jueves, 16 de agosto de 2012

Dornillo



Al cabo de siete días sin pasar por este mi blog, un tanto abandonado durante este verano, posiblemente no habré dedicado una entrada a utensilio tan insignificante como el que da el título a la misma. Sin ninguna duda para la inmensa mayoría, y perdonar lo rimbombante de "inmensa", de los que puedan leerla, estoy totalmente seguro que eso de "dornillo" les sonará a chino. A mí, no.

Comenzaré por aclarar que dornillo es, o para mejor decir era, una especie de mortero de madera redondo, hecho de madera, generalmente de olivo o de encina, el que había en  casa de mis padres era de esta ultima clase, y que con mazo del mismo material servía para majar los alimentos, y muy especialmente en la época de verano en la que nos encontramos, era donde se hacía el gazpacho. Pues aunque os parezca de tamaña insignificancia tal utensilio, en mi infancia y tambien ya bien entrado en la juventud, puedo asegurar que eran escasos los nuevos contrayentes de los matrimonios, que el mismo no figurara como elemento imprescindible en sus ajuares. Por cuanto en el hogar en el que me crié, como en la mayoría de los compuestos por personal obrero, las desnudez del mobiliario y enseres era tan escaso, que estaba limitado a lo mas imprescindible, pero como apuntaba anteriormente, escasísimos eran los que no aportaban entre sus utensilios de cocina el "dornillo". No se han ido de mis recuerdos aquellos actos cuando mi madre dornillo sobre la mesa, mazo en su mano, y comenzaba por los ajos, pimiento, pepino, tomate, sal, trozos de pan que aun datando de varios días atras los remojaba con agua para poderse majar con facilidad y añadiendo poquito a poco desde la alcuza pequeñas cantidades de aceite, eso sí, puro de oliva, no menos de veinte o treinta minutos le llevaba en preparar aquellos gazpachos, que bien por tener hecho ya el paladar a las comidas preparadas por ella, o porque las madres son las mejores cocineras del mundo, hoy recordándolo, parece regodearme con el sabor tan especial que para mí tenía aquel riquísimo manjar que mi madre hacía. Tampoco se me ha olvidado, y volviendo a los mendrugos de pan duro que en el cajón de la mesa se íban guardando, y con el fin de no tirar el pan, que, según decía mi ya repetida madre, era un pecado, solía muchas veces echarlos al gazpacho una vez hecho, y dado a la gran masa de líquido comparada con los escasos mendrugos de pan agregados al mismo, nos llevaba a los comensales, que como cité en una entrada no muy lejana, lo hacíamos todos en el mismo plato, en este caso en el propio dornillo, precisábamos de tres o cuatro intentos para poder dar caza, o mejor dicho pesca, a una de aquellas "sopas" que a gloria nos sabían. De tan insignificante cuestión tratada como es la del dornillo, me han traido al recuerdo gratísimas rememoraciones, que por tan lejanas no dejan de que por ese regusto, rinda con ello homenaje a lo más sagrado que dá la vida, como es la MADRE. Lo que menos esperaba es que esta entrada tuviera el final que ha tenido, pero si no interesanate, cuando menos para mí, es lo mas sentido que pudiera haber sido. Hasta la próxima entrada.

jueves, 9 de agosto de 2012

Bendita sequía agosteña


Una semana justa llevo sin asomarme por estos lares. No como en otras ocasiones esta tardanza ha obedecido a desidía, falta de temas de que tratar u otra circunstancia que me tuvieron ausente de este humilde blog. Nada de eso, si no que arropado totalmente por todos mis seres queridos y aunque en estos tiempos de calores casi insoportables el estar arropado pueda parecer que pudiera estar en la mismas puertas de la asfixia, resulta que tal arropamiento es lo mas gratificante que, no yo, si no cualquier persona, pueda recibir a lo largo de su vida. Como califico en el asunto, esa bendición es que como estamos en época de vacaciones, ello y aunque sea con el calor, me tiene a todos mis hijos y nietos aquí, aunque alguno de éstos últimos ya hace algunos días que se fueron y otro lo ha hecho en la mañana de hoy, por lo que se van desgajando algunos miembros que por unas u otras causas van decidiendo tomar las de villadiego, como suele decirse, pero en fín, a medida que los días, o mas bien  los años, van pasando, resulta dificil reunir y mantener reunidos a toda la familia.

En no pocas ocasiones e incluso a través de este blog me he manifestado en el sentido de que mis riquezas materiales a lo largo de mi vida no han sido muy extensas por cuanto a su acaparamiento,pero en el plan afectivo me he considerado y lo sigo manteniendo, el hombre, no diré el más, pero sí entre ese grupo que formen los más afortunados que pasaron, estén pasando y lo sigan pasando por esta vida. El  sábado día cuatro del mes actual, en que todos los presentes en su momento, estuvimos reunidos para una comida y un pequeño acto complementario, fue uno de esos momentos que en el  devenir de los días en mi vida, han ido dejando ese hito por el que se ha venido desarrollando todo cuanto supusieron, y así lo siguen siendo, la dicha que han estado conformando mi existencia. Son de esos instantes, en que por fuerza tienes que volver un recuerdo al pasado y traer a la memoria a todos esos seres que hubieres deseado el que no se hubieren ido y a la par que uno habrían compartido esa dicha que se estaba gozando, y a su vez agradeciendo a los que también a su vez se vinieron incorporando y así continua siendo prolongada la cadena de esos seres que como todo en la vida no deja de renovar los eslabones que las circunstancias va desgajando. Y otra vez, consciente de que estoy siendo tal vez un tanto pesado por mi reiteración, no hay en la vida nada que pueda aportar al espíritu mas savia para mantener la felicidad, que ese afecto y cariño que día tras día, mes a mes, y año trás año,  vas recibiendo de ese entorno que es lo mas valioso y maravilloso que te vaya  siendo aportado. A medida que el mes de agosto se siga agostando, dará lugar a que también algunos de esos miembros de los que esta conformado todo el entramado del que tan orgulloso me siento y por imperativo de sus ocupaciones y residencias habrán de irse ausentando, y que darán lugar a que sus distancias físicas por su naturaleza estarán mas lejanas, sus aportes afectivos no menguaran por ello y a mí me irán sustentando, sin duda alguna,  hasta el fín de mi andadura por este mundo, al igual que harán los que junto a mí físicamente quedan.     Posiblemente y para quienes no conformen ese entorno familiar a que me he venido refiriendo a lo largo de esta entrada, pueda parecerle este relato un tanto tedioso, pido sepan perdonar que siempre, siempre, siempre, los sentimientos están por encima de los razonamientos  y como suele decirse, los árboles no dejan que veamos el bosque y yo en estos momentos afectado por ese "nosequé"  de satisfacción y orgullo, no haya podido controlar esos sentimientos que tan dentro del alma me han bullido hacía el exterior.   

Hasta la próxima entrada.                                                                                

jueves, 2 de agosto de 2012

Vámonos otra vez a la mili



Tal día como hoy, pero de hace nada más y nada menos que SESENTA Y SEIS años, me sucedió el hecho mas importante y trascendente de cuantos me acaecieron en los dos años y medio en que permanecí en el Ejército. A grandes rasgos, fue lo siguiente.

Creo que podían ser a ultimos del mes de junio anterior, o sea del año de 1946, estando realizando el servicio militar en el Regimiento de Artillería número 14, de guarnición en Sevilla, después de la lista de Retreta, que para los no iniciados, es la última lista que se pasa en un cuartel, el Sargento de Semana de mi Batería, tomando un escrito anunciaba que pedían personal voluntario para ordenanzas, escribientes y mecanógrafos para Capitanía General de la mencionada plaza. Para ordenanzas lo solicitaban unos cuantos, para escribientes tambien cuatro o cinco y para mencanógrafo no salía nadie. En vista de ello, y sin que nunca haya encontrado explicación al hecho, dí un paso al frente y le dije que me apuntara a mi para mecanográfo. El no encontrar explicación a mi decisión, no es nada más que yo nunca había tocado siquiera una máquina de escribir. Pues precisamente en la misma Lista de Retreta del día 31 del mes siguiente  a mi petición, igualmente el Sargento de Semana, que es el que pasa dichas listas y las demás también, lee una orden en la que se decía que el Artillero Rafael Galán Rodríguez debía verificar su presentación a la mayor urgencia en la Capitania General donde había sido destinado  como mecanógrafo. Lo primero que a la imaginación se me vino fue en que en su consecuencia el premio sería ir al calabozo por haber solicitado un destino para el que no estaba capacitado. Al siguiente día y por falta de no haberme informado a la dependencia o negociado donde iba destinado, verifiqué mi presentación en la Compañía de Destinos de dicha Capitanía y me mandaron nuevamente a mi Regimiento para que al siguiente día, o sea el día 2 de Agosto de aquel 1946 volviera a presentarme sabiendo yá donde era mi destino. Estas veinticuatro horas que me concedieron de plazo suponía otras tantas de mi libertad. Ninguna de las dos noches pasadas conseguí pegar ojo, pero el tiempo pasa sin compasión alguna y ese día dos, por un Brigada de la mencionada Compañía de destinos, tras subir a pie una escalera de caracol con 108 escalones, y en una Dependencia que a su entrada y sobre una mampara de cristal y madera figuraba una inscripción en letras negras que a mi me sugirió era un epitafio, en el que se leía "ZONA DE RECLUTAMIENTO Y MOVILIZACION NUMERO 9"

