jueves, 30 de octubre de 2014

La belleza de las amanecidas

Amanecer: sombra proyectada por el Padre Teide sobre el Océano Atlántico y la isla de La Gomera


Todas aquellas personas que me conocen, saben que tengo, no se si la manía de madrugar, aunque ciertamente así es. También mi gran amiga Carmen, suele decirme con frecuencia que soy "mu pensaor", creo que se debe a que pienso mucho, y si es por estar siempre pensando, también acepto que eso me diga.

Bueno ya os estaréis preguntando a que viene todo esto y quizás no os falte razón y que a lo mejor he comenzado la casa por el tejado, así que vamos a poner orden en la materia.


Amanecer: estación de guaguas de Las Palmas de Gran Canaria

Esta mañana, como todas las mañanas, salvo raras excepciones, me levanté bastante antes de que las claras del día alumbren la tierra, (me refiero claro, a Málaga, donde estoy).  Inmediatamente después de echarme fuera de la cama procedo a poner el balcón y todas las ventanas de la casa de par en par a fin de que se ventile. Suelo hacerlo con frecuencia y esta mañana también, de asomarme por la ventana de mi dormitorio para observar  como está el cielo sin duda para ver si está o no cubierto de nubes que amenacen lluvia, que como sabéis, en reciente entrada ya manifesté cuanto me place el ver llover. Pero no, esta mañana estaba el cielo totalmente raso, sin que ni una pequeña nube se hallaba cuando menos por el punto donde yo tenía dirigida la vista. Por el contrario si percibí que las primeras claras del día comenzaban a mostrarse por el oriente. Permanecí por espacio de quizá algún minuto contemplando ese detalle, y lo primero que se me vino a  la mente, fue el de dar gracias a Dios porque me permitía permanecer en la vida otra amanecida más.


Amanecer: Playa de la Misericordia (Málaga)

Sentado en la cama y quizá dando la razón a Carmen, pensaba en las muchas, muchas, muchas amanecidas que he contemplado a lo largo de mi vida, y el hacerlo desde que asoman los primeros vestigios de la aurora, como esta mañana, hasta que los rayos del sol, que como diría Cervantes en la primera salida de Don Quijote, no puede ser mas poética, y que quiero recordar, era poco mas o menos, así: "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra, las doradas hebras de sus hermosos cabellos...". Muy particularmente pude embelesarme en más de una ocasión, cuando caminando y precisamente con rumbo de oeste a este, y comenzado cuando aún todavía el cielo estaba preñado de estrellas e igual se veía al uno y el otro lado opuesto del recorrido del astro rey, sin ninguna señal de que estuviera a punto de llegar el momento de cuando yo lo contemplé esta mañana, nada en la vida hay tan gratificante y que mas profundo llegue hasta las propias entrañas del alma, el poder observar ese tiempo, quizá puede durar cerca de una hora, pero aún, a como cito que Cervantes contaba como era la salida del sol, nunca creo haya habido, ni seguro podrá haberlo, persona que pueda describir tanta belleza, tal se produce a diario por la propia naturaleza, si el horizonte no se halla cubierto de nubes. Pues y como apuntaba antes, cuando en bastantes ocasiones yo me dirigía de mi pueblo a mi lugar de trabaja, distante unos diez o doce kilómetros de distancia, siguiendo siempre el camino de oeste a este,  comenzaba con todo el firmamento empedrado de estrellas, luego empezaba a dar señales la venida de la aurora, los pájaros desde sus lugares de pernocte comenzaban con sus trinos y algarabías, sin duda como dando muestras de alegría, como yo esta mañana, de dar gracias a Dios por permitirle estar vivos un día más, hasta que los primeros rayos de sol comenzaban a calarse a través de las verdes hojas de los olivos, como indicaba anteriormente, eso solo es obra de Dios, y Dios es inalcanzable. Ese efecto que me producía el extasiarme ante tanta belleza, me llevaba a pasar el día de un talante tan optimista, que ni siquiera el sacrificio del trabajo a realizar durante una larga jornada, conseguía hacer mella en mi estado de ánimo.


Amanecer: aterrizaje en el aeropuerto de Gran Canaria

A lo largo de mi ya larga vida, he tenido la suerte de contemplar verdaderas obras de arte, tanto en el orden pictórico, musical, la escultura, de las letras y otras, realizadas por personas, pero confieso, que el efecto que en mi producía, un solo amanecer que incluso hasta en mi busca venía, no lo ha conseguido ninguna de esas maravillas, porque también no tengo más remedio que reconocer que lo son, y lamento el no haber sido dotado con alguna de esas facultades para que cuando menos, dejar algo de cierta importancia para la posteridad, pero eso lo consiguen solo los elegidos, y estos pocos lo fueron, lo son y lo seguirán siendo.

Posiblemente no todas las personas conseguirán entusiasmarse al igual y el porque a mi me sucede, pero creo que cada ser somos un mundo y yo lo soy así.

Hasta la próxima entrada que ya veremos por donde desbarro.

viernes, 24 de octubre de 2014

Festividad de San Rafael Arcángel

Triunfo de San Rafael de la Puerta del Puente (Córdoba)

La festividad de San Rafael Arcángel, que hasta hace varios años se celebraba en el día de hoy, 24 de octubre, y que la Iglesia reunió la de los tres Arcángeles en el 29 de septiembre. Por cuanto a la ciudad de Córdoba, que es su patrón, e igualmente sucede en mi pueblo, se sigue celebrando como siempre se había hecho, y claro yo como buen villaharteño y cordobés, me llamo Rafael y por tanto hoy es mi onomástica.


Aunque hace algunos años hice la entrada en este blog y así lo hice constar, pero vuelvo a repetirlo y lo hago en memoria y recuerdo de mis padres, hoy hace 68 años recibía la primera felicitación escrita en toda mi vida, y que consistía en una postal con la imagen de San Rafael, escrita por mi madre en el reverso en la que me deseaba felicidades, y enviada hasta Sevilla donde me encontraba realizando el servicio militar. Aún el tiempo transcurrido, conservo dicha postal. Volviendo la vista atrás recuerdo a mis padres como eran entonces y siento cierta emoción al traerlos así a la memoria, y siempre y seguro hasta el fin de mis días, pocos son los que pasaron y seguirán pasando sin que pasen por mis recordaciones. Como podréis observar en la dedicatoria escrita por mi madre, la ortografía no era para ella una preocupación, claro vino al mundo tres años antes de terminar el siglo XIX,  cuando el analfabetismo era casi general en las clases trabajadoras, y en cuanto a ello, puedo decir que hasta mis cuatro abuelos, sabían leer y escribir. Pero en la citada dedicatoria hecha por mi madre, venía su propio corazón y que solo con echarme sus letras a la vista me llegaron al alma, y aun hoy, lo siguen haciendo.



Baste por hoy, y como digo sirva esta entrada como homenaje y recuerdo a mis padres, y como no, también a mis tres hermanos, que seguro ellos allá en cielo, estarán festejando su particular San Rafael.


Hasta la próxima entrada.

lunes, 20 de octubre de 2014

La bellota y el hurto famélico


Por el nombre dado a la entrada de hoy, veréis que he vuelto por mis fueros, o sea como la cabra, que siempre tira al monte. Pues así es... Vamos a ello.

Comenzaré diciendo que la bellota es el fruto de varias especies de árboles, tales como la encina, la coscoja, el quejigo y el alcornoque, que yo recuerde ahora, aunque el fruto de cada uno de ellos es diferente en sus cualidades, aunque muy semejantes en su forma, siendo la principal y mas conocida, el fruto de la encina, y es a esta a la que me voy a referir principalmente, y también por otro motivo sin duda menos trascendente, a la de la coscoja, pero que también tuvieron su porqué en un momento, aunque en escaso tiempo e importancia en cuanto a mi vida.

Por las fechas en que nos hallamos en que ya habrá comenzado sin duda la maduración de la bellota de las encinas, al igual que las demás, diré en primer lugar que ello fue la causa en que yo hube de abandonar mi primer trabajo en el campo, como porquero, cuando contaba diez años de edad, y que ya he citado en varias ocasiones, debido a que al comenzar la montanera en el cebo de los cerdos para las matanzas, y para ello se precisaba el vareo del fruto de las encinas, cosa que yo por razones obvias con mi edad no podía hacerlo, tuve que cesar en mi cometido y fui sustituido por un hombre adulto.

Por otra parte, como las faenas en el campo por estas fechas era bastante escaso, me refiero a mi infancia y juventud, la mayoría de los hombres que se encontraban en el paro, y alguna que otra mujer también, procedían al hurto de dicho fruto en los extensos encinares que por el sur y la parte occidental de mi pueblo había, y los sigue habiendo. Tan necesario se hacía dicho menester, que incluso no estaba mal visto por nadie e incluso muchos eran los vecinos del pueblo que teniendo cerdos en sus casas y cebándolos para la futura matanza, procedían a la compra de dicho fruto, cuestión que todo el mundo conocía. Como no, yo también en alguna que otra ocasión, salí al campo con el mismo propósito, y recuerdo que mas de una vez vendí el fruto recolectado al propio alcalde del pueblo, que por cierto era primo hermano de mi padre.

