lunes, 25 de febrero de 2008

Otra de efemérides

Hoy, 25 de febrero de 2008, se cumple el 110º aniversario del nacimiento de mi padre. También se cumple el 49º de su fallecimiento. Hoy se celebra asimismo, entre otras, la festividad de San Cesáreo, nombre que llevó mi padre y también mi hermano, recientemente fallecido.

Son muchas las circunstancias que han coincidido en tal fecha, que como dejo señalado, mi padre falleció el mismo día que cumplía 61 años, que a la vez era su onomástica.

Retrotrayéndome hasta aquel 25 de febrero de 1959, en que yo me encontraba en Madrid realizando el Curso de Ascenso a Cabo y recordando el estado físico en que mi padre se hallaba, antes de su óbito, lo recuerdo como una persona de extrema ancianidad, cuando en realidad tenía veintiún años menos que yo tengo actualmente. Las condiciones de vida que se daban durante el tiempo en que él vivió, con la añadidura de varias circunstancias especiales que personalmente le acaecieron, le hicieron, desde bastantes años antes, aparentar mucha mas edad de la que en realidad tenía.

[Aeropuerto de Courchevel]

Por si son pocas las circunstancias que en esta fecha se dieron, también fue la primera vez que yo monté en avión. Así la primera vez que volé en dicho medio fue para asistir al sepelio de Cesáreo Galán, y la última vez que lo he realizado para igual fin y dar sepultura a otro Cesáreo Galán. Aquél era mi padre; éste mi hermano. En lo que si ha existido una diferencia enorme, es en la capacidad de ambos aviones en los que volé, entonces y recientemente. El primero contaba con 17 plazas para los pasajeros, el último, posiblemente alrededor de 300. Pagar el pasaje para el primer vuelo, me supuso un gran sacrificio económico, pero su utilización era la única forma de poder llegar a tiempo para el entierro, y eso que tuve noticia de su muerte sobre las ocho de la mañana y el entierro era a las cinco y media de la tarde. El pago del último pasaje me ha pasado desapercibido. Con todo, tuvo que ir al aeropuerto de Córdoba para recogerme, un amigo de mis hermanos que tenía moto, y a pesar de ello, solo pude estar acompañando el cadáver de mi padre media hora.

Otra vez me repito. Los tiempos cambian.

sábado, 23 de febrero de 2008

Aquellos utensilios

Aparte de mi frustrada ilusión de la infancia por haber tenido un patín, las otras dos preferencias, eran en invierno los zancos y durante la primavera y verano, mi pasión por los grillos. El canto de estos insectos era para mí música celestial.

A tal fin, solía acompañar a mi padre, en invierno por lo menos en una ocasión cuando iba a la compra de aceitunas y como en la inmensa mayoría lo era a olivares a la otra parte del río, lo obligaba a que de los fresnos existentes en sus riberas, me cortara dos ramas de las cuales me sacaba dos zancos.

Otra de las veces que lo acompañaba, eran en primavera para la compra de aceite y al regreso hacia el pueblo echábamos un rato a la caza de grillos, para lo cual yo iba provisto de unas latas con agujeritos para que pudieran respirar.

Pero mi propósito hoy, no es el de relatar la forma en que yo me proveía de zancos y grillos, si no señalar otros datos, si no mas importantes, sí cuando menos mas novedosos. Para ello voy a contar como era uno de aquellos acompañamientos, en este caso cuando mi padre iba a comprar el aceite.

Casi siempre nuestra salida lo era apenas el alba hacía sus primeras apariciones y para nuestro desplazamiento utilizábamos el servicio de un caballo tordo colino. Para el desempeño de su cometido, mi padre portaba una romana con su correspondiente pilón guardada en una funda de cuero y con la cual se procedía al pesado de toda la mercancía. También llevaba una alforja y en una de sus bolsas se alojaba la comida que habíamos de ingerir, que sin temor a errar mucho en su apreciación, era una fiambrera de porcelana color blanco, con algunos desconchones que le hacían aparecer algunos lunares negros, conteniendo una tortilla de patatas, algún torrezno, un trozo de morcilla y un par de naranjas, con su correspondiente pan, pero esto en una bolsa, o talega, aparte. En la otra bolsa de la alforja llevaba un estuche de madera conteniendo varios tubos de ensayo y un par de botes con su correspondiente líquido, con el que procedía al análisis del aceite y determinar su graduación y acidez. En otra bolsa, guardaba algunas botanas de distinto diámetro y unos hilos bastante fuertes para poder adaptar las botanas.

La noche anterior a nuestra salida, mi padre había contratado a varios arrieros que reunieran los burros suficientes para poder transportar la cantidad de aceite que tenía proyectado comprar.

Cada arriero transportaba, generalmente a lomos del burro liviano, la corambre correspondiente, de como mínimo un par de pellejos para cargar en cada semoviente. Siempre, por lo menos todas las veces que yo lo acompañaba, resultaba que algún pellejo presentaba alguna deficiencia que ocasionaba la salida del líquido elemento, por lo cual había que proceder al cambio de la botana defectuosa o en su contra al cambio de pellejo, si el desperfecto no tenía arreglo.

Con respecto a algunos nombres de efectos señalados anteriormente, recuerdo que en mi infancia, no se si en algún libro de lectura en la escuela, o en el catecismo, había unos versos que decían lo siguiente:

Nadie murmure de nadie,
que somos de carne humana,
y no hay pellejo de aceite,
que no tenga una botana.

Seguro que a vosotros os suena a chino la mayoría de las palabras relativas a los efectos y utensilios citados en esta introducción.

martes, 19 de febrero de 2008

Documento de identidad

Antes de un mes tengo que renovarme el permiso de conducir. Tengo permiso de conducir; documento de identidad: tarjeta de jubilado de la Junta de Andalucía; tarjeta de jubilado de la Guardia Civil; tarjeta del Banco y seguro que alguna más.