El Brigada que me acompañaba me presentó a otro de su mismo empleo y éste del que casi sin mirarme, se limitó a decirme: "Acompáñame". Pidiendo la venía en la puerta de un negociado limitado tambien por mamparas, y concedida la misma pasamos al interior y mi conductor dirigiéndose a un Capitán que sentado junto a una mesa estaba le dice: "A sus órdenes mi Capitán, aquí le traigo a su nuevo mecanógrafo que había solicitado". En aquel momento el mundo se hundía a mis pies. Aquella simple palabra de "mecanógrafo", suponía un cañonazo a mi estado de ánimo. El Brigada pidió permiso para retirarse, quedando yo solo ante el Capitán. Era un hombre de pelo canoso, tez sonrosada, barba un tanto rala, debía tener alrededor de los cincuenta años  y tras dirigirme una mirada, para mí inexpresiva, tomaba su petaca, echaba un poco de tabaco sobre la mano y me preguntaba si yo fumaba. Le contesté afirmativamente, me entregó su petaca y yo hice igualmente vertiendo el tabaco suficiente como para liar un cigarro. El Capitán lió el auyo y como yo permaneciera con el tabaco en la mano, me pregunto si no tenía papel de fumar; al decirle que no, me ofreció su librito de donde tomé una hoja y lié mi cigarro. Encedió el suyo y como quiera que yo por toda pertenencia llevaba un sello de correos para escribirle una carta a mis padres donde les daría cuenta del resultado del lío en que me había metido, como no tenía lumbre para el encendido, volvió a preguntarme si carecía de ello, y como volviera a darle la misma respuesta, me dirigió la siguiente frase: "Vienes tú como para irte de juerga". Las cosas no marchaban nada favorables a mí. Pero faltaba lo principal. Encendidos los cigarros, indicándome una silla que estaba junto a una mesa en la que había una máquina de escribir "Underwood", me dice, "Bueno siéntate que vamos a trabajar". Ahora llegaba la hora de la verdad y armándome de valor y deseando de terminar con aquella situación dirigiéndome a él, le digo "Mi Capitán, yo no he tocado una máquina de escribir en mi vida". Con cara de asombro y mirándome fíjamente tras unos instantes, me pregunta: "¿es que te han mandado equivocadamente?". Con gran aplomo le expliqué lo que había sucedido hasta llegar allí, y ahora con cara de mas perplejidad si cabe, creo pensaría: "¡Que hago yo ahora con este tío!". Aquellos momentos de silencio fueron para mí interminables y ansioso esperaba la sentencia que en su caso decidiría y que por su expresión yo no era capaz de adivinar por donde pudiera venir, pero no me hubiera extrañado que terminara en el calabozo, al solicitar un destino para el que no tenía ni la menor idea para su desempeño. Al fín salía de la boca de aquel santo varón la siguiente pregunta: "¿Tú tienes interés en aprender a escribir a máquina?". Cómo si aquellas palabras hubieren sido proferidas por los ángeles del cielo, le contesté que era lo que mas deseaba en el mundo en aquellos momentos. Pues entonces no te preocupes  y si pones interés veras como lo consigues. En aquellos momentos me hubiera lanzado sobre él y hasta creo hubiere sido capaz de colmarlo de besos. Aquel gesto más que de un Capitán del Ejército me pareció mas propio de un Santo y que poniendo su magnanimidad por encima de su deber, me hizo el mayor favor que nunca hasta entonces había recibido de persona ajena a mi propia familia. Unos veinte días despues le daba a él y mucho mas para mí, la noticia de que yo estaba en condiciones de despachar a máquina cualquier trabajo que se presentara. En primer lugar, este hecho me hizo el pasar el mejor tiempo de mi vida hasta entonces durante estuve en la mili, y también con el paso de los año, fue causa y motivo de llegar ya en la Guardia Civil a destinos que fueron de lo mejor que hubiere deseado. Con el relato que termino de hacer en mi entrada de hoy en el blog, quiero, a pesar de haber transcurrido SESENTA Y SEIS AÑOS de aquel hecho, rendir mi mas profundo agradecimiento y recuerdo  a aquel hombre, que por encima de su deber como un superior jerárquico en la vida militar, puso sus sentimientos como hombre y a mí me proporcionó uno de los hechos imborrables que a traves del paso por la vida dejan huella inovidable de gratitud. Hasta la proxima entrada.

jueves, 26 de julio de 2012

Sesenta y dos años de malagueño


Era una tarde calurosísima aquel veintiseis de julio de mil novecientos cincuenta. A bordo de un tren correo que partía de la estación de Córdoba a las once y media de la mañana arribaba a una vetusta, sucia y destartalada estación de Málaga sobre las cinco y media de la tarde, o sea seis horas para el trayecto Córdoba-Málaga en el tren correo Madrid-Málaga. Por tanto hoy se cumplen sesenta y dos años de mi llegada a esta bendita Ciudad. Diez días atrás había salido de la Academia de Úbeda como flamante Guardia Civil. Mi destino a Málaga lo era con caracter forzoso y más bien poca gracia y alegría me produjo tal destino, pero ya curtido en diversas batallas por cuanto a mi situación personal y laboral iba a comenzar a dar un cambio radical a dichas situaciones, por lo que de buen talante venía dispuesto para acomodarme a la nueva situación que iba a comenzar.  Pese a que traía veinticinco años recién cumplidos, atrás dejaba más de diez dedicados a mi trabajo en el campo  y en la mina y lo humilde de mi nuevo empleo como simple Guardia, para mí suponía cuando menos una seguridad en en el empleo del que nunca había disfrutado  como jornalero. Desde mi salida como Guardia Civil, y particularmente, desde que a tempranas horas de aquel lejano 26 de julio salía de mi pueblo con dirección a Málaga, cuantas esperanzas, ensoñaciones y deseos pasaban galopando por mi cerebro. Por cuanto a la seguridad en el modo y forma de agenciarme un sueldo, aunque no muy holgado, sí algo mas ámplio que el que dejaba de percibir en todos mis trabajos anteriores, que como digo lo venía realizando desde hacía mas de diez años y tambien menos penoso de lo que atrás dejaba, mantenía en mí esa esperanza de haber mejorado y expectante a como habría de desevolverme en lo que hasta el momento era un casi misterio para mí. Todo era futuro para mí, esperanzas, deseos, incógnitas, y a su vez un nosequé que parecía decirme no iba a ser peor de lo que abandonaba. Hoy que aquel futuro ya ha pasado, desvelada toda incógnita, y conseguido lo que supuso mi paso por la Guardia Civil, y otro tanto del tiempo servido que ya  jubilado llevo, nunca ni en los más ilusionantes sueños hubiere pensado haber conseguido todo cuanto en mi vida profesional lo fue, y lo que es más importante en la personal y familiar, lo ha sido y lo continúa siendo, por lo que nunca podré mostrar a Dios todo mi agradecimiento de lo conseguido en esas seis largas décadas. Ahora, gozando este presente, agradecido a todo ese pasado, y deseando me sea prorrogado en lo posible este presente hacia el futuro, un regodeo permanente me asiste y del que espero me sea respetado por el tiempo que en este mundo me este todavía reservado a continuar. Un sentido recuerdo para todos esos seres queridísimos que a lo largo de estos sesenta y dos años se fueron de mi lado y ya metido en harina, un abrazo para todos, que muchos son, lo que aun me quedan. ¡Ah!, y como en el título digo, llevo ya sesenta y dos años ejerciendo también de malagueño de lo que tan orgulloso me siento, sin que por ello renuncie a mis raices villaharteñas, y cordobesas. Hasta la próxima entrada.

lunes, 23 de julio de 2012

La familia alrededor de la mesa


Hoy se me viene al recuerdo, qué, como y de qué forma se comía en la casi generalidad de los hogares cuando yo  era niño y no tan niño. Concretamente me voy a referir a los años antes de la guerra civil española, y también a mi pueblo. Así, a grandes rasgos,  los principales elementos que componían la mayor parte de la dieta se basaba en el aceite, el pan, los cereales, las hortalizas, frutas del tiempo y una  parte relativamente importante en los productos de la matanza. Ésta, aunque no se hacía en muchos de los hogares de la localidad, sí se encontraban a la venta en los diferentes comercios durante todo el año. 

La única comida del día en que podía hallarse alguna variedad a lo largo del año, era la de mediodía, que en mi pueblo se llamaba merienda, y que podía tratarse de alguna tortilla de patatas, algún que otro torrezno de vez en vez, un guiso de arroz generalmente con bacalao, que esta clase de pescado entonces era comida de pobres, alguna alternancia según la época del año, por ejemplo en el verano el pisto y creo que poco más. El desayuno generalmente los miembros de la familia, excepto el padre o los varones que estaban en edad de ir a trabajar al campo, era el café con leche que solía migarse con pan  y que se le daba preferencia al mas duro que hubiere en la casa. 

