestría para tal misión, en su lugar correspopndiente, señalando que yo soy el que figura el último, y mis otros dos acompañantes, uno ya hace muchos años que falleció, y el otro no menos de doce o catorce.

Hasta la próxima entrada.

lunes, 9 de julio de 2012

Volver



El título de esta mi tardía entrada no corresponde a un célebre tango del inolvidable Carlos Gardel, sino a que yo mismo quiero darme la bienvenida, o para mejor decir, por el retorno a este mi humilde blog, del que un molesto resfriado de verano me ha tenido apartado varios días, en los que con el paso de los años, cualquier circunstancia adversa y de la que en otros tiempos se remontaba sin dificultad alguna, ahora cuesta trabajo remontar con ese ánimo que para toda cuestión se precisa, incluso hasta lo que pueda parecer no se exija tanto, como es el escribir. Pero como digo, me felicito por este "volver", que sin duda alguna a quien mas alegría de todos puede dar, no es a otro que a mí mismo, señal inequívoca del que sigo por estos lares y con no menos entusiasmo que el que dejaba en mi última entrada. Así, y dejando sentado que al igual que sucede con los seres queridos y todo cuanto en estima se tiene en la vida, la salud no sabemos valorarla hasta que la tenemos perdida, o cuando menos menguada, aún remontando, no con mucho sacrificio esta convalecencia, quiero que se tenga en cuenta mi alegría devolver a este  mi emplazamiento desde hace algunos años. Hasta la próxima entrada que será casi con toda seguridad pasado mañana.

sábado, 30 de junio de 2012

Jugando al trompo


Hoy como es sábado, final del mes de junio y por supuesto ya metidos en el verano, vamos a jugar al trompo. Uno de los juegos en que solíamos emplear más tiempo durante el verano los niños de mi época y de mi pueblo, era en jugar a las bolas y al trompo. Ya en una anterior entrada en este blog traté sobre las bolas, por tanto, como figura en el título de esta entrada, le ha tocado al trompo y de ello vamos a hablar.

En otros pueblos de España a los trompos se les denominaba y por supuesto se les seguirá denominando "peonzas", pero para los niños de Villaharta resultaba eso demasiado cursi y siempre los llamamos, y también asimismo se les continuará llamando trompos. Había una clase especial de trompos con una especie de sombrerillo y un pivote que salíoa del mismo en su parte central superior, que no sé porqué, a mí en aquellas fechas, y también hoy, me siguen pareciendo que aquella clase de trompos eran un tanto afeminados y creo que por ello, yo, y aunque nada tenga contra los homosexuales, faltaba más, nunca tuve ninguno de esa clase, y si por haber ganado a otro niño un trompo me pagaba con uno de esos, casi me tiraba a perder en la jugada siguiente, para pagar con el mismo y así me deshacía de él. La clase más normal de los trompos creo que valían diez céntimos, y también como cuando se terminaba la temporada de esa clase de juego, guardabas los que tenía para la tremporada siguiente, cada niño solíamos tener más de cinco trompos, que como en las bolas y mas razón todavía para ello, llevamos guardados en su bolsita correspondiente. La cuerda que se utiliza para poder "echar" el trompo, que nosotros llamábamos "zumbel", no se porqué, generalmente solíamos hacerlo nosotros mismos empleando hilo de algodón.


Como en el juego de las bolas había que jugar en los lugares terrizos, dado a que en los empedrados de las calles, no era posible hacerlo, especialmente porque  se metían al lanzarlos entre la separación de dos piedras y así no había forma de hacerlos bailar. En las dos modalidades que soliamos emplear en el juego, sew tenía que hacer un redondel en el suelo de mayor o menor diámetro, según acuerdo o según salía al realizarlo, haciendo una raya sobre la tierra.


Una de estas modalidades consistía en que cada niño de los que formábamos la partida, colocábamos un trompo dentro del redondel que habíamos señalado y luego con otro lo lanzábamos contra los que había colocados dentro de dicha zona, y si conseguías sacarlo fuera de los límites del redondel, lo dabas por ganado y te quedabas con él.  Así se seguía tirando cada uno por el orden en que por sorteo le había correspondido hasta que dentro del redondel no quedaba ningun trompo, y a repetir la jugada.

La otra forma en que más soliamos jugar también se hacía ese redondel, pero a la contra de la anterior, los trompos los colocábamos a cierta distancia del mismo, bien a quince o veinte metros, tirábamos  con el otro trompo, tenías que cogerlo del suelo y que estuviera bailando en la mano, lo lanzabas contra uno de los que había en el suelo y asi jugada, tras jugada hasta que conseguías meterlo dentro del redondel y con eso lo ganabas y  era tuyo. Si cuando tú habías metido ese dentro del redondel quedaban todavía algunos fuera, te unías a la jugadas alternando en tiradas con los otros niños y siempre procurando darle al mas cercano al redondel, y así había quien ganaba dos o tres trompos en cada sesión y quien no ganaba ni uno, pero en fín ese era el juego.

Había otra modalidad de partida, que era igual a la primera, pero con la diferencia de que en esta, era lo que podríamos decir que se juagaba con muy "mala leche", por que lo esencial era tirar al trompo del otro niño y si tenías suerte de que la "púa" de tu trompo diera sobre una parte un tanto cerca del centro y como quiera que para este juego empleábamos trompos con una púa de acero y muy afilada, solías en muchas ocasiones partir en dos o más pedazos el trompo al que habías lanzado el tuyo, y en tal caso solía causar el jolgorio de  todos los niños, excepto el dueño del trompo partido, que cogía el consiguiente cabreo o contrariedad cuando menos. Para esta clase de jugadas, yo tenía un trompo que el padre de un amigo mío que era herrero, me había colocado una "púa" de acero que muy bién afilada y si acertabas a impactar con el otro, casi seguro que no tenía escapatoria. Como digo aquí se empleaba la mala leche y como nó, ese tanto de crueldad que los niños solíamos llevar dentro. 

Yo nunca llegué a sobresalir en ninguna clase de juegos, pero en el trompo quizá fuere en el que mejor me defendía y que solía salir como se dice, "lo comido por lo servido," o sea que eran similares las veces que perdía a las que ganaba. 

Una vez concluídas la partidas y comenzabamos otra clase de juego, olvidabas todo lo sucedido en cada partida y como si no hubiere pasado nada. Hoy, y recordando mi infancia, creo que los niños de mi época éramos más felices que los de ahora, pese a la gran diferencia, tanto en número como en clase de  los juguietes que teníamos nosotros a los que poseen hoy. no tienen punto de comparación, pero creo que todo se debía a la participación de, en ocasiones, cinco, seis o mas niños, en cada juego, y ese trato tan cercano de los unos a los otrros hacía el sentirnos más gratificados y sentirnos mas acompañados, que hoy en su mayoría solo intervienen el niño y la máquina, que trendrá todos los alicientes que se quieran, pero núnca podrá reemplazar a la compañía de otro niño. Lo que si estoy en lo cierto, es que nosotros, yo cuando menos, nunca me sentía abuirrido, salvo que no encontrara algún niño con quien poder jugar a lo que fuera.

