miércoles, 27 de agosto de 2008

Mi cumplemeses



Hoy 27 de agosto de 2008 se cumplen MIL MESES desde que llegué a este mundo. Dicho así como suena la cosa en sí no tiene la mayor importancia, pero el haberlos ido pasando hora a hora, día a día y también mes a mes, hasta que he llegado a los MIL, sobre mi, un tanto maltrecho mi cuerpo, se nota mas de lo deseado el paso de tan larga travesía.

Volviendo mis recuerdos hacía los primeros años de la década de los años treinta del pasado siglo XX, en los que comencé a tener conciencia exacta de lo que acaecía, y trayendo a la memoria aquella forma del vivir cotidiano del hogar en que me crié, y que era la norma mayoritaria en los demás de la localidad, extensivo a todo el país, no tengo por menos que recordar la calidad de vida en que nos desenvolvíamos, donde las carencias de incluso lo imprescindible para el sustento hacía aún difícil el mantener la supervivencia. Incluso la escasez de las prendas de abrigo para soportar los rigores del frío en invierno, hacían que las tiriteras de nuestros ateridos cuerpecillos corrían paralelas con la desnudez de las despensas de nuestros hogares.

Como no, me vienen a mente hechos de los que yo mismo fui protagonista, como lo era el que niños con seis, ocho o diez años, se veían impelidos a abandonar sus casas para dedicarse a la guarda y custodia de toda clase de animales ajenos a las propiedad de sus padres, y que en la mayoría de los casos los estipendios que recibían por su trabajo, era simplemente el facilitarles la manutención gratuita y que en no pocos casos, aventajaba poco en calidad y cantidad de la que había dejado atrás en su propia casa. No obstante, no poco que le hubiera correspondido en ésta, quedaba para repartirse en los que habían quedado en el domicilio y que no tardarían en tomar el camino que su hermano había tomado. En aquellos hogares, que como decía Cervantes, "toda incomodidad tenía su asiento", se luchaba principalmente por mantener la supervivencia de la prole, todo lo demás resultaba como simple añadido.

Si con todas aquellas carencias y sacrificios que hubimos de soportar, contribuimos en algo para llegar a la situación en que mi descendencia, se desenvuelve en la actualidad y desde hace bastantes años, me doy por satisfecho de que así sucediera.


sábado, 2 de agosto de 2008

El triduo de la preocupación (III)



La segunda noche de este triduo de la preocupación, la pase con un tanto mas de sosiego, bien por el cansancio propio que traía arrastrado de la noche y día anterior, o bien porque a todo se acostumbra uno, lo cierto es que aunque de trecho en trecho, conseguí dar tres o cuatro cabezadas, unas de más larga duración que otras.
Cuando el día anterior regresé de mi frustrada presentación, en la oficina de la Batería donde pregunté, me indicaron que mi destino lo era a la Zona de Reclutamiento y Movilización número 9. Así, una vez desayunado aquella nueva mañana del día 2 de agosto de 1946, tan calurosa o más que la anterior, tomaba por segunda vez mi maleta y esta vez sí, llevaba el convencimiento de que lo que fuera iba a solventarse. Como mis reservas de dinero las había agotado el día anterior en la cantina del Regimiento, tomándome aquella fresquita cerveza que me supo a gloria, hube de pedir prestado, para no devolverlo, los quince o veinte céntimos que costaba el billete del tranvía. Por toda fortuna llevaba en mi cartera un sello de correos que tenía reservado para que tan pronto se resolviera mi situación, escribir a mis padres y darles cuenta del resultado.
Alrededor de las once de la mañana serían, cuando por segunda vez me presentaba al Brigada de la Compañía de Destinos, que ya sabía se llamaba Benito, hallándolo nuevamente sentado a la máquina de escribir. Esta vez de propia voz me invitó a que me sentara un momento en una silla que a su diestra mano se hallaba vacía.
Yo, durante ese ínterin, trataba unas veces de darme ánimo y aceptar con entereza cualesquiera que fuera la suerte que estaba próxima a sucederme, e inmediatamente mi ánimo se venía abajo y me auguraba, además de algún castigo, la vergüenza y la humillación que lo menos que me dirían es de que era un cara dura.
Tan pronto el Brigada Benito hizo el además de levantarse, mi corazón comenzó a latir a cuando menos doscientas pulsaciones por minuto. Cogió un gorro cuartelero que tenía colgado en una percha y a la vez que se lo colocaba me preguntó por la oficina a que tenía que presentarme. Cuando se lo comuniqué solo de su boca salió esta expresión: "Escaleras".

Pasamos a una puerta contingua a la que se hallaba su oficina, atravesamos un largo pasillo y acto seguido tomábamos una escalera de las llamadas de caracol y una vez ascendidos 108 escalones, llegábamos a un pequeño rellano, una puerta de madera de dos hojas, abierta solo una de ellas, y unos dos metros hacía adentro en su frontal derecho y circundado una ventanilla, en letras mayúsculas y de color negro, la siguiente inscripción: "ZONA DE RECLUTAMIENTO Y MOVILIZACIÓN NÚMERO 9" Para mí, aquello en vez de una indicación de la ubicación de unas oficinas, me parecieron otra cosa peor. ¡Un epitafio! Tras de aquellas letras, en breves instantes se iba a determinar la suerte que posiblemente yo habría de correr en lo que me quedara de mili, que así a ojo de buen cubero, por entonces no dudábamos en que sería superior a dos años.