Hasta aquí creo que podría considerarse totalmente normal, pero donde viene la sorpresa para las gentes de hoy, estaba en la cena, que cuando menos en el 95% de las casas del pueblo, se comía la "olla", como se le denominaba al cocido. La olla se componía de los garbanzos, eso sí, de una clase de la que hace muchísimos años yo no los he comido tan buenos, aunque tambien influyera con el apetito que se comía, tocino, tocino añejo para que hiciera buen caldo y cuando era posible un trozo de hueso de jamón, y la carne solía asomar en la olla allá creo que no más de cinco o seis veces al cabo del año, alguna que otra patata y creo que ya está. La costumbre de cenar la "olla", se debía que como quiera que los hombres durante su jornada en el campo solían comer a base de fiambre, con esto cuando menos tomaban una comida caliente cada día y lo más fácil, creo que más económico y de mayor alimento como entonces se decía, no era otra cosa que la olla. La cena como era la única comida  en la que se reunía toda la familia era precisamente en la que se hablaba y comentaba, cuando menos en casa de mis padres todo lo concerniente a lo que a cada uno le había sucedido o hecho durante el día. 

De la olla, primero se sacaba el caldo, se le echaban fideos, arroz o en caso contrario a ese caldo se le echaban unas sopas de pan y después de las sopas, se comían los garbanzos y luego el tocino, alguna vez morcilla o en raras ocasiones la carne, la que solo solía comerse en las grandes solemnidades. Y ahora viene, creo que una cuestión que a la mayoría os va a causar sorpresa. Los niños a partir de los tres o cuatro años comían la misma comida que los mayores, y la sorpresa que decía, es que la comida tanto las sopas, como luego los garbanzos se vertían en un solo plato o fuente como se le llamaba y de ahí del mismo plato comíamos todos, desde el niño de los tres o cuatro años hasta el padre,  la madre y el abuelo o abuela si estaba en la casa. Quizá esta forma de comer todos en el mismo plato, hacía que nadie podía descuidarse en el comer si no quería quedarse a medio ayunar y cuando menos entre mis cuatro hermanos y yo, nunca nadie dijo que aquella u otra comida no le gustaba y si así hubiera sido tendría que haberse ido a la cama sin cenar, porque si tengo la certeza de que mi madre jamás le hubiera preparado otra cosa.   Entonces en las casas tanto el mobiliario como los útiles de cocina y demás enseres, estaban limitados a lo imprescindible y en casa de mis padres si como ahora se hace hubieramos querido comer cada uno en un plato distinto, hubiéramos tenido que salir a la calle, o mejor dicho a otra casa. a pedir platos prestados, porque los siete platos pequeños que se hubieren precisado para poderlo hacer los cinco hermanos y mis padres, no los había en la casa. Niños con tres, cuatro o cinco años, los mayores e incluso los ancianos, después de darse un buen lote de sopa, despues garbanzos y después tocino que se repartía proporcionalmente a cada uno en su lado de la fuente a la que correspondía, nádie decía que no lo quería y se le metía entre pecho y espalda. Los más pequeños inmediatamente despues de la cena se íban a la cama y no recuerdo que núnca ninguno de mis hermanos, ni por supuesto yo, tuiviéramos una mala digestión con todo el condumio que de la "olla", nos había servido para la cena. Como citaba anteriormente, la "olla" componían cuando menos trescientas sesenta cenas al año en mi casa y así estoy seguro se hacía extensivo la inmensa mayoría de las gentes de Villaharta. En una próxima entrada trataré de los enseres, mobiliario y útiles de cocina que se tenían en los hogares de los jornaleros y tambien algunas de las conservas que en cada hogar se hacían.   

Hasta la próxima.                                    

martes, 17 de julio de 2012

Cuarenta años y parece que no son nada


En estos momerntos en que comienzo esta nueva entrada en el blog, son las cinco en punto de la tarde. En estos instantes, pero de hace cuarenta años, recuerdo me encontraba despidiéndome de mi mujer, que en el Hospital Provincial Carlos Haya de Málaga, se encontraba acompañando a su padre que se hallaba hospitalizado desde hacía algunos días y que precisamente 6 días después fallecía. Y digo me despedía de mi mujer, porque al mismo tiempo le decía que me iba a vigilar el servicio de una pareja compuesta por un Cabo y un Guardia, de los que tenía a mis órdenes en el servicio de Información y luego después me marcharía para el Cuartel de los Ángeles. Así lo hice. 

La pareja de servicio aludida, tenía la misión de vigilar un coche Seat 124, con matrícula falsa, que había sido robado y que estaba siendo utilizando por el Lute y que unos días antes había sido herido por el Cabo Comandante de Puesto de Cártama, cuando el mismo estaba distrayendo al encargado de una sucursal de la entonces Caja de Ahorros de Ronda, sita en la barriada de la Estación del mencionado pueblo de Cártama, posiblemente estudiando la forma de entrada para robar en la misma, alguna noche posterior.  Al mencionado vehículo le habíamos pinchado dos ruedas la noche anterior a fin de que no pudieran ponerlo en marcha cuando fueran a utilizarlo. Como quiera que todas las informaciones que teniamos sobre el mismo y sus hermanos  las salidas para la comisión de sus hechos delictivos las realizaban siempre cuando menos cuando ya comenzaba a oscurecer, regresando de las mismas antes de la amanecida, ese servicio lo era principalmente con el fín de poder dedectar si alguién solía aproximarse por el vehículo y luego tratar de localizar su domicilio, sigilo que había que tomar dado la cantidad de medidas de seguridad que siempre empleaban antes de tomar los vehículos que uitilizaban en sus desplazamientos, siempre robados y provistos de matrículas falsas. Tras la preceptiva "sin novedad en el servicio" que me fue dada por el Cabo Jefe de la pareja, como tenía previsto me marché para el Cuartel, no sin antes también me había visto con el Guardia, dado a que cada uno ejercia su vigilancia no juntos, pero sin perderse de vista el uno del otro a fin de poder prestarse el correspondiente auxilio en caso necesario. El enfrentamiento tuvo lugar a dicha hora, debido a que el Lolo iba a tirar al campo unos vendajes llenos de sangre que habían utilizado en la cura de su hermano, que como se dice fue herido días antes.

Transcurridos unos veinte minutos en que tardé en llegar al Cuartel, ya se había recibido una llamada de la pareja en la que se comunicaba habían tenido un enfrentamiento con uno de los hermanos del Lute al que sin duda lo habían herido, dado a que se había dejado un pequeño rastro de sangre pero que había desaparecido por entre los cañaverales de un arroyo próximo al lugar de los hechos y donde también se perdía el reguero de sangre que hasta allí llegaba. Con el resto de personal que en aquel momento tenia disponible y dada la  novedad al Teniente Coronel primer Jefe de la Comandancia me trasladé hasta el lugar, y que precisamente estaba en una barriada no mas de ciento cincuenta o doscientos metros de distancia del Hospital Carlos Haya.


Tras tres dias de incensantes gestiones, descubrimos cuatro domicilios, que con nombre falso habían sido adquiridos por El Lute, y en uno de los cuales se encontraban, una hermana y el hermano pequeño del Lute, la madrastra del mismo, la mujer y dos hijos de otro de los hermanos, precisamente el que había sido herido en el enfrentamiento a que se hace mención anteriormente y dos hijos del propio Lute y que mas de un año antes se los había quitado a la madre de los mismos cuando residían en las proximidades de Madrid. El Lute, y sus hermanos el Lolo, los dos heridos, y el Toto, no fueron hallados en ninguno de los domicilios encontrados.

Como quiera que de estos hechos ya en otras ocasiones he dado buena cuenta en este blog, y por no hacerlo mas pesado, diré que la final fué la entrega a la madre de los dos hijos del mencionado Lute y que en aquellos momentos residia en Valencia y la que previo aviso llegó hasta Málaga, por vía aérea, regresando por la misma vía tras hacerse cargo de los mismos en el Tribunal Tutelar de Menores donde habían sido entregados y para cuyos actos los realicé yo personalmente y utilizando un Renault 4-L de mi propiedad, con el fin de pasar totalmente desapercibidos tanto por la prensa como por las gentes de Málaga y que hubieren entorpecido todo el desarrollo de los actos, que lo fueron con toda normalidad.

Con todos los actos que han quedado relatados, estuve siete días sin ir a dormir a mi casa, o sea a esta desde donde hoy escribo. Este tiempo empleado en un servicio no se practica hoy, menos mal.

En esta fecha se cumplen hoy también diez años del fallecimiento de mi cuñado Dionisio, o "Doni", como se le llamaba, al que hoy con esta breve referencia quiero recordar con cariño.

Hasta la próxima entrada.
                                                   

miércoles, 11 de julio de 2012

Otra vez San Benito


Una de las fechas del calendario de la que nunca se me pasará de recordar mientras Dios quiera que mi cerebro asi lo pueda, es precisamente esta del once de julio. El origen de ello viene desde nada menos que hace hoy OCHENTA Y UN AÑOS, que para la vida de una persona no es precisamente decir que fue el día de ayer. Como resulta que también en mas de una ocasión he referido en este blog esa  circunstancia y manteniendo la teoría de que la casa no se empieza por el tejado, comenzaré citando que en la localidad de Obejo,  limítrofe con mi pueblo, se celebraba y aún se continúa celebrando, la festividad en honor de San Benito, patrón del mencionado pueblo. Ello se lleva a cabo en una ermita que a no mas de mil o mil quinietos metros de Obejo y sita en un paraje de encinas y a donde acuden principalmente penitentes tanto del propio pueblo como de los limítrofes a cumplir la "manda" que en su día hicieron, y que allí fui llevado por mi padre y dar forma a lo que por mi madre se había hecho en ocasión de unas contrariedades  que en mi estado de salud había sufrido el año anterior. Pero creo que como preámbulo me he excedido un tanto y como reza el dicho, vamos al grano.