Mi primer documento de identidad, creo que lo tuve cuando cumplí los 16 años, que era obligatorio a partir de esa edad. Aquel documento consistía en un papel del tamaño de un cuarto de cuartilla aproximadamente. Este papel era editado, como todo, el papel de Pagos al Estado, por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. En el mismo no figuraba nada más que el nombre y apellidos del portador y la clase del mismo. Esta clase dependía de la clasificación, que me supongo se hacía por el propio Ayuntamiento, organismo que lo expedía, y era la posición social a que correspondía el identificado. Con arreglo a esta categoría se pagaba y creo recordar que se renovaba anualmente.

Independientemente de lo anteriormente señalado, creo que lo mas curioso de todo, principalmente para los que incluso hayan superado actualmente los sesenta años, era que los varones mayores de los 30 ó 35 años, no estoy seguro de cuanto, pero sí una de las dos edades señaladas, y estuviera soltero, pagaba recargo de soltería que figuraba en el mencionado Documento de Identidad. ¿Porqué esta discriminación? Porque las mujeres se entendía que de por sí no podían buscar novio y casarse, sino que tenían que estar a expensas de que algún hombre se le acercara, se hicieran novios y después casarse.

Con independencia de este documento y en circunstancias especiales, tales como transitar por algunas zonas en la época del bandolerismo, como se decía por las autoridades, o guerrilleros como ellos mismos se denominaban, se precisaba un salvoconducto que en los pueblos era expedido por el Comandante del Puesto de la Guardia Civil, en el que se especificaba la zona por donde íba a circular y terminaba con el ruego de pedir a las Autoridades no puisieran impedimento alguno en su tránsito. El periodo de validez de este salvoconducto, dependía de la causa o motivo por el cual se expedía, bien fuera por ser residente por aquellos lares o bien por circunstancias laborales u otra causa.

Como veis han cambiado los tiempos



lunes, 18 de febrero de 2008

Dos efemérides

Cuando uno tiene tantos años, raro es el día del año que no corresponda con algún hecho acaecido en tu vida y que tenga alguna relevancia. En este caso son dos y ambos de los verdaderamente importantes. Comencemos por orden cronológico.


Hoy se cumplen cincuenta y dos años que nos tomamos los dichos, como se dice aquí, y que en mi pueblo se decía otorgarse, que me parece está mas cerca de lo correcto. Esto del otorgo o de tomarse los dichos, me parece ha perdido la importancia que antaño dábamos a este acto. Esto era y, me supongo lo seguirá siendo, preceptivo para casarse por la iglesia y había que realizarlo como mínimo tres días festivos antes de la fecha de la boda. Pero...¿porqué tres días festivos antes?

Porque tenían que darse tres amonestaciones que consistía en que el sacerdote después de la homilía de la Misa Mayor, leía a los asistentes que fulanito de tal y tal, soltero, viudo, o cualesquiera fuera su estado civil, hijo de fulanito y sutanita, natural de tal sitio y vecino de tal, desea contraer matrimonio en tal fecha, con la señorita tal y daba los mismos datos que los del novio. Cuando terminaba esta exposición, decía que si alguien conocía algun motivo, que fuera impedimento para poder celebrarse este matrimonio, debía comunicarlo en aquella Parroquia. Estas amonestaciones se decían al mismo tiempo en las residencias de ambos contrayentes y tambien en los de su naturaleza, siempre que se hubiere residido en la misma en que comprendiera edades superiores a la niñes o adolescencia. Asi en nuestro caso, se dijeron en Málaga, Iglesia de San Pedro y en la iglesia de mi pueblo.

Este acto era principalmente íntimo dentro de la familia de los contrayentes y si se celebraba algo, era tomarse alguna cerveza con alguna tapa o algún cafe o chocolate acompañado de algún pastel. Quizá quien tenía posibilidades económicas, solía hacerlo un poco mas extento, abarcando además de la familia, a algunas amistades.

VAMOS A LA SEGUNDA:


Un año justo después del acaecido anterior, era bautizado mi hijo mayor, en la Parroquía de la Divina Pastora, sita en la Plaza de Capuchinos de esta capital. De mi familia no pudo venir nadie, sus economias no se lo permitían. Por parte de la madre del niño. solo los padres y hermanos, y eso sí, algunos compañeros míos. Algunas tapas, alguna cerveza y algo mas de vino, animarón la fiesta. Uno de los asistentes, mi gran amigo y compañero Paco Ramos, le dió por cantar verdiales, bastante mal por cierto, que sirvió de cachondeo de los demás y las risas propias del que está un poco pasado de alcoholemia.

Mas de medio siglo han transcurrido de ambos hechos. Parece que fue AYER.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Otra efemérides

Buscad en este enlace un puntito blanco por el centro y pinchad en "heart"

Hoy se cumplen once años de la operación que me hicieron para tratar de reparar en lo posible mi maltrecho corazón. Quizá nadie en aquella fecha diera un cuarto por apostar que yo continuaría viviendo. Según cuentan, los propios médicos parece que no querían arriesgarse a meterme mano, tal vez por la desconfianza que tuvieran en que pudiera quedarme en el quirófano.

Después de pasar diez días en la UCI, y viendo que el viejo no se moría, no tendrían mas remedio que lanzarse a la aventura de cuales pudieran ser los resultados. Sin duda, el trabajo de fontanería que debieron practicarme tuvo que ser considerado como extraordinario, ya que pasada una década con una anualidad de propina, aqui sigo tan pancho. La reacción de mi organismo a semejante evento, debió ser tan buena, que cinco días después era dado de alta.

De aquellos diez días antes de la operación que pase en la Unidad de Cuidados Intensivos, y seguramnete uno o dos después de su realización, solo conservo en mi mente ligeros momentos de que me volviera la sensación de recuperar la conciencia pero de una forma tan etérea y momentánea, que seguramente no la conservaba mas allá de varios segundos. Tengo la sospecha de que ello sucedía siempre como consecuencia de los estímulos que me ocasionaba alguna pregunta de los que en ese momento estuvieran visitándome.

