domingo, 27 de marzo de 2011

Dos recuerdos de un 27 de marzo


Los días 27 parece ser han sido casi una constante para mí. Nací un 27; dos hermanos míos nacieron un 27; conocí a mi mujer un 27, y hoy 27 se cumplen dos efemérides de hechos que a lo largo de mi vida me sucedieron, aunque de distinto signo.

Voy a tratar de, aunque sea en un relato breve, exponer lo que fue cada uno de ellos y comenzando por orden cronológico en su acontecer.

Del primero se cumplen hoy nada más y nada menos que SETENTA Y DOS AÑOS. Aquel día 27 de marzo de 1939 ha sido uno de los que más me han atravesado el alma. Eran los últimos estertores de la Guerra Civil Española. A mí me faltaba un mes justo para cumplir los 14 años y aunque la mera enumeración de esa edad sea considerada todavía de un niño, los propios avatares por los que ya había pasado me habían hecho madurar en la formación de mi propia personalidad.

Desde septiembre del año anterior, o sea de 1938, fecha en que también mi padre había sido movilizado y destinado al frente de guerra de Extremadura, yo y por razones de aportar un poco de elementos alimenticios de los que hacía más de un año estábamos escaseando, me coloque de pastor con un rebaño de ovejas que eran propiedad del Ejército de la República. En dicho cometido cobraba un sueldo diario de 10 pesetas, más dos pequeños suministros al mes, consistente en unas pequeñas raciones de aceite, azúcar, arroz, pan, garbanzos, judías y creo que eso era todo. Estos suministros venía a traerlos un Comisario Político perteneciente a los servicios de Intendencia del Ejército, que precisamente era sobrino del mayoral del equipo de pastores, compuesto por dicho mayoral, otro señor mayor y yo como zagal, y cuyo Cuerpo era el que disponía de cuanto había que hacerse en relación al ganado y creo que podía estar alrededor de las 300 cabezas. Desde el día en que comencé mi trabajo, que como digo lo era allá por la primera decena del mes de septiembre anterior, y cuya jornada la iniciaba tan pronto amanecía que salía del cortijo donde estábamos alojados, hasta donde estaba situada la majada, distante alrededor de poco mas de un kilómetros y regresando cuando ya estaba anochecido, ni un solo día había faltado a mi trabajo. En este discurrir, llega la tarde del mencionado 27 de marzo de 1939, donde por los propios Jefes del Ejército que tuvieron noticia de que los frentes de guerra de mas proximidad a donde nos hallábamos, habían sido rotos por las fuerzas "fascistas", como se les llamaba y ante la posibilidad de que hasta allí llegaran, ordenaron el traslado de todo el rebaño, en principio hasta la próxima localidad de Conquista, creo último pueblo de la provincia de Córdoba limitando con la de Ciudad Real, y para ello todo el equipo de pastores habían de ir conduciendo el ganado. Urgentemente encerramos provisionalmente las ovejas, y cada uno de los miembros del equipo, fuimos a nuestros domicilios a fin de por lo menos llevarnos, algo de ropa y una manta, dado a que nadie tenía idea del tiempo que pudiera suponer nuestra ausencia.

Cuando yo llegue a mi residencia con todo el miedo metido en el cuerpo y le di la noticia a mi madre, que para colmo hacía casi un mes que no sabíamos nada de mi padre, abrazándose a mí comenzó a gritar diciendo que no iba a permitir que su hijo, un niño todavía, lo separaran de ella. Si la preocupación y el miedo que yo ya llevaba, no era suficiente, cuando yo vi la actitud de mi madre ante la noticia, la acompañé a ella en el llanto y haciéndolo extensivo a mis cuatro hermanos, en edades comprendidas entre los 10 y los 5 años. Pero de momento, todo resultó inútil, no mas de una hora después, salía de mi casa con un pequeño hatillo de ropa y una manta, el corazón encogido y dejando a mi madre en una situación, que recordándolo hoy, no sé como una madre pueda soportar tales situaciones.

La noche nos llegó en un grupo de casas que había junto a la misma carretera de Pozoblanco-Villanueva de Córdoba, antes de llegar a éste último, donde pensábamos pernoctar. Unas dos horas después de nuestra llegada, se presentó un tío mío, marido de la hermana mayor de mi madre que venía dispuesto a relevarme voluntariamente de la misión que me había sido encomendada. Tan pronto amanecía el día siguiente y cuando mi tío junto a los otros dos pastores iniciaban la marcha hacía Conquista, yo y pareciendo que tenía alas en los pies, volvía en busca de mi madre y mis hermanos, que si la despedida supuso todo un drama, la llegada fue también fundirnos en un fuerte abrazo, con muchas lágrimas pero éstas de alegría. Ahora setenta y dos años después, no he podido por menos que algunas lágrimas asomen a mis ojos, recordando lo que a mi pobre madre debió suponerle aquel acontecimiento.