El Brigada Benito delante, yo maleta en ristre le seguía y tras atravesar un pasillo, con despachos a izquierda y derecha, separados entre sí por mamparas de madera y cristaleras, entrábamos en un despacho de medianas proporciones, donde otro Brigada con un cigarrillo entre sus labios tecleaba a buen ritmo otra máquina de escribir. El Brigada Benito, dice: "Amigo Blanco, aquí te traigo el mecanógrafo que habías solicitado". Después de intercambiar dos o tres palabras entre ambos, allí quedaba yo a disposición del otro Brigada Blanco. No más de cuarenta o cincuenta segundos habían transcurrido, cuando me dice, "sígueme". Ahora sí parece que había perdido hasta la noción de que era una persona. Así era mi estado de ánimo y de nervios. Volvimos a tomar el pasillo que habíamos seguido al entrar, pero en sentido inverso y llegando a la puerta de uno de los negociados que se hallaba a la mano izquierda según caminábamos y entreabriéndola levemente, dice: "Con su permiso mi Capitán". Desde el interior del despacho se oyó una potente voz que escuetamente decía "". Pasa el Brigada Blanco y yo tras él. Mi presentador, dirigiéndose al Capitán y como quien da una buena noticia, suelta la siguiente frase: "Mi Capitán, aquí le traigo a su nuevo mecanógrafo". En ese momento solo sentía un deseo: "Desintegrarme". Desaparecer del mundo. Sin mas palabras, allí quedaba yo a disposición de mi nuevo Capitán. En el mismo despacho pero un tanto retirado de la mesa del Capitán, había otro Brigada y cerca de éste, un Cabo 1º y cuatro o cinco Soldados, en distintas mesas.

El Capitán tenía un rostro sonrosado, pelo algo canoso, orejas algo mas grandes de lo normal, representaba tener alrededor de cincuenta y cinco años, estaba sentado en una mesa y a su derecha había una silla vacía y en una pequeña mesita, una máquina de escribir marca "Underwood". El Capitán al tiempo que me dirigía directamente su mirada, sacaba su petaca del cajón de la mesa y echaba sobre su mano un poco de tabaco. Esta vez dirigiéndose a mí de propia voz, me dice: "¿Tú fumas?", al contestarle afirmativamente me alargo su petaca y yo realice lo mismo que él había hecho, vertiendo sobre mi mano un poco de tabaco. El Capitán lía su cigarro y yo con mi tabaco en la mano. Me dice: ¿no tienes papel de fumar? Nueva negativa y me alarga el librito de papel de fumar, marca "bambú". Él enciende su cigarro, yo con el mío en la mano. Tercera pregunta. "¿Tampoco tienes lumbre?"; nueva repuesta, no mi Capitán, y me añade, "pues vienes tú como para irte de juerga". Mal empezaba la cosa. El calor reinante más mi estado nervioso me tenían bañado en sudor. Pero yo lo que deseaba de todo corazón era que llegara la hora del desenlace de aquella situación.



Al fin se iniciaba el proceso para el esclarecimiento de cuanto hubiera de suceder. Yo hasta entonces había permanecido de pie.

Comenzaba con estas frases del Capitán, al tiempo que me indicaba me sentara en la silla que estaba frente a la máquina de escribir: "Bueno vamos a comenzar a trabajar". ¡LLEGABA EL MOMENTO!. Estas determinaciones que de momento se vienen a la mente de una persona, se me vinieron a mí, y armándome de un valor que hasta ese momento no lo había tenido, y diciendo para mis adentros, que sea lo que Dios quiera, respondí con estas palabras. "MI CAPITÁN YO NO SOY MECANÓGRAFO, NI HE TOCADO UNA MAQUINA DE ESCRIBIR EN MI VIDA. HAGA USTED CONMIGO LO QUE CREA QUE MEREZCO". Su reacción a mi confesión fue la de entonces como es que te han mandado aquí como mecanógrafo. A grandes rasgos le explique cómo fue mi solicitud para ello. Aquel hombre mirándome fijamente, durante unos momentos que a mi me parecieron una eternidad, creo que se estaría preguntando, algo así: "¿qué hago yo ahora con este tío?". Por la forma de mirarme y la expresión de su rostro yo no era capaz de siquiera suponer cual pudiera ser el veredicto a tan semejante e inesperada respuesta dada por mí. Yo estaba petrificado. Ansiaba que su determinación fuera rápida, lo que fuera, pero que fuera ya. ¡ALELUYA!. Al fin salía de la boca del aquel Santo varón, la siguiente pregunta: "¿tú tienes interés en aprender a escribir a máquina?" Es lo que mas deseo en el mundo en estos momentos. A mano por lo menos sabes escribir. "Sí mi Capitán". Entonces no te preocupes, verás que pronto, si pones empeño en ello lo vas a conseguir. EN ESOS MOMENTOS ME HUBIERA ABALANZADO SOBRE AQUEL CAPITÁN Y LO HUBIERA COLMADO DE BESOS Y ABRAZOS. El gesto que tuvo conmigo en aquella ocasión aquel Capitán, que olvidándose de su deber como un Oficial del Ejército y que como menos hubiera procedido a despacharme para mi procedencia, pudo más su sentimiento humano y con ello dictaba una resolución que enaltecía los sentimientos que como hombre sin lugar a dudas lo adornaban.

Dado a que me he extendido más de la cuenta en esta narración para finalizar el triduo inicial, dentro de unos días continuaré narrando lo que a corto plazo supuso para mí y resultó de todo esto.

Así que hasta dentro de unas breves fechas.

viernes, 1 de agosto de 2008

El triduo de la preocupación (II)


Como hacía constar en mi entrada de ayer y por los motivos que exponía, la noche del 31 de Julio de 1946 al siguiente 1º de agosto, la pase totalmente en blanco. Cavilando acerca de la suerte que pudiera correr al día siguiente y cuyos resultados a estas cavilaciones, ninguno de ellos se me aparecía favorable, llegó el toque de diana antes del cual nadie podía levantarse. La primera idea que se me vino a mente cuando comenzó a sonar el toque de la corneta, fue el de que donde me encontraría en la diana del próximo día, 2 de agosto. Pese a que no soy de condición pesimista, sino todo lo contrario, lo mejor que pensaba acerca de la suerte que podía correr, era el de que después de que me hubieran lanzado alguna lindeza por mi osadía, fuera la de que volviera a mi Regimiento. Esta determinación la hubiera firmado desde el primer momento en que me dieron la noticia de mi destino.