Por lo demás, y dejando a un lado lo peor de todo lo que había sucedido en su interín, sentía en mi organismo un estado de placidez tan profundo del que en situación de normalidad núnca se llega a sentir.

Esperemos que pueda recordar algunas efemérides mas de este caso, pero eso sí, siempre que me encuentre en el mismo estado de facultades físicas y psíquicas como de las que gozo actualmente.

lunes, 11 de febrero de 2008

Escapada con rana y badana

Verano de 1931, casi seguro el mes de lulio, debido a la circunstancia que a continuación diré. El hijo mayor de mi tía Mercedes, hermana de mi madre, llamado Antonio y al que tanto sus hermanos como los demas primos llamábamos "Chache Chico", ya que el "Chache Grande", era el hermano de mi madre que a la sazón estaba soltero y era bastante menor que sus hermanas. Y como digo, el "Chache Chico" estaba trabajando en una era en la finca denominada "Los Puerros" y a una distancia de unos cuatro o cinco kilómetros de mi pueblo. Mi primo Rafaelito, tercer hijo de mi tía Mercedes y un año mayor que yó, me dice una mañana de aquel verano, "a la hora de la siesta sin que se enteren nuestros padres, vamos a ir a Los Puerros a ver al Chache Chico que está en una era."

Así cuando mi madre se acostó un rato para echar una pequeña siesta, con todo sigilo salí de mi casa y mi primo me esperaba en la puerta de la suya, a escasos veinte metros de la mía. Junto a mi primo estaba también un amigo de ambos al que llamabamos Currito, unos meses menor que yó. Al llegar junto a mi primo nos decidímos salir para nuestra correría, al tiempo que también invítamos para que nos acompañara a nuestro amigo Currito, que declinó nuestro ofrecimiento.

Mi primo conocía el camino, ya que había ido con su padre unos días antes a llevarle unas cosas a su hermano. Los dos Rafalitos, tomamos la carretera de Pozoblanco y a poco más de un kilómetro, al llegar al puente del Arroyo de Las Serranas, nos desviamos a la izquierda y al cabo de, yo creo que una hora poco mas o menos, llegamnos a nuestro destino. Tan pronto el Chache Chico nos vio asomar, nos echó para el pueblo con cajas destempladas. No muy contrariados tomamos el camino de regreso y cuando pasábamos por un pequeño arroyo, vímos como en un pequeño remanso había una rana. Seguidamente nos lanzamos a su pesca, siendo cogida por mi primo.

Asaz de contentos con nuestro gran trofeo íbamos subiendo una pequeña cuesta, que daba vista al puente de las serranas, cuando vimos con alegría que mi padre venía hacia nosotros y ya estaba a poca distancia nuestra.

Mi primo Rafalito iba delante de mi y cuando llegaba a la altura de mi padre, muy contento le dice. Mira tito, hemos cogido una rana. Al tiempo que mi primo le comunicaba y mostraba la rana, mi padre le arreó un par de cintazos en el culo, y como resultado del contaco de su cinto con sus tierno culete, mi primo mando la rana a tomar...¡muy lejos! Cuando le dio los dos o tres cintazos a mi primo hizo la misma faena conmigo. Emprendímos una veloz carrera huyendo de la quema, pero mi padre nos ordenó que nos paráramos a la sombra de una encina que había un poco mas adelante, lo que así hicímos. Cuando mi padre llego a nosotros, no tuvo otra cosa que hacer que repetir la misma faena de un momento antes, con la misma arma y al mismo lugar. Como mínimo y al parecer que le había tomado el gusto a calentarnos el trasero, repitió la misma faena otro par de veces, siempre precedído de la orden de mandarnos parar a la sombra de alguna encina o chaparro.

Cuando faltaba un kilómetro aproximadamente para llegar al pueblo y hartos ya de que nos zurrara tanto la badana y desobedeciendo su última orden de que volviéramos a pararnos, emprendímos la huída a todo trapo, yo entré en mi casa por la puerta falsa y me metí debajo de la cama. Cuando mi padre llegó y mi madre que estaba en la puerta de la calle esperando nuestra llegada, le preguntó a mi padre por mi y al contestarle que yo tenía que estar ya en la casa, procedieron a mi búsqueda y fui hallado acurrucado en mi escondite y temiendo la propina que mi madre estaba seguro me íba a propinar, lo que así ocurrió, aunque ella solo utilizó sus propias manos, pero que no se que fue peor, si lo de ella o lo de mi padre.

Al notar nuestra ausencia y comenzar a buscarnos por el pueblo, Currito fue quién informó a nuestros padres donde habíamos ído.

Mi padre no volvió a pegarme otra vez en mi vida; mi madre raro era el día que no pillabas algún sopapo.

Unos cuarenta años después, mi cinto también llegó a tocar en los traseros de mis dos hijos varones. Ellos saben cómo fue y cuál el motivo.

jueves, 7 de febrero de 2008

Cumpleaños


Ayer y anteayer, cumplieron años mi hija y mi hijo mayor, Gloria y Rafael, respectivamente: la primera 44; el segundo 51...


Contemplar desde la perspectiva de un octogenario el paso de, en este último caso, de mas de medio siglo, me resulta totalmente incomprensible. En términos estadísticos lo que supone mas de la media vida de un ser humano, para mí en estos momentos, lo considero como suele decirse "un soplo". Si cuando se es niño e incluso joven, se considera viejo al que tiene quince años más que tú, para mí ahora, quien anda rondando los sesenta, en mi forma de considerar el tiempo pasado, lo considero de mi misma edad.

Aún teniendo la certeza de que por mis años esté catalogado como un anciano, en mi sentimiento íntimo e interno, no me considero como tal. Podrá parecer ridículo para quien desde los cuarenta, cincuenta e incluso sesenta años, observe esta consideración hacia mí mismo, pero a fuer de que pueda considerárseme como una apreciación ridícula, tal la siento así la expongo.