Recuerdo con inmenso cariño aquella época de mi vida y pese a lo lejana que ya queda, no por ello cada vez que trato este tema, cierta ilusión recorre mi cuerpo que me parece volver hasta aquel niño que fui.
Hasta la próxima entrada.

sábado, 23 de junio de 2012

Recordando a mi maestro


Como quiera que nos encontramos al final de un curso escolar, se me ha venido al recuerdo uno de los hechos que mas impacto dejó en mí cuando era niño y es el que voy a relatar a continuación.

Sin que crea equivocarme en el tiempo, voy a remontarme nada menos que al curso escolar 1933-34 y que por supuesto yo cursé en la escuela de mi pueblo. Comenzaré citando algunas de las características del entonces mi maestro Don José Sánchez Galán, aunque su último apellido no tenga nada que ver familiarmente conmigo, así como de lo que era la escuela a la que yo y todos los niños de mi pueblo asistiamos. 

Pues bién, empezando por esto último, diré que por aquellas fechas en Villaharta había dos escuelas solamente, una de niños y otra de niñas. A esa escuela asistiamos, y voy a referirme solamente a la que yo iba, los niños comprendidos entre los seis y catorce años, ambos inclusive, que era la obligatoriedad del entonces régimen escolar, aunque lo de "obligatoriedad", era tan relativo, que cada padre hacía lo que venía en gana con respecto a sus hijos, y así entraban o salían a la escuela cuando lo estimaban pertinente, cesando o volviendo al curso respectivo según las circunstancias, eso sí dentro de las edades antes mencionadas y una vez verificada la inscripción correspondiente. Pese a las edades tan heterogéneas de los alumnos, solo había una sola clase, un solo maestro y el número de alumnos casi siempre solía rebasar los cincuenta. Del local de la escuela asi a grandes rasgos, diré que no había ninguna clase de servicios, la calefacción o aire acondicionado, ni siquiera se tenía noticia de que eso existiera, y el agua para beber estaba contenida en una orza y solo había una especie de jarrillo hecho con una lata de las de leche condensada, y allí bebíamos todos. Pero ahora vamos a lo que hoy me ha llevado a efectuar esta entrada, que ha sido mi maesrtro Don José. Pues bién, diré que casi núnca llegaba a la hora en punto de abrir la escuela y que cuando menos cinco o diez minutos llegaba tarde, pero todo lo que de impuntual tenía para abrir la escuela, la tenía para la salida, y que en no pocas ocasiones rebasaba la media hora para la salida. La autoridad del maestro sobre todo el alumnado era ejercida sin que la misma fuera relajada en ningún momento. Tenía dos maneras particulares de castigar al alumno, según la falta cometida, y que así vista desde la perspectiva de setenta y ocho años atrás os parecerá a los que tengais la osadía de leer esta entrada, que el señor maestro era casi lo que pudiéramos llamar un monstruo. Pues la primera de esa manera de castigo, era que tenía a la mano una varita de la sierpe de un olivo que como era bastante flexible te daba un toquecito con ella en la cabeza, que no te producía herida alguna, pero que si notabas bastante bién el contacto de la vara con la cabeza. El segundo de los castigos, consistía en que el alumno o alumnos infractores, por lo regular reincidentes durante la misma jornada escolar, y solo cuando era en las clases matinales, los dejaba encerrados en la escuela, una de las ventanas quedaba abierta y a través de la misma las madres de los "encerrados" le pasaban la comida. Recuerdo que uno de los alumnos un tanto revoltoso y rebelde, llamado Alfonso, era el hijo del veterinario del pueblo y raro el día que no recibía alguno de los castigos de Don José. 

Pues bién, como cito al principio de esta entrada, al terminar el curso 1933-34 y como quiera que cuando menos dos de los hijos del maestro estaban ya en edad de estudiar bachillerato o inicio de alguna carrera, Don José Sánchez Galán, solicitó su pase a escuela de Córdoba Capital, petición que le fue concedida. Creo recordar, aunque esto no pueda aseverarlo, que desde que terminó la carrera hasta su traslado a Córdoba, ejerció su profesión en Villaharta, que era también su pueblo natal, y que en todo el  pueblo era querido, considerado  y respetado tanto en cuanto como persona como profesional de la enseñanza, aunque sus métodos de castigo pueda pareceros hoy quizá bastante exagerados. Y llegó el final del curso 1933-34, última clase que Don José impartía en su pueblo y donde tantos años había sido el "maestro". A primeras horas de la última clase que daba en "su" escuela, como en tantísimas mas ocasiones, castigó con un par de toquecitos  en la cabeza, con su varita del olivo,  al alumno, Alfonso, que diré era un año mayor que yo. Hoy, y pasados 78 años, creo recordar como el maestro se mostraba un tanto inquieto y nervioso. Finalmente llamó a su estrado, la silla del maestro estaba situada encima de una tarima de madera, desde dominaba todo el local de la clase, digo llamó a su estrado al alumno Alfonso,  llorando a lagrima viva y abrazándose a él le pidió perdón por haber tenido que castigarlo el día que finalizaba su etapa de enseñanza en su pueblo. El alumno Alfonso viendo llorar a su maestro, se vino también en un desconsolado llorar y el  total de los alumnos de la escuela que poco necesitábamos para el contagio al pensar que no volveríamos a tener como maestro a este Don José, nos unimos al duelo y asi, sin exagerar permanecimos cerca de media hora, al punto que cuando regresamos a nuestros domicilios llevábamos los ojos enrojecidos por el llanto. Los alumnos despedímos así al que tantos años había sido el maestro del pueblo, pero el resto de la localidad, tampoco fue reducido el número de personas mayores que lloró su marcha. En otra ocasión posiblemente relataré algunas cosas más de la escuela, algunos métodos de enseñanza de Don José, y añadiré, que pese a cuanto podáis pensar de la forma de castigar a los niños, que tenía el maestro, a ninguno de sus alumnos nos quedó secuela alguna de como nos trató mientras fue nuestro maestro, y como a mí me sucede hoy, guardo un cariñoso e imborrable recuerdo de aquel peculiar maestro y que tanto siempre hizo por enseñar a sus alumnos.  

Posiblemente mi editor, coloque al principio de esta entrada, la copia de una fotografía del maestro Don José Sánchez Galán con todos sus alumnos, correspondiente al curso de 1932-33 y yo soy el que está dentro del circulo señalado.

Hasta la próxima entrada.

jueves, 21 de junio de 2012

Jugando a las bolas


Como citaba en unas de mis entradas anteriores, voy a explotar el tema de los juegos con los que pasábamos el tiempo los niños de mi época. Hoy le ha tocado al juego de las bolas, como siempre ise dijo en mi pueblo, que eso de canícas lo oí yo por primera vez creo que cuando estaba en la mili, pero en fín la cosa no tiene mayor trascendencia.

En el juego de las bolas, había un punto de partida que consistía en un pequeño hoyo y que nosotros llamábamos "joche", que posiblemente por su fonética pueda ser una palabra árabe y con la que a lo mejor así se le llamaba a ese pequeño hoyo, no lo sé, pero nosotros así lo llamábamos y punto. En diversos puntos de las calles del pueblo, había un lugar terrizo para los juegos de las bolas y otros, donde pudiera hacerse el "joche".