Uno de los puntos donde mas solía irse a hurtar las bellotas, era a los encinares de una finca denominada "Peñas Blancas", que había puntos que distaban por lo menos cinco o seis kilómetros del caserío, por ejemplo uno que le llamaban "El Ronquillo", siendo el guarda un señor ya metido en años, llamado Rufino y aunque tenía su domicilio en el mismo pueblo, y tan inmenso era el terreno a guardar, que situándote un tanto retirado de los caminos, era seguro que pasabas totalmente desapercibido y los cuando menos treinta kilos de bellotas conseguías coger en dos o tres horas, aunque eso si, luego llevarlos a cuestas hasta el pueblo para su venta. Cuando menos el jornal bien servido se sacaba y rara vez era alguien sorprendido por la Guardia Civil, que decomisándole el fruto que entregaban a los dueños o sus representantes, lo denunciaban por "hurto de frutos del campo", que el juez de paz, que siempre era un vecino del pueblo, solía imponer multas de cantidades escasísimas, y que posiblemente él, en alguna ocasión lo había hecho también. A esta clase de hurto, se le denominaba "hurto famélico", que resultaba ser se hacía por pura necesidad para comer.

Con el fruto de la encina no se hacía como en el del olivo, que no solía recogerse y generalmente, aparte de lo que se vareaba para los cerdos en la montanera, solía quedar en los campos y servía de alimento para otras clases de ganado, como las cabras y las ovejas, y también para otros animales salvajes, como los jabalíes. Como digo, incluso los propios propietarios de los encinares, salvo los de escasa importancia, que les servía para el propio cebo de sus animales, no se le daba mucha importancia ni se imponían grandes medidas para evitar el hurto de los mismos.

Durante la Guerra Civil y el tiempo que estuvimos exiliados, precisamente por el Valle de los Pedroches, donde existen sin duda una de las mejores dehesas de encinar de España, y que pasamos precisamente tres otoños, los de los años 1936, 37 y 38, además de que servía para alimentar el ganado que poseíamos de cabras y caballerías, y que libremente llevabámos a pastar donde nos parecía, también nos servía de almuerzo, y en hogueras que hacíamos, a la vez que para calentarnos, también servían para asar las bellotas, que resultaban ser un exquisito manjar, primero porque realmente estaban buenas, y segundo por que era lo único que podíamos llevar a la boca hasta el regreso al cortijo poco antes del anochecer y de donde habíamos salido tan pronto hecho el desayuno. Alguien dijo en alguna ocasión, y es cierto, que para la supervivencia, no es mucho lo que se precisa. De este aserto, puedo dar fe.

Por cuanto a lo de las bellotas de coscoja, que son de un color castaño más oscuro que las de las encinas, de un paladar casi desagradable, pero tienen una cascara mucho más fuerte que el de las bellotas de encina, los recogedores de aceitunas, como los dedos índices de cada mano eran los que principalmente se utilizan para recoger el fruto del suelo y pasarlo a la palma de la mano, el roce permanente de dichos dedos con el suelo había que preservarlos a fin de no terminar haciendo desaparecer, primero la uña y luego las propias yemas de los dedos sangrando, por lo que solíamos utilizar como dediles, además de baratos, las bellotas de coscoja que una vez sacado el fruto de la cascara, y buscando las que mejor se adaptara al grosor del dedo de cada cual, daban un resultado maravilloso, ya que eran las propias cascaras de la bellota, que ya he apuntado  bastantes duras, las que sufrían el desgaste por el contacto con la tierra, yendo siempre provistos de las correspondientes reservas, para en caso de rotura o desgaste del dedil que tenías colocado, sustituirlo por otro que en un santiamén se preparaba.

Ah, y en la mayoría de las casas del pueblo, solían guardarse bellotas, siempre de las encinas que se conocían eran las que tenían el fruto más dulce, y que una vez secas incluso, resultaban riquísimas al paladar y hasta para la merienda de la tarde, solían sustituir al chocolate, que no se tenía, para comer algo, entre el almuerzo y la cena.

Por estas fechas también madura la castaña, pero en mi pueblo solo en las sierras de la Chimorra, a no menos de quince kilómetros del pueblo, había unos cuantos castaños, pocos,  y las bellotas las teníamos a las puertas de la casa.

Como podréis observar y como citaba anteriormente, para la supervivencia, con poco se soluciona. La bellota tenía, como suele pasar con la algarroba, que comiendo con exceso, extriñe un tanto su ingestión.

Hasta la próxima que ya veremos que da el tiempo para esa fecha.

lunes, 13 de octubre de 2014

Volviendo la vista atrás, muy atrás

Puerto de Málaga

Hoy en esta sosegada jornada tras la festividad de la Virgen del Pilar, Patrona de la Guardia Civil, aunque ayer por motivo de la lluvia, se nos frustró la intención que teníamos de asistir cuando menos a la celebración de la Santa Misa, no así a la representación de una de mis zarzuelas favoritas, como es "La Boda de Luis Alonso", cuya música de su intermedio, como creo he hecho constar en un comentario en el Facebook, muchas veces he tatareado, sin nada que lo impida, trayendo a mi mente pasados y lejanos recuerdos, hoy se cumple un aniversario con relación a  mi vida en el Cuerpo.

Tal día como hoy, pero de hace sesenta y tres años, o sea el 13 de octubre de 1951, prestaba mi primer servicio en el Puesto de la Aduana, donde causaba alta en la revista del citado mes, procedente del de Torrelasal, ya desaparecido, como otros mucho más, que se hallaba, en una edificación totalmente aislada, en la costa cerca de la barriada de Sabinillas.

Aunque podía haberlo hecho cinco días después, quizá por esa tendencia mía a madrugar, o adelantar el tiempo a lo que estaba previsto, aquella mañana verificaba mi presentación ante el Brigada Comandante de puesto. Era sábado, día en que se verificaban los cambios de turno en los servicios de línea diurno y nocturno, y aunque los relevos lo eran a las catorce horas, yo realicé mi presentación sobre las diez de la mañana, comunicándome que me pasaba al turno de la noche.

Momentos antes de las veinte horas de aquel sábado y previo el sorteo correspondiente, me tocó prestarlo en el punto de entrada al recinto portuario por el Puente de Hierro, por el que pasaban y creo lo siguen  haciendo, las vías del ferrocarril y que además de los trenes de mercancías, igualmente lo hacía el tren de suburbanos, que partiendo de Málaga llegaba hasta la localidad de Coín. Así mismo existía un pasadizo para la entrada de personal, donde había de permanecer por espacio de nada más, y nada menos que doce horas.

Si atrás dejaba el servicio en la costa por aproximadamente igual número de horas, desde antes del anochecido hasta después del amanecido, como estaba estipulado, cuando menos se hacía en pareja, se tenía con quien charlar, y aunque estaba prohibido, mientras uno vigilaba, otro daba una cabezadita de dos horas, que algunas noches se llegaba hasta dar dos de ellas, con lo que se pasaba la noche mucho mas distraído. Pero doce horas completamente solo, sin más distracción que cuando algún superior llegaba a vigilarte el servicio, y las buenas noches o buenos días que te eran dados, no siempre, por los pescadores que entraban y salían de sus trabajos o para la compra de pescado en las subastas que se hacían en el sector de la pescadería, con ese lentísimo pasar de las horas, fumando cigarro tras cigarro y consultando el reloj de vez en cuando, que parecía haberse detenido el paso del tiempo, aquello eran noches interminables, como reza el dicho, "una noche toledana". Pero no quedaba ahí la cosa, si no que una vez eras relevado a las ocho de la mañana, tenías que trasladarte al local de la Aduana, donde había que prestar el servicio de reconocimiento de equipajes y viajeros a los que llegaban procedentes de Melilla, que estaba previsto para la hora citada.

Aquella mañana, ya del día catorce, recibía una gran ilusión cuando al llegar al punto donde el barco de la compañía Transmediterránea, uno de los dos que hacían dicho servicio, se hallaba atracado y que lo era el denominado "Vicente Puchol". en el que mi padre cuando hizo el servicio militar en dicha plaza, me contaba era uno de los que utilizaba para ir y venir de dicha ciudad, esto en los años 1919- 20- 21, precisamente cuando la llamada "Guerra de Melilla". Aún  el referido barco permanecía prestando sus servicios en la misma ruta. Creo sería allá por los últimos años de la década de los  sesenta, del pasado siglo, a un nuevo barco le volvieron a poner el mismo nombre y que el primero posiblemente hubiere pasado, merecidamente por su antigüedad, al desgüace. Entonces, y aún hoy, el traer este hecho al recuerdo, me transporta hasta aquellos  lejanos relatos que mi progenitor me hacía cuando era todavía muy niño, pero que llevaré en el recuerdo mientras viva.