Una vez aseado y tomar el desayuno, un cazo de agua un tanto teñida de color pardusco con el añadido de un pequeño mendrugo de pan reservado en la cena anterior, volví a la Batería donde tomando mi maleta comenzaba mi viaje hacia lo desconocido, en cuanto a los resultados que de ello se pudieran derivar.

Desde el acuartelamiento hasta la primera parada del tranvía denominada Guadaira y que distaba del cuartel algo más de un kilómetro, lo hice -como es natural- a patita. En Guadaira cogí dicho medio de transporte hasta la parada de La Pasarela. Descendí del vehículo y a medida que cruzaba el Prado de San Sebastián, donde entonces se ponían las casetas de la feria de Abril, mi cerebro al ritmo que lo hacían los latidos del corazón, no era capaz de coordinar las razones que habría de exponer cuando me pidieran explicaciones de porqué había solicitado un destino para el cual no me encontraba capacitado.

Por fin llego a la Plaza de España, por su parte posterior donde tenían su entrada la mayoría de los departamentos correspondientes a la Capitanía General de la II Región Militar. Me dirigí, previo a ser informado a mi petición, a la Compañía de destinos. Solicitada y concedida la venía, paso al despacho del Brigada que estaba a cargo de la oficina, el cual se hallaba escribiendo a máquina, circunstancia que para mí era el no va más de la capacitación. Con su mano derecha me hizo una indicación de que esperara un momento para ser atendido. Aquel momento hubiere deseado yo que fuera eterno, pero no, llegó enseguida. Me pregunta el motivo de mi presentación, contestándole que iba destinado a Capitanía como...... y me costó Dios y ayuda para decir "mecanógrafo". "¿A qué negociado u oficina vienes?" "Pues no lo sé, mi Brigada, no me lo han dicho en mi Regimiento". A la vista de mi contestación negativa, hizo varias llamadas a teléfonos interiores preguntando si esperaban la incorporación de un Soldado mecanógrafo, y al contestarles en sentido negativo, se queda mirándome fijamente y me dice: "Vete a tu Regimiento, que te digan por que Dependencia has sido solicitado y vuelves mañana".

Ante la determinación del Brigada, un profundo respiro de alivio salió de mi cuerpo que no parecía sino que se había prorrogado mi ejecución por veinticuatro horas.

Mi vuelta la hacía mas alegre que lo fue la ida. Llegué al Regimiento y sin reparar que eran los últimos recursos que me quedaban, me fui a la Cantina y me tomé una cerveza fresquita, con lo qué, si por una parte me refrescaron mi reseca garganta y mi sudoroso cuerpo, dejaron totalmente esquilmados mis ahorros que al día siguiente me iban a ser necesarios para pagar cuando menos el billete del tranvía. Pero en fin tenía bastantes horas por delante y a tratar de serenarme un tanto y procurar preparar mi defensa, para el juicio que al siguiente día seguramente se me iba a realizar.

Quizá, los familiares mas allegados, únicos de los que suelen entrar en mis bloges, estaréis deseando que termine de una vez de exponer el resultado final de esta extraña aventura, pero como cito en los títulos de ayer y de hoy, era un triduo y ese triduo termina mañana. Así como es mi filosofía: "Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos".

jueves, 31 de julio de 2008

El triduo de la preocupación (I)


En la noche de este día, de hace hoy SESENTA Y DOS AÑOS, me sucedió, como decía Cervantes, que me la pase de claro en claro y de turbio en turbio, o sea que no pegue ojo en toda la noche. ¿Cuál fue el motivo de semejante vigilia? Sencillamente el serme comunicada una grata noticia. Así dicho parecerá una incongruencia, pero desbrozada como me voy a proponer hacerlo a continuación, se verá que me asiste buena parte de razón. Vamos a ello.

El día 31 de julio de 1946, hallándome prestando el servicio militar en el Regimiento de Artillería número 14, de guarnición en Sevilla, una vez terminada la Lista de Retreta, la última que se pasa en el día, el Sargento de Semana lee la nota del tenor siguiente. "El Artillero Rafael Galán Rodríguez, se presentara mañana en las oficinas de Capitanía General de esta Plaza, donde ha sido destinado como mecanógrafo". Escuetamente éso. Después de romper filas, el escribiente de la Batería, llamado Marcelino y también de un pueblo de Córdoba, me dice: "Qué suerte tienes paisano, con lo bien que vive la gente de Capitanía". Efectivamente así era, pero ¿entonces el porqué de mi preocupación? No impacientarse y sigamos con ello.



Unos veinte día antes a esta fecha, después del mismo acto de Lista de retreta, se leyó una orden pidiendo personal voluntario para ordenanzas, escribientes y mecanógrafos para Capitanía General. Para ordenanzas se apuntaron unos cuantos; para escribientes dos o tres y para mecanógrafo no salía nadie. Sin poder explicar que me impulsó a ello, cuando nunca había sido, ni aún lo soy, una persona lanzada, dí un paso al frente y digo: "mi Sargento, apúnteme Vd. para mecanógrafo". Aún todavía os seguirá extrañando esta historia. Pues acabemos de una vez de desenmarañar este lío. Resulta que yo no había tocado siquiera en toda mi vida una máquina de escribir. Sin poder dar explicación a ello, ni hoy tras haber pasado mas de sesenta y dos años, me tiré a la piscina cuando estaba totalmente seca. Posiblemente para mis adentros yo pensaría que aquello no iba a tener mas trascendencia. Pero aquí me tenéis que me reclamaban para mecanógrafo nada menos que en las oficinas de Capitanía General.