Se iniciaba la salida, el primero a quien por sorteo le había correspondido, ponía el dedo pulgar en uno de los extremos del borde del joche, media una cuarta y lanzaba la bola al punto que creía conveniente. El que le seguía y utilizando el mismo procedimiento, lanzaba la suya con la intención de tocar la que se había tirado antes, si le daba, tenía que volver a tirar y para que ganara la bola a la que había tocado, tenía que "enjochar", o sea meter la bola en el joche. Había varias formas de tirar la bola y cada uno lo hacía con la que creía que tenía mayor tino. Si el que había tirado el segundo, no conseguía tocar la bola del anterior, la suya quedaba en el lugar donde había caído, tocándole el turno al tercero y así sucesivamente. Así se iba corriendo el turno hasta que no quedaba ninguna bola a la que se podía tirar para darle y ganarla. 

Había cuatro clases de bolas, a saber: las de barro o "arcilla", las de cristal, las de piedra y las de mármol. Las de cristal valían tres de las de barro; las de piedra valían cinco y las de mármol diez. Las de mármol se cambiaban por dos de las de piedra o por cinco de las de cristal. Por diez céntimos te daban en las tiendas, generalmente en la de José Doval, que desde tabaco, toda clase de alimentos y hasta bolas, trompos, etc. etc. etc., se podía comprar de casi todo, y como digo por díez céntimos te daban cinco bolas de barro. Estas se rompían con mucha facilidad, y estaban pintadas de diversos colores. Las de cristal tambien se vendían en la misma tienda, y creo recordar daban tres por los diez céntimos. Las de piedra y las de mármol no recuerdo que se compraran, sino que se conseguían por el procedimientos del cambio por las de barro, de cristal o las de piedra, según la que trataras de conseguir.

Como cuando menos solías tener quince, veinte o mas bolas, la inmensa mayoría de los niños las llevábamos metidas en una pequeña bolsita de tela, que llamábamos "talega" y que era lo único que nuestras madres u otro familiar nos habían hecho.

Para las tiradas se utilizaba la mejor bola que tuvieras, bien la de mármol, la de piedra o la de cristal que siempre alguna de esas se tenía. Si en la jugada te tocaban la bola y a el que te la había tocado conseguía enjochar, te ganaba una bola, pero no con la que habías jugado, si no que se pagaba siempre con una de barro.  ¡Qué cortos se hacían los días jugando a las bolas, y qué contento se regresaba a la casa si la "talega" había aumentado su contenido! Con treinta o cuarenta céntimos, se conseguían bolas para echar la temporada o época de ese juego. En las casas poco dinero había, pero en los juegos de los niños en ninguno de los hogares se iba a la ruina con motivo de la compra de juguetes.


Hasta la próxima, que ya veremos lo que toca.

sábado, 16 de junio de 2012

Aquel 16 de junio para el recuerdo


Jamás mientras Dios me mantenga por estos lares, dejaré de pasar de mi recuerdo el 16 de Junio de 1959, del que por tanto se cumplen hoy 53 años. A bordo del tren expreso Costa del Sol, que partiendo de la estación de Atocha de Madrid a las 22 horas del día anterior, arribaba a la vetusta y desvencijada estación de Málaga, alrededor de las diez horas del mencionado dieciséis de junio de mil novecientos cincuenta y nueve, un flamante Cabo de la Guardia Civil, que había sido promovido a dicho empleo, también el día anterior. En el devenir de la vida de las personas, Dios posiblemente no conceda tantos días de inolvidable recuerdo como el que seguramente deseariamos, pero a lo mejor no lo hace por falta de merecimientos o que por tener que atender a tantísimos seres le falte agenda para ello. En mi ya larga vida, y en que tantos días de dicha he venido gozando, y que por añadidura de vez en vez, me llega otro, sin duda uno de los que mas huella han dejado en mis sentimientos es el que figura en el enunciado de esta entrada. Cuando aquel recién ascendido Cabo de la Guardia Civil portando su equipaje descendía del tren "expreso", se aparecía a su vista, sin duda la estampa mas extraordinaria y deseada que hasta entonces tuvo, y que como resulta que ese Cabo era yo, diremos que "tuve", y esa estampa no era nada más, pero nada menos, que mi mujer y mis dos hijos, éstos de 28 y 14 meses de edad. Mi matrimonio hacía TRES AÑOS que se había celebrado, y ya contaba con dos hijos y mi primer ascenso en la Guardia Civil. Esa dicha que desde hacía tres años venía gozando, tuve la fortuna de que se prolongó, casi treinta ocho años más, en que fué truncada por el fallecimiento de aquella preciosidad de mujer, que con sus dos hijos esperaba la llegada de su marido, que desde hacía mas de dos meses no nos habiamos visto, y además que la última vez que me vió partir lo era como un Guardia y volvía como un flamante Cabo. Aunque este último párrafo lo haya hecho en un tono un tanto humorístico, el caso y la realidad, es que supuso un sensible cambio en cuanto a la remuneración económica, dado a que al mes siguiente me fué concedido el sueldo de Sargento, que segun lo establecido en aquellas fechas, le era concedido a los Cabos con doce o mas años de servicio, contando los del Cuerpo de la Guardia Civil , mas el servido en el Ejército, cuestión que yo precisamente reunía en aquellos días. Aquellas lágrima de emoción y alegría que fueron vertidas por mis ojos, y en no menor cantidad por las de mi mujer, fueron y son, uno de esos momentos en la vida en que el espiritu queda alimentado, solo con ese simple recuerdo, como para dar gracias a Dios de haber pasado por esta vida, y si además se es premiado con otros muchísimos momentos más. como yo lo he sido, no tengo por menos que sentirme como uno de los seres privilegiados que tuvieron la dicha de venir al mundo. Felicísimo recuerdo que escoltado por los otros muchos que me fueron, y me siguen llegando, hacen esa ilusión por continuar en esta vida, no solo no la haya perdido, si no que sigue como una viva llama y de la que pido lo sigo haciendo hasta el fín de mis días. Hasta la próxima entrada.

lunes, 11 de junio de 2012

Jugando a los cartones


Hace unos días y para un trabajo que le había sido encomendado en el Instituto donde estudia una sobrina nieta, me envió un cuestionario de preguntas para la entrevista, que era lo interesado, y entre las varias de que constaba, había dos: la una, cómo jugábamos los niños de mi tiempo, y la otra, qué clase de juguetes empleábamos. Como para responder a estos interrogantes, hube de retrotraerme como mínimo SETENTA Y SEIS años atrás, al traer al recuerdo "aquellos" juguetes, yo mismo llegaba a sorprenderme y de lo que por supuesto mucho más habréis de hacerlo los que tengáis, sesenta, cincuenta, cuarenta o muchísimos menos años de los que yo tengo.