Aún cuando esta modalidad de servicio, entre las diferentes que se prestaban en el mismo Puesto de Aduana, todas las demás mucho mas llevaderas que la citada y que se practicaba por los recién incorporados por espacio de un mes aproximadamente, el que yo pidiera mi traslado hasta Málaga, lo era con la esperanza,  primero  salir de aquella ausencia de trato con las personas, excepto las de las familias de los compañeros del puesto a la que estábamos sometidos, cuando contaba veintiséis años de edad, y aunque tuve la oportunidad de echarme una novia, a la que conocí por que circunstancialmente había ido a visitar a unos familiares que vivían en un cortijo en los confines de la demarcación del Puesto de Torrelasal, pero que hubo de volver a su pueblo, también me llevó a ello, la esperanza de poder alcanzar algún destino que no lo fuera el rutinario servicio de la vigilancia que había practicado desde que ingresé en el Cuerpo. Y tales eran mis esperanzas, mes y medio después de mi llegada a Málaga, conseguía mi pase como mecanógrafo a las oficinas del Tercio, donde daba el comienzo de mi dicha, por el resto de los treinta años siguientes de mi permanencia en la Guardia Civil, y por ende, igualmente me llegó lo que fue mi vida personal y de ello, la familiar. La dicha que buscaba quizá en ensoñaciones despierto, se cumplió mucho más allá de lo deseado. Sin duda, uno de los hechos mas trascendentales de mi vida, fue la petición de aquel destino, primero la solicitud del examen que para el mismo se requería y luego mi pase, al que hoy se han cumplido SESENTA Y TRES AÑOS, y que bendito sea el momento en que decidí hacerlo. Muchas veces el destino en la vida de las personas, pende de las decisiones que a lo mejor por "ver", sueles tomar. Eso sí, miro hacia atrás y ya ha transcurrido toda una vida desde mi primer servicio en el Puente de Hierro, que sobre la próxima desembocadura del río Guadalmedina en el mar, une las dos orillas del mismo, con el Puerto de Málaga.

Bueno, como veréis, esta vez me he pasado del campo a las orillas del mar. Hasta la próxima, que no me alcanza de lo que trataré.

martes, 7 de octubre de 2014

Estampas de la vida en el campo

Un campo cualquiera,,,
Valle Gran Rey, isla de La Gomera, Santa Cruz de Tenerife

Sin que falta me haga para ello, pero siendo un tanto empujado para que lo haga, hoy vuelvo a mis raíces y voy a escribir sobre la vida en el campo.

Hoy quiero dar mi total aprobación, a ese dicho, en verso, de que "nada en el mundo señores, nunca es verdad ni mentira, si no todo es del color, del cristal con que se mira", y aquí me incluyo para decir, que yo las cosas y la vida del campo las he visto siempre en color de rosa, que suele hacerse cuando es en sentido positivo.

Me vienen al recuerdo estampas que solían darse con mucha frecuencia de las gentes del campo cuando por parajes de por sí solitarios caminaban hacia sus lugares de trabajo o a sus viviendas que lo estaban en despoblados, al punto de que en algunos kilómetros a la redonda, solo existían los pájaros y los animales salvajes y allá a lo lejos se divisaba el simple habitáculo de su vecino mas próximo, aunque se le llamara cortijo. Si cuando a lomos de la caballería que lo transportaba, sumido en quien sabe Dios iba cavilando, se cruzaba de buenas a primeras con otro, cabalgando sobre otra acémila, que a lo mejor iba al pueblo para proveerse de cualesquiera de las necesidades que en su humilde morada precisara, para ambos suponía una alegría de tropezarse con otro ser humano por aquellos descampados. Tanto si eran conocidos y llevaban cierto tiempo sin verse,  como si en la vida lo hubieren hecho, sin que norma hubiere establecida para ello, en la mayoría de los casos y como si fuere un acto de cortesía hacía su prójimo, ambos detenían sus caballerías, se daban los buenos días o tardes, según procediera, y mútuamente se preguntaban por la salud y la de su familia, como se presentaba la cosecha, quizá la falta que hacía de que cayera la lluvia y todo cuanto a su vida en el campo era, a la par que uno de ellos, sacando su petaca del bolsillo, recipiente donde se echaba el tabaco suelto, la ofrecía al encontrado, y con ese rito pausado y ceremonioso que el caso merecía, procedían a liar su cigarrillo a la par que no dejaban de charlar entre ellos. Como no, y si ambos eran jóvenes y en edad de ello estaban, nunca podían faltar las alusiones a las novias, bien que ya la tuvieran o lo estuvieran en ciernes.

Las propias caballerías, se olisqueaban la una a la otra como queriendo emular a sus amos y a lo mejor, quien sabe, si en su forma de comunicarse también se hacían sus preguntas de que tal la trataban o de alegrarse  de haberse conocido, si no lo habían hecho antes, como lo estarían haciendo sus cabalgantes, si ello mismo le sucedía. Si el caso se daba de que otro caminanate, a lomos de otra caballería o incluso a pie, pasaba por el lugar, se unía a la tertulia, y como las prisas en el campo y en aquellos tiempos en que yo vivía del mismo o en el mismo, no existían, allí permanecían largos minutos y que para ellos suponía un rato de expansión, y como no, de gozo. El murmullo de las voces de los contertulios y quizá el relincho o rebuzno de alguno de los semovientes, eran lo único que se percibía en el inmenso silencio de aquellos campos, aunque de vez en vez solían escucharse el canto de una oropéndola, de un jilguero, o el arrullo de una paloma o una tórtola, pero la inmensidad de aquellos cielos nítidos que libres de toda polución estaban, todo aquel conjunto que en aquel mínimo de hombres estaba reunido y una o mas caballerías, y efectos especiales del sonido de los cantos de los pájaros, componían una de las sinfonías y sentimiento poético que de mayor deleite pueda darse.

Cierta nostalgia siento al traer al recuerdo cuando algún caso semejante al relatado se me dio, cuando por aquellas veredas que me llevaban hasta mi lugar de trabajo donde a lo mejor había de permanecer incluso semanas, o me volvía hasta el pueblo, eso sí, una vez cumplida la jornada y con la obligación de volver para el inicio de la del siguiente día, pero no por ello lo echo de menos.

Sin lugar a dudas a otros seres, humanos, claro, tales eventos no le resultaran tan interesantes ni guarden de ellos el recuerdo que yo hago.

Hasta la próxima, que no lo será del campo, eso sí, no me provoquéis para que ello no lo haga.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Las zahurdillas


Haciéndome eco de la recomendación que mi amigo Luis Carballeda  me hacía  en su comentario de la entrada anterior, y sacar de la duda que también en igual modo y sitio, mi amigo Daniel ignoraba lo que era una zahúrda, para complacer a ambos, y a mí que no me hace falta nada para hablar de mi pueblo y volver por aquellos lejanos recuerdos de mi niñez y primera juventud, hoy voy a tratar de las zahurdíllas, dos puntos que se hallan en los extrarradios de Villaharta.

Comenzando por su etimología, diré que deben su nombre a que luengos años ha, en dichos puntos los habitantes de mi pueblo creo tenían por costumbre edificar en los mismos los pequeños establos donde encerraban los cerdos a lo que se llaman zahúrdas y en otros puntos de España creo que se les llaman también pocilgas. En los tiempos en que yo jugaba allí, se podían ver todavía algunos restos de  de piedras y barro que formaron parte de aquellas zahúrdas. Igualmente y como citaba en su comentario Luis, en la pequeñísima explanada existente en dichos puntos, en la época de la recolección de los cereales solían poner algunas eras donde trillaban y aventaban para separar el grano de la paja de los que habían tenido sembrados.

Y ahora que ya he cumplido con con mi deseo de complacer a mis dos buenos amigos, voy yo a explayarme y añadir eso de como he citado antes de mis viejos recuerdos.

Villaharta (Córdoba)

Como decía en mi comentario de la anterior entrada, hay en Villaharta dos puntos conocidos por ese nombre, que llamábamos las de arriba y las de abajo. A las zahurdillas de abajo es donde generalmente íbamos los niños a jugar y a la vez por aquellos aledaños, nos dedicábamos según el tiempo, a buscar grillos, buscar nidos de pájaros, que el primero que lo divisaba pasaba a ser de su propiedad, y aunque alguien pueda dudarlo, rara vez cometíamos  alguna tropelía de romper los huevos o matar alguno de los pajarillos. El desarrollo de éstos lo observábamos casi a diario, y el día que llegábamos y ya habían abandonado el nido, nos producía una gran decepción. En no pocas ocasiones comenzábamos a merodear por los alrededores de donde había estado el nido, y veíamos a alguno de los polluelos revoloteando de un árbol a otro, con la inexperiencia de haber comenzado a volar a lo mejor el día anterior, y los padres llevándoles la comida en cortos espacios de tiempo. Cuando yo contemplo ahora el embeleso de los niños ensimismados con sus "maquinitas" de todo tipo, en muchos casos que les han supuesto a sus padres un gasto importante para regalárselos me transporto hasta estos hechos que estoy relatando, y puedo asegurar que nos proporcionaba a nosotros posiblemente mayor deleite y goce que a ellos. Otro de los recuerdos incomparables de mi niñez es escuchar el canto de un ruiseñor entre los zarzales de un río o de un arroyo, que no hay un sonido y melodía tan sublime en el mundo como ello. Lástima, por una parte, pero alegría para él, que dicho minúsculo pajarillo, no soporta el cautiverio y nos prive de no poderlo oír a diario.