Aquí doy por terminado este relato, no sin hacer constar que al día siguiente y mucho antes de llegar a su destino de Conquista, el rebaño y los pastores fueron alcanzados por las tropas nacionales o "fascistas", siéndoles intervenido el ganado, dejando marchar a quienes las conducían.


Vamos con el relato de la segunda efemérides del 27 de marzo. Ésta sucedía el 27 de marzo de 1950. Pero si la primera fue todo un drama, la segunda, si en el momento era alegría, tanto para mí como para toda mi familia, desde la perspectiva de SESENTA Y UN AÑO después, jamás hubiere siquiera podido soñar, echándole toda la imaginación posible, lo que a partir de entonces mi devenir por la vida iba a suponer. Expliquémonos.

Hoy se cumplen 61 años, de mi última jornada de trabajo en el campo. El día anterior, cuando regresaba de la faena, mi madre me daba la noticia de que el Comandante de Puesto de la Guardia Civil había mandado un recado de que me presentara a él tan pronto regresara. Aunque hacía varios meses yo había aprobado unos exámenes para ingreso en dicho Cuerpo, la verdad es que no tenia idea del motivo de mi cita. Con la preocupación propia del conocer el porqué de requerir mi presencia, momentos después de mi regreso del trabajo, aseado y cambiado de indumentaria de ropa de faena por la de calle, hacía la presentación requerida. Al Guardia de Puertas, como se le llama, o por lo menos se le llamaba al que estaba de servicio a la entrada del acuartelamiento, le indiqué había sido citado por el Cabo Comandante de Puesto. Le pasó la noticia de mi presencia y momentos después me recibía. Al llegar me saludó dándome la mano y me dice: "Mañana tienes que ir a Fuenteobejuna, que era la cabeza de Partido de mi pueblo, para declarar como testigo en un juicio". Quedé totalmente sorprendido por la noticia dada, debido a que yo no tenía noticia alguna de ningún hecho del que yo pudiera testificar. Ante la cara que debí poner, y sonriéndose, volvió a decirme. Es una broma. En el Boletín Oficial del Cuerpo de ayer, viene publicado tu ingreso en la Guardia Civil, así que a partir del día primero de Abril perteneces al Cuerpo y tienes que incorporarte a la Academia de Úbeda el día 12 de dicho mes. Me dio un abrazo, y corriendo volvía a mi casa a dar la noticia a mis padres, que esta vez la acogieron con tanta alegría como yo.

En compañía de cinco o seis compañeros mas, yo llevaba unos días escardando trigo en una finca conocida por "Peñas blancas", distante de mi pueblo unos cinco kilómetros, distancia que habíamos de recorrer a pie, así a la ida como a la vuelta. Dicho trabajo si no lo es necesario de emplearse mucha fuerza física, si lo es de un gran esfuerzo en cuanto a la posición que hay que adoptar, con gran repercusión en la cintura, y que a lo largo de una larga jornada en mas de una ocasión te ves en la necesidad de ponerte en posición normal, o "hacer el pino", como lo llamábamos, a fin de desentumecerte un tanto.

En fin, aquella tarde de hace hoy sesenta y un año, cuando despues de que durante toda la jornada entre bromas con los compañeros de fatiga, y nunca mejor dicho lo de fatiga, cuando el manigero daba la voz de "fin de la jornada", yo tomando el escardillo, que se trata de una pequeña azada, y cogiéndolo por el mango lo lancé hacía arriba con toda la fuerza que posible me fue y acompañando la acción, pronuncié la siguiente frase: "el que lo coja pá él". No recuerdo ni me interesaba quien fuera. Allí quedaba una herramienta, que llevaría en casa de mis padres un montón de años, pero de la que yo me despedía y hacía el propósito de no volver a tomar, aquella u otra similar, mas en mi vida, cuando menos para ganarme un sueldo como jornalero del campo y en el modo y forma en que en aquellos lejanísimos años, se realizaba. Jornadas de sol a sol y sin un día siquiera de descanso mientras duraba el trabajo emprendido. Hoy, hasta parece dolerme los riñones con el solo hecho de traerlo a la memoria. ¿ Cual sería el final de aquel escardillo?. Cuando menos yo, por necesidad no volví a tenerlo que utilizar, aquél u otro parecido. Este último recuerdo me "alegra las pajarillas", como se dice por mi pueblo, con el relato antecedente.

Hasta la próxima.

1 comentario:

Carmen dijo...

Todavía sigue llamandose "guardia de puerta", yo lo se porque en la familia de mi marido hay mucha que pertenece al Cuerpo, así que por ti y por ellos un "VIVA LA GUARDIA CIVIL". Saluditos hoy mas alegres: Carmen