Como quiera que he pensado explotar el filón que este caso me proporciona, por hoy, solo voy a referirme al juego que figura en el enunciado de esta entrada y por ende la clase de juguetes que en ello empleábamos. Y, para ello voy a comenzar por esto último. Resulta que las cajas de cerillas, (quiero señalar que me refiero a las que se vendían durante los años últimos de la década de los veinte y hasta  mediada la de los treinta, del pasado siglo, y de unas proporciones un tanto reducidas, mayores las tapas del anverso y el reverso y mucho menores las laterales, donde en una de ellas estaba la preparada para rascar, los fósforos, como en mi pueblo se les denominaba, para su encendido) los niños antepasados a mi infancia y no se desde cuántos años antes, "descubrieron"  que de allí podían sacarse elementos para jugar y con ello distraer el tiempo. Así a lo largo de todo el año, cada vez que uno veía una caja de cerillas vacía en el suelo la recogía, le quitaba las dos tapas mayores, con ello hacía dos "cartones", y cuando llegaba el verano, época en la que se practicaba este juego, cada uno teníamos, tres, cuatro o cinco "cajetillas.". Y digo también cajetillas, porque algunas de las que se encontraban no se deshacían y sacado el cajoncillo donde habían estado depositadas las cerillas, se iban metiendo los cartones hasta llenarlas, y que en cada una de ellas podían meterse 20 de los mismos. Quizá a los niños de hoy, y también, como no, alguno no tan niños, no comprenderán que cuando se iniciaba la época del juego de los cartones y que llevabas en el bolsillo del babero todos los que al cabo del año habías ido reuniendo, al mostrarle a los amigos el número de las cajetillas que llevabas, al que tenía menos que tú le producía cierta envidia y en tal caso solía quedarse mirando su mercancía y parecía decirse a si mismo, que para el próximo año procuraría ser más activo en su consecución.

El casi único juego que se practicaba con los "cartones", era el llamado "la parva", que consistía en señalar un punto en una pared, a una altura aproximada de un metro, allí colocábamos un cartón y lo dejábamos caer al suelo, que como pesaba muy poco solían caer bastante distanciados uno de otros cartones, y así íban tirando un niño tras otro, según el lugar que en sorteo le había correspondido, y cuando uno de los cartones tocaba, aunque fuera lo mas mínimo a algunos de los ya en el suelo, el que había echado ese cartón, se los llevaba todos los que antes se habían tirado. Puede que a los lectores, o lectoras, de esta entrada en el blog que no vivieron aquella época, también les resulte incomprensible la alegría que al ganador le producía cuando en muchas ocasiones conseguía llevarse, quince, veinte o en ocasiones mayor número de cartones, que cuando solía correr siquiera fuere una pequeña brisa de viento, aventaba cada  cartón a veces bastante lejos de la perpendicular desde donde lo habías dejado caer. Os podrá parecer extraño, pero para la práctica de este singular y simple juego, también empleábamos nuestras tácticas, y es que resultaba que los cartones ya muy usados aumentaban un tanto de volumen, sus bordes se deshilachaban un tanto y tenías unas minúsculas fibras que los hacía un poco mas anchos y así, cuando aunque fuera una de esas minúsculas fibras tocaba a otro, se daba por ganador el último lanzado. Por otra parte, como los nuevos, aunque parezca mentira y al tener menos volumen pesaban un poquitín mas y caian mas verticalmente, cuando la mayor parte de los lanzados con anterioridad estaban mas cerca de esa perpendicular del punto de lanzamiento, entonces se tiraban los nuevos ya que considerábamos, y era cierto, que resultaba mas fácil ganar con uno de los nuevos que con otro de los mas usados.

He de señalar que este juego solo era practicado por niños, ya que las niñas tenían sus juegos especifícos para ellas y jamas una madre permitía que su hija jugara a juego alguno con los niños.
   
Por todo cuanto queda relatado habreís comprendido que los padres, o madres, ni se tenían que gastar dinero alguno en la compra de los juguetes para sus hijos, asi como tampoco preocuparse por agenciárselos, si no que nosotros a lo largo de todo el año estábamos pendientes por ir preparándonos los que para la próxima época íban a ser con los que se jugaría, de lo que en próximas entradas iré detallando  sus complicadas y difíciles estructuras de la inmensa mayoría de los juguetes de mi época de niño. Añadiré que todos los juegos se practicaban en la calle y los niños a partir de los tres o cuatro años, cuando hacía buen tiempo, se pasaban la mayor del parte del día jugando fuera de casa.

Hasta la próxima entrada que daré buena cuenta de otro de los ingeniosos juguetes con los que pasábamos el día los niños de aquellos lejanísimos años, pero si los juguetes tenían poco de ingeniosos, mis coetáneos de la infancia, si poníamos bastante ingenio en la práctica de nuestros juegos.

lunes, 4 de junio de 2012

Una efemérides, para salir del paso


Una pequeña obra en la casa que finalizó el pasado viernes, y la pintura de todo el piso que ha comenzado hoy, me tienen un poco liado y no me queda tiempo para dedicárselo a entrar en el blog como yo deseara. Así, que hoy sin nada mejor, como suele decirse,  que llevarme a la boca, me voy a referir a una efemérides, que aunque en su día supuso un importante hito en el devenir de mi vida profesional, hoy pasados tantos años a casi nadie puede interesarle lo mas mínimo, salvo a mis hijos, y tal vez por extensión a mis nietos, y solo como noticia.

Tal día como hoy, pero de 1958, por tanto se cumplen cincuenta y cuatro años, aprobaba el examen para ascenso a Cabo de la Guardia Civil, celebrado en la Dirección General del Cuerpo, en Madrid. Sobre las siete de la tarde de aquel ya lejano día, desde la capital de España procedía a enviar tres telegramas, uno dirigido a mi mujer, otro a mis padres y otro al Servicio de Información de la Guardia Civil en Málaga, donde a la sazón me encontraba destinado. Lacónico y único texto para los tres destinatarios, en el que solo podía leerse "APROBADO". Volviendo la vista atrás, los destinarios señalados en primero y segundo lugar, hace años abandonaron este mundo y de los aproximados veinte componentes que formábamos el referido Servicio de Información, solo, además de yo, otro nada más me acompaña en esta vida, y con el cual en el día de ayer estuvimos comiendo juntos, reforzado con otra agradable compañía. Y siguiendo con la vista hasta aquel lejano pasado, en cuanto a la forma y modo de viajar, resulta que a las diez de la noche tomaba en Madrid el llamado expreso Costa del Sol, y llegué a Málaga creo sobre las diez y media de la mañana siguiente, o sea más de doce horas en el viaje, que comparando aquel "expreso" con los AVE actuales, veréis como el paso de los años no han sido en balde, y si lo hacemos en cuanto a mi entorno familiar mas próximo, señalo que mi hijo mayor tenía 16 meses, mi segundo hijo 2, y mi hija le faltaban aún unos cuantos años para venir a la vida, aparte de lo señalado anteriormente de los que ya hace años se fueron de mi lado. ¿Y yo? Con cincuenta y cuatro años menos, que sí que se me nota, pero así es la vida, y así debemos y tenemos que aceptarla, pero tampoco puedo dejar de señalar, en que en ese interín, muchos han sido  tambien  los acontecieres felicísimos de los que he gozado y aún sigo haciéndolo.  Hasta la próxima entrada que espero sea algo mas sustacionsa que la presente.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Otro paso adelante

Fuente: www.boe.es


Anoche volví a recrearme leyendo lo publicado en el Boletín Oficial del Estado en el que se hace pública la relación definitiva de los aspirantes que han superado la fase oposición para ingreso en el Cuerpo Técnico de Hacienda, entre los cuales figura con mi nieto, del que ya en varias entradas en este mi blog me he referido.