También en la primavera casi todos los días nos dedicábamos a recoger hierbas que conocíamos debidamente que eran comestibles, entre las que recuerdo, los cornachos, las arbejanas, las yerba gitana, las alcubillas, nombres que seguro nada tienen que ver con los específicos, pero nosotros así las conocíamos y nos las comíamos con lo que nos suplía la falta de no tener otra cosa que merendar, y con el caso de que toda la boca se nos ponía de un color verdoso que luego trabajo costaba volver a su color natural.

Otra de las cosas por las que yo me iba a las zahurdillas, era los días que no había escuela, y me llevaba dos cabras que había en mi casa, a pastar por aquellos parajes, y con ello ahorraba a mis padres 20 céntimos, que cobraba el cabrero a quien se las llevaba los días de colegio, y  a su vez le entregaba diez céntimos por cada una.

Por último, que me he pasado ya tres pueblos por lo menos, y aunque en un comentario que hice en la anterior entrada a Luis y Daniel lo conté, diré para quien no lo haya visto, que a los pocos días de iniciarse la Guerra Civil Española, en las zahurdillas, esta vez las de arriba, una mañana estábamos quince o veinte niños jugando a los soldados portando una bandera republicana de grandes dimensiones, y que daba la casualidad que un par de días antes habían llegado al pueblo posiblemente eran como un batallón de soldados del ejército rojo que iban  con destino a Córdoba para sofocar la rebelión. Cuando más a gusto estábamos jugando a soldados, llegó una avioneta procedente de Córdoba y seguro que confundiéndonos con los verdaderos, comenzaron a arrojarnos bombas y a la explosión de la primera, abandonando la bandera salimos de estampida cada uno en busca de su casa. A unos doscientos metros del lugar de donde nos sorprendió la primera explosión a un primo mío y a mí, volvió a explosionar una segunda que cayó a no más de cien metros de donde corríamos, menos mal que era posiblemente una bomba de mano, y la metralla no nos alcanzó, si hubiere sido mayor, creo que hubiéramos tenido problemas.

A lo mejor otro día volveré a hablar, en vez de como se dice, del Gobierno, de las cosas del campo. Como no.

sábado, 27 de septiembre de 2014

¡Aleluya! Llegaron las lluvias...


Hoy me encuentro contento. Esta noche ha estado toda ella lloviendo, pero lloviendo como Dios manda, no torrencialmente, pero sí con abundancia.

La pasada entrada que era todo lo contrario a esta, parece que Dios que a lo mejor por esos misterios del destino y hasta pudo leerla, se compadeció de mí y diría vamos a darle satisfacción a éste y nos ha dejado una noche intensa de lluvia, cuando menos aquí en esta bendita ciudad de Málaga. Aunque esta alegría mía, no lo es compartida con otras personas, pues precisamente el mismo día de la anterior entrada y unas horas después de haber terminado la misma, en una emisora de radio, casualidad, oía los comentarios de una locutora, señalando que "a ella no le gustaba la lluvia, que le producía tristeza, y no se podía salir a la calle porque se mojaba el bajo de los pantalones", entre otras cosas, y añadía que había personas a las que si le gustaba, pero como extrañándose de ello. Lo siento, pero hoy celebro la noche que ha pasado.

Ya lo he citado en muchas ocasiones en este blog de que en mi infancia y juventud, en mi pueblo cuando llegaba la lluvia se veía como una bendición de Dios, dado a que luego en el verano, de no ser así,  la penuria de la misma llegaba casi a ser dramática. Y luego, yéndome a mis raices, a la agricultura, al campo, y hoy se me viene al recuerdo una clase de siembra que se le denominaba "rozas". Este modo de labranza consistía en arrancar todo el monte bajo existente en el terreno, que generalmente se hacía cuando estaba totalmente cubierto y se iba dejando sobre el lugar donde se iba arrancando, y una vez seco se le prendía fuego y cuyas cenizas servía como abono para la siembra. Como los terrenos que se hallaban cubiertos de matorral, lo eran en donde hacía muchos años no se había cultivado, que siempre lo eran cerros o montículos de tierras pobres para la agricultura y áridas por naturaleza, con la añadidura del calor que la quema del monte que se había dejado sobre el terreno le había dado, para que lo que allí se sembraba, que casi siempre lo era de cebada, por ser el cereal que en terrenos pobres era el que mejor se adaptaba, como la pluviosidad fuera escasa durante el año, se perdía todo lo que se había sembrado y trabajado, pero si llovía con abundancia, el rendimiento de las rozas era extraordinario.

Así, los que tenían esta clase de siembra se pasaban el año implorando a Dios les mandara abundante lluvia, aunque los demás tampoco les fueran a la zaga, y el viento ábrego que era el que  traía la lluvia, siempre estaba en la boca de toda la gente del campo. Ese era el viento milagroso y cierto era, pero tampoco faltaban la alusión a las cabañuelas, que figuraban, y ochenta años después siguen figurando, en el almanaque zaragozano, cuyo autor era Don Mariano del Castillo y Osciero, aunque el actual serán por lo menos los nietos del mismo los que lo publiquen (precisamente yo tengo un ejemplar del año actual), que por haberlo referido en una ocasión delante de ella, mi amiga Carmen me lo regaló hace unos meses, que yo no sé donde pudo verlo. En eso se basaban los que predecían el tiempo, ya que las isobaras y las bajas presiones eran un misterio desconocido, incluso para los mas avezados entendidos de la meteorología, que solían ser los mas viejos.

Actualmente todo el terreno del término municipal de mi pueblo, muy pequeño por cierto, está en condiciones de ser sembrado como roza, ya que todo, y digo todo, está cubierto de monte, dado a que en las veces que en los últimos años lo he visitado, si un solo palmo de tierra he visto sembrado.

Como solía decir mi padre con frecuencia, cuando una persona se obstinaba en tender a sus querencias, que decía "el que nace barrigón, es inútil que lo fajen", pues eso me pasa a mí que tan pronto se me presenta la menor oportunidad, allá que me voy a lo que tan hondo me caló el vivir los veinte años primeros de mi vida, viviendo del, y en el campo. Ah, y para esa locutora que decía que no le gustaba la lluvia y una de las cosas que le molestaba, le digo que para ello hay un remedio muy sencillo, y es "remangarse los pantalones".

Sed compasivos conmigo y perdonarme esta tendencia a "echarme al campo" de vez en cuando, pero es que a veces y como sucede cuando dos personas no tienen nada de que hablar, "hablan del tiempo", pues yo, hablo de lo qué, aunque no mucho, algo sé.

Hasta la próxima, que no me atrevo a prometer de que no sea algo del campo, y vuelvo a referirme a lo que decía mi padre.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Esperando las lluvias...

Lluvia cayendo sobre el Océano Atlántico. Playa de Las Teresitas, Santa Cruz de Tenerife


Aunque los pronósticos del tiempo meteorológico de Televisión Española para el día de hoy, daba lluvias en Málaga, la desazón sufrida, porque hasta el momento en que he comenzado esta entrada ya casi las siete de la tarde, no ha caído ni gota, me impulsan a dejar testimonio, como digo, del desencanto que ello me produce.

Uno de mis grandes gozos es contemplar la caída de la lluvia, y como digo, aquí viene como anillo al dedo ese dicho tan popular como "mi gozo en un pozo", cuando no se cumple lo que uno esperaba o deseaba. 

Muchas veces me he preguntado a qué, y porqué,  me viene ese deleite de ver llover. Ese interrogante me transporta sin duda hasta los primeros días de mi vida, que en todo mi entorno familiar, seguro oía decir y comentar: "¡Y no llega la tan necesitada lluvia!", y "¡Y se va a perder toda la cosecha!"... Ese repetido deseo de la llegada de lluvia, sin que uno ponga nada en ello, deja huella tan profunda, que como me sucede, me lleva acompañando desde que uso de razón tengo. Los estíos en mi pueblo eran de una escasez de agua, sobre todo potable, que quienes poseían alguna caballería, y utilizando lo que en el trabajo del campo solían usarse a diario, las llamadas aguaderas, se trasladaban a lo mejor varios kilómetros para llevar a su casa cuatro cántaros de agua para beber.

