viernes, 25 de febrero de 2011

25 de febrero. San Cesáreo


Hoy celebra la Iglesia, entre otras, la festividad de San Cesáreo. Mi padre se llamaba Cesáreo.

Os preguntaréis: "Bueno, ¿y qué?" Pues vamos a explicarlo. Hoy hace 113 años nacía mi padre. Pero hoy también, hace 52 años que fallecía mi padre. Por tanto moría el día de su 61º cumpleaños y también el día de su santo.

Lo he reflexionado muchas veces y para mí, la muerte que con más naturalidad se acepta, es la del padre o la de la madre. Sin duda ello se deberá a que desde la primera infancia comienza uno a considerar a los padres como personas muy mayores, y claro, aunque con algunas excepciones, siempre pensaba uno que por ley natural habían de fallecer antes que cualquiera de sus hijos, Con esto que termino de exponer, no es que quiera decir que el fallecimiento de uno de tus progenitores, no se sienta con todo lo que ello supone, pero eso sí, la resignación ante esa pérdida, lo es distinta incluso a cuando se te muere otro familiar de tu entorno familiar mas próximo. Sin embargo, una de las consecuencias que se producen con el fallecimiento, del marido o de la esposa, y lo digo por propia experiencia, ese vacío, desamparo, tristeza y soledad, te afecta de tal modo, que en no pocas ocasiones, en cuando menos los dos primeros años, llegan a sumirte en tal desconsuelo, que especialmente como a mí me sucede que soy de lágrima fácil, había momentos, a veces durante el día, pero sobre todo en esas soledades que parecen eternizarse por la noche, te pasabas gran parte de ella con ese lloro y que finalmente era lo que parecía traer a tu ánimo un poco de consuelo.

Lo que debe de ser tremendo de soportar es el fallecimiento de un hijo, que yo gracias a Dios no he tenido la desgracia de experimentarlo en carne propia.

Y volviendo nuevamente al 25 de febrero, hoy también con motivo del fallecimiento de mi padre, yo subía por primera vez a un avión. Me encontraba realizando el curso de ascenso a Cabo de la Guardia Civil en Madrid y aunque recibí la noticia de su fallecimiento sobre las ocho de la mañana, en aquellas fechas para poder llegar a tiempo del entierro que se efectuó sobre las cinco y media de la tarde, hube de tomar el vuelo de un pequeño avión que entonces volaba de Madrid a Córdoba y viceversa, y contaba con solo 21 plazas para pasajeros. Al aeropuerto de Córdoba fue a recogerme el amigo de uno de mis hermanos con una moto que me llevó hasta mi pueblo que dista de la capital cordobesa solo 37 kilómetros. Así estaban entonces los medios de transporte de pasajeros.

Aunque parezca casi ridículo, mi padre se llevó a la otra vida la ilusión de haberme visto luciendo los galones de Cabo de la Guardia Civil, que conseguí poco menos de cuatro meses después de su fallecimiento. CINCUENTA Y DOS AÑOS HAN PASADO DESDE AQUEL DÍA. Como solemos decir los viejos: "y parece que fue ayer".

Hasta la próxima entrada.

viernes, 18 de febrero de 2011

Toma de dichos y bautizo



Tal día como hoy, pero de 1956 fue mi toma de dichos, u otorgo, como se decía en mi pueblo. Aquella tarde del citado año, y como es natural juntamente con la entonces mi novia, acompañados por mi suegra, mi cuñado Manolo, y dos amigos, en la Sacristía de la Iglesia del Carmen y ante el Párroco de la misma, dábamos forma a la promesa de nuestro próximo matrimonio. Y haciendo un aparte en esta cuestión, nunca supe, ni tampoco lo pregunté, porqué la toma de dichos tuvimos que llevarla a efecto en la Parroquia del Carmen, cuando la boda se celebró en la Iglesia de San Pedro. El caso es que las amonestaciones, se leían además de en la mencionada Iglesia del Carmen, en la de San Pedro y también como no, en la de mi pueblo.