De aquel lejanísimo día que como puede deducirse era el despuntar del alba en mi caminar por este mundo, guardo en mi recuerdo unos cuantos detalles puntuales, tal se hubieren sucedido en no mas allá de hace una hora y que comenzaré a relatarlos por el orden en el que a lo largo del día  fueron acaeciendo. No haría mucho rato en que el sol comenzaba a calentar aquellos encinares, cuando mi padre amarraba el cabestro o ronzal de la jáquima de la burra con la que nos trasladamos hasta allí, al tronco de uno de dichos árboles y en el que ya había otros de la especie, asnal, mular o caballar en iguales circunstancias y lo que si puedo jurar es que ningún vehículo automóvil se hallaba aparcado con seguridad en muchos kilómetros a la redonda. No mucho rato después sacaban en procesión por las inmediaciones de la ermita a San Benito y de lo que mas me impactó fue que prendidos por diversas partes de la vestimenta del santo llevaba bastantes billetes y aunque entonces yo no podía deducir cuales serían el valor de  los mismos, si sé que eran de diferentes tamaños, lo que hoy al recordarlo debían corresponder igualmente a valor distinto. Asimismo colgaban también figuras de algún que otro animal, y diversas partes  del cuerpo humano, sin duda de promesas hechas en relación a cuanto dichas figuras representaban. Finalizada la procesión y por un número de unos veinte o veinticinco hombres provistos de unas simuladas espadas de madera, dio comienzo la representación de una danza y en la que al final terminaban con uno de los danzantes  con las simuladas espadas de todos los demás cruzadas sobre  cuello y de lo que me recuerdo que mi padre me adelantó antes de llegar ese momento diciéndome "ahora van a simular que ahorcan al maestro de la danza". Hasta aquí, mis erecuerdos por cuanto a la procesión  se refiere.

Finalizada la misma y tomando las riendas de la burra que había de volvernos hasta mi pueblo, y también a una distancia creo podía ser de un par de kilómetros a la salida de Obejo dirección Villaharta, existía y hasta hace unos tres años, seguía allí, un pilar de donde por un caño salía un agua tan fresca y buena, que mi padre vaciando de la calentona que ya estaba la que contenía una botija que llevábamos, ambos estuvimos saciando un tanto la sed que por el excesivo calor que hacía tenía mas que resecas nuestras gargantas. También nuestro medio de transporte estuvo buen rato bebiendo del pilón y que sin duda no menos necesitada de ello estaba que nosotros. De aquello,  me produjo un gran impacto un buen número de pececillos de colores que que hábiles nadaban en el pilón, y digo me produjo gran impacto, debido a que yo nunca había visto que recordara hasta entonces aquello que tan maravilloso me parecía, y de lo que en mi cabecita comenzó a fraguarse una idea que al poco rato despues de almorzar que hicimos a un no mas de cien metros carretera abajo del pilar y bajo la sombra de una encina, una vez que mi padre se dispuso a echar una pequeña siesta, sirviéndole de cama el aparejo de la burra, yo y utilizando como medio un sombrerito de paja que llevaba puesto, y recuerdo que con una pequeña cinta de lana de color rojo y en cuyos finales simulaban dos madroños, cincundaban el casquete del sombrero, me dispuse a ejercer un intento de pesca de algunos de los pececillos que apaciblemente nadaban en las aguas fresquitas que desde la sierra próxima bajaban. No recuerdo el tiempo que llevaba practicando la infructuosa pesca, cuando mi padre despertando de su corta siesta, se llevó el desagradable susto al notar de que yo no estaba junto a él, aunque tan pronto dirigió su vista para los alrededores fuí divisado y lo que no recuerdo es que fuera siquiera reprendido por semejante hecho. Sí fue una gran decepción la sufrida por mí, cuando ni utilizando el sombrero ni alguna que otra vez intentaba hacerlo  a mano, consiguiera  dar captura a uno siquiera de aquellos maravillosos pececillos. Reanudada nuestra marcha hacia mi pueblo, sé que    tomamos un camino distinto al que para la ida habíamos llevado y todo con la intención de pasar por unas hazas de olivos que no muy lejos de allí tenía mi abuela paterna y de donde, de unos perales que también había junto a un recodo de la carretera, mi padre estuvo cogiendo, ayudándole yo en lo que pude, una buena cantidad de peras que me recuerdo casi llenamos un costal, que sin duda mi padre había echado con dicho propósito. De tan solo una jornada y a la temprana edad de los seis años que contaba, guardo como citaba al principio, de todo ese número de hechos y que desde entonces   han ido. y sin duda alguna, seguirán yendo, formando parte de todo ese cúmuilo de recuerdos que a lo largo de mi ya larga vida me fueron sucediendo, y que los cuales son personales e instransferibles y solo desapareceran cuando yo lo haga y ya nadíe más volverá a rememorarlos. 

Perdonar si me he excedido un tanto en el relato, del que seguramente a mí me han hecho, y en este día así ha sido a lo largo de mi vida, tanta ilusión traerlos al recuerdo y que mirando hacia ese lejano pasado, me da la sensación de que ya nádie, a excepción de mí y a través del recuerdo sea capaz de llegar hasta ello. 

Despues de aquella mi primera visita a Obejo por San Benito, fueron varias más las que hice con el paso del tiempo y de la que en compañía de dos amigos hice en el año 1941, muestro una fotografía que espero que mi editor coloque con su maestría para tal misión, en su lugar correspopndiente, señalando que yo soy el que figura el último, y mis otros dos acompañantes, uno ya hace muchos años que falleció, y el otro no menos de doce o catorce.

Hasta la próxima entrada.

lunes, 9 de julio de 2012

Volver



El título de esta mi tardía entrada no corresponde a un célebre tango del inolvidable Carlos Gardel, sino a que yo mismo quiero darme la bienvenida, o para mejor decir, por el retorno a este mi humilde blog, del que un molesto resfriado de verano me ha tenido apartado varios días, en los que con el paso de los años, cualquier circunstancia adversa y de la que en otros tiempos se remontaba sin dificultad alguna, ahora cuesta trabajo remontar con ese ánimo que para toda cuestión se precisa, incluso hasta lo que pueda parecer no se exija tanto, como es el escribir. Pero como digo, me felicito por este "volver", que sin duda alguna a quien mas alegría de todos puede dar, no es a otro que a mí mismo, señal inequívoca del que sigo por estos lares y con no menos entusiasmo que el que dejaba en mi última entrada. Así, y dejando sentado que al igual que sucede con los seres queridos y todo cuanto en estima se tiene en la vida, la salud no sabemos valorarla hasta que la tenemos perdida, o cuando menos menguada, aún remontando, no con mucho sacrificio esta convalecencia, quiero que se tenga en cuenta mi alegría devolver a este  mi emplazamiento desde hace algunos años. Hasta la próxima entrada que será casi con toda seguridad pasado mañana.

sábado, 30 de junio de 2012

Jugando al trompo


Hoy como es sábado, final del mes de junio y por supuesto ya metidos en el verano, vamos a jugar al trompo. Uno de los juegos en que solíamos emplear más tiempo durante el verano los niños de mi época y de mi pueblo, era en jugar a las bolas y al trompo. Ya en una anterior entrada en este blog traté sobre las bolas, por tanto, como figura en el título de esta entrada, le ha tocado al trompo y de ello vamos a hablar.

En otros pueblos de España a los trompos se les denominaba y por supuesto se les seguirá denominando "peonzas", pero para los niños de Villaharta resultaba eso demasiado cursi y siempre los llamamos, y también asimismo se les continuará llamando trompos. Había una clase especial de trompos con una especie de sombrerillo y un pivote que salíoa del mismo en su parte central superior, que no sé porqué, a mí en aquellas fechas, y también hoy, me siguen pareciendo que aquella clase de trompos eran un tanto afeminados y creo que por ello, yo, y aunque nada tenga contra los homosexuales, faltaba más, nunca tuve ninguno de esa clase, y si por haber ganado a otro niño un trompo me pagaba con uno de esos, casi me tiraba a perder en la jugada siguiente, para pagar con el mismo y así me deshacía de él. La clase más normal de los trompos creo que valían diez céntimos, y también como cuando se terminaba la temporada de esa clase de juego, guardabas los que tenía para la tremporada siguiente, cada niño solíamos tener más de cinco trompos, que como en las bolas y mas razón todavía para ello, llevamos guardados en su bolsita correspondiente. La cuerda que se utiliza para poder "echar" el trompo, que nosotros llamábamos "zumbel", no se porqué, generalmente solíamos hacerlo nosotros mismos empleando hilo de algodón.


Como en el juego de las bolas había que jugar en los lugares terrizos, dado a que en los empedrados de las calles, no era posible hacerlo, especialmente porque  se metían al lanzarlos entre la separación de dos piedras y así no había forma de hacerlos bailar. En las dos modalidades que soliamos emplear en el juego, sew tenía que hacer un redondel en el suelo de mayor o menor diámetro, según acuerdo o según salía al realizarlo, haciendo una raya sobre la tierra.


Una de estas modalidades consistía en que cada niño de los que formábamos la partida, colocábamos un trompo dentro del redondel que habíamos señalado y luego con otro lo lanzábamos contra los que había colocados dentro de dicha zona, y si conseguías sacarlo fuera de los límites del redondel, lo dabas por ganado y te quedabas con él.  Así se seguía tirando cada uno por el orden en que por sorteo le había correspondido hasta que dentro del redondel no quedaba ningun trompo, y a repetir la jugada.