En no pocas ocasiones, he oído comentarios de personas de las grandes ciudades, quizá en un tono un tanto peyorativo, cuando a lo mejor lleva dos o tres días seguidos sin dejar de llover, "ahora la gente del campo estará contenta", como si eso fuera un capricho de los "catetos",  y aquí, pese a llevar casi sesenta y cinco años viviendo en Málaga, no tengo por menos que rebelarme contra esos comentarios, y yo les preguntaría a quienes así se expresan: "¿Qué dirías si esa lluvia supusiera para ti perder el jornal de todo lo trabajado durante un año? Seguro tus lamentos serían mucho mas desgarradores, que cuando un labrador se queja de que esa falta de lluvia le supone la pérdida de parte, o toda la cosecha de lo sembrado y trabajado a lo largo de varios meses..."

Durante más de una década en que estuve trabajando en el campo, y principalmente en un olivar, donde realicé todas las faenas relativas al mismo, desde el laboreo, cogida y vareo del fruto, hasta la molturación del mismo en la almazara, recuerdo que por estas fechas, y a lo mejor había buena cosecha de aceitunas, pero que si en el mes de septiembre y octubre, no llegaban esas lluvias, el fruto, se decía no se "otoñaba", se caía en gran parte al suelo y en su consecuencia se perdía gran parte de la cosecha, y yo que ni siquiera había en casa de mis padres una maceta, sentía tan grandes deseos de que lloviera, como los mismos propietarios del olivar, dado a que la temporada de trabajo sería mucho mas corta y ello  me llevaba a dar menos jornales y por tanto dejaba de ganar lo que tan necesitado de ello estaba todo el entorno familiar.

Aunque, en la época de cuando yo trabajaba en el campo, el día que no se trabajaba no se cobraba jornal alguno, esos días de lluvia en que ni siquiera dejaba salir hacia el tajo, con gran alegría cuando al amanecer, y a lo mejor durante toda la noche había estado, y continuaba lloviendo, con cierta alegría solía decirse, "¡hoy, migas perdidas!". Y es que durante los dos o tres meses que duraba la faena de las aceituna, todas las mañanas, y digo "todas", se comían las celebres migas de pan, que por mi tierra suelen hacerse, y de ahí lo de migas perdidas. Asímismo había otro dicho que era el de "día de agua, taberna y fragua". Lo de taberna como no se podía ir a trabajar solía irse a la taberna, mas que nada por charlar con los amigos, y lo de fragua, para reparar las herramientas de trabajo que estuvieran deficientes o rotas.

Parece que en mí, pueda parecer existe cierta discrepancia entre lo que siempre desee cuando en el campo trabajaba, que era buscarme otro medio del sustento menos duro, pero sobre todo mas seguro, y esa cierta añoranza que me lleva de vez en vez a tratar cuestiones de aquella época. Y no tengo por menos que aceptar de que así sea, pero cuando desde incluso mi niñez, el trabajo en el campo  me suponía unos, aunque ínfimos medios para ayudar al sustento mío y de mi familia, y ese, sin duda, mi amor por la naturaleza pura en la que me desenvolvía, quieras que no, y como yo me considero un enamorado de todo ese entorno de las amplias extensiones de terreno, cubiertas, sobre todo de olivos, que fue siempre mi entorno, nada mas que el traer al recuerdo aquellas vivencias, siento cierto regodeo, del que no puedo, pero tampoco quiero desprenderme.

Bueno perdonarme por el tostón que os he largado, a los que tengáis esa osadía de entrar a leer este blog, y que pensareis este tío tiene espíritu de rana o pez, que tanto le gusta el agua, lo que no niego, y sobre todo como he apuntado en esta entrada, cuando del cielo la contemplo caer lentamente, me extasío al punto de que infinidad de veces estando en la cama a lo mejor de madrugada y me despierta ese divino son que produce la lluvia al caer sobre el suelo o las ventanas de la casa, me levanto y a través de los cristales me quedo un rato viéndola caer, y no me importaría el quedarme hasta el amanecer en su contemplación. Cada loco con su tema, y mira por donde yo, de "hidrófobo", nada tengo.

Hasta la próxima que trataré de ser mas ameno, ah, pero sobre todo que haya llovido ya.Y es que ese olor a tierra mojada que exhalan los campos tras recibir las primeras lluvias después del estío, es como el perfume que envían al propio Dios, en agradecimiento por el bien recibido.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Fin de las vacaciones veraniegas

Sobrevolando Fuerteventura, de vuelta de las vacaciones

Hoy han terminado para los míos las vacaciones veraniegas. Dentro de un rato, los últimos en disfrutarlas tomaran rumbo a sus residencias habituales. Como todos los años por estas fechas, el ánimo suele acusar la ausencia de quienes por fuerza mayor han de ausentarse, y anoche cuando asomado a la ventana de mi dormitorio decía adiós a los que se despedían, no pude evitar que algunas lágrimas se asomaran también a las ventanas de mis ojos y dedicadas a ellos, que siempre suelen el último acto de la despedida. En esos instantes, siempre se me viene al recuerdo de esos seres, de edades iguales, superiores o inferiores a la mía, a quienes no tienen la dicha de recibir ni de despedir, por que no los tienen, a los suyos, ¡qué aliciente tendrán para seguir viviendo! Yo, aunque se ausenten, tengo la dicha de tenerlos y sentir que cuando menos, donde quiera que estuvieren, ahí están, ahí los tengo con quienes a diario me comunico y donde en todo momento están pendientes a mí. En ese adiós de anoche, y pese a que siempre he sido, y lo continuo siendo, una persona positiva, pero el acumulo de años creo invita a ello, y como desde hace ya unos años me viene sucediendo, cuando los veo trasponer, me pregunto: "¿será la última vez que los vea marcharse?" No penséis que este sentimiento, pueda ser una señal de algún inicio de desánimo o depresión, no, estad seguros que mi estado de ánimo enseguida se repone y continúo teniendo las mismas ganas, deseos e ilusión de seguir viviendo y pido a Dios que mientras así me tenga, prisa ninguna tengo por abandonar esta vida a la que tan orgulloso y contento me siento de haber venido a ella, con la añadidura de todo cuanto me ha sido dado, al punto de que en esas soledades que los "mayores" solemos tener con mucha frecuencia, aunque alrededor tengamos a una o hasta muchas personas, yo mismo suelo decirme ¿es posible que tanta dicha se me haya dado y se me esté dando hasta estas alturas de mi vida? Pero metiéndome en mis sentimientos, hallo la respuesta, que no puede ser otra, de que me siento uno de los seres mas dichosos que darse puedan. Así que miro al horizonte y ahí mismo veo ya otra vez el mes de junio que es cuando me da la sensación comienza las vacaciones del verano, y volveremos, aunque como este año ha sido, a vernos a retazos, y dos de los miembros ni siquiera he tenido la suerte de tener ante mis ojos. Pero aún así, que el año que viene lo sea como éste.

Antes de esta entrada he hecho otra similar a esta, pero el ordenador me ha estado incordiando y al final todo lo que había escrito no me lo ha permitido publicar. Vamos a ver si esta lo consigo.

Hasta la próxima, si Dios lo quiere y el ordenador lo permite.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Hoy, fiesta de guardar

Iglesia de la Concepción (Santa Cruz de Tenerife)



Hoy domingo y como día de precepto para la Iglesia Católica, se me ha venido al recuerdo el porqué y cómo era el desenvolvimiento de la Iglesia allá por mi infancia y juventud.

Por entonces, y sobre todo desde el principio de los años treinta del pasado Siglo que es desde donde guardo fehacientes recuerdos de todo el acontecer, una de las palabras mas utilizadas, y no para enaltecerla, era la de "clero", que según una de las definiciones del diccionario de la RAE, es la "clase sacerdotal en la Iglesia Católica". Ya la estampa de los propios sacerdotes de entonces, casi nada, por no decir nada, de parecido tenían con los de hoy. Era permanente el vestido del hábito del que supongo que por llegarle hasta los talones se le denominaba talar, el uso del sombrero de ala redonda y color negro que utilizaban siempre fuera de la iglesia y de su casa. Dentro de las sacristías y de su propia casa, usaban una especie de gorro que llamaban bonete, comúnmente de cuatro picos que asimismo era usados por los seminaristas. La primera vez y que siendo niño vi la parte baja de los pantalones del cura, cuando subía los escalones de la iglesia, me causó cierta impresión dado a que yo en mi candidez de la niñez, pensaba que los curas no eran hombres propiamente dicho. y el ver que llevaba pantalones, no me cuadraba con su condición, de lo que yo no se que imaginaba que era un cura, pero desde luego no un hombre.  Pero lo que mas distinguía a los sacerdotes del resto de los hombres, era la "tonsura", que como la misma palabra indica, era una porción tonsurada de la cabeza de forma ordinariamente circular y que era conocida por el nombre de coronilla. En concreto que en la parte alta y trasera de la cabeza, llevaban un circulo afeitado o pelado al cero, y de ahí el nombre, creo, de coronilla.