El mundo se me vino encima. ¿Qué hago yo ahora? ¿Qué excusas pongo para no presentarme? ¿Con qué cara me presento en Capitanía, cuando no sabía siquiera como se metía el papel en la máquina? Para mí, lo mas cerca que veía era un mes arrestado en calabozo, además de la vergüenza que sufriría cuando tuviera que declarar mi desconocimiento total de la misión para la que se me reclamaba, y que yo mismo había peticionado?

Qué no hubiera dado yo porque aquella noche fuera eterna y nunca llegara a oírse el toque de diana del primero de Agosto. Como he citado al principio, ni un solo minuto acudió el sueño en mi ayuda y como siempre, mañana también llegó.

Pues como lo que sigue ya corresponde al primero de agosto, mañana que también se cumplen los mismos sesenta y dos años, seguiré con nueva entrada en el Blog. Hacer cábalas que pudo pasar.

Hasta mañana.

domingo, 27 de julio de 2008

Mi debut en la Guardia Civil

A las nueve horas del día 27 de julio de 1950, tomaba el autobús de la Empresa Portillo, ya existía esta empresa, para trasladarme hasta mi nuevo destino en el Cuerpo de la Guardia Civil, que como cité en mi entrada de ayer, lo fue al Puesto de Torrelasal, así se decía oficialmente, aunque en otras instancias, se escribe Torre de la Sal. Aproximadamente tres horas tardamos en recorrer el trayecto de algo mas de cien kilómetros que lo separaban de esta Capital. Por tanto serían las doce la mañana cuando, parando el autobús en medio de la carretera, el cobrador señalándome una pequeña y humilde vivienda, situada próxima a una de las muchas torres que iban apareciendo en la costa, me dijo que aquello era el Cuartel a que iba destinado.
Cuando me bajé del autobús, vestido de uniforme, portando la maleta en una mano y el abrigo o capote en la otra, con un calor sofocante, en los alrededores del cuartel que no distaba de la carretera mas de ciento cincuenta o doscientos metros, solo se apreciaban las imágenes de varios niños jugando en sus alrededores. y que a simple vista daba la sensación de estar viendo unas kabilas de las que me había contado mi padre existían por Melilla, cuando él hizo el servicio militar, ello debido a la escasez de vestimenta que los niños que jugaban lucían en sus menudos cuerpos.

Pese al aspecto de extrema humildad que presentaba el acuartelamiento, y posiblemente porque yo ya consideraba aquello como que a partir de entonces iba a ser mi casa, para mis sentimientos internos lo iba a considerar un palacio. Previa la presentación de rigor ante el Brigada Comandante de Puesto y la particular ante los compañeros y rendir las explicaciones propias a las preguntas que en tales casos suelen hacerse, un par de horas mas tarde estábamos almorzando.

Cuando el sol trasponía por occidente se procedió al correspondiente sorteo para el servicio. El que se practicaba en las costas se hacía mediante sorteo, a fin de que se evitara con ello el que dos guardias pudieran confabularse con los contrabandistas y realizar algún alijo, y así nunca sabías con quien te iba a tocar de servicio. Yo saqué de una pequeña bolsa donde se guardaban, el número 6, por tanto me toco la tercera posta. El número 5, lo sacó un Guardia que hacía un mes había salido del Colegio de Valdemoro, natural de Barcelona, huérfano del Cuerpo y llamado Luis Jiménez Sesmilo, y por tanto fue mi compañero de pareja, aunque yo fui de Jefe de la misma, por tener mas antigüedad que él. Las postas eran las divisiones que se hacían del trayecto de costa que teníamos que vigilar.

Ya en mis memorias expuse ampliamente lo que supuso este mi primer servicio. Quizá lo que mas queda en mi recuerdo de aquella noche, era la sensación de que por fin tenía en la vida un modo de trabajo seguro, circunstancia de la que durante desde mi adolescencia hasta entonces, tanto había deseado.

Lo que tanto comenzaba a soñar desde aquella misma noche, de lo que sería mi vida en el Cuerpo, jamás hubiera podido imaginar lo que finalmente se cumplió, y por supuesto que fuera todo lo beneficioso, cuando menos a mis sentimientos, como lo fue hasta mi jubilación.

Un regodeo de satisfacción me queda de aquellos recuerdos en aquella lejana noche de mi primer servicio en las playas de Torrelasal, o de Torre de la Sal.
Muchos años han pasado sobre mí y la verdad, el peso de los mismos se nota.

sábado, 26 de julio de 2008

Aquella Málaga



26 de julio de 1950. Tras tomar el tren correo en Córdoba a las once y media de la mañana, a las cinco y media de la tarde llegaba a Málaga, mi primer destino como Guardia Civil a la comandancia de esta provincia, que era la 137ª. Parecerá mentira, pero eso tardaba el tren de entonces en recorrer la distancia, que era la misma que hoy, entre Córdoba y Málaga. Por tanto hoy se cumplen 58 años que llegaba a esta Ciudad. Hacía un día tan caluroso como está resultando el actual. Llegaba al completo de mi uniforme militar; botonadura de la guerrera hasta el cuello; el uso de guantes era obligatorio en todo tiempo; los corchetes del cuello de la guerrera también abrochados; cinto de cuero, y la pistola en su funda, también de cuero, y colgada del hombro mediante otra correa.