La otra forma en que más soliamos jugar también se hacía ese redondel, pero a la contra de la anterior, los trompos los colocábamos a cierta distancia del mismo, bien a quince o veinte metros, tirábamos  con el otro trompo, tenías que cogerlo del suelo y que estuviera bailando en la mano, lo lanzabas contra uno de los que había en el suelo y asi jugada, tras jugada hasta que conseguías meterlo dentro del redondel y con eso lo ganabas y  era tuyo. Si cuando tú habías metido ese dentro del redondel quedaban todavía algunos fuera, te unías a la jugadas alternando en tiradas con los otros niños y siempre procurando darle al mas cercano al redondel, y así había quien ganaba dos o tres trompos en cada sesión y quien no ganaba ni uno, pero en fín ese era el juego.

Había otra modalidad de partida, que era igual a la primera, pero con la diferencia de que en esta, era lo que podríamos decir que se juagaba con muy "mala leche", por que lo esencial era tirar al trompo del otro niño y si tenías suerte de que la "púa" de tu trompo diera sobre una parte un tanto cerca del centro y como quiera que para este juego empleábamos trompos con una púa de acero y muy afilada, solías en muchas ocasiones partir en dos o más pedazos el trompo al que habías lanzado el tuyo, y en tal caso solía causar el jolgorio de  todos los niños, excepto el dueño del trompo partido, que cogía el consiguiente cabreo o contrariedad cuando menos. Para esta clase de jugadas, yo tenía un trompo que el padre de un amigo mío que era herrero, me había colocado una "púa" de acero que muy bién afilada y si acertabas a impactar con el otro, casi seguro que no tenía escapatoria. Como digo aquí se empleaba la mala leche y como nó, ese tanto de crueldad que los niños solíamos llevar dentro. 

Yo nunca llegué a sobresalir en ninguna clase de juegos, pero en el trompo quizá fuere en el que mejor me defendía y que solía salir como se dice, "lo comido por lo servido," o sea que eran similares las veces que perdía a las que ganaba. 

Una vez concluídas la partidas y comenzabamos otra clase de juego, olvidabas todo lo sucedido en cada partida y como si no hubiere pasado nada. Hoy, y recordando mi infancia, creo que los niños de mi época éramos más felices que los de ahora, pese a la gran diferencia, tanto en número como en clase de  los juguietes que teníamos nosotros a los que poseen hoy. no tienen punto de comparación, pero creo que todo se debía a la participación de, en ocasiones, cinco, seis o mas niños, en cada juego, y ese trato tan cercano de los unos a los otrros hacía el sentirnos más gratificados y sentirnos mas acompañados, que hoy en su mayoría solo intervienen el niño y la máquina, que trendrá todos los alicientes que se quieran, pero núnca podrá reemplazar a la compañía de otro niño. Lo que si estoy en lo cierto, es que nosotros, yo cuando menos, nunca me sentía abuirrido, salvo que no encontrara algún niño con quien poder jugar a lo que fuera.

Recuerdo con inmenso cariño aquella época de mi vida y pese a lo lejana que ya queda, no por ello cada vez que trato este tema, cierta ilusión recorre mi cuerpo que me parece volver hasta aquel niño que fui.
Hasta la próxima entrada.

sábado, 23 de junio de 2012

Recordando a mi maestro


Como quiera que nos encontramos al final de un curso escolar, se me ha venido al recuerdo uno de los hechos que mas impacto dejó en mí cuando era niño y es el que voy a relatar a continuación.

Sin que crea equivocarme en el tiempo, voy a remontarme nada menos que al curso escolar 1933-34 y que por supuesto yo cursé en la escuela de mi pueblo. Comenzaré citando algunas de las características del entonces mi maestro Don José Sánchez Galán, aunque su último apellido no tenga nada que ver familiarmente conmigo, así como de lo que era la escuela a la que yo y todos los niños de mi pueblo asistiamos. 

Pues bién, empezando por esto último, diré que por aquellas fechas en Villaharta había dos escuelas solamente, una de niños y otra de niñas. A esa escuela asistiamos, y voy a referirme solamente a la que yo iba, los niños comprendidos entre los seis y catorce años, ambos inclusive, que era la obligatoriedad del entonces régimen escolar, aunque lo de "obligatoriedad", era tan relativo, que cada padre hacía lo que venía en gana con respecto a sus hijos, y así entraban o salían a la escuela cuando lo estimaban pertinente, cesando o volviendo al curso respectivo según las circunstancias, eso sí dentro de las edades antes mencionadas y una vez verificada la inscripción correspondiente. Pese a las edades tan heterogéneas de los alumnos, solo había una sola clase, un solo maestro y el número de alumnos casi siempre solía rebasar los cincuenta. Del local de la escuela asi a grandes rasgos, diré que no había ninguna clase de servicios, la calefacción o aire acondicionado, ni siquiera se tenía noticia de que eso existiera, y el agua para beber estaba contenida en una orza y solo había una especie de jarrillo hecho con una lata de las de leche condensada, y allí bebíamos todos. Pero ahora vamos a lo que hoy me ha llevado a efectuar esta entrada, que ha sido mi maesrtro Don José. Pues bién, diré que casi núnca llegaba a la hora en punto de abrir la escuela y que cuando menos cinco o diez minutos llegaba tarde, pero todo lo que de impuntual tenía para abrir la escuela, la tenía para la salida, y que en no pocas ocasiones rebasaba la media hora para la salida. La autoridad del maestro sobre todo el alumnado era ejercida sin que la misma fuera relajada en ningún momento. Tenía dos maneras particulares de castigar al alumno, según la falta cometida, y que así vista desde la perspectiva de setenta y ocho años atrás os parecerá a los que tengais la osadía de leer esta entrada, que el señor maestro era casi lo que pudiéramos llamar un monstruo. Pues la primera de esa manera de castigo, era que tenía a la mano una varita de la sierpe de un olivo que como era bastante flexible te daba un toquecito con ella en la cabeza, que no te producía herida alguna, pero que si notabas bastante bién el contacto de la vara con la cabeza. El segundo de los castigos, consistía en que el alumno o alumnos infractores, por lo regular reincidentes durante la misma jornada escolar, y solo cuando era en las clases matinales, los dejaba encerrados en la escuela, una de las ventanas quedaba abierta y a través de la misma las madres de los "encerrados" le pasaban la comida. Recuerdo que uno de los alumnos un tanto revoltoso y rebelde, llamado Alfonso, era el hijo del veterinario del pueblo y raro el día que no recibía alguno de los castigos de Don José. 

Pues bién, como cito al principio de esta entrada, al terminar el curso 1933-34 y como quiera que cuando menos dos de los hijos del maestro estaban ya en edad de estudiar bachillerato o inicio de alguna carrera, Don José Sánchez Galán, solicitó su pase a escuela de Córdoba Capital, petición que le fue concedida. Creo recordar, aunque esto no pueda aseverarlo, que desde que terminó la carrera hasta su traslado a Córdoba, ejerció su profesión en Villaharta, que era también su pueblo natal, y que en todo el  pueblo era querido, considerado  y respetado tanto en cuanto como persona como profesional de la enseñanza, aunque sus métodos de castigo pueda pareceros hoy quizá bastante exagerados. Y llegó el final del curso 1933-34, última clase que Don José impartía en su pueblo y donde tantos años había sido el "maestro". A primeras horas de la última clase que daba en "su" escuela, como en tantísimas mas ocasiones, castigó con un par de toquecitos  en la cabeza, con su varita del olivo,  al alumno, Alfonso, que diré era un año mayor que yo. Hoy, y pasados 78 años, creo recordar como el maestro se mostraba un tanto inquieto y nervioso. Finalmente llamó a su estrado, la silla del maestro estaba situada encima de una tarima de madera, desde dominaba todo el local de la clase, digo llamó a su estrado al alumno Alfonso,  llorando a lagrima viva y abrazándose a él le pidió perdón por haber tenido que castigarlo el día que finalizaba su etapa de enseñanza en su pueblo. El alumno Alfonso viendo llorar a su maestro, se vino también en un desconsolado llorar y el  total de los alumnos de la escuela que poco necesitábamos para el contagio al pensar que no volveríamos a tener como maestro a este Don José, nos unimos al duelo y asi, sin exagerar permanecimos cerca de media hora, al punto que cuando regresamos a nuestros domicilios llevábamos los ojos enrojecidos por el llanto. Los alumnos despedímos así al que tantos años había sido el maestro del pueblo, pero el resto de la localidad, tampoco fue reducido el número de personas mayores que lloró su marcha. En otra ocasión posiblemente relataré algunas cosas más de la escuela, algunos métodos de enseñanza de Don José, y añadiré, que pese a cuanto podáis pensar de la forma de castigar a los niños, que tenía el maestro, a ninguno de sus alumnos nos quedó secuela alguna de como nos trató mientras fue nuestro maestro, y como a mí me sucede hoy, guardo un cariñoso e imborrable recuerdo de aquel peculiar maestro y que tanto siempre hizo por enseñar a sus alumnos.  

Posiblemente mi editor, coloque al principio de esta entrada, la copia de una fotografía del maestro Don José Sánchez Galán con todos sus alumnos, correspondiente al curso de 1932-33 y yo soy el que está dentro del circulo señalado.