Y abreviando un tanto, porque si no precisaría de varias entradas para contar todo cuanto a la memoria me viene, diré que las mujeres solo por el mero hecho de entrar a la iglesia, habían de llevar un velo, generalmente negro,  cubriendo su cabeza; tampoco podían entrar llevando los brazos al desnudo, si no que utilizaban unos llamados "manguitos", que les tapaban toda la parte del brazo que la manga corta del vestido les dejaba al descubierto, así cada una tenía su manguito para cada vez que tenía necesidad o vocación de asistir a cualquier rito, que por descontado en nada se parecía a la clase de tela del vestido que en ese momento vestía, y que en su parte alta estaban provistos de una especie de elástico que le sujetaba el mismo a la parte mas extrema de la manga, y era tal el contraste generalmente del manguito con el color y clase de tejido del vestido, que  hoy resultaría de un ridículo exagerado. Los escotes, por supuesto que entonces, eso de dejar al descubierto el "canalillo" que hoy los más recatados suelen emplear, jóvenes y no tan jóvenes, por supuesto no se utilizaban, ni por supuesto hubieran podido permitirse para entrar a los templos.


La comunión no podía recibirse sin llevar cuando menos cuatro horas sin haber ingerido alimento alguno.


Y que decir de la rigurosidad con que había que guardar ciertas normas en la celebración de la festividad de la Semana Santa, donde en mi pueblo por ejemplo, el cine no se suprimía porque no lo había, pero incluso las tabernas o bares, el Jueves y Viernes Santo estaban cerrados a cal y canto, aunque en algunos y por alguna puerta un tanto escondida a la vista, se solía entrar a los mismos y en riguroso silencio, incluso solía echarse alguna partida al dominó y tomarse alguna copa;   los aparatos de radio los pocos y únicos medios que entonces existían, solo podían transmitir música sacra o religiosa; estaba mal visto ir silbando,  cantar o tatarear por la calle y así un largo etcétera, hasta que por fin llegaba el Sábado de Gloria, y con ello la alegría de la Resurrección.


Cuando las campanas de la iglesia comenzaban a repicar, en mi pueblo había la costumbre de que los niños íbamos a la iglesia donde el sacerdote repartía agua bendita que nos echaban en recipientes que a tal efecto llevábamos (yo recuerdo que llevaba una lechera de una cabida aproximada de medio litro), y ese agua se esparcía por toda la casa,  y con ello se expulsaba a los demonios de la misma. Durante el repique de las campanas, también se lanzaban trece pequeños trocitos de piedra  a los tejados, de donde también se expulsaba a los demonios que en los mismos pudiere haber.


Volviendo lo que apuntaba casi al principio de esta entrada, por aquellos años, por todos los partidos de la izquierda, había una propaganda feroz especialmente contra lo que en términos generales, se le llama "el Clero", y que abarcaba a todo lo concerniente a la religión católica, y recuerdo hasta una especie de acertijo que circulaba y que era del tenor siguiente: ¿Qué es un cura? Un hombre blanco, vestido de negro, a quien todo el mundo llama padre, menos sus hijos que lo llaman tío". Todo esto que acabo de exponer es solo una pincelada de todo lo relacionado con la Iglesia, comparada solamente con la de aquellos lejanos años de mi niñez y juventud a la actual.


Vaya por delante, que nada contra la Iglesia tengo, me considero, como decía en el expediente que me abrieron cuando me fui a la mili, en su casilla de Religión, C.A.R., practicante, aunque seguro menos de lo que como tal debiera. En fin que con esta entrada lo que he tratado, es dejar constancia de lo que entonces era todo cuanto a la Iglesia Católica se refiere, y que a partir sobre todo del Concilio Vaticano II, comenzó a cambiar hasta llegar al punto donde actualmente está, y con ello digo, Amén.


Hasta la próxima.

lunes, 1 de septiembre de 2014

El cenacho y el papel de estraza



Hoy me ha dado el pequeño avenate de escribir sobre el cenacho y el papel de estraza, dos cosas que en mi infancia, adolescencia, juventud y hasta incluso de estar ya casi pasándose ésta, lo era de uso tan común, daros cuenta, como son hoy los teléfonos móviles y los "wasap"...

Comencemos por lo  primero. Según el diccciomario de la RAE, cenacho es:  "espuerta de esparto o palma, con una o dos asas, que sirve para llevar carne, pescado, hortalizas, frutas o cosas semejantes".  Los cenachos,  habíalos de distintos modelos, formas y dimensiones, pero a los que yo me refiero, eran de dos asas, en su mayoría de palma, de unas dimensiones aproximadas como son las bolsas que hoy suelen darse en los supermercados, y se utilizaban generalmente para ir a la compra al mercado y a las tiendas. Los "carritos de la compra", cuando menos en mi pueblo no existían, ni creo lo fueran tampoco en las grandes ciudades, o sea que yo creo no existían siquiera,  así todas las mujeres (hombres también, pero menos)  que iban a los mismos, como igualmente a las tiendas, que en su inmensa mayoría eran de particulares y dedicadas a la venta al pormenor y a granel, utilizaban los cenachos. En casa de mis padres había, dos, de ellos uno más usado, que se utilizaba para guardar las cosas dentro de la casa, que se citan en la descripción, y el otro mas nuevo para llevarlo a la compra. Ambos eran de palma, y rara vez se veía uno de esparto.

Los malagueños lo tenemos, porque yo también soy malagueño, como símbolo de la ciudad en "El Cenachero", aunque los dos cenachos que lleva el mismo, por su forma se les solía llamar "capachos", en otras partes también "capazos".

Cuando yo era muchacho, y como el mayor de los cinco hermanos, la mayoría de los recados me tocaba hacerlos a mí, y si lo era para la compra de varios artículos, llevaba siempre el cenacho donde metía toda la compra. El cenacho era a mí, como actualmente son las bolsas de plástico, o sea inseparable.

Pero había una excepción importante, que lo era para la compra del pan, que como quiera que si lo metías con carne, pescado u otros artículos, podía tomar sabor y olor de muchos de ellos, y entonces para ello se utilizaba una bolsa de tela solo dedicada para el pan, y que en casi su totalidad, todas ellas tenían bordada en uno o dos de sus costados la palabra "Pan". Aquí en mi casa, cuando menos existe todavía una de esas bolsas con su bordado correspondiente. Esto solía formar parte del ajuar que las mujeres llevaban al matrimonio.

¿A alguien no le ha quedado claro lo de cenacho, y porque era tan conocido, utilizado y popular? Enterados pues, por satisfecho me doy.

Ahora vamos al "papel de estraza". El diccionario lo describe así: "Papel muy basto, sin cola y sin blanquear". Y asímismo os preguntareis el porqué su importancia para que se haya traído a esta entrada. Pues guarda una relación muy directa con el cenacho, porque ambos estuvieron siendo compañeros inseparables durante luengos años. Vamos a explicarlo.

Los supermercados eran totalmente desconocidos en mi infancia y juventud y los comercios lo eran  de menor o mayor importancia, en los pueblos solo los había de los primeros, y la casi totalidad de los artículos, especialmente en los ultramarinos, se vendían a granel, al punto que yo recuerdo que en casa de mis padres solamente se compraba empaquetado el café, que  venía en cartuchos de un kilo, y hasta me acuerdo de la marca, "Mis nietos", en cuya envoltura había dibujados unos ancianos rodeados de unos cuantos nietos. Pues para envolver todos los productos que se compraban se utilizaba el papel de estraza, así que si llevabas artículos de cinco clases, por ejemplo, azúcar, garbanzos, judías, lentejas y, también hasta la sal, llevabas cinco paquetes hechos con papal de estraza. Encima de los mostradores de cada establecimiento. había un verdadero montón de esta clase de papel, y que solían ser generalmente de tamaño folio, y que los propios dependientes cortaban en dos o mas trozos, según la cantidad que habían de envolver. Se me viene al recuerdo, que la cantidad de la "mitad del cuarto", que son 125 gramos, solía ser la mas solicitada, dado a que las compras en la inmensa mayoría de los hogares, se hacía para el consumo diario, y que incluso los domingos y festivos, salvo dos o tres en el año, solían abrir todas las tiendas. Me admiraba la rapidez y la destreza con la que todos los dependientes envolvían los géneros, lo bien hechos que les quedaban y que por mucho que los movieras no se deshacían. A este respecto, cuento lo que con mucha frecuencia solía sucederme, y es que como de condición siempre fui bastante goloso, el azúcar, aunque lo era a granel, había siempre muchos terrones de mayor o menor tamaño, y cuando hacia compra de dicho artículo, deshacía el paquete correspondiente y tomaba uno o dos terrones, según lo grandes que fueran, pero al intentar rehacer el mismo, para lo cual y como para la inmensa mayoría de estas cuestiones he sido, y lo sigo siendo, un manazas, no había forma de dejar el paquete siquiera medio parecido a sus compañeros, lo que cuando llegaba a  mi casa, mi madre que para todo era un lince,  tan pronto le echaba la vista encima al paquete del azúcar, ya sabía que yo le había metido mano, lo que cuando menos lo que se llamaba un "pescozón", no me lo quitaba nadie. El caso es que no escarmentaba, tal era mi adicción a lo dulce.