Posiblemente porque no había sido de mi agrado el destino a Málaga, o tal vez porque en realidad así era Málaga entonces, la encontré una ciudad muy sucia y un tanto destartaladas sus calles, por lo menos en el itinerario que en unión de varios compañeros más, habíamos llevado desde dicha estación hasta el acuartelamiento de Natera, donde debíamos realizar nuestra presentación. Así que solo recorrimos las calles de la proximidad de la margen izquierda del río Guadalmedina, cuyo cauce estaba con verdaderos montones de basura. En este desplazamiento, cinco o seis compañeros más y yo, entregamos nuestros equipajes a un hombre que depositándolos en un pequeño carruaje y empujado por el mismo, lo llevó hasta nuestro destino. Nosotros lo acompañábamos a pie. Como podréis observar la comodidad en el transporte era perfecta.

Al verificar mi presentación ante el Brigada Comandante de Puesto, y como jefe de expedición que me habían nombrado, me llevé un pequeño rapapolvo, más por la idiosincrasia del mismo, que por apodo lo conocían como "El Cura del Penal". Después me comunicaron el Puesto al que iba destinado, llamado Torrelasal, en pleno descampado entre Estepona y Sabinillas y que según los informes que me dieron algunos de los compañeros que estaban destinados aquí, era de lo peor que había en toda la Comandancia. Después de todas estas peripecias, me día un paseo por la Capital y que llegué hasta el Puerto. Este paseo me causó mejor impresión que la primera que me llevé cuando llegué a la estación y después hasta el Cuartel.
Mañana continuaré con todas las incidencias hasta mi llegada a Torrelasal y lo que seguía en aquel día. Comparar aquella Málaga a la de hoy, resulta totalmente imposible.

Por hoy, ya vale.

viernes, 11 de julio de 2008

San Benito

Hoy 11 de julio, inicia sus fiestas la localidad cordobesa de Obejo, distante de mi pueblo unos quince kilómetros. Tal día como hoy, de hace SETENTA Y SIETE años, me llevó mi padre a la indicada localidad a fin de asistir a la procesión del Santo Patrón de Obejo, San Benito, y con ello cumplir una promesa hecha por mi madre el verano anterior, debido a que me salieron unos diviesos en una parte dolorosa e importante de mi entonces infantil cuerpo, y que como digo mi madre prometió que me llevarían al año siguiente a la ermita de San Benito en Obejo, si aquellos mal intencionados granos sanaban sin que dejaran consecuencias graves.

Apenas había amanecido, mi padre puso sus mejores galas a una burra que entonces había en mi casa. y con el fin de que no nos cogiera mucho el calor, partíamos camino adelante. Yo de mi atuendo personal, solo recuerdo que llevaba un sombrero de paja, ala redonda y circundando la parte en que entraba mi cabeza, una cinta de lana roja, con un madroño en cada uno de sus extremos e igual color de la cinta. Posiblemente no serían las diez de la mañana llegábamos a la Ermita donde se venera San Benito y situada a un kilómetro aproximadamente del pueblo. Quizá una hora después de nuestra llegada, salía la procesión y tenía un pequeño recorrido por las inmediaciones, en pleno campo y que era un importante encinar.

De este acto me quedan pocos recuerdos, solo que al final del mismo, un grupo de unos quince o veinte hombres, realizaban una danza, cogiendo cada uno el extremo de una espada, simulada pienso, que llevaba su compañero inmediato, y se ejercitaban en la combinación de varios movimientos, terminando por quedar todas las espadas cercando el cuello del director danzante y que por supuesto era el de mayor edad.

Asimismo, también me acuerdo que cuando terminó toda la ceremonia, que serían cerca de las dos de la tarde, hacía un calor sofocante. Finalizado el acto, mi padre tomando el cabestro del semoviente que había estado atado al tronco de una encina, cogíamos el camino de regreso, pero con el propósito de pararnos a almorzar de lo que era la hora ideal. No mas distante de un kilómetro del pueblo , por la carretera Obejo-El Vacar, que en principio había que tomar para dirigirnos a Villaharta, había un pilar por cuyo caño salía un agua tan clara, buena y fresquita, que mi padre vaciando una botija de la que llevábamos de mi pueblo, por estar bastante caliente, volvió a llenarla y que primero yo y después mi padre, bebimos un gran trago, cuyo consumo fue repuesto acto seguido. Igualmente, la burra calmó su sed en el pilón, de cuya necesidad se notaba iba al límite.

Unos ciento cincuenta metros hacia abajo y en dirección vertical desde el pilar, bajo la frondosa sombra de una encina comenzamos a dar cuenta de las viandas que mi madre nos había preparado, regadas de vez en cuando con el agua de nuestra botija. Mi padre había quitado el aparejo de la burra a fin de que se refrescara también y al propio tiempo comiera algo del rastrojo de cebada que era de lo que había estado sembrado aquel lugar, aunque ya se había recolectado casi dos meses antes.

Mi padre como buen andaluz y trabajador del campo, con algunas piezas del aparejo se preparó un pequeño lecho y se echó a dormir la siesta. Para mí había hecho lo mismo, pero mi mente estaba en otros proyectos.
Tan pronto me dí cuenta que mi padre se había quedado dormido, tomé el pecho arriba y me fui al pilar, donde cuando llegamos me quedé alucinado de ver que en el pequeño estanque había no menos de veinte peces de colores, cosa que yo antes no había visto. Mi proyecto era el de pescar el mayor número de peces posible, que en principio trate de hacerlo con la mano y en vista de que no me daba resultado, comencé a utilizar el servicio de mi sombrero. Posiblemente llevaría cerca de una hora en mi infructuosa pesca, cuando despertándose mi padre y darse cuenta de que yo había desaparecido, se llevó un momentáneo y mayúsculo susto, pero enseguida me vio donde estaba y llamándome con una fuerte voz, me hizo llegar a donde él estaba y recibí por ello una pequeña regañiza.