Ésta ha sido otra de las múltiples noticias que a lo largo de mi existencia fueron, y lo siguen siendo, las que han llenado de dicha y felicidad mi ya larga vida. En esta ocasión, y considerando que es otro paso adelante en el inicio de la vida profesional de mi nieto, no ha tenido por menos que venírseme al recuerdo el momento en que su padre, lo hizo tambien cuando a la edad de 22 años, en 1979, y como Teniente de la Guardia Civil, iba destinado a la localidad navarra de Vera de Bidasoa, y aún en fecha ya mucho mas lejana, el 1º de abril de 1950, en que yo inicie la mía cuando mi ingreso en la Guardia Civil, aunque con empleo mucho más humilde, que lo fue como Guardia 2º. Creo, y lo digo por propia experiencia, que el paso por el oficio o profesión que se tome, dejará a lo largo de la misma la más o menos complacencia, según la estima, o porque no cariño, que en el desempeño de ella se ponga. Cuán diferentes son ahora las situaciones y perspectivas que separan los pensamientos entre mi nieto, su padre y yo. Para el primero, todo serán esperanzas, expectativas, suposiciones y por qué no deseos, de esperar todo el acontecer de que a lo largo de toda una vida profesional que le queda por delante, se desarrolle lo mejor posible. Entre todo el acontecer profesional que le espera, también está el de su vida privada, que sin duda algún tiempo le distraerá su pensamiento de la profesional y en la que yo, tanto en una como en otra, le deseo, lo sea nada más, pero nada menos, de lo que son sus propios merecimientos en una y otra situación. Por, cuanto a su padre, que dentro de dos meses llevará treinta y tres años en el ejercicio de la suya, ya tiene tras de sí un largo etcétera de hechos surgidos tanto en su profesión como en su vida privada, así como también esperanzas y deseos que tanto en una como otra le embargaran y de lo que también pido y deseo, que lo por venir, lo sea en la misma proporción de cuantía y bienestar como lo pasado. Y en cuanto a mí, ¿qué decir? Aquellas esperanzas y ensoñaciones que traía al inicio de mi llegada a Málaga cuando salí de la Academia, ni en las más deseadas de las esperanzas y deseos hubiera llegado siquiera a soñar, de las que me fueron llegando con el paso de los días, los meses y los años, y que para más dicha lo siguen haciendo, tanto en el orden profesional como en el personal y familiar, seguro que cuando menos en lo máximo que hubiere podido merecer, de lo que nunca dejaré de dar gracias a Dios de cuanto me fue concediendo, y como cito anteriormente, aún lo sigue haciendo. Lo que sí siguen menguando son las oportunidades que para contar mis (o para mejor decir, nuestras) batallitas de mi (nuestro) pasado profesional, ya que mis compañeros, principalmente los que ejercieron cuando yo lo hacía, tan escasos vamos quedando, que difícil resultan las oportunidades de reunirnos en número para poder hacerlo, y que con ello a los viejos (o para que nadie se moleste, a los mayores) tanta complacencia nos produce el volver a recuerdos de lo que tantos años ha se sucedieron y con ello parece retrotraernos hasta aquellas fechas en las que se sucedieron  y no faltan las ocasiones en que olvidándonos de la realidad, nos lleva a sentirnos cuando menos con menos achaques y mas aptitudes que hoy nos embargan.


Hasta la próxima entrada en que volveré por mis lejanos recuerdos.

viernes, 25 de mayo de 2012

25 de mayo cuarenta años después


Tal día como hoy pero de 1972, se produjo uno de los principales acontecimientos que jalonaron mi vida profesional como Guardia Civil. Aunque de ello ya he escrito en este blog más de una vez, por hoy me limitaré solo a referir a grandes rasgos el caso de que se trata. No por el hecho en sí, si no por la popularidad del personaje al que voy a referirme, como cito anteriormente, fue uno de los que  marcan un hito en el discurrir de la vida.

Aquel 25 de mayo de 1972, del que si no recuerdo mal se celebraba la festividad religiosa de la Ascensión del Señor, que se decía, era uno de los jueves que relumbran más que el sol, junto a los otros dos que eran el Jueves Santo y el Corpus Christi, o Día del Señor. Dejémonos pues de mas disquisiciones y vamos al grano. 

Ese día un Guardia que estaba conmigo en el Servicio de Información aquí en la Comandancia de Málaga, cuando yo era Sargento, estuvo empujando un coche que se había quedado atascado en el río Campanillas cerca de la Estación de Cártama. Como quiera que el propio conductor del automóvil, como el resto de familiares que le acompañaban le causó cierta sospecha, memorizó la matrícula del coche, y que por cierto dio dos viajes, ya que eran bastantes los familiares que estaban en aquel  lugar, y que por la dirección que tomó al salir, como por el tiempo invertido en el primer viaje. dedujo, y no se equivocó que, se había trasladado hasta esta ciudad de Málaga.

En las primeras horas de la mañana siguiente me comentó el caso y gestiones practicadas seguidamente, nos dieron como  resultado de que la matrícula que ostentaba el vehículo, un Seat 124, al que había ayudado a salir del atasco, era falsa, la cual correspondía a una furgoneta de reparto del Diario Sur de Málaga, y lo que ponía de manifiesta que el referido Seat, era un coche que había sido robado. Continuando las pesquisas y consultando fotografías que como es pertinente teníamos en varios álbumes, llegamos a la conclusión de que el conductor del tan referido vehículo, no era nada menos que Eleuterio Sánchez, conocido popularmente como "El Lute". Los jóvenes de hoy os preguntaréis: "Bueno, pero ¿y qué?", pero aquellos que tengan más de cincuenta años recordarán de que a la sazón era el personaje mas popular y buscado en España. El proceso de esta cuestión terminó dos meses después con la localización de todos sus familiares, principalmente dos hijos del mismo, y que por mí precisamente, le fueron entregados a su propia madre, y cuyo relato sería bastante largo de contar, y que no ha sido esta la causa de mi entrada hoy en el blog, sino la extrañeza de lo rápido que pasa el tiempo.

Y a eso voy. Miro hacía atrás y me pregunto: ¿pero es posible que de aquello hayan pasado CUARENTA AÑOS? Pues sí, así es. ¡Qué lentos pasaban los años cuando yo era niño, adolescente e incluso en la primera juventud, cuando uno pensaba en lo que estaría por llegar y como y cuando llegaría! Si me hubiera sido posible, sin duda hubiera estado empujando al paso de los días y así que los años dejaran de marcar aquella lenta pausa con el que discurrían. Ahora, y desde hace ya bastantes, muchos, años, si ello me fuera posible, me engancharía al Sol, o para mejor decir a la Tierra, y tanto en sus movimientos de rotación como en el de traslación, la estaría sujetando hasta que un día, o sea veinticuatro horas, fuera siquiera el equivalente a lo que hoy se cumple un decenio, y así cada diez años yo, y seguro todos los mayores de sesenta, de setenta y no digamos los mayores de ochenta, como a mí me pasa, estaríamos permanentemente asidos a la tierra para que tomara con calma su caminar. Pero, vanos deseos, hay que resignarse y aceptar el paso del tiempo como siempre ha sido y cuando menos, lo que nos reste que caminar por estos andurriales, yo, y quizá siendo un poco egoísta, me mantenga cuando menos como en la actualidad me hallo que siendo así no me importa el seguir cumpliendo los que por hacer me queden.