El destino final del papel de estraza de los paquetes respectivos, solían tener el mismo que damos hoy al que  llamamos papel higiénico, que en mi pueblo cuando menos entonces, no se conocía, así al deshacer los paquetes pasaba a formar parte del retén para el uso antes indicado.

En dos o tres ocasiones, y en el cortijo de mi primera novia, comí por vez primera y después no he vuelto a probarlo, un trozo de chorizo ibérico del bueno, envuelto en papel de estraza y se ponía enterrado por el rescoldo de la candela de leña de olivo o encina durante varios minutos, y después quedaba, como uno de los bocados mas exquisitos comidos en mi vida. Claro la edad que tenía, dieciocho años, y los años de la hambre, miel sobre hojuelas.

Bueno, aquí doy por finalizada esta rara entrada, y los nombres de cenacho y papel de estraza, que tan desconocida os haya resultado a muchos de los pocos que tengais la audacia de leerla, y lo tan familiar que lo estuvo siendo para mí durante no pocos años, me despido de vosotros hasta la próxima, que sepa Dios por donde y porqué me decantaré.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Cumplemeses


Como hay quien dice que soy "mu' pensaor", hoy realmente me he levantado como tal, y se me ha venido a la memoria un pensamiento un tanto raro, como lo  que hoy es mi cumplemeses. Efectivamente hoy cumplo 1.072 meses de vida. Sí, mil setenta y dos meses, que traducidos a días son 32.629, contando los 22 de otros tantos años bisiestos por los que he transitado. Esto no deja de ser, como decimos en Andalucía, "una majaretá", pero de llegar a las conclusiones de meses, días y años bisiestos, me he encargado de verificarlo. Que le vamos a hacer, "cosas de viejos".

Si desde que nací hubiere podido comenzar a escribir mi diario, y poniendo en cada página un día de mi vida, llevaría ya escritos 32 volúmenes con mil páginas cada uno, y en el trigésimo tercero iría ya por la 629.

En este deambular por mis recuerdos, me remonto hasta el que creo es el primero de los que guardo, y era que estaba sentado en una sillita muy pequeña, junto a mi madre y a la puerta de nuestra casa, en la sombra, donde la acompañaban algunas mujeres más, todas ellas dedicadas a la costura. Este detalle parece hallarse en las penumbras de mis recuerdos, pero que el haberlo mantenido, puede ser, por que luego con el paso de los años, contemplaba la misma estampa de mi madre y algunas vecinas o familiares más, en iguales menesteres con lo que se remozaba ese mi primer recuerdo. Posiblemente no habría cumplido los tres años de edad.

Otro de esos recuerdos que podrían ser quizá algunos meses después, dado a que este no era en el estío, si no en invierno, y lo era  que acompañaba a mi abuelo materno a la taberna a tomarse un "chicuelo", que se llamaba a un café solo, con unas gotas de coñac o anís. Era de noche, hacía viento y frío, y como no había llegado todavía la luz eléctrica al pueblo, se alumbraba con un farol, cuyo combustible era el aceite, y mi abuelo me concedía la importante misión de ser yo el que portaba el mismo.

Creo que pasaría poco de los tres años, o quizá nada, cuando mis padres comenzaron a enseñarme a leer, y de aquí guardo ya  claros recuerdos. De aquella cartilla primera en las que se comenzaban con las vocales, a-e-i-o-u. Después de varias combinaciones con las mismas, la primera consonante era la m: m-ma-me-mi-mo-mu. De estas había dos frases de las que recuerdo exactamente que eran "mi mama me ama" y "amo a mi mama".

Creo que en una de las últimas hojas de la cartilla estaba la palabra "boa", junto al dibujo de una serpiente y un amigo mio, un año mayor que yo, que le costó trabajo aprender a leer, llamado Pedro, pero que lo conocíamos por Periquín, cuando le preguntaban por donde andaba en su lectura en la escuela, contestaba, que "por la bicha".

Creo que en la ya cartilla tercera y en las primeras de sus páginas, había una frase que decía: "el chino lleva coleta", y un dibujo en el que figuraba un chino con una especie de sombrero y por detras una trenza de su cabello.

Y ya en "Lecturas infantiles" o "Lecturas de Oro", no recuerdo en cual de ellos, libros, no cartilla, ya historietas completas, entre las cuales recuerdo una, de la que con el paso de los años, me tocó realizar, y que tenía por título, escuetamente "La Mina". y casi  talmente decía así: "A mí me llevaron el año pasado a una mina de carbón mineral. Un capataz nos acompañó a mi papá y a mí. Llegamos a la boca de un pozo muy profundo, aquel pozo era la mina. Bajamos y vimos a los mineros que arrancaban el carbon mineral. A mi me pareció muy penosa la faena de los mineros". Tenía razón el niño que contaba aquella historia. Ello pude comprobarlo con la experiencia, por espacio de algo más de dos años, que que trabajé en una mina de carbón mineral.

Durante toda esta travesía por la vida, cuántos acontecimientos familiares, personales, políticos, bélicos, meteorológicos, laborales y de tantas y tantas clases más, que es imposible de mantener en el recuerdo. Unos bienaventurados, otros tristes, otros trágicos, otros de la infancia, de la niñez, de la juventud, de la mili, del trabajo, de mis amoríos, de mi matrimonio, de mis hijos, de mis nietos, de mi jubilación, de enfermedades, de fallecimientos que dejan cicatrices imborrables en el alma, de otras cuestiones que no por que los años se vayan acumulando, no dejan de ser alegres, felices y, también porque no, que causen alguna desazón. Y todo esto, también he pensado hoy, que cuando yo me vaya, no es que se vaya conmigo, porque no me es permitido tanto bagaje para ese viaje final, si no que, quedará vagando por ese éter insondable de donde nadie puede apoderarse de nada de ello, por los siglos de los siglos, y por mucho que sea el tiempo que se esté por este mundo, podemos aceptar aquello de que alguien dijo aquello de que "la vida es un instante, comparada con el tiempo que tenemos que estar muertos".

Pero afortunados los que tuvieron,  hemos tenido y tendrán, la oportunidad de venir a este mundo, donde unos lo fueron lo son y lo serán de escasa dicha, otros que pueden haberlo sido, y lo serán de un mero equilibrio entre lo bueno y lo malo, y otros, los más afortunados, grupo entre el cual me considero inserto, y muy próximo a los primeros puestos de ello, cuyo balance me ha sido sumamente favorable, y como recuerdo de una frase de una comedia de la que formé parte,  en su representación cuando era poco mas que un adolescente,  titulada "Anacleto se divorcia", en la que hacía el papel de "Juncosa" y que era del tenor siguiente: "¡Si hasta Dios hizo la noche, pa que luzca mas el día!" . Y eso, aunque haya tenido que pasar por trances y hechos que como creo he dicho anteriormente, rebanan el alma, ello hace que resalten en lo posible los aconteceres alegres y bienaventurados, y dado a que en los más dramáticos que he tenido que soportar, lo fueron de esos, que son imponderables, aunque algunos lo hayan sido con mas adelanto de lo deseado.

Creo que solamente he hecho el dar rienda suelta a cosas de "un viejo", que al no tener otras más importantes que hacer, me he dedicado a pasar someramente, sobre todo por aquellos primeros recuerdos de mi vida, pero que nada de interés tienen, y si quizá algo de curiosidad para mis hijos, nietos y personas de la familia o amistades que sientan por mí cariño, afecto o amistad. Pero ya después de escrito, ahí va a quedar. En la próxima será otra cosa, sin duda de mayor interés o curiosidad.

Hasta ella.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Depósito de recría y doma


Como lo prometido es deuda, y en mi entrada del pasado día 10, prometí hablar de lo que después recordé su denominación. Depósito de Recría y Doma, una unidad militar, que cuando menos en los años cuarenta del pasado siglo cuando yo hice la mili, y ahora creo que también, estaba ubicada en la localidad sevillana de Écija. Todo esto vino a cuento del hecho tratado en la entrada citada, como eran los mulos, romos y castellanos, sus padres y en fin algo en relación con ellos.

Hoy sin ninguna duda, la citada unidad no ha de tener la importancia que por entonces tenía, debido a que el número de caballos y mulos de los que dispone el Ejército, seguramente no llegará ni a la décima parte de cuantos entonces tenía. Perdón, por si su diferencia no es ni aproximada a lo que acabo de citar, pero como suele decirse, lo he dicho al "tún tún", pero seguro estoy de que en aquellas fechas, era muchísimo mayor el número a lo que hoy tengan. Por ejemplo entonces los Regimientos de Caballería que seguro tenían cada uno algunos cientos de caballos, además de que en la mayoría de las unidades del Ejército también se contaba con algunas decenas de los mismos, así como bastantes mulos, a los que se les denominaba acémilas, lo que sin duda supondrían unos cuantos miles entre ambas clases de animales. (Eso de los nombres raros que en ocasiones se hacía en el ejército, recuerdo uno que me hizo gracia, y era el que a las botas se les llamaba "borceguíes"). Hoy creo que la mayoría de los entonces Regimientos de Caballería están mecanizados, y lo que entonces eran caballos y acémilas, hoy son vehículos de tracción mecánica, pese a que, y según he visto en ocasiones, se les sigue llamando Regimientos de Caballería, con alguna añadidura, lo que da a entender que los caballos y mulos están casi desaparecidos.