Hasta la próxima entrada.

jueves, 21 de junio de 2012

Jugando a las bolas


Como citaba en unas de mis entradas anteriores, voy a explotar el tema de los juegos con los que pasábamos el tiempo los niños de mi época. Hoy le ha tocado al juego de las bolas, como siempre ise dijo en mi pueblo, que eso de canícas lo oí yo por primera vez creo que cuando estaba en la mili, pero en fín la cosa no tiene mayor trascendencia.

En el juego de las bolas, había un punto de partida que consistía en un pequeño hoyo y que nosotros llamábamos "joche", que posiblemente por su fonética pueda ser una palabra árabe y con la que a lo mejor así se le llamaba a ese pequeño hoyo, no lo sé, pero nosotros así lo llamábamos y punto. En diversos puntos de las calles del pueblo, había un lugar terrizo para los juegos de las bolas y otros, donde pudiera hacerse el "joche".


Se iniciaba la salida, el primero a quien por sorteo le había correspondido, ponía el dedo pulgar en uno de los extremos del borde del joche, media una cuarta y lanzaba la bola al punto que creía conveniente. El que le seguía y utilizando el mismo procedimiento, lanzaba la suya con la intención de tocar la que se había tirado antes, si le daba, tenía que volver a tirar y para que ganara la bola a la que había tocado, tenía que "enjochar", o sea meter la bola en el joche. Había varias formas de tirar la bola y cada uno lo hacía con la que creía que tenía mayor tino. Si el que había tirado el segundo, no conseguía tocar la bola del anterior, la suya quedaba en el lugar donde había caído, tocándole el turno al tercero y así sucesivamente. Así se iba corriendo el turno hasta que no quedaba ninguna bola a la que se podía tirar para darle y ganarla. 

Había cuatro clases de bolas, a saber: las de barro o "arcilla", las de cristal, las de piedra y las de mármol. Las de cristal valían tres de las de barro; las de piedra valían cinco y las de mármol diez. Las de mármol se cambiaban por dos de las de piedra o por cinco de las de cristal. Por diez céntimos te daban en las tiendas, generalmente en la de José Doval, que desde tabaco, toda clase de alimentos y hasta bolas, trompos, etc. etc. etc., se podía comprar de casi todo, y como digo por díez céntimos te daban cinco bolas de barro. Estas se rompían con mucha facilidad, y estaban pintadas de diversos colores. Las de cristal tambien se vendían en la misma tienda, y creo recordar daban tres por los diez céntimos. Las de piedra y las de mármol no recuerdo que se compraran, sino que se conseguían por el procedimientos del cambio por las de barro, de cristal o las de piedra, según la que trataras de conseguir.

Como cuando menos solías tener quince, veinte o mas bolas, la inmensa mayoría de los niños las llevábamos metidas en una pequeña bolsita de tela, que llamábamos "talega" y que era lo único que nuestras madres u otro familiar nos habían hecho.

Para las tiradas se utilizaba la mejor bola que tuvieras, bien la de mármol, la de piedra o la de cristal que siempre alguna de esas se tenía. Si en la jugada te tocaban la bola y a el que te la había tocado conseguía enjochar, te ganaba una bola, pero no con la que habías jugado, si no que se pagaba siempre con una de barro.  ¡Qué cortos se hacían los días jugando a las bolas, y qué contento se regresaba a la casa si la "talega" había aumentado su contenido! Con treinta o cuarenta céntimos, se conseguían bolas para echar la temporada o época de ese juego. En las casas poco dinero había, pero en los juegos de los niños en ninguno de los hogares se iba a la ruina con motivo de la compra de juguetes.


Hasta la próxima, que ya veremos lo que toca.

sábado, 16 de junio de 2012

Aquel 16 de junio para el recuerdo


Jamás mientras Dios me mantenga por estos lares, dejaré de pasar de mi recuerdo el 16 de Junio de 1959, del que por tanto se cumplen hoy 53 años. A bordo del tren expreso Costa del Sol, que partiendo de la estación de Atocha de Madrid a las 22 horas del día anterior, arribaba a la vetusta y desvencijada estación de Málaga, alrededor de las diez horas del mencionado dieciséis de junio de mil novecientos cincuenta y nueve, un flamante Cabo de la Guardia Civil, que había sido promovido a dicho empleo, también el día anterior. En el devenir de la vida de las personas, Dios posiblemente no conceda tantos días de inolvidable recuerdo como el que seguramente deseariamos, pero a lo mejor no lo hace por falta de merecimientos o que por tener que atender a tantísimos seres le falte agenda para ello. En mi ya larga vida, y en que tantos días de dicha he venido gozando, y que por añadidura de vez en vez, me llega otro, sin duda uno de los que mas huella han dejado en mis sentimientos es el que figura en el enunciado de esta entrada. Cuando aquel recién ascendido Cabo de la Guardia Civil portando su equipaje descendía del tren "expreso", se aparecía a su vista, sin duda la estampa mas extraordinaria y deseada que hasta entonces tuvo, y que como resulta que ese Cabo era yo, diremos que "tuve", y esa estampa no era nada más, pero nada menos, que mi mujer y mis dos hijos, éstos de 28 y 14 meses de edad. Mi matrimonio hacía TRES AÑOS que se había celebrado, y ya contaba con dos hijos y mi primer ascenso en la Guardia Civil. Esa dicha que desde hacía tres años venía gozando, tuve la fortuna de que se prolongó, casi treinta ocho años más, en que fué truncada por el fallecimiento de aquella preciosidad de mujer, que con sus dos hijos esperaba la llegada de su marido, que desde hacía mas de dos meses no nos habiamos visto, y además que la última vez que me vió partir lo era como un Guardia y volvía como un flamante Cabo. Aunque este último párrafo lo haya hecho en un tono un tanto humorístico, el caso y la realidad, es que supuso un sensible cambio en cuanto a la remuneración económica, dado a que al mes siguiente me fué concedido el sueldo de Sargento, que segun lo establecido en aquellas fechas, le era concedido a los Cabos con doce o mas años de servicio, contando los del Cuerpo de la Guardia Civil , mas el servido en el Ejército, cuestión que yo precisamente reunía en aquellos días. Aquellas lágrima de emoción y alegría que fueron vertidas por mis ojos, y en no menor cantidad por las de mi mujer, fueron y son, uno de esos momentos en la vida en que el espiritu queda alimentado, solo con ese simple recuerdo, como para dar gracias a Dios de haber pasado por esta vida, y si además se es premiado con otros muchísimos momentos más. como yo lo he sido, no tengo por menos que sentirme como uno de los seres privilegiados que tuvieron la dicha de venir al mundo. Felicísimo recuerdo que escoltado por los otros muchos que me fueron, y me siguen llegando, hacen esa ilusión por continuar en esta vida, no solo no la haya perdido, si no que sigue como una viva llama y de la que pido lo sigo haciendo hasta el fín de mis días. Hasta la próxima entrada.

lunes, 11 de junio de 2012

Jugando a los cartones


Hace unos días y para un trabajo que le había sido encomendado en el Instituto donde estudia una sobrina nieta, me envió un cuestionario de preguntas para la entrevista, que era lo interesado, y entre las varias de que constaba, había dos: la una, cómo jugábamos los niños de mi tiempo, y la otra, qué clase de juguetes empleábamos. Como para responder a estos interrogantes, hube de retrotraerme como mínimo SETENTA Y SEIS años atrás, al traer al recuerdo "aquellos" juguetes, yo mismo llegaba a sorprenderme y de lo que por supuesto mucho más habréis de hacerlo los que tengáis, sesenta, cincuenta, cuarenta o muchísimos menos años de los que yo tengo.

Como quiera que he pensado explotar el filón que este caso me proporciona, por hoy, solo voy a referirme al juego que figura en el enunciado de esta entrada y por ende la clase de juguetes que en ello empleábamos. Y, para ello voy a comenzar por esto último. Resulta que las cajas de cerillas, (quiero señalar que me refiero a las que se vendían durante los años últimos de la década de los veinte y hasta  mediada la de los treinta, del pasado siglo, y de unas proporciones un tanto reducidas, mayores las tapas del anverso y el reverso y mucho menores las laterales, donde en una de ellas estaba la preparada para rascar, los fósforos, como en mi pueblo se les denominaba, para su encendido) los niños antepasados a mi infancia y no se desde cuántos años antes, "descubrieron"  que de allí podían sacarse elementos para jugar y con ello distraer el tiempo. Así a lo largo de todo el año, cada vez que uno veía una caja de cerillas vacía en el suelo la recogía, le quitaba las dos tapas mayores, con ello hacía dos "cartones", y cuando llegaba el verano, época en la que se practicaba este juego, cada uno teníamos, tres, cuatro o cinco "cajetillas.". Y digo también cajetillas, porque algunas de las que se encontraban no se deshacían y sacado el cajoncillo donde habían estado depositadas las cerillas, se iban metiendo los cartones hasta llenarlas, y que en cada una de ellas podían meterse 20 de los mismos. Quizá a los niños de hoy, y también, como no, alguno no tan niños, no comprenderán que cuando se iniciaba la época del juego de los cartones y que llevabas en el bolsillo del babero todos los que al cabo del año habías ido reuniendo, al mostrarle a los amigos el número de las cajetillas que llevabas, al que tenía menos que tú le producía cierta envidia y en tal caso solía quedarse mirando su mercancía y parecía decirse a si mismo, que para el próximo año procuraría ser más activo en su consecución.