Nunca hasta entonces había recibido yo semejante decepción de no haber podido pescar ni un solo de aquellos preciosos ejemplares de peces. Cuánto hubiese dado yo en aquel momento por haberme hecho siquiera con uno de aquellos animalitos que tranquilamente nadaban en su fresco y apacible estanque. Pero primero se me escurrían de la mano, y después se salían del sombrero y me quedaba con solo un poco de agua.

Pasados diez o doce años de este acontecimiento, fui en varias ocasiones a las fiestas de San Benito. En una de ellas, debía tener yo 16 ó 17 años, me hice una foto con dos paisanos míos que juntos habíamos ido; uno, Antonio Suárez Molero; otro Florentino Escribano Valero. El primero cinco años mayor que yo; el segundo de mi quinta. Aquél falleció hace mas de veinte años; éste no menos de cinco o seis. Yo aquí estoy para contarlo.

lunes, 30 de junio de 2008

Algo se muere en el alma...


La última entrada que hice en este mi Blog, fue para comentar el contacto telefónico que había tenido con mi gran amigo y residente en Córdoba, Rafael Serrano Valero, al que como dije, lo note bastante fastidiado en cuanto a su salud.

Tal contacto con mi amigo Serrano, lo fue el día 21 del corriente mes de junio. Esta noche, última del mes, al llamar a mi hermano Antonio a Villaharta, me ha dado la noticia de que el pasado Sábado día 28 fue enterrado mi citado y querido amigo. Exactamente una semana después de estar hablando con él, recibía sepultura. Como dicen dos estrofas de unas populares sevillanas: "Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va". Nada en tan pocas palabras, dictaminan una realidad tan evidente. Cuando un verdadero amigo, como Serrano lo era para mí, y, me consta que yo también lo era para él, un trozo de la propia vida de uno se marcha acompañándolo en su eterno viaje.

Tan pronto he tenido la noticia de su óbito, he llamado a su viuda para darle el pésame y no he podido remediar que unas, bastantes, lágrimas hayan acudido a mis ojos. Con la muerte de mi entrañable amigo Serrano, otra de las hojas que en ese árbol, del que hice referencia en una de mis ya pasadas entradas en este Blog, y que estaba bastante próxima a la que a mi me representa, deja ese vacío que a estas alturas de la vida, ya no llega esa primavera que pueda reemplazarla en el sitio que ocupaba.

Amigo Serrano, que Dios te conceda cuanto hayas merecido en tu paso por esta vida, que en cuanto a lo que fue nuestra amistad, no pudo ser mas leal y entrañable.

SERRANO, hasta siempre.

lunes, 23 de junio de 2008

La fuerza de la AMISTAD

Hace un mes aproximadamente llame a un gran amigo mío residente en Córdoba, con el que he tenido periódicos contactos y por su forma de hablar, y además me lo dijo expresamente, estaba bastante fastidiado de salud.

El pasado viernes día 20, volví a llamarlo y nadie cogía el teléfono en su casa. Sospechando que pudiera haberse agravado su estado, llamé a un hijo suyo residente aquí en Málaga e igualmente no respondían a la llamada. Ésto aumentó mi sospecha de su agravamiento y repetí la llamada el sábado día 21 por la noche. Esta vez recogía la llamada su esposa y a mis preguntas me dijo que su marido había estado unos cuantos días internado en el hospital Reina Sofía de Córdoba en estado bastante grave, donde por el momento le habían dado el alta, y que hacía unos momentos habían regresado. Su mujer me dijo que hacía bastantes días no coordinaba las palabras, pasaba de unos temas a otros y en parte había perdido un tanto la memoria. Ante mi pregunta si podía hablar con él, me respondió que le iba a dar el teléfono y una vez terminada mi conversación con él, que hiciera el favor de no colgar y le dijera que me había contestado y que tal consideraba sus respuestas a las preguntas que pudiera hacerle.

Escuché la voz de su mujer decirle, "toma es para tí, de tu amigo Rafael Galán". "Rafalíto, como él siempre me decía, como andas", yo estupendamente le contesté al tiempo que le preguntaba "y tú, como te encuentras". Yo estoy bastante fastidiado, me contestó y he estado unos pocos días internado. Esto ya son cosas de viejos, pues cuando estábamos en La Calera no nos pasaba nada de esto. Este amigo mío, también llamado Rafael, como no, y de apellidos Serrano Valero, éramos los seguros siempre en el trabajo en dicha finca; los tres años que yo trabajé en la molina, estuvimos siempre juntos y en el mismo relevo. En mis memorias cuento hasta el día en que él se marchó a la mili, que fue el día 28 de marzo de 1944, por tanto era dos años mayor que yó. Como he citado anteriormente fuimos, y lo seguimos siendo, unos entrañables amigos.

De toda la conversación que sostuvimos por teléfono de una duración de ocho o diez minutos, que yo traté de no prolongarla más para no molestarlo en exceso, fue testigo su propia mujer.

Cuando terminamos de hablar y que sin duda había sido a través de un aparato inalámbrico, su mujer tomo el mismo y saliendo de la habitación donde estaba su marido, me dijo que estaba totalmente extrañada de la forma en que había sostenido la conversación conmigo, cuando como me había dicho, desde hacía varios días pasaba de unos temas a otros y en muchas ocasiones decía verdaderas tonterías. Igualmente me añadió que tenía que tener mucho cuidado con él, porque de vez en cuando se tiraba de la cama y en general que se encontraba bastante grave. No quise preguntarle cuál era el motivo y aunque se que tenía un padecimiento de corazón, tal vez se hubiera complicado con alguna otra enfermedad.