Aparte del propio acto protocolario efectuado en la Sacristía no hubo ninguna otra celebración. La boda estaba a unos días más de dos meses vista y la cuestión económica no soportaba estipendios ajenos a las necesidades propias y siempre mayores a las calculadas para nuestro enlace.

¡Cuántas cábalas echábamos y esperanzas teníamos aquella pareja de cuatro años de noviazgo! Un recuerdo sobresaliente de todos, que en el tiempo que después estuve con mi novia en su casa aquella noche, era aquel brillo especial que desprendían los ojos de ella y el arrobo con el que nuestras miradas se cruzaban, sin duda premonizando lo que nuestro próximo matrimonio iba a suponer para nuestras vidas.

Trayendo en este momento aquel recuerdo, no he podido evitar que aquellos mis ojos, antes brillantes, hoy bastante ajados por el natural paso del tiempo, queden empañados por las lágrimas, en parte de gratitud por aquellos instantes, en parte por la tristeza que encoje mi ánimo por su pérdida. Y, aunque dejando a un lado aquellos recuerdos, vamos al segundo acto del enunciado de esta entrada, o sea EL BAUTIZO.

Un año exactamente después de nuestra toma de dichos, o sea el 18 de febrero de 1957, bautizábamos a nuestro primer hijo. Diez meses y cuatro días después de la boda vino al mundo. Dos años y dos días después, del matrimonio teníamos dos hijos. Como se ve no perdíamos el tiempo. Todavía no teníamos tele. Pero vamos al bautizo.

El acto religioso se llevó a efecto en la Parroquia de la Divina Pastora sita en la Plaza de Capuchinos y a la cual correspondía el domicilio que fijamos al casarnos, Alameda de Capuchinos 32-34. Tras el bautizo y dentro de la modestia que nuestra situación económica lo permitió, hubo una celebración, que no por lo modesta, resultó menos divertida y alegre. La concurrencia consistió solamente, de los familiares mas allegados y un grupo de cinco o seis compañeros y amigos mios. Cuando el caldo fermentado de la uva comenzó a ejercer sus efectos en los estómagos de algunos de los concurrentes, uno de ellos, que además de buen malagueño, excelente persona, y mejor amigo, estuvo destinado también como Guardia Civil en uno de los puestos cuya demarcación abarcaba buena parte de los montes de Málaga, y para mayor abundamiento se casó con una joven residente en dicha demarcación, se lanzó a cantar verdiales y no había forma de hacerlo callar. Los demás circundantes, comenzando por mí mismo, que tampoco estábamos sedientos del caldo referido anteriormente, celebrábamos con la euforia propia de la circunstancia los cantos de nuestro amigo y compañero. Cuando pasados más de cincuenta años de aquel bautizo, nos hemos reunido en más de una ocasión, el cantante, otro de los que asistieron a los actos y yo mismo, siempre ha salido a colación la sesión de verdiales con que nos deleitó, y también como no, nos atosigó aquella noche. Además del bautizado, los dos que termino de citar y por supuesto yo, creo nadie más existe ya para poder recordar aquella efemérides.

Las once y cuarto de la noche que son en estos momentos, hace cincuenta y cuatro años a estas horas, estaba la fiesta en todo su apogeo. Traerlo al recuerdo, por una parte me encoge el alma al recordar los que faltan, especialmente ELLA; por otra, me llena de satisfacción el contabilizar ha sido una de las muchas ocasiones en que a lo largo de mi larga vida se han prodigado. Hasta la próxima entrada.

domingo, 13 de febrero de 2011

Catorce años

Yo puedo decir que he cumplido 14 años en dos ocasiones. La vez primera fue allá a los veintiséis días de haber terminado la Guerra Civil Española. Aquella, aunque en circunstancias muy especiales, lo era lleno de vida y como consecuencia de esas circunstancias, con una madurez personal bastante superior a la que biológicamente se correspondía.

La segunda, es hoy