El casi único juego que se practicaba con los "cartones", era el llamado "la parva", que consistía en señalar un punto en una pared, a una altura aproximada de un metro, allí colocábamos un cartón y lo dejábamos caer al suelo, que como pesaba muy poco solían caer bastante distanciados uno de otros cartones, y así íban tirando un niño tras otro, según el lugar que en sorteo le había correspondido, y cuando uno de los cartones tocaba, aunque fuera lo mas mínimo a algunos de los ya en el suelo, el que había echado ese cartón, se los llevaba todos los que antes se habían tirado. Puede que a los lectores, o lectoras, de esta entrada en el blog que no vivieron aquella época, también les resulte incomprensible la alegría que al ganador le producía cuando en muchas ocasiones conseguía llevarse, quince, veinte o en ocasiones mayor número de cartones, que cuando solía correr siquiera fuere una pequeña brisa de viento, aventaba cada  cartón a veces bastante lejos de la perpendicular desde donde lo habías dejado caer. Os podrá parecer extraño, pero para la práctica de este singular y simple juego, también empleábamos nuestras tácticas, y es que resultaba que los cartones ya muy usados aumentaban un tanto de volumen, sus bordes se deshilachaban un tanto y tenías unas minúsculas fibras que los hacía un poco mas anchos y así, cuando aunque fuera una de esas minúsculas fibras tocaba a otro, se daba por ganador el último lanzado. Por otra parte, como los nuevos, aunque parezca mentira y al tener menos volumen pesaban un poquitín mas y caian mas verticalmente, cuando la mayor parte de los lanzados con anterioridad estaban mas cerca de esa perpendicular del punto de lanzamiento, entonces se tiraban los nuevos ya que considerábamos, y era cierto, que resultaba mas fácil ganar con uno de los nuevos que con otro de los mas usados.

He de señalar que este juego solo era practicado por niños, ya que las niñas tenían sus juegos especifícos para ellas y jamas una madre permitía que su hija jugara a juego alguno con los niños.
   
Por todo cuanto queda relatado habreís comprendido que los padres, o madres, ni se tenían que gastar dinero alguno en la compra de los juguetes para sus hijos, asi como tampoco preocuparse por agenciárselos, si no que nosotros a lo largo de todo el año estábamos pendientes por ir preparándonos los que para la próxima época íban a ser con los que se jugaría, de lo que en próximas entradas iré detallando  sus complicadas y difíciles estructuras de la inmensa mayoría de los juguetes de mi época de niño. Añadiré que todos los juegos se practicaban en la calle y los niños a partir de los tres o cuatro años, cuando hacía buen tiempo, se pasaban la mayor del parte del día jugando fuera de casa.

Hasta la próxima entrada que daré buena cuenta de otro de los ingeniosos juguetes con los que pasábamos el día los niños de aquellos lejanísimos años, pero si los juguetes tenían poco de ingeniosos, mis coetáneos de la infancia, si poníamos bastante ingenio en la práctica de nuestros juegos.

lunes, 4 de junio de 2012

Una efemérides, para salir del paso


Una pequeña obra en la casa que finalizó el pasado viernes, y la pintura de todo el piso que ha comenzado hoy, me tienen un poco liado y no me queda tiempo para dedicárselo a entrar en el blog como yo deseara. Así, que hoy sin nada mejor, como suele decirse,  que llevarme a la boca, me voy a referir a una efemérides, que aunque en su día supuso un importante hito en el devenir de mi vida profesional, hoy pasados tantos años a casi nadie puede interesarle lo mas mínimo, salvo a mis hijos, y tal vez por extensión a mis nietos, y solo como noticia.

Tal día como hoy, pero de 1958, por tanto se cumplen cincuenta y cuatro años, aprobaba el examen para ascenso a Cabo de la Guardia Civil, celebrado en la Dirección General del Cuerpo, en Madrid. Sobre las siete de la tarde de aquel ya lejano día, desde la capital de España procedía a enviar tres telegramas, uno dirigido a mi mujer, otro a mis padres y otro al Servicio de Información de la Guardia Civil en Málaga, donde a la sazón me encontraba destinado. Lacónico y único texto para los tres destinatarios, en el que solo podía leerse "APROBADO". Volviendo la vista atrás, los destinarios señalados en primero y segundo lugar, hace años abandonaron este mundo y de los aproximados veinte componentes que formábamos el referido Servicio de Información, solo, además de yo, otro nada más me acompaña en esta vida, y con el cual en el día de ayer estuvimos comiendo juntos, reforzado con otra agradable compañía. Y siguiendo con la vista hasta aquel lejano pasado, en cuanto a la forma y modo de viajar, resulta que a las diez de la noche tomaba en Madrid el llamado expreso Costa del Sol, y llegué a Málaga creo sobre las diez y media de la mañana siguiente, o sea más de doce horas en el viaje, que comparando aquel "expreso" con los AVE actuales, veréis como el paso de los años no han sido en balde, y si lo hacemos en cuanto a mi entorno familiar mas próximo, señalo que mi hijo mayor tenía 16 meses, mi segundo hijo 2, y mi hija le faltaban aún unos cuantos años para venir a la vida, aparte de lo señalado anteriormente de los que ya hace años se fueron de mi lado. ¿Y yo? Con cincuenta y cuatro años menos, que sí que se me nota, pero así es la vida, y así debemos y tenemos que aceptarla, pero tampoco puedo dejar de señalar, en que en ese interín, muchos han sido  tambien  los acontecieres felicísimos de los que he gozado y aún sigo haciéndolo.  Hasta la próxima entrada que espero sea algo mas sustacionsa que la presente.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Otro paso adelante

Fuente: www.boe.es


Anoche volví a recrearme leyendo lo publicado en el Boletín Oficial del Estado en el que se hace pública la relación definitiva de los aspirantes que han superado la fase oposición para ingreso en el Cuerpo Técnico de Hacienda, entre los cuales figura con mi nieto, del que ya en varias entradas en este mi blog me he referido.


Ésta ha sido otra de las múltiples noticias que a lo largo de mi existencia fueron, y lo siguen siendo, las que han llenado de dicha y felicidad mi ya larga vida. En esta ocasión, y considerando que es otro paso adelante en el inicio de la vida profesional de mi nieto, no ha tenido por menos que venírseme al recuerdo el momento en que su padre, lo hizo tambien cuando a la edad de 22 años, en 1979, y como Teniente de la Guardia Civil, iba destinado a la localidad navarra de Vera de Bidasoa, y aún en fecha ya mucho mas lejana, el 1º de abril de 1950, en que yo inicie la mía cuando mi ingreso en la Guardia Civil, aunque con empleo mucho más humilde, que lo fue como Guardia 2º. Creo, y lo digo por propia experiencia, que el paso por el oficio o profesión que se tome, dejará a lo largo de la misma la más o menos complacencia, según la estima, o porque no cariño, que en el desempeño de ella se ponga. Cuán diferentes son ahora las situaciones y perspectivas que separan los pensamientos entre mi nieto, su padre y yo. Para el primero, todo serán esperanzas, expectativas, suposiciones y por qué no deseos, de esperar todo el acontecer de que a lo largo de toda una vida profesional que le queda por delante, se desarrolle lo mejor posible. Entre todo el acontecer profesional que le espera, también está el de su vida privada, que sin duda algún tiempo le distraerá su pensamiento de la profesional y en la que yo, tanto en una como en otra, le deseo, lo sea nada más, pero nada menos, de lo que son sus propios merecimientos en una y otra situación. Por, cuanto a su padre, que dentro de dos meses llevará treinta y tres años en el ejercicio de la suya, ya tiene tras de sí un largo etcétera de hechos surgidos tanto en su profesión como en su vida privada, así como también esperanzas y deseos que tanto en una como otra le embargaran y de lo que también pido y deseo, que lo por venir, lo sea en la misma proporción de cuantía y bienestar como lo pasado. Y en cuanto a mí, ¿qué decir? Aquellas esperanzas y ensoñaciones que traía al inicio de mi llegada a Málaga cuando salí de la Academia, ni en las más deseadas de las esperanzas y deseos hubiera llegado siquiera a soñar, de las que me fueron llegando con el paso de los días, los meses y los años, y que para más dicha lo siguen haciendo, tanto en el orden profesional como en el personal y familiar, seguro que cuando menos en lo máximo que hubiere podido merecer, de lo que nunca dejaré de dar gracias a Dios de cuanto me fue concediendo, y como cito anteriormente, aún lo sigue haciendo. Lo que sí siguen menguando son las oportunidades que para contar mis (o para mejor decir, nuestras) batallitas de mi (nuestro) pasado profesional, ya que mis compañeros, principalmente los que ejercieron cuando yo lo hacía, tan escasos vamos quedando, que difícil resultan las oportunidades de reunirnos en número para poder hacerlo, y que con ello a los viejos (o para que nadie se moleste, a los mayores) tanta complacencia nos produce el volver a recuerdos de lo que tantos años ha se sucedieron y con ello parece retrotraernos hasta aquellas fechas en las que se sucedieron  y no faltan las ocasiones en que olvidándonos de la realidad, nos lleva a sentirnos cuando menos con menos achaques y mas aptitudes que hoy nos embargan.


Hasta la próxima entrada en que volveré por mis lejanos recuerdos.

viernes, 25 de mayo de 2012

25 de mayo cuarenta años después


Tal día como hoy pero de 1972, se produjo uno de los principales acontecimientos que jalonaron mi vida profesional como Guardia Civil. Aunque de ello ya he escrito en este blog más de una vez, por hoy me limitaré solo a referir a grandes rasgos el caso de que se trata. No por el hecho en sí, si no por la popularidad del personaje al que voy a referirme, como cito anteriormente, fue uno de los que  marcan un hito en el discurrir de la vida.