Como he titulado esta entrada, la fuerza de nuestra amistad, la reacción de mi amigo Serrano, cuando le dijeron que la llamada era mía, la propia alegría que le produjo al saber que lo llamaba su amigo Rafalíto, le hicieron sin duda volver sus recuerdos a más de sesenta años atrás. Dentro de unos días volveré a llamarlo a ver como sigue.

Sin ninguna duda, los amigos forman una parte muy importante en el devenir de la vida de las personas que hemos tenido la suerte de contar con amistades como la que me une con mi amigo Rafael Serrano, que por ser rubio, era conocido y los es, en Villaharta, con el apelativo del "Cano Serrano". Amigo Serrano, que te mejores.

viernes, 20 de junio de 2008

Última foto del año

Fácil, ¿no?



Esta es la última foto que cuelgo en este blog (por este año), que ya empiezan las vacaciones:

lunes, 16 de junio de 2008

INCOMPARABLE RECUERDO



Como prometí en la entrada de ayer y con respecto al mismo tema, vuelvo hoy a las andadas.

Aún pecando un tanto de vanidoso y reconociendo que dentro de mis limitaciones poseo para mis descripciones un vocabulario relativamente aceptable, me considero un analfabeto para poder hallar palabras que pudieran expresar siquiera aproximadamente el hecho que voy a exponer a continuación.

Día 16 de junio de 1959. Podrían ser aproximadamente las 10'30 horas de aquella calurosa mañana, cuando en el tren expreso Madrid-Málaga, llegaba a esta última ciudad, vestido de uniforme y luciendo mis recién estrenados galones de Cabo de la Guardia Civil. Pese a que la cantidad de pasajeros con que llegaba el tren a Málaga no era muy grande, yo tal vez mientras tomaba mi pequeño equipaje, compuesto por una maleta y un bulto más, cuando descendí del convoy no quedaban muchos detrás de mí. Una vez sobre el andén con el corazón latiendo a fuerte ritmo debido a lo que me esperaba encontrar y al dirigir la vista hacia el pequeño bullicio que se dirigía hacia la salida, a una distancia aproximada de unos cincuenta metros, divise la escena, que como cito anteriormente, produjeron en mi estado de ánimo el mayor impacto emocional y beneficioso, que nunca hasta entonces y creo que después tampoco, me hayan sucedido.

A la distancia que indico antes, venía en primer lugar mi hijo Rafa que a la sazón contaba dos años y cuatro meses, corriendo hacia mí con la velocidad y fuerza que un niño de su edad podía realizar; mi otro hijo José Carlos, que según indiqué ayer en ese día había comenzado a caminar por sí solo, con ese torpe caminar de quién comienza y posiblemente estimulado por su madre para que al igual que su hermano vinieran en mi busca y tras ellos, la madre de ambos, mi mujer, que tal vez porque hacía dos meses que no la veía, al igual que a los niños, mostrando ella una amplia sonrisa y luciendo uno de los vestidos que solo ella tenía esa gracia y habilidad para confeccionarlos tal cual, y confieso que sin duda ha sido el momento en que mas guapa y atractiva, si cabe a como era, la encontré, cuando llegamos a reunirnos los cuatro, nos fundimos en un fuerte y prolongado abrazo, repartiéndonos besos a diestra y siniestra y así permanecimos durante un rato. Como creo así lo hice constar en mis memorias, por volver a vivir aquel momento en su estado natural como lo fue, daría sin duda el resto de los días de vida que me resten.

La profunda huella que dejan en el sentimiento de una persona, hechos como el que termino de relatar, son lo que no tienen precio, ni se olvidan jamás.

domingo, 15 de junio de 2008

Mi ascenso a Cabo

Hace cuarenta y nueve años a estas horas, estábamos recibiendo mi promoción el Despacho que nos justificaba el ascenso a Cabo de la Guardia Civil. Tal vez visto desde una perspectiva imparcial y ajena al Cuerpo, se considere una cuestión insignificante, para mí supuso hasta entonces el logro más importante en cuanto a mi vida profesional. Si diez años anteriores a esta efemérides yo ejercía como jornalero agrícola, con las penalidades, sinsabores, desconsideración de la inmensa mayoría de la sociedad y por añadidura, los míseros sueldos con los que se nos remuneraba el trabajo realizado, era una circunstancia de la que, como digo diez o quince años anteriores, no llegaba ni a soñarlo siquiera.

Mi modestísimo despacho, que aún conservo, y que para poner el nombre de cada uno, recurrimos, dentro de los componentes del Curso, a un gran pendolista, para que como mínimo la señalización del nombre diera un poco realce a tan humilde, pero de infinita apreciación, de tal documento. Con posibilidad, esto de pendolista no os suene mucho que digamos, ya que hoy han perdido el noventa por ciento de su razón de ser, dado a que los ordenadores suplen con creces sus cometidos.

Esta efemérides, como en la mayoría de los casos en que cito alguna, lleva otra aparejada y que no es otra que la de que mi hijo José Carlos echó a andar por sí solo. Tenía algo mas de catorce meses, la verdad es que no fue muy precoz en su andadura. Después ha corrido lo que en un principio le llegó tan tardío.