Así, un pequeño consejo a los adolescentes y jóvenes, no tengáis deseos que pasen rápidos los años, que cuando menos lo penséis, al volver la vista atrás, os sorprenderá como a mi me pasa y suele oirse con relativa frecuencia eso de "¡Cómo pasan los años!".

Hasta la próxima entrada.

sábado, 19 de mayo de 2012

Una de grillos


Como lo prometido es deuda, aquí me teneis para dar cumplimiento a cuanto me comprometí en mi entrada anterior y no era otra cuestión que la de contar lo que, y como se apuntaba en la misma, sucedió con cinco grillos que en una de aquellos acompañamientos que hacía a mi padre, cogimos en las viñas de Pobillos.

Los que habéis leído mis memorias creo que ahora se os vendrá al recuerdo cuanto voy a relatar, ya que en las mismas le dedique una buena parrafada y para los que no lo hayan hecho, conozcan esa pequeña historia, y por adelantado confieso, que pese a la gran timidez que siempre me acompañó hasta ya bien entrado en años, en aquellos de mi infancia, y creo que al igual que todos los niños de mi entorno, solíamos tener un trato bastante cruel con algunos animales. y principalmente con los grillos.  Sin duda la gran carencia de juguetes, nos hacía a los críos tomar entre otras muchas, estas diversiones como era la caza de grillos.

Sin mas preámbulo, vamos a lo esencial de esta historia.

Unas viñas con gran cantidad de rojas amapolas. El canto de los grillos era ensordecedor. Mi pasión por estos insectos hacían sentir en mí como la mas interesante de las melodías, aquellos grí, grí, grí, que hasta varios cientos de metros de distancia hacían llegar sus cantos. Mi padre, sin duda algo mas condescendiente de la cuenta para conmigo,  estuvo un rato dedicado a la caza de los mismos, y creo recordar que finalmente conseguimos, o para mejor decir, consiguió la captura de cinco ejemplares. Para quienes desconozcan la características de estos animales, les diré, que estan dotados de unas mandíbulas bastante grandes en proporción al total de su cuerpo. Son muy agresivos con sus congéneres machos, con los que suelen enzarzarse en encarnizadas luchas. El que resulta vencedor en la pelea comienza con un vibrante canto, que con la experiencia que yo tenía en haberlos tenido en bastantes ocasiones cada primavera,  podía determinar si el inicio de aquel canto lo era como consecuencia de haber resultado vencedor en alguna de sus contiendas.

Viven solitarios en unas pequeñas galerías  que se fabrican en la tierra utilizando sus patas y con la tierra que extraen suelen formar unas pequeñas explanadas a la entrada de las mismas donde además de verificar sus defecaciones, realizan sus cantos que lo hacen rozando sus alas una con otra y  con el solo fin de atraer a las hembras. Presenciar la lucha entre dos de estos animales es espectacular, ya que el perdedor en raras ocasiones no resulta bastante mutilado con la pérdida de patas, alas y antenas, y  también en muchas de ellas, acaba muerto por su contrincante, que llega a seccionarle parte o toda la cabeza del resto del cuerpo.  El color de las alas de los mismos, suelen ser, por lo menos los que existen por mi pueblo, de dos tonalidades, unas mas oscuras y otras tirando a doradas.

Sigamos. Como cito anteriormente, creo recordar que conseguimos la captura de cinco ejemplares, que como de costumbre metí en una lata que debidamente agujereada para la entrada de aire a fin de que no murieran asfixiados. Durante el trayecto de la caza hasta la llegada a mi casa, que pudiera haber tardado alrededor de una hora, y como quiera que yo llevaba en la mano la lata conteniendo los grillos en dos o tres ocasiones, además de notar cierta algarabía en el interior de la misma, terminaba siempre oyendo el clásico canto de un vencedor. Una vez en mi domicilio y faltándome tiempo para ello, destape la lata que con un trapo tambien agujereado llevaba tapada, y lo que descubrí al destaparla era una estampa dantesca. Dos de los cinco grillos estaban muertos con terribles mutilaciones; otros dos con varias mutilaciones tambien, tales como patas,antenas e incluso alguna de las alas y el otro totalmente ileso y que no cesaba de cantar, incluso cuando lo destapé no le produjo efecto alguno, si no que seguro la euforia que le había producido el resultado de sus luchas lo mantenía sin parar de cantar. Vuelvo a confesar mi crueldad, que pese al expectáculo contemplado me producía cierto placer al saber de que todo ello se debía a la valentía y poderío en la pelea del que estaba ileso, que por añadidura diré que tenía las alas doradas. Añado a esta culpabilidad de que desafiando a algunos amigos mios que también tenían alguno de estos animales, los echaran a pelear con el mío, los cuales, uno resultó tambien muerto y otros vencidos y con alguna que otra mutilación de sus órganos.

Mi campeón no cesaba de cantar ni durante el día ni por la noche, lo que para mí era el máximo deleite, pero si a mí me producía esos efectos, a mi pobre madre la tuvo dos noches sin poder pegar ojo, y si la primera creo la soportó por que me veía a mí encantado, una vez  amanecido tras la segunda noche, tomó la lata con el grillo y saliendo al "corral" como llamábamos a los patios de las casas, echó el grillo a las gallinas que una de ellas y de un potente picotazo lo engulló en un santiamen. Todo el vigor y valentía que tenía para vencer a los de su especie, de nada le valió para evadirse de la gallína. Aquí, como él lo había practicado con sus congéneres, se impuso la razón de la fuerza, que no es lo mejor de las razones. Yo creo recordar que incluso derramé alguna lágrima por mi valiente grillo y no acertaba a comprender la determinación de mi madre. Hoy, de todo esto pienso de forma totalmente distinta a la de entonces. Calculo que han pasado poco  mas o menos OCHENTA AÑOS. Creo son lo suficientes para rectificar.

Hasta la próxima.

martes, 15 de mayo de 2012

Pues sí, aquí estoy de nuevo



Muchos días llevaba ya sin entrar en el blog. Creo que hace diez exactamente. Las causas de que haya tardado tanto en volver a las andadas ni yo mismo lo sé.

Hoy, y retomando la deriva que llevaba en mis anteriores entradas, me voy a permitir poner ante vosotros por medio de este blog, otro de esos recuerdos  que de mi primera infancia recuerdo y si lo comparamos a la forma  en que hoy viven, se divierten y todo el entorno que los rodea, a los niños, sin duda a como lo era entonces el mío, incluso a mí mismo, me parece que yo pasé los primeros años de mi vida en otro mundo.

Como los que hayáis leído mis memorias lo sabeis, y para quienes no lo hayan hecho, lo digo ahora, mi padre entre otros de los trabajos que realizaba, durante los  meses de abril y gran parte del mes de mayo, lo hacía dedicándose a la compra de aceite de oliva por los diversos olivares de, principalmente de los términos municipales de Pozoblanco y Obejo, limítrofes con el mío, Villaharta, y ello para un tío suyo, que además de tener almazara propia, también se dedicaba a la adquisición del mencionado producto y que posteriormente lo llevaba generalmente a Córdoba Capital, u otros puntos de España, si así se lo demandaban. Hasta aquí, os preguntaréis que de particular tiene lo relatado, pero desmenuzando todo el proceso de dicha actividad en aquellos tiempos, y núnca mas apropiado decirlo así, os dareis cuenta que tiene su  motivo para traerlo a colación en este relato. 