Aquel 25 de mayo de 1972, del que si no recuerdo mal se celebraba la festividad religiosa de la Ascensión del Señor, que se decía, era uno de los jueves que relumbran más que el sol, junto a los otros dos que eran el Jueves Santo y el Corpus Christi, o Día del Señor. Dejémonos pues de mas disquisiciones y vamos al grano. 

Ese día un Guardia que estaba conmigo en el Servicio de Información aquí en la Comandancia de Málaga, cuando yo era Sargento, estuvo empujando un coche que se había quedado atascado en el río Campanillas cerca de la Estación de Cártama. Como quiera que el propio conductor del automóvil, como el resto de familiares que le acompañaban le causó cierta sospecha, memorizó la matrícula del coche, y que por cierto dio dos viajes, ya que eran bastantes los familiares que estaban en aquel  lugar, y que por la dirección que tomó al salir, como por el tiempo invertido en el primer viaje. dedujo, y no se equivocó que, se había trasladado hasta esta ciudad de Málaga.

En las primeras horas de la mañana siguiente me comentó el caso y gestiones practicadas seguidamente, nos dieron como  resultado de que la matrícula que ostentaba el vehículo, un Seat 124, al que había ayudado a salir del atasco, era falsa, la cual correspondía a una furgoneta de reparto del Diario Sur de Málaga, y lo que ponía de manifiesta que el referido Seat, era un coche que había sido robado. Continuando las pesquisas y consultando fotografías que como es pertinente teníamos en varios álbumes, llegamos a la conclusión de que el conductor del tan referido vehículo, no era nada menos que Eleuterio Sánchez, conocido popularmente como "El Lute". Los jóvenes de hoy os preguntaréis: "Bueno, pero ¿y qué?", pero aquellos que tengan más de cincuenta años recordarán de que a la sazón era el personaje mas popular y buscado en España. El proceso de esta cuestión terminó dos meses después con la localización de todos sus familiares, principalmente dos hijos del mismo, y que por mí precisamente, le fueron entregados a su propia madre, y cuyo relato sería bastante largo de contar, y que no ha sido esta la causa de mi entrada hoy en el blog, sino la extrañeza de lo rápido que pasa el tiempo.

Y a eso voy. Miro hacía atrás y me pregunto: ¿pero es posible que de aquello hayan pasado CUARENTA AÑOS? Pues sí, así es. ¡Qué lentos pasaban los años cuando yo era niño, adolescente e incluso en la primera juventud, cuando uno pensaba en lo que estaría por llegar y como y cuando llegaría! Si me hubiera sido posible, sin duda hubiera estado empujando al paso de los días y así que los años dejaran de marcar aquella lenta pausa con el que discurrían. Ahora, y desde hace ya bastantes, muchos, años, si ello me fuera posible, me engancharía al Sol, o para mejor decir a la Tierra, y tanto en sus movimientos de rotación como en el de traslación, la estaría sujetando hasta que un día, o sea veinticuatro horas, fuera siquiera el equivalente a lo que hoy se cumple un decenio, y así cada diez años yo, y seguro todos los mayores de sesenta, de setenta y no digamos los mayores de ochenta, como a mí me pasa, estaríamos permanentemente asidos a la tierra para que tomara con calma su caminar. Pero, vanos deseos, hay que resignarse y aceptar el paso del tiempo como siempre ha sido y cuando menos, lo que nos reste que caminar por estos andurriales, yo, y quizá siendo un poco egoísta, me mantenga cuando menos como en la actualidad me hallo que siendo así no me importa el seguir cumpliendo los que por hacer me queden.

Así, un pequeño consejo a los adolescentes y jóvenes, no tengáis deseos que pasen rápidos los años, que cuando menos lo penséis, al volver la vista atrás, os sorprenderá como a mi me pasa y suele oirse con relativa frecuencia eso de "¡Cómo pasan los años!".

Hasta la próxima entrada.

sábado, 19 de mayo de 2012

Una de grillos


Como lo prometido es deuda, aquí me teneis para dar cumplimiento a cuanto me comprometí en mi entrada anterior y no era otra cuestión que la de contar lo que, y como se apuntaba en la misma, sucedió con cinco grillos que en una de aquellos acompañamientos que hacía a mi padre, cogimos en las viñas de Pobillos.

Los que habéis leído mis memorias creo que ahora se os vendrá al recuerdo cuanto voy a relatar, ya que en las mismas le dedique una buena parrafada y para los que no lo hayan hecho, conozcan esa pequeña historia, y por adelantado confieso, que pese a la gran timidez que siempre me acompañó hasta ya bien entrado en años, en aquellos de mi infancia, y creo que al igual que todos los niños de mi entorno, solíamos tener un trato bastante cruel con algunos animales. y principalmente con los grillos.  Sin duda la gran carencia de juguetes, nos hacía a los críos tomar entre otras muchas, estas diversiones como era la caza de grillos.

Sin mas preámbulo, vamos a lo esencial de esta historia.

Unas viñas con gran cantidad de rojas amapolas. El canto de los grillos era ensordecedor. Mi pasión por estos insectos hacían sentir en mí como la mas interesante de las melodías, aquellos grí, grí, grí, que hasta varios cientos de metros de distancia hacían llegar sus cantos. Mi padre, sin duda algo mas condescendiente de la cuenta para conmigo,  estuvo un rato dedicado a la caza de los mismos, y creo recordar que finalmente conseguimos, o para mejor decir, consiguió la captura de cinco ejemplares. Para quienes desconozcan la características de estos animales, les diré, que estan dotados de unas mandíbulas bastante grandes en proporción al total de su cuerpo. Son muy agresivos con sus congéneres machos, con los que suelen enzarzarse en encarnizadas luchas. El que resulta vencedor en la pelea comienza con un vibrante canto, que con la experiencia que yo tenía en haberlos tenido en bastantes ocasiones cada primavera,  podía determinar si el inicio de aquel canto lo era como consecuencia de haber resultado vencedor en alguna de sus contiendas.

Viven solitarios en unas pequeñas galerías  que se fabrican en la tierra utilizando sus patas y con la tierra que extraen suelen formar unas pequeñas explanadas a la entrada de las mismas donde además de verificar sus defecaciones, realizan sus cantos que lo hacen rozando sus alas una con otra y  con el solo fin de atraer a las hembras. Presenciar la lucha entre dos de estos animales es espectacular, ya que el perdedor en raras ocasiones no resulta bastante mutilado con la pérdida de patas, alas y antenas, y  también en muchas de ellas, acaba muerto por su contrincante, que llega a seccionarle parte o toda la cabeza del resto del cuerpo.  El color de las alas de los mismos, suelen ser, por lo menos los que existen por mi pueblo, de dos tonalidades, unas mas oscuras y otras tirando a doradas.

Sigamos. Como cito anteriormente, creo recordar que conseguimos la captura de cinco ejemplares, que como de costumbre metí en una lata que debidamente agujereada para la entrada de aire a fin de que no murieran asfixiados. Durante el trayecto de la caza hasta la llegada a mi casa, que pudiera haber tardado alrededor de una hora, y como quiera que yo llevaba en la mano la lata conteniendo los grillos en dos o tres ocasiones, además de notar cierta algarabía en el interior de la misma, terminaba siempre oyendo el clásico canto de un vencedor. Una vez en mi domicilio y faltándome tiempo para ello, destape la lata que con un trapo tambien agujereado llevaba tapada, y lo que descubrí al destaparla era una estampa dantesca. Dos de los cinco grillos estaban muertos con terribles mutilaciones; otros dos con varias mutilaciones tambien, tales como patas,antenas e incluso alguna de las alas y el otro totalmente ileso y que no cesaba de cantar, incluso cuando lo destapé no le produjo efecto alguno, si no que seguro la euforia que le había producido el resultado de sus luchas lo mantenía sin parar de cantar. Vuelvo a confesar mi crueldad, que pese al expectáculo contemplado me producía cierto placer al saber de que todo ello se debía a la valentía y poderío en la pelea del que estaba ileso, que por añadidura diré que tenía las alas doradas. Añado a esta culpabilidad de que desafiando a algunos amigos mios que también tenían alguno de estos animales, los echaran a pelear con el mío, los cuales, uno resultó tambien muerto y otros vencidos y con alguna que otra mutilación de sus órganos.

Mi campeón no cesaba de cantar ni durante el día ni por la noche, lo que para mí era el máximo deleite, pero si a mí me producía esos efectos, a mi pobre madre la tuvo dos noches sin poder pegar ojo, y si la primera creo la soportó por que me veía a mí encantado, una vez  amanecido tras la segunda noche, tomó la lata con el grillo y saliendo al "corral" como llamábamos a los patios de las casas, echó el grillo a las gallinas que una de ellas y de un potente picotazo lo engulló en un santiamen. Todo el vigor y valentía que tenía para vencer a los de su especie, de nada le valió para evadirse de la gallína. Aquí, como él lo había practicado con sus congéneres, se impuso la razón de la fuerza, que no es lo mejor de las razones. Yo creo recordar que incluso derramé alguna lágrima por mi valiente grillo y no acertaba a comprender la determinación de mi madre. Hoy, de todo esto pienso de forma totalmente distinta a la de entonces. Calculo que han pasado poco  mas o menos OCHENTA AÑOS. Creo son lo suficientes para rectificar.

Hasta la próxima.