Mañana, señalaré otra coincidencia con el motivo de esta nueva entrada. Hasta mañana.

sábado, 14 de junio de 2008

Una de expresiones

Premio para...Pepe:


¿Qué expresión castellana podría rebatirse con la siguiente foto?

sábado, 7 de junio de 2008

Día del Medio Ambiente

El pasado 5 de junio se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente. Para celebrarlo, esta semana tenéis que adivinar qué animal se ve en la siguiente foto. Es un poco más facil que la de la semana pasada:


jueves, 5 de junio de 2008

Aniversario. Otro más


Hoy se cumple el 111º aniversario del nacimiento de mi madre. Entre una madre y un hijo hemos visto sucederse tres Siglos. El traer a la memoria esta efemérides en el día de hoy, se debe principalmente, porque recuerdo perfectamente que el día 5 de junio de 1932, hace por tanto SETENTA Y SEIS AÑOS, hallándonos cenando mis padres y yo, mi madre dirigiéndose a mi padre le dijo: "Ya vamos para viejos, hoy cumplo 35 años". La respuesta que dio mi padre a semejante noticia no la recuerdo, pero puedo jurar que poca mella le haría en el sentimiento. Podéis haceros una idea los regalos que recibiría de su marido por tan feliz acontecimiento.

Por la fecha que cito, mi madre se hallaba también en séptimo mes de embrazo, de su quinto hijo; concretamente el día 27 de julio siguiente a cuanto estoy relatando, nacería mi hermano José. Sin duda, la indiferencia a estas circunstancias de los cumpleaños, onomásticas y otros casos, podían calificarse como "zarandajas", expresión que se daba cuando una cuestión carecía de importancia.

Sin lugar a dudas, para mí, el recordatorio de mi madre de que cumplía 35 años, hizo mucho mas impacto en mis sentimientos que el que le produjo a mi padre. Yo mirando de soslayo a mi madre, realmente la veía bastante vieja, vestía totalmente de negro, tenía un pelo muy largo que le llegaba a la cintura, pero recogido en un moño sobre su nuca. De forma un tanto velada, recuerdo como si algunas arrugas comenzaran a aparecer en su rostro y como última conclusión a mis pensamientos, lo fue el que hasta cuando viviría mi madre. Hoy puedo contestar a esta incógnita: falleció sesenta y un años, diez meses y quince días después de haber cumplido sus treinta y cinco años. Yo estaba en plena niñez, duplico su edad de entonces y un añadido de trece años.

Posiblemente a vosotros os chocará un tanto la total indiferencia que se mostraba a tales eventos de los cumpleaños, como digo anteriormente, pero existía un motivo irrefutable para ello, y no era otro que la lucha por la supervivencia de la propia prole y de ellos mismos.

miércoles, 4 de junio de 2008

MEDIO SIGLO, ahí es "na"



A esta hora de hace hoy MEDIO SIGLO, cincuenta años pasados día por día, me encontraba sin lugar a dudas, a menos de cien metros donde en este momento se hallará mi hijo mayor. Tal día como hoy me examinaba para el ascenso a Cabo en la Dirección General de la Guardia Civil. Después de que sobre las nueve de la mañana hicimos en el patio unos breves ejercicios de instrucción y nos pasaron revista de armamento, que cada uno hubimos de llevar un mosquetón, desde nuestros destinos de procedencia, pasamos a realizar el examen en sí, que constaba de dos partes: la primera escrita y la segunda oral, ambas eliminatorias.

Para la primera de estas pruebas nos colocaron en el entonces comedor de Suboficiales, sito en la planta baja y a continuación del local del Bar de Tropa y cuya puerta daba al patio principal y a mano izquierda según se entraba. El jefe superior de cuantos formaban los examinantes, era el Teniente Coronel Velasco, que según comentarios, no gozaba de la aprobación general de sus subordinados. Yo desde luego nunca estuve a sus órdenes directas, pero sí que me llegaban los rumores de sus actitudes.

Aquel año se pusieron a prueba unos ejercicios escritos, que aparte de que el nombre del examinando no podía figurar para nada en los folios que se nos entregaron y donde además de figurar una clave secreta que correspondía al Guardia que iba a hacer el ejercicio, también se incluían las preguntas y ejercicios a efectuar. Yo me examiné el segundo día de los algo mas de veinte programados durante el mes de junio, a finales del cual terminaron. Tanto el primero como el segundo día, esos ejercicios escritos fueron bastante difíciles, al punto de que debiendo aprobarse una media de unos quince diarios, para cubrir las 350 plazas anunciadas, este día que yo me examiné, solo pasamos el escrito doce, de los más de cuarenta presentados. A la vista de la escabechina que se produjo en estos ejercicios, en el oral hubieron de pasar la mano, ya que de haber sido de la dureza del escrito, pocos hubieran llegado a buen término. Yo casi seguro que no, porque si bien en el escrito podía compararme entre los mejores, en el oral, confieso que no me había preparado lo suficiente. Me faltó voluntad para hacerlo y además la situación me ayudaba también poco. Un hijo con un año de edad, que no cesaba de llorar en toda la noche. Otro que había nacido dos meses antes de examinarme, por tanto el parto de la madre y todo lo que ello llevaba consigo, y por si faltaba algo, 18 días antes de nacer el niño, y dos y medio antes del examen, tuvimos la mudanza desde el cuartel que había junto al Convento de los Salesianos donde teníamos un pabellón, hasta la Barriada de Carranque donde nos dieron una casa, ya que la citada Orden Religiosa había comprado el local del acuartelamiento para añadirlo a sus instalaciones, lo que así hicieron.

Pero en fin, logré mi propósito, a las diez de la noche de aquel 4 de junio de 1958 tomaba el tren expreso Madrid-Málaga, llegando a esta últimas sobre las doce horas del siguiente día, en que pude dar la noticia a todos los míos, principalmente a mi mujer y luego por carta a mis padres.

Este hecho, fue otro de los muchos buenos que me sucedieron durante mi etapa en la Guardia Civil, de cuyos mas de treinta y un años de permanencia, nunca antes llegué siquiera a imaginar lo beneficioso que me resultó e todos los órdenes de la vida. Tal es mi agradecimiento por ello, mientras en mi vida exista un hálito de conciencia estaré dando gracias y enalteciendo el momento en que ingresé.