Comenzaré por señalar, que el transporte de la mercancía se hacía por arrieros y por medio de los seis, ocho, diez o más burros, como siempre se decía por ellos, que nunca un arriero diría asnos, y que cada uno poseía. En más de una ocasión acompañé a mi padre, que según la cantidad que tenía previsto comprar al día siguiente, iba siempre a algún bar (o taberna como se llamaban entonces dichos establecimientos) donde se entrevistaba con los mencionados arrieros y concertaba el número de animales que se consideraban necesarios para transportar la cantidad a comprar. El envase del producto se hacía en los llamados "pellejos", que estaban hechos con pieles curtidas, en este caso de cabras, y que se utilizaban como odres. El conjunto de estos pellejos, a lo que se llamaba "corambre", mi padre les indicaba donde cada uno debía de recogerlos y teniendo en cuenta que en cada semoviente solían cargar dos pellejos,  y en raras ocasiones, tres, según de que el animal fuera mas o menos resistente. 

Como en bastantes ocasiones, y siempre que aquel día no hubiera escuela, yo acompañaba a mi padre a dicho menester, principalmente para que al regreso y una vez todo organizado, hacíamos alguna parada por algún campo y mi padre me cogía dos, tres o mas grillos, que yo metía en una o dos latas que a tal efecto llevaba preparadas con unos agujeritos abiertos para que los grillos respiraran y no se asfixiaran, y que por cuyos insectos yo tenía verdadera pasión, yo me admiraba de contemplar como los arrieros llevaban sus "burros" sueltos, colocados en recua, o sea caminando uno trás otro, sin que ninguno se apartara de la recua, y al frente de la cual, colocaban al animal que caminaba mas rápido y generalmente era el mas poderoso y al que denominaban "liviano" y solamente con la voz del arriero el animal tomaba uno u otro camino, cuando  por ejemplo se llegaba a algún cruce de los mismos. Para el traslado a sus ocupaciones, mi padre llevaba un caballo tordo, colino, y cuando yo íba me subía delante de mi padre y el me llevaba sujeto con sus manos, aunque recuerdo que solía mantenerme a la grupa del animal con bastante soltura. También a lomos de la caballería mi padre llevaba las alforjas en las que se contenía además de la comida para los dos, unos estuches de madera, con algunos tubos de cristal y unos líquidos, con que realizaba los correspondientes análisis del aceite que se compraba. Asimismo, y en una bolsa llevaba varias "botanas" de distintos diámetros, que erán unos discos de madera con una rebaja por todo su entorno y que se utilizaba para arregla o taponar cualquier agujero que se produjera en alguno de los pellejos por donde comenzaba a salir el líquido. Se me vienen al recuerdo aquellas caravanas de recuas de cuarenta, cincuenta o mas  burros que siguiendo las voces de sus dueños solían conducirlos con gran maestría, hacía el punto de destino. En alguna ocasión presencie la caída de algún animal cuando íba cargado, y como inmediatamente uno o mas compañeros acudían en apoyo del dueño del animal caido, para ponerlo en marcha a la mayor brevedad posible y con ello no perder mucho tiempo para su arribo al punto de destino. De esta ayuda que mutuamente se prestaban unos a otros arrieros, creo debe venir el dicho de "arrieritos 'semos', y en el camino nos en contraremos", que suele o solía emplearse cuando alguíen no se prestaba a acceder a lo que otra persona le solicitaba.

Como podréis observar, a la edad en que hoy los niños juegan con sus consolas y otra clase de artefactos de lo que me admiro de como los manejan y hay pocos en que no tenga su teléfono móvil, con el que también hacen virguerías, yo me lo pasaba fenomealmente acompañando a mi padre, contemplando a los arrieros en su caminar y tambien con la habilidad en que una vez llenos y pesados los pellejos, los envolvían, liaban y caragaban en los burros con una habilidad y diligencia que incluso a mí, siendo todavía un niño me sorprendía de como lo hacían.

En la próxima entrada, si me acuerdo, y por no hacer mas extensa la de hoy, contaré lo que una vez me sucedió con cinco o seis grillos, que en una de de esas jornadas en que yo acompañaba a mi padre, recuerdo cogimos en un campo de viñas denoiminado "Pobillos", o "Povillos", que no se como se escribe ni que significa esa palabreja.

Hasta la próxima que espero no me demore tanto como en la presente.

sábado, 5 de mayo de 2012

Trébedes, soplillo y tenazas

Hoy mientras me preparaba el almuerzo, una tortilla de patatas con una poquita cebolla y unas tajaditas de bacalao frito, se me venían al recuerdo los tres utensilios que fiuguran en el titulo de esta entrada. Quizás lo que esteis viviendo en los pueblos, puede que tengaís alguna noticia sobre los mencionados utensilios, e incluso haya alguno todavía por vuestras casas, y que durante mi infancia y juventud eran de uso cotidiano en la preparación de las viandas y, con toda seguridad, los novios antes de casarse habían de llevarlos en sus respectivos ajuares, pero los residentres en grandes ciudades, seguro que os sonaran a chino al oir pronunciar semejantes nombres.

Trébedes.Comenzaré por decir, que para cerciorarme de que su nombre verdadero es el que consigno y se decía en mi pueblo, había consultado por internet el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, y me ha causado extrañeza de que la respuesta era: "la palabra trébedes no está en el diccionario". Pensando que tal vez, como digo en mi pueblo se le diera ese nombre y que pudiera deberse a cierta degeneración por el uso, consulto mi diccionario que data de una edición de 1962 y sorpresa, exactamente es ese su verdadero nombre y que lo define, entre otras, como "utensilio de cocina formado por un aro de hierro con tres pies, que sirve para poner al fuego sartenes, peroles, etc.".


Realmente las trébedes eran de uso obligado para poder cocinar en las chimeneas con el fuego de la leña, que en mi pueblo se utilizaba la de encina, que es sin lugar a dudas la mejor de todas y la que da a las comidas el mejor sabor y aroma. A la definición que en "mi" diccionario se hace de las trébedes, yo añadiría que la mayoría de ellas, el tercer pie estaba al final de  un mango de una largura de medio metro aproximadamente. que partiendo del  aro hacía atrás. y del mismo salía  hacía arriba otra barra de hierro y  en su parte superior formaba una especie de horquilla, donde descansaba el mango de las sártenes, que era imprecindible, dado a que para poder tomar el mismo tenía que hallarse a cierta distancia de las llamas, evitando con ello se produjeran quemaduras al tratar de quitar o manejar dichas sartenes.  Bueno con lo dicho, los que no teníais idea siquiera de que hubieren existido las trébedes, ya lo sabeis y para lo que se utilizaban.

Soplillo. Se utilizaba para avivar el fuego de la lumbre y los había de dos clases. Uno era una especie de ruedo de palma o esparto, generalmente con un mango y cogido por el mismo se movía con fuerza hacia uno y otro lado y el viento que hacía, avivaba el fuego. El otro era un tubo de setenta u ochenta centímetros de largo, y uno de sus extremos estaba aplastado y se le abría un pequeño orificio. Por el otro extremo se llevaba a la boca y soplando fuertemente, como en el otro extremo había solo un pequeño agujerito salía el aire con fuerza e igualmente servía para lo mismo que el de palma o esparto. Generalmente se utilizaban en caso de tener prisa o cuando la leña entrañaba alguna dificultar para que ardiera.