Rebinando lo que respecto al paso del tiempo pensaba cuando era niño y, en el caso concreto que voy a exponer, estaba en el inicio de mi juventud, a como lo hago en la actualidad, hay toda una desproporción. Pavoneándome quizá un poco de mi buena memoria, en el inicio de la noche del día 28 de marzo de 1944, cuando desde el cortijo de la novia que tenía entonces donde había estado visitándola, regresaba a La Calera, cortijo de mi lugar de trabajo, y tratando de sortear algunos charcos que había en la vereda, debido a la lluvia que había caído en las primeras horas de la tarde, mi pensamiento iba enfrascado en el dato de que aquel día, un gran amigo mío y que hasta hacía unos dias había sido compañero de trabajo, se marchaba para la "mili". Los dos años que yo pensaba me faltaban a mí para que me sucediera tal, como así pasó, lo veía allá tan lejos, que pensaba que nunca íba a llegar. Hoy, considerando el paso de cincuenta años atrás, es un rato con lo que entonces esperaba que pasaran dos.

Por otra parte y comparando la virtual consideración del paso de los años de antaño a hogaño, existe aún mayor diferencia, esta real, de la forma, modo y calidad de vida por la que transitábamos entonces a la que hoy gozamos; pero lo que si es cierto, que la juventud es un divino tesoro que el paso de los años lo va dilapidando. Solo con recordarla se siente cierto regodeo, que es cualidad inherente de los viejos.

En otra ocasión señalaré también lo que me sucedió cuando en esa noche del 28 de marzo regresaba a La Calera.

domingo, 3 de febrero de 2008

XIº aniversario

Sin lugar a dudas todos habeis adivinado de que iba a tratar hoy. Efectivamente. Como no podía ser menos, de ese undécimo aniversario del fallecimiento de la mujer que todo lo supuso para mí. Si algún día en la historia de la humanidad yo hubiere preferido que núnca llegara, ése fue el tres de febrero de mil novecientos noventa y siete. Ya han pasado once años. Como todo en la vida, el paso del tiempo lo modifica o incluso lo borra. Hoy, en diferencia con otros aniversarios anteriores, sólo hace un par de horas, unas escasas y timoratas lágrimas han acudido a mis ojos. Quiere decir ésto, que siento su pérdida menos que años anteriores. NO, sólo que, como cito anteriormente, el transcurso de los años va moldeando en este caso los sentimientos.

A pesar de que incluso los rasgos físicos de la persona que se ha ído, se van difuminando con el paso de los años, los sentimientos se amortiguan un tanto y, que como no podía ser menos en este caso con respecto a mí, asi sucede; lo que sí se incrementa proporcionalmente con respecto al tiempo transcurrido, es la necesidad de que ese ser que durante tantos años fuisteis compañeros de viaje en esa larga travesía de la vida, lo estuviera también a nuestro lado, posiblemente cuando sentimentalmente mas lo precisamos. Cuando para esos nimios detalles que a diario se van sucediendo en el vivir cotidiano, echas de menos quién este contigo ayudándote a irlos resolviendo sin ningún contratiempo. Un simple ejemplo es el que me ha sucedido esta mañana. Al intentar echarme unas gotas de colirio en los ojos, dos o tres en vez de caer en el punto deseado, cayeron sobre mis mejillas. Si aquellas amorosas manos que en consonancia con toda ella tenía, hubieran estado conmigo, sin duda esa simple operación se hubiera desarrollado con toda normalidad. Insignificante detalle que llega a lo mas profundo del alma, cuando se carece de él.

A pesar de todo, queda peremne la obra que mientras estuvo aquí supo ir fraguando día tras día con su total entrega y que, a la fecha de hoy, sigue morando en todos aquellos que fuímos sus receptores.

Voy a contar una anécdota que sucedió a la salida de una misa. Cuando salimos a la calle, vuestra madre, mi mujer, GLORIA BENDITA, me dice muy seria: "Anda hoy no hemos rezado el padrenuestro durante la misa". Y es que no se había dado cuenta de su rezo, estaría distraída con algún otro pensamiento. A partir de entonces, cada vez que llegaba el momento de rezar dicha oración, le daba con el codo en su costado, y siempre hallaba la misma respuesta acompañada de una encantandora sonrisa y era la siguiente: "Anda ya". Hoy al igual que desde que ella falta, he seguido haciendo lo mismo, pero mi gesto no llega a tocar a nadie y el mismo queda también sin la debida respuesta. Yo mismo me veo en la necesidad de respondérmela.

Si hoy pudieras asomarte a nuestro círculo familiar mas íntimo, quedarías gratamente compensada de ver que todos siguen el camino que siempre llevaron.

Hoy como siempre durante la misa he rezado por tí, aunque tengo la seguridad que tú te llevaste la GLORIA bien ganada.

jueves, 31 de enero de 2008

La patineta

Esta mañana por un momento, y así de sopetón me quité de encima aproximadamente setenta y cinco años. Una de mis fustraciones de la niñez, o quizá la única, fué el no haber podido tener una patineta (nosotros entonces le llamábamos patín).

Cuando salía de mi casa esta mañana, iba delante de mí una señora que con su mano derecha empujaba un cochecito de niño y en su interior un bebé. Con la otra llevaba cogida a una niña que podía rebasar en poco los tres años de edad. Ésta a su vez, llevaba con su mano izquierda una patineta asida por su manillar y arratrándola sin ningún miramiento por lo que tan preciado juguete pudiera ir padeciendo. Se me revolvían las tripas y si en esos momentos yo hubiera transitado por mis seis o siete años de edad, puedo jurar que incluso usando algo de violencia, le hubiera dado un tirón de mi juguete favorito y que jamás pude conseguir y me hubiera lanzado por esas calles de Dios a deslizarme con toda la velocidad que mis fuerzas me hubieran permitido.

