miércoles, 12 de noviembre de 2008

La hoja del calendario


Hoy, aunque con bastantes días de retraso, he arrancado del calendario que tengo en la cocina la hoja bimensual en la que aparecían los meses de septiembre y octubre, dejando al descubierto la última hoja que contiene los dos últimos meses del año 2008, noviembre y diciembre. Al tiempo que instintivamente procedía con la mano derecha a reducir la hoja arrancada para arrojarla a la basura, mis ojos posaban su mirada sobre la que había quedado a la vista y recorriéndola sobre los 61 días que contienen los dos últimos meses, la terminaba sobre la festividad de San Silvestre, último día del año.

Desde que era un adolescente, cada vez que finalizaba un año y por consiguiente entraba otro nuevo, reflexionaba sobre ello y lo comparaba como el que va transitando por una calle hacia un determinado destino y volvíaa la esquina, para entrar en otra distinta. Por la que habías venido transitando y dejabas atrás, jamas volverías a pisarla, pero en la que terminabas de entrar sostenías la esperanza de hallar algo nuevo en tu vida. A este respecto, el recuerdo que conservo con mayor nitidez fue el paso del año de 1939 a 1940. Posiblemente porque entraba el último año de una década, donde había dejado atrás mi niñez, me encontraba en plena adolescencia y para mis adentros, me consideraba ya como un joven hombre, toda vez que pronto cumpliría los quince años. En aquella fecha, me encontraba, como no, en La Calera, cogiendo aceitunas y formando pareja con mi madre. La situación por la que atravesaba la familia en aquellos momentos era sin duda la más penosa y mayores dificultades de todas las que hasta entonces nos había sobrevenido. Mi padre en la cárcel como preso político y mis cuatro hermanos, todos menores que yo, algunos por ahí en algún que otro cortijo guardando animales y los que no estaban todavía en edad de tal menester, a expensas de mis tías allí en Villaharta.

¡Cuántas lágrimas vi derramar a mi pobre madre durante las largas y frías jornadas en aquella faena! A pesar de ello, y aunque por supuesto compartía los sufrimientos que a ella la llevaban a aquellos silentes y reservados lloros, siempre abrigaba la esperanza de que dentro de aquel año que comenzaba, iba a conseguir algo de lo que personalmente siempre se anhela en esa edad. Aquellas perspectivas personales, cuán distaban de las que en el día de hoy espero. La importancia que al paso del tiempo daba en aquellos entonces, en estas fechas me resultan tan indiferentes, que solo un único deseo personal llevo consigo. Mantenerme en el actual estado de salud y de discernimiento mental, y por tanto con ello, evitar primordialmente el sufrimiento de los míos y el incordio que con la pérdida de ambas situaciones, les llevaría consigo.

También, como no, cada vez que hago alguna reflexión del paso del tiempo, traigo a mi memoria, la ausencia de los ya bastantes años, de la mujer que tanto influyó en la dicha de una importante travesía de mi vida.

Ahora me ayuda a mantener mi deseo de seguir viviendo, ver el feliz discurrir de mis hijos y si se me apura, lo mas importante, como a su compás lo van consiguiendo mis SEIS NIETOS.

Hasta otra nueva entrada en este mi blog, del que ya llevaba desconectado algunos días.

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