martes, 7 de octubre de 2014

Estampas de la vida en el campo

Un campo cualquiera,,,
Valle Gran Rey, isla de La Gomera, Santa Cruz de Tenerife

Sin que falta me haga para ello, pero siendo un tanto empujado para que lo haga, hoy vuelvo a mis raíces y voy a escribir sobre la vida en el campo.

Hoy quiero dar mi total aprobación, a ese dicho, en verso, de que "nada en el mundo señores, nunca es verdad ni mentira, si no todo es del color, del cristal con que se mira", y aquí me incluyo para decir, que yo las cosas y la vida del campo las he visto siempre en color de rosa, que suele hacerse cuando es en sentido positivo.

Me vienen al recuerdo estampas que solían darse con mucha frecuencia de las gentes del campo cuando por parajes de por sí solitarios caminaban hacia sus lugares de trabajo o a sus viviendas que lo estaban en despoblados, al punto de que en algunos kilómetros a la redonda, solo existían los pájaros y los animales salvajes y allá a lo lejos se divisaba el simple habitáculo de su vecino mas próximo, aunque se le llamara cortijo. Si cuando a lomos de la caballería que lo transportaba, sumido en quien sabe Dios iba cavilando, se cruzaba de buenas a primeras con otro, cabalgando sobre otra acémila, que a lo mejor iba al pueblo para proveerse de cualesquiera de las necesidades que en su humilde morada precisara, para ambos suponía una alegría de tropezarse con otro ser humano por aquellos descampados. Tanto si eran conocidos y llevaban cierto tiempo sin verse,  como si en la vida lo hubieren hecho, sin que norma hubiere establecida para ello, en la mayoría de los casos y como si fuere un acto de cortesía hacía su prójimo, ambos detenían sus caballerías, se daban los buenos días o tardes, según procediera, y mútuamente se preguntaban por la salud y la de su familia, como se presentaba la cosecha, quizá la falta que hacía de que cayera la lluvia y todo cuanto a su vida en el campo era, a la par que uno de ellos, sacando su petaca del bolsillo, recipiente donde se echaba el tabaco suelto, la ofrecía al encontrado, y con ese rito pausado y ceremonioso que el caso merecía, procedían a liar su cigarrillo a la par que no dejaban de charlar entre ellos. Como no, y si ambos eran jóvenes y en edad de ello estaban, nunca podían faltar las alusiones a las novias, bien que ya la tuvieran o lo estuvieran en ciernes.

Las propias caballerías, se olisqueaban la una a la otra como queriendo emular a sus amos y a lo mejor, quien sabe, si en su forma de comunicarse también se hacían sus preguntas de que tal la trataban o de alegrarse  de haberse conocido, si no lo habían hecho antes, como lo estarían haciendo sus cabalgantes, si ello mismo le sucedía. Si el caso se daba de que otro caminanate, a lomos de otra caballería o incluso a pie, pasaba por el lugar, se unía a la tertulia, y como las prisas en el campo y en aquellos tiempos en que yo vivía del mismo o en el mismo, no existían, allí permanecían largos minutos y que para ellos suponía un rato de expansión, y como no, de gozo. El murmullo de las voces de los contertulios y quizá el relincho o rebuzno de alguno de los semovientes, eran lo único que se percibía en el inmenso silencio de aquellos campos, aunque de vez en vez solían escucharse el canto de una oropéndola, de un jilguero, o el arrullo de una paloma o una tórtola, pero la inmensidad de aquellos cielos nítidos que libres de toda polución estaban, todo aquel conjunto que en aquel mínimo de hombres estaba reunido y una o mas caballerías, y efectos especiales del sonido de los cantos de los pájaros, componían una de las sinfonías y sentimiento poético que de mayor deleite pueda darse.

Cierta nostalgia siento al traer al recuerdo cuando algún caso semejante al relatado se me dio, cuando por aquellas veredas que me llevaban hasta mi lugar de trabajo donde a lo mejor había de permanecer incluso semanas, o me volvía hasta el pueblo, eso sí, una vez cumplida la jornada y con la obligación de volver para el inicio de la del siguiente día, pero no por ello lo echo de menos.

Sin lugar a dudas a otros seres, humanos, claro, tales eventos no le resultaran tan interesantes ni guarden de ellos el recuerdo que yo hago.

Hasta la próxima, que no lo será del campo, eso sí, no me provoquéis para que ello no lo haga.

4 comentarios:

Carmen dijo...

Esa vida ideal que tu describes creo que se ha perdido ya hasta en los pueblos, hoy no se porque siempre vamos de prisa, se pasa de una estación a otra sin darnos cuenta, el verano se ha ido sin tiempo a saborearlo y cuando queramos darnos cuenta estaremos en Navidad. Yo no he vivido nunca en el campo, pero los días eran muuuy largos, los veranos interminables y la Navidad no llegaba nunca, no se si esto es por " la civilización" o por "la fecha del DNI" pregúntale a tus nietos los chicos, a ver que opinan y nos lo cuentas... Ji ji ji. Bss.

El abuelo de Villaharta dijo...


Amiga Carmen, tienes razón en el sentido de que esa vida ideal se ha perdido incluso en los pueblos, por que tal es así, que ese camino, o vereda en que yo rememoro esa estampa que relato, ya no existe y que se ha perdido por que años ha, nadie ha vuelto a osar caminar por el, y el monte, en vista de ello, se ha apropiado de lo que yo mismo tantas veces hollé. Un beso

Jcarlos dijo...

Según comenta Alberto, en estos meses que está tratando con muchos agricultores, tanto en el campo como en los pueblos, se ha acostumbrado a darle los buenos días o lo que corresponda a todas las personas con las que se cruza, las conozca o no y ya "hasta le parece normal"

Daniel Torres dijo...

Qué maravilla y qué esperanza que siga siendo así, JCarlos! Y como anécdota que viene a poner un puntito jocoso, os cuento una: hace pocas semanas, hemos tenido aquí a varias amigas estadounidenses, que han estado dando clase de su arte. Pues bien, al volver a su país, todas han dicho lo mismo: cuánto envidian y han echado de menos "lo lento y lo bien que se disfruta de la vida en España", en comparación con la prisa irracional con la que viven los americanos... ¡y eso que lo que han visto es Madrid!