¿Cómo una criatura, esa niña, que como digo andaría rondando los tres años de edad, tenía en sus manos juguete tan sublime, y le estaba dando tan denigrante trato?. Yo en su lugar, y si no hubiera podido seguir el paso de mi madre, estoy seguro lo hubiera llevado entre mis brazos con la misma delicadeza que si hubiera sido mi hermano/a que mi madre llevaba en el interior del cochecito.

A medida que se alejaban de mí, por tomar otra dirección a la que yo llevaba, se me vino a la mente un dicho que por entonces se decía en mi pueblo y que era el siguiente. "Dios le da mocos a quien no se los sabe sorber". Perdonar si puede resultar un poco asqueroso, pero en realidad así era su literalidad.

Al poco rato volvía a la realidad y me consolaba, que podía estar agradecido, porque aunque no tenía patineta, tan poco tenía que utilizar muletas para desplazarme. Vaya lo uno por lo otro, aunque mejor como estoy.

Creo que en mis memorias hago mención a la dichosa patineta, o mejor dicho, "PATÍN".

martes, 29 de enero de 2008

Adiós a un hermano


Querido hermano Cesáreo:

Ayer te dije (te dijimos, mejor dicho) el último adiós. Tan pronto vi tu cuerpo inerte sobre tu último lecho, al tiempo que un torrente de lágrimas surgían de lo mas profundo de mi alma y que incluso algunas llegarían a posarse sobre , mis recuerdos volaban retrocediendo decenas de años hasta llegar a la infancia, niñez, e incluso hasta la primera juventud de todos los hermanos. De los ocho que nacimos del matrimonio de nuestros padres, tres fallecieron durante los primeros meses de su vida. Tú has sido el cuarto, después de más de setenta años que lo hiciera el anterior. Contemplando la serenidad que tu demacrado rostro presentaba, dejabas ver la tranquilidad de conciencia que te había acompañado hasta los últimos estertores de tu existencia. Todo ello no era sino la demostración del comportamiento que siempre habías tenido, y como tal te marchabas satisfecho de la obra que dejabas atrás.

Durante la vida en común que hicimos alrededor y arropados por nuestros padres, pocas festividades económicas pudimos celebrar, pero no por ello, cada vez que estábamos todos juntos, se convertía en un verdadero festival de alegrías, risas y demostraciones que recíprocamente nos dispensábamos. Jamás existió entre nosotros la menor rencilla ni desavenencia en el trato entre los hermanos. Si los bienes económicos que nos legaron nuestros padres al morir, fueron tan exiguos al punto que fueron ningunos, si podemos blasonar de haber sido modelo de convivencia fraternal entre todos nosotros, obra sin duda de ellos al inculcarnos el cariño y respeto que como tales hermanos nos debíamos. Satisfechos podemos sentirnos los que quedamos, al igual que tu así lo hacías, de la descendencia que hemos traído y educado, sin duda también debe ser el premio a nuestros merecimientos.

Hoy con estas sentidas letras, en mi nombre como primogénito y representación de todos los hermanos, te mandamos un abrazo muy fuerte lleno de cariño que lo llevaras consigo hasta que finalmente terminemos uniéndonos todos en la eternidad.

QUERIDO HERMANO CESÁREO, HASTA SIEMPRE.

Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo.
Platón

domingo, 27 de enero de 2008

¿Dónde estoy?

Un reto: sólo tenéis que adivinar de dónde es la foto de abajo. Una pista: es un sitio con mucha agua.


La respuesta en unos días.

viernes, 25 de enero de 2008

Impuestos, disposiciones y costumbres singulares

Como diría un popular y director de un programa de radio español, corrían los años treinta del pasado siglo XX, existía en mi pueblo una costumbre de que las puertas de los domicilios particulares de la localidad, permanecían abiertas todo el día, o sea, desde que se levantaba el personal hasta que se acostaba. Sólo dejaba de cumplirse tal requisito si los moradores de la vivienda, guardaban luto por el fallecimiento de algún familiar y, entonces esas puertas estaban cerradas a cal y canto, durante el tiempo que la costumbre tenía establecido, según el grado de familiaridad con el fallecido. Creo recordar que si se trataba de un hijo/a adulto, era el tiempo de cinco años. Para los padres, tres años; hermanos creo que dos, y los abuelos no sé si uno o dos también. Esas puertas se abrían solamente para la entrada o salida de las personas, bien las del propio domicilio o quienes iban de visita u otra circunstancia, para lo cual había que llamar previamente. Si quien abría la puerta para facilitar la entrada a persona ajena a la casa y una vez recibida la preceptiva llamada, era una señora mayor, lo hacía abriendo solo el espacio suficiente para que pudiera efectuar el paso y ocultándose en lo posible para que no pudiera ser vista por alguien que circunstancialmente pasara en aquel momento por las inmediaciones.


A este respecto voy a contar una anécdota de la que fue autor mi hermano Antonio. Debía contar a la sazón entre los cinco y seis años de edad y a esa edad e incluso más temprana los niños andábamos solos por la calle con toda libertad. Así cuando caminaba por la misma calle donde nosotros lo hacíamos y al pasar junto a la puerta de una casa situada siete más arriba de la nuestra, cuya señora inquilina se llamaba Asunción, mi hermano penetró en la misma, había un puchero puesto a la lumbre, lo destapó y vio que entre otros condumios había un trozo de morcilla; ni corto ni perezoso tomó un plato y una cuchara del cajón de la mesa que estaba próxima, extrajo su morcilla y se sentó a comérsela tranquilamente. Cuando regresó de sus recados la señora de la casa fue sorprendido cuando aún no había terminado de zamparse tan suculento manjar. A partir de aquel día, dicha señora siempre que se refería a mi hermano lo hacía por el apelativo de "El de la morcilla".