Tenazas. Creo que debe llamarse tenaza, en singular, pero en mi pueblo las llamábamos en plural, y como yo también soy de mi pueblo, así las llamo. Todos sabéis lo que son o es una tenaza, utensilio formado por dos brazos, que en su parte media se unían mediante un eje. Los extremos delanteros de los brazos estaban un tanto aplanados y los traseros formaban una especie de asas por donde se tomaban con los dedos de una mano, y solían utilizarse para recoger los tizones o trozos de leña que aun ardiendo todavía se juntaban con otros a fin de que el fuego se concentrara en un espacio mas reducido y sirviera para dar mayor calor a las sartenes, peroles, ollas o cualquier otro cacharro que estuviere expuesto al fuego.



Como los tiempos han cambiado tanto desde que yo era niño y también joven, hasta hoy, que no soy ni lo uno ni lo otro, todo ese trajinar que entonces hacía falta para preparar una comida, hoy todo ha queda reducido a que con la yema de un dedo, he pulsado una señal existente en la vitrocerámica y otros dos o tres más para graduar el mayor o menor grado de calor, cosa de tres o cuatro segundos y a cocinar a la velocidad que yo deseaba que se hiciera. ¡Si mis abuelos e incluso mis padres levantaran la cabeza! Quedarían asombrados de lo rápido, límpio y cómodo que resulta una labor que en sus tiempos, y tambien al principio de los míos, se llevaban un buen rato en preparar lo que hoy se hace en cuestión de segundos y prescindiendo de tantos artefactos como tenían que utilizarse entonces. Yo tengo la dicha de poder hacer comparaciones y tener el disfrute de gozar los nuevos inventos.

En próximas entradas iré relatando esas diferencias abismales de lo que va de ayer a hoy. Hasta otra.

martes, 1 de mayo de 2012

Dos efemérides en el Primero de mayo


Como ya lo he referido en alguna otra ocasión, cuando se tienen tantos años, no es extraño que en una misma fecha se cumpla mas de una efemérides, que dada su relativa importancia, se guardan en el recuerdo.

De la primera de ellas y por orden cronológico se cumplen hoy la friolera de SETENTA Y SIETE AÑOS, o sea sucedió el día primero de mayo de 1935, y para mas inri y por tratarse de la Fiesta del Trabajo, el mencionado día y cuando solamente hacía tres días que había cumplido los diez años de edad, yo me incorporaba al mundo laboral como porquero, y ganando la friolera cantidad de UNA PESETA diaria. Por razones de que mi padre había sufrido cuatro meses antes un accidente de trabajo, cuando se dirigía a la compra de aceituna para un tio suyo con el que trabajaba y poseía una fábrica de aceite, o almazara, causada al caer el caballo que montaba,  no dándole tiempo a sacar el pie izquierdo del estribo, se fracturó la tibia y el peroné de la pierna del mismo lado,  y por causas que serían largas de explicar, una casa compuesta por el matrimonio y cinco hijos, yo el mayor, quedaba sin ingreso alguno en el hogar. Con la perspectiva de esos 77 años, parecerá ridiculo que un niño hubiera de tener que abandonar el colegio y ponerse a guardar cerdos, ganando una peseta diaria, pero como diría Séneca, "para nuestras ambiciones, lo mucho es poco, pero para nuestras necesidades, lo poco es mucho". No es que con ello remediara todo el problema de la casa, pero algunas cosillas podían adquirirse con una sola pesetas, sobre todo de artículos de primera necesidad. Seis meses duró mi primer trabajo, comencé el nuevo curso escolar allá por los primeros días del mes de noviembre del mismo año, pero algunos meses despues y como consecuencia de la Guerra Civil Española, entre guardar dos cabras que había en la casa y poco despues como pastor con un rebaño de ovejas perteneciente a los servicios de Intendencia del Ejército de la República, se fueron sucediendo los trasbajos en el campo, y que salvo dos años que estuve como minero, permanecí como jornalero agrícola hasta mi marcha al ejército y luego a la Guardia Civil. De aquel lejanísimo primero de Mayo guardo un nítido recuerdo de que marchaba a mis ocupaciones bastante contento y pese a mi corta edad, me enorgullecía el que pudiera aportar aquella peseta diaria a las estrecheces por la que estaba atravesando toda la familia. Así aquella Fiesta del trabajo fué para mí el inicio de mis asctividades laborales. Extraña circunstancia.

La segunda de las fechas de las que hoy se cumplen años, lo fue precisamente en 1946, y como en la anterior se repiten los número de los años transcurridos, o sea que hace SESENTA Y SEIS AÑOS. Se trata de lo siguiente: hacía poco más de medio mes que había ingresado en el Ejército, Regimiento de Artillería 14 de guarnición en Sevilla, y desde hacía seis o site se me había puesto malo el ojo izquierdo y en el Botiquin del Regimiento me los estaban curando como una conjutivitis, y que luego resultó ser una "úlcera corneal", pero en vista de que la enfermedad iba cada día peor, el Capitán Médico decidió madasrme al Hospital Militar. Sobre las diez de la noche del día 30 de abril, por un Cabo 1º del Regimiento, fuimos trasladados varios Artilleros, a pie por cierto, al Hospital Militar "Queipo de Llano" que relativamente estaba bastante cerca del Regimiento de Artillería que se ubicaba en Pineda. Resulta que en el mencionado centro no había servicio de Oftalmología y por tanto sobre la una de la madrugada el Cabo 1º y yo regresábamos a nuestro Regimiento, pero en el corto camino nos cayó una impresionante tormenta y llegamos al cuartel empapaítos. Como quiera que en mi Batería no había camas para todos, los 19 último que formaban en la Lista de Retreta tenían que ir a dormir al pajar con una manta, y yo hube de pasarla en la batería, en el suelo con una manta y una almohada, que juntamente con un fuerte dolor en el ojo, toda la ropa empapada del agua recibida y la dureza del lecho, pase una de las noches mas dolorosas e interminables de toda mi vida, y lo único malo que me sucedió en los dos años y medio de mili. A la mañana siguiente, y ahora yo solo por mis propios medios, hube de traslasdarme al Hospital Militar de la Macarena, que como su propio nombre indica estaba en la mencionada barriada sevillana. Llegué al referido Hospital sobre las diez de la mañana, seguidamente fui curado por el Comandante oftalmólogo, me asignaron una buena cama con sus limpias sábanas, y hubieron de llamarme para almorzar y terminado el almuerzo, continué durmiendo e igualmente me tuvieron que desperta para la cena. Mi llegada al Hospital de La Macarena, fue como llegar a la Gloria. Unos diez días después pasé de escribiente a la Clínica a las órdenes del referido Comandante y estuve dos meses dándome la gran vida, y hube de marcharme al entrar un nuevo Teniente Coronel Director del Cenrtro y hubimos de marcharnos todos los Soldados, o como yo Artillero, que estábamos desempeñando destinos burocráticos en el centro.

Asi como si no dijéramos nada, de la primera efemérides han pasado setenta y siete años y de la segunda, sesenta y seis, o sea toda una vida, pero yo gracias a Dios aquí sigo para poderlo contar y que vosotros os entéreis de mis vicisitudes. 

Hasta la próxima entrada.