Así que, tanto la cría como la doma de lo que en aquellos tiempos suponía, habrá pasado a ser, si no mera cuestión testimonial, si de una mínima importancia por cuanto a las necesidades del propio Ejército.

No hay que olvidar tampoco, la gran cantidad de caballos, y voy a decir en la Guardia Civil, que es lo que más conozco, e incluso he utilizado los servicios de un caballo, sobre todo para correrías en las que había que patear mas de treinta kilómetros, que cuando ingresé en el Cuerpo, aquí en la Comandancia de Málaga solamente, seguro superaba el centenar, que sumados todos los que hubiere en las demás, habrían de superar varios miles.

Pero todo este rollo que me estoy marcando, viene a cuento de que en la mencionada entrada del día diez de los corrientes, hacía alusión a una misión que se utilizaba, no sólo en la mencionada unidad de Recría y Doma, sino además también en muchos otros casos particulares, en los actos de la generación, y creo recordar que decía, que a dicho menester se le daba nombre un tanto malsonante. A esa misión a la que me refería se le daba, y se le da, el nombre de "mamporrero".

Según la definición de la RAE, mamporrero, es el "Hombre que dirige el miembro del caballo en el acto de la generación". A ello yo daría igual definición, pero añadiendo a "caballo", también el de "burro".

Ello se hace necesario, dado a que la diferencia de alzada entre el caballo y la burra, son bastante diferentes, en mayor la del primero sobre la segunda, e igual circunstancia ocurre entre la del burro y la yegua, en este caso, también mayor, pero de la segunda sobre la del primero, lo que da lugar a que la situación de los órganos genitales entre los del macho y la hembra, en el acto del apareamiento resultan estar poco coincidentes, lo que hace que se precise el dirigir el miembro del macho hacía el de la hembra a fin de alcanzar "su objetivo".

Ya metidos en faena, como suele decirse, quiero señalar que el miembro del burro, sin lugar a equivocarme, es el mayor de todos los animales terrestres, y se da el caso, que pese a la diferencia de alzada del caballo con el burro, el de éste, es mas del doble que el de aquél. También a este particular señalaré que es muy frecuente contemplar el burro tanto como cuando esta pastando e incluso en ocasiones cuando incluso va con la carga que se le haya colocado mostrar sus atributos, lo que no parecería, si no que, mostrándose orgulloso de lo suyo, quisiera darlos a conocer a todo el mundo.

Pido perdón, y llevando un rato de si contarlo o no por lo que quizá de grosero tenga, me decido a ello, y es que acordándome de un chiste que me contaron, seguro cuando yo solamente  sería  un adolescente, y claro entonces y en un pueblo donde estábamos acostumbrados a ver todo cuanto del burro acabo de citar, me hizo cierta gracia, y reitero mi petición de perdón por si alguien le resbala aún tanto al leerlo, y ahí va tal a mí me lo contaron.

"Iba un padre dando un paseo por los extrarradios de un pueblo acompañado por su hijo de unos seis o siete años, cuando a la sombra de un olivo había un burro mostrando su atributo tal provisto de ello estaba. El niño al contemplar tal menester, le pregunta a su padre: Papá, ¿qué es eso que tiene el burro?, y el padre para salir de trance, le contesta escuetamente: Eso es que está enfermo, hijo.

Días después, el niño paseaba por el mismo lugar, pero esta vez con su madre y como no, allí estaba el burro en igual situación y el niño sin mas preámbulos le dice a su madre: "Mamá, ¿tú ves eso que tiene el burro? Pues es que está enfermo." La madre sorprendida, le preguntó que quien le había dicho eso, y el niño como era cierto, le contestó que papá. La madre. sin entrar en más explicaciones, le dice a su hijo: "¡Qué más quisiera tu padre tener la décima parte de salud que tiene el burro!"

Ya que lo he puesto. Ahí queda, aunque no sea como ejemplo del buen decir, pero tampoco creo que ni aún siendo un meapilas la cosa sea para rasgarse las vestiduras.

Hasta la próxima que ya veremos de que trato, aunque aseguro no contaré chiste de esta clase.

viernes, 15 de agosto de 2014

A la Virgen de Candelaria


Basílica de Nuestra Señora de Candelaria, Tenerife
(15 de agosto de 2014) 



Aunque en mi anterior entrada había prometido continuar en la próxima, que es la de hoy, sobre el tema de los caballos, mulos y burros, pero en honor a mi Editor, que como residente en Santa Cruz de Tenerife, celebra hoy la festividad de su Patrona la Virgen de Candelaria, es la causa del incumplimiento de mi promesa, como digo hice en la anterior entrada.




Virgen de la Candelaria
(15 de agosto de 2014)


Hoy celebra la Iglesia la Asunción de la Virgen, que en el Catolicismo se considera como la elevación al Cielo en cuerpo y alma de la Virgen María. En diferentes puntos de España esta festividad se aplica, a Vírgenes con distinta denominación, como en el caso de Santa Cruz de Tenerife, a su Patrona la Virgen de Candelaria.

Yo, y como reza el dicho que, "donde hubo candela, ceniza queda", y aunque muchos son los años que me separan de cuando yo estaba destinado en el Servicio de Información, tan dentro de mí llevo aquel menester, que no hay acto de relativa importancia que escape a mis conocimientos y por tanto he llegado a saber que, mi referido editor durante la tarde noche de ayer, realizó una peregrinación a su Patrona, la Santísima Virgen de Candelaria, para lo que hubo de recorrer caminando a pie no pocos kilómetros, con esta humilde entrada me uno a su ofrenda y como homenaje a la referida Virgen, y que también, al igual que hasta ahora, le siga prestando su apoyo en todo lo que a él afecte.  

En mi pueblo siempre se le llamó a esta fiesta la Virgen de Agosto, y hasta había un dicho que decía: "Por Santiago y Santa Ana, pinta la uva, pa' la Virgen de agosto, ya está madura".

En mi juventud, la festividad de la Virgen de Agosto era seguro el reunirse varios amigos e irse de comilona al río, o algún sitio fresquito. Una de aquellas comilonas, y juraría no equivocarme, fue en el año 1942, que unos doce o catorce nos fuimos al Cortijo de "Las Mateas", donde el padre de uno de mis grandes amigos, (q.e.p.d.), estaba de encargado. Dicho cortijo estaba cerca de un río, e íbamos con la intención de pescar algunos peces, y además tratar de cazar, pese a estar en plena época de veda, alguna pieza tal como liebre, conejo, perdiz u otras cualesquiera, para lo cual algunos de estos fantasiosos cazadores, iban provistos de su correspondiente escopeta, aunque ocultas entres los aparejos de las  caballerías que para nuestro traslado llevábamos, a fin de que caso de tropezarnos con la Guardia Civil, fueran denunciados y además les requisaran el arma.


Tan rotundo fue el fracaso, primero porque el río estaba seco, y raros charquitos había en el cauce del mismo y por supuesto, peces ningunos. También y como quiera que el calor era sofocante. los que se daban por expertos cazadores, realizaron una pequeña batida sobre la solana de un olivar, y al no levantar pieza alguna, se dieron por vencidos, renunciando a continuar con su propósito.

Pero claro, el día no podíamos desaprovecharlo, y lo principal el hartarnos de comer aunque fuera solo un día, y que la mayoría de los que íbamos, bastante necesitados de ello estábamos y no tardamos en dar con la solución. Así volvimos al cortijos, y los expertos cazadores, ahora sÍ, con solo dos disparos dieron muerte a dos hermosos gallos, de los bastantes que había pastando junto a las gallinas en los alrededores del cortijo. Ni que decir tiene, que el propósito que nos había llevado hasta allí, fue debidamente cumplimentado. Además de los dos gallos, también hubo de correr mi amigo, con la añadidura de algunos chorizos y tacos de lomo, que en manteca todavía le quedaban en las orzas, de la matanza del año anterior.


Uno de los asistentes, por cierto hijo de la que era mi madrina, cogió una buena melopea y le dio por llorar a lágrima viva, y entre sus lamentos decía: "¡Mi madre tenía razón de que algún día me iba a ver mas tirado que una colilla!". No mucho rato antes de salir para el pueblo se le quitó la llantina. Ni claro tampoco fue el único que le fue a la zaga en coger buena trompa. No por presumir, aquel día para mí, lo esencial estaba en la comida, y de ello hice acopio para unos cuantos días, que buena falta me hizo. El vino, lo justo.

Hasta la próxima, que ni ocurre alguna contrariedad, le tocará a lo prometido en la anterior.