Por aquellos entonces existía, no sólo en mi pueblo si no en todos, un impuesto municipal que se denominaba el de "los canales". Este impuesto consistía en que había que pagar todos los años cierta cantidad, por el agua de lluvia que los canales formados por los tejados vertían al suelo. Se pagaba con arreglo al número de canales que cada casa tenía en su vertiente que daba a la calle y quienes podían, colocaban un canalón metálico por el trayecto de la fachada en su parte mas alta, que recogía la de todos los canales del tejado y mediante un bajante, sólo desaguaba a la a la calle por un solo punto. Con este procedimiento tenía que pagar solo por un canal.

viernes, 18 de enero de 2008

El otoño perpetuo


Incluso antes de llegar a ser un octogenario bien consolidado, mi situación vital ante la existencia, así como la de todos mis coetáneos, podría compararse a un apéndice extremo de un árbol de hoja caduca en un otoño bien adentrado en el tiempo, allá por los últimos días del mes de noviembre en nuestras latitudes.

Aunque estando a socaire de algún tronco que te sostiene de los vaivenes del viento, ves como las de tus inmediaciones se van desprendiendo en cuanto Eolo sopla un poco mas fuerte de la cuenta.

La pérdida de un familiar, de un amigo, de un antiguo compañero, en fin de cualquier conocido, supone que un nuevo jirón, mas o menos importante, se desprende de tu entorno y te hace recapacitar en tu estado de ánimo y dejándote poco a poco desnudo de lo que ha sido tu proximidad social en la vida. Siempre que un acontecimiento de esta índole te llega al conocimiento, terminas volviendo el pensamiento hacía atrás, comprobando como a medida que ha ido pasando el tiempo, han saltado a "mejor vida", personas, costumbres,modas, profesiones, regímenes e infinidad de variantes en el modo y formas del caminar diario de todos nosotros.

Aunque en otra ocasión pueda extenderme sobre el particular, terminaré señalando solamente tres profesiones u oficios que durante mi niñez y primera juventud estaban en todo su apogeo y las cuales hace ya algunos años que han desaparecido totalmente, al punto de que la inmensa mayoría de la juventud y, también, como no, algún talludito no tiene ni idea de que a qué se dedicaban tales ejercitantes. Eran éstas, los arrieros, cosarios y recoveros. Quizá la consulta al diccionario os pueda sacar de vuestra ignorancia sobre el particular. Refiriéndome solo a la primera señalada y atendiendo a la época del año en que nos encontramos, mes de enero, recuerdo como por los caminos y veredas de los campos de mi pueblo podías ver interminables recuas de burros, un arriero nunca diría asno, portando sobre sus lomos, los dos o tres sacos de aceitunas que les habían sido colocados. Hoy estos semovientes han desaparecido de toda faena del campo y sustituidos por vehículos automóviles en sus diferentes modalidades.

En cuanto a las costumbres, voy a citar solamente un hecho que dice a las claras la enorme diferencia de ese antaño a hogaño, como solían decir antes los viejos. Ayer día 17 de enero, festividad de SAN ANTÓN, se cumplieron sesenta y cuatro años del primer beso que le di a una novia. Aunque pueda parecer un tanto exagerado, para nosotros entonces era más ilusionante y le dábamos mayor trascendencia, que hoy llevarse la novia a la cama, al coche o a un pajar.

Por cuanto he dejado escrito, no vayáis a pensar que detesto la forma y modo en que se vive hoy en general, si no todo lo contrario y esperando que esa virtual hoja casi solitaria en rama semi desnuda, continúe estándolo por mucho tiempo para deleitarse con lo que pueda servirle de nutriente.

lunes, 14 de enero de 2008

Comparaciones

Hay un dicho muy extendido que dice que "toda comparación es odiosa". Como en todas las cuestiones de la vida, no hay regla sin excepción, y las que voy a exponer a continuación, antes pueden calificarse como de venturosas, que no como se apunta anteriormente.

Como fiel jubilado, con la añadidura de bastante deslizado sobre el paso de los años y reiterándome en mis principios de este blog, hoy me he regodeado pensando y comparando mi niñez, adolescencia y primera juventud, cuando yo tenía la edad de cada uno de mis nietos en la actualidad.


Comencemos por mi lejanía en el tiempo. Esto sería los diez años y pico del mas joven te todos ellos, que es Pepillo. A las alturas de su edad, yo cada siete días de la semana y una tras otra sin alteración alguna, auxiliando al abuelo de un amigo mio, guardábamos una piara de cerdos y por tal misión recibía el emolumento de una peseta diaria. En los días como la mañana del actual, cuando la lluvia caía sobre nosotros, solo me resguardaba de ella, cobijándome sobre el tronco de las encinas y situándome en el lado opuesto de donde llegaba la ventisca. La situación suya actual y la mía de antaño, poca correlación tienen.


Sigamos con el segundo, Jorge. Con su edad, nos hallábamos en plena Guerra Civil. Mis ocupaciones consistían de cuando menos cuatro o cinco días por semana, y casi siempre en compañía de mi primo Rafaelito, un año mayor que yo, y utilizando alguna caballería nos trasladábamos a la localidad de Pedroche, donde cada uno nos uníamos a la cola de una panadería distinta y cuando nos tocaba, comprábamos uno o dos panes que era lo máximo que te daban. Como había cuatro o cinco panaderías en el pueblo, de aquella nos íbamos a otra y así hasta que terminaban sus respectivas cochuras a finales de la tarde. No recuerdo que en alguna ocasión hubiéramos llevado algo para comer. Un cantero de pan era nuestro almuerzo, que algunas veces lo era a las tres o cuatro de la tarde. Pese a los estudios y muchos deberes que le ponen en el Instituto, si no mas llevadero que aquéllo, si con mucho mas porvenir y sobre todo la compensación cuando regresa a su casa. La cama que toda mi familia tenía estaba hecha de troncos y ramas de encina y sobre ella unas mantas. La cama era corrida para los siete de la familia.

El tercero, Pablo, esa adolescencia me cogió recién terminada la guerra y cuando yo tenía su edad, me pasaba nueve, de las diez partes del año en el cortijo de la Calera. En el mes de enero de 1941, estaba vareando aceitunas. Estudiar precisará de su esfuerzo, pero la tortícolis del cuello estando todo el día mirando hacía arriba, no era nada de agradable. A las horas del desayuno, almuerzo y cena, los condumios estaban sujetos a los mas estrictos racionamientos. La única variedad, es que "todo" nos gustaba.


El cuarto y quinto puesto, Alberto y Rafita, van a ir unidos en el mismo lote. Cuando tenía 19 y 20 años, los pasé trabajando en la mina. Sin duda ha sido una de las etapas menos ilusionantes de toda mi existencia. Creo que he contado demasiadas veces la clase de trabajo y los itinerarios a recorrer para ir y volver al tajo. Las únicas compensaciones que me proporcionaba aquella actividad, eran, la una, que descansábamos los domingos y días festivos y la segunda que nos facilitaban un pequeño suministro mensual de alimentos de primera necesidad, tales como arroz, azúcar garbanzos y otros, pero como digo en cantidades casi ridículas. Los que trabajábamos en la mina estábamos exentos, si lo deseábamos de ir a la mili, pero el noventa y cinco por ciento de los que eramos mineros allí, cuando nos llegó la hora, decidimos hacer el servicio militar antes que continuar con aquella clase de "trabajo". El marcharme a la mili, ha sido sin duda una de las mas acertadas decisiones de mi vida.


Por último, le ha llegado la hora a Carlitos. Como había terminado la época de las edades de los dos anteriores, a la edad de este me hallaba en pleno cumplimiento del servicio militar en Sevilla. El comienzo de tal situación, no fue muy prometedor que digamos. Malos ranchos, malos tratos, mal cuido y sucios platos, eran el pan nuestro de cada día. Una de las peores noches de toda mi vida, lo fue la comprendida entre el 30 de Abril y 1º de Mayo de 1.946. Motivado a una úlcera en la cornea del ojo izquierdo, me enviaron hospitalizado al denominado "Hospital Militar "Queipo de Llano", no mas de un kilómetro de distancia de nuestro acuartelamiento. Íbamos diez o doce enfermos y el camino lo hacíamos a pié. Por no haber servicios de oftalmología en el centro donde me mandaban, fui rechazado para que al siguiente día fuera remitido al denominado Hospital de La Macarena. Tanto a la ida como a la vuelta de aquella noche, desde el primer hospital referenciado, nos cayó encima una tormenta que llegamos al cuartel totalmente calados. Para arreglar la cosa, no quedaba ninguna cama libre y lo único que me facilitaron fue una manta, sin cabezal y extendida sobre el suelo, fue el lecho de aquella interminable noche, con la añadidura del tremendo dolor que me producía la úlcera del ojo.

Mi llegada al Hospital Militar de La Macarena al siguiente día, me supuso llegar a la misma gloria. Las atenciones, la comida, el trato del Comandante oftalmólogo, fueron de lo mas extraordinario que pueda imaginarse.

Después de mes y medio de estancia en el centro, mas de un mes en la oficina de la clínica volví al cuartel, pero un mes después y tras la mayor y mas atrevida decisión de toda mi larga vida, pasaba destinado a las oficinas Capitanía General, como mecanógrafo, destino que yo había peticionado cuando anunciaron las vacantes, sin tener ni la mas remota idea ni haber tocado siquiera en mi vida una máquina de escribir. En mis memorias detalle todos los pormenores de mi incorporación. A partir de entonces, comencé a pasar los mejores días de todos los que hasta aquellas fechas había gozado.


Pero independientemente de todo este largo, pesado y cansino relato, al tratar de verificar comparaciones con todos vosotros, me llena de satisfacción por la coincidencia de una de las principales virtudes que puedan adornar a la juventud, que no es otra que LA RESPONSABILIDAD EN VUESTROS COMPORTAMIENTOS, y que sin duda os ha sido inculcada por vuestros padres. Yo la recibí también de los mios, aunque por carencia de posibilidades económicas las estrecheces fueran por otros derroteros. Perdonadme todo este rollo.


miércoles, 9 de enero de 2008

Aquellos viajes. Medios utilizados.

ANTES:
AHORA:

Para atender el requerimiento de mi nieto "Rafita", paso a continuación a relatar el viaje que con fecha 26 de julio de 1950, realicé desde mi pueblo natal en Villaharta (Córdoba), hasta esta ciudad de Málaga, con motivo de mi incorporación a la misma como Guardia Civil, una vez terminado el periodo de Academia en Úbeda.

Mi pueblo dista de Córdoba capital 37 km. Desde el pueblo al punto donde hube de tomar un autobús hay dos kilómetros cuyo recorrido lo hice a pie y la maleta y un bulto con efectos del uniforme a lomos de una caballería. Salí de mi casa a las ocho menos cuarto de aquella mañana y el autobús lo tome sobre las ocho y media. Los efectos eran depositados en la baca del vehículo donde transportaba los mas variopintos objetos, enseres e incluso animales como gallinas conejos o similares.

La distancia de los treinta y cinco kilómetros hasta Córdoba tardamos en recorrerla una hora y media aproximadamente, llegando por tanto a la misma sobre las diez de la mañana. Desde la estación de la empresa donde tenía su terminal la empresa a la que correspondia el autobúsun kilómetro aproximadamne lo realicé a patita y con la maleta y el envoltorio en mis manos. Tomar un táxi parea tan corta distancia era un dispendio que no me podía permitir.

Pero ahora viene lo bueno. El tren correo Madrid-Málaga, que había partido de la capital de España a las 22`00 horas del día anterior, salió de Córdoba a las once y media de la mañana con rumbo a mi destino. Mi talón de viaje me autorizaba a utilizar solo coches de 3ª clase. Los asientos desde un extremo a otro del compartimento eran de madera, todos ocupados y de una incomodidad mayor de lo que hoy pudiera imaginarse. El pasillo central entre las dos filas de asientos iba lleno de maletas y bultos y cuyos portadores de las misma lo tomaban como asiento, teniendo en cuenta que muchos de aquellos pasajeros llevaban ya trece horas y media de viaje y las que aún faltaban a los que fueran hasta final de trayecto. Yo hube de unirme por imperativo de fuerza mayor y falta de espacio a los que invadían los pasillos. También mi maleta se convirtió en asiento.

En las interminables paradas que realizaba el convoy en las multiples estaciones, saliamos a las plataformas de los coches con fin de respirar un poco de aire puro. El humo que desprendía la locomotora, como consecuencia del combustible utilizado que era carbón mineral, iba cargado de partículas de dicho mineral, además de ensuciarte la vestimenta, si tenías la desgracia de que una de esas millónesimas particulas se te metía en un ojo, te producía un escozor y molestia que hasta que algun compañero de viaje y utilizando generalmente el pico de un pañuelo no conseguía extraertela, las pasabas canutas.

Con las comodidades señaladas, el calor sofocante por las horas y la época del viaje, más abrigado por el uniforme abrochado hasta el cuello, podeis haceros una idea de las seis horas justitas empleadas en verificar el trayecto Córdoba-Málaga, no porque el tren trajera demora como se decía antes, sino porque las 17'30 era su hora de llegada.

Si los viajeros teniamos que soportar tales incomodidades, el pobre maquinista de la locomotora y muy especialmente el fogonero que constantemente y utilizando una pala tenía que repostar carbón para que el fuego pudiera producir el calor para convertir en vapor el agua de la caldera, cuyo vapor era la fuerza que movía el convoy.
Cuanto acabo de relatar es el fiel relato de lo sucedido en aquél lejano viaje, que era igual a los cuantos se realizaban en iguales medios.
CREO QUE HEMOS PROGRESADO ALGO; O NO.


P.D.: Y hablando de trenes. Para acabar, por favor, prestad atención a la persona (humana) que va vestida de rosa. Es la mejor definición de: "uyyy, por los pelos".

martes, 8 de enero de 2008

La rutina de un jubilado

Volvemos a la normalidad después de haber pasado las Fiestas de Navidad de 2007 y Festividades de Año Nuevo y Reyes de 2008.

Tanto los niños en edad escolar, hasta los adultos en situación laboral activa, han tenido que volver a sus actividades suspendidas días antes de la Nochebuena. Sin duda a la inmensa mayoría de ellos les habrá supuesto cierta contrariedad reanudar sus ocupaciones y en no pocos casos hasta algún esfuerzo extraordinario, bien por la clase de trabajo u obligación o por tener que volver a verse las caras con algùn compañero o jefe con quien las relaciones no sean todo lo amistosas que debieran serlo. Para mí, todo eso me pasa de largo. Mis horas de trabajo, de acostarme, de levantarme y las dedicadas al desayuno, merienda o cena, siguen siendo las mismas, tanto en festivos, laborales, lluviosos, calurosos, ventosos o todos los que puedan terminar en "osos".

Esta situación, tiene la inmensa ventaja de que no tienes que rendir cuentas a nadie ni soportar sus caprichos, malos modos e incluso su mala leche. Te libera de la preocupación de verificar tu trabajo con la debida diligencia y eficacia, como te sea exigida o como en conciencia deba hacerse. Por contra, te sigue envolviendo en esa rutina que día tras día te aleja de toda alternancia en tu modo de vida que en contadas ocasiones y de tarde en tarde se diferencia ese día de los múltiples anteriores y de los muchos por venir. Conformémonos cada cual con lo que por razones del tiempo en que vinimos al mundo, se nos asigna a medida que va llegando su hora.

Málaga,8 de enero de 2008.

domingo, 6 de enero de 2008

Festividad de los Reyes Magos

Hoy se celebra la Festividad de los Reyes Magos. Millones de niños españoles se habrán despertado horas antes de lo que habitualmente suelen hacerlo. Gestos de sorpresa y alegría inundaran sus rostros angelicales al descubrir los regalos con que han sido compensados por su buena conducta y aplicación, y la profunda satisfacción de sus padres, y en algún caso de sus abuelos, al contemplarlos. Sería imposible hacer una relación de la variedad, clase y utilidad de estos regalos.

Como en su momento decidí dar a este blogs la denominación de "Recuerdos" y dando con ello fe del propósito para el que fue creado, vuelvo mi pensamiento a los tiempos, bastante lejanos, de mi infancia y niñez y hago relato de los que tanto a mí, como a mis hermanos, nos dejaban todos los años SS.MM. los Reyes: Una "perruna" y dos o tres "peladillas" a cada uno, no en los zapatos, si no en algún pequeño recipiente, porque como se trataba de comida, no era muy higiénico dejarlos depositados en calzado que en su mayoría estaban también ya algo desgastados por el uso. La novedad de cada año era el número de peladillas con que éramos obsequiados y que era lo único que se compraba. Las perrunas, pequeñas tortas hechas de harina, manteca y azúcar eran elaboradas por mi propia madre. Se da la circunstancia de que yo como siempre he sido buen madrugador, cuando alguno de mis hermanos se levantaban, los efectos de mis regalos habían pasado a mejor vida y solo quedaba esperar al siguiente año. Efímeros eran los resultados de aquellos regalos que duraban el tiempo que unos estómagos ávidos de semejantes manjares tardaban en devorarlos.

Pese a todo lo anteriormente expuesto, no era preocupación importante en los deseos de nuestros padres, por encima de todo ello, estaba la de mantener la supervivencia de sus proles. En cuanto a nosotros tampoco nos afectaba mucho, nuestro entorno estaba en sintonía con nuestra situación. Tengo la enorme satisfacción, que ya a partir de mis hijos, cambiaron totalmente las circunstancias y no digamos con las de mis nietos. Mis padres y mis abuelos no gozaron de las sensaciones gratificantes que producen ver las alegrías y emociones de los hijos y nietos.
Málaga, 6 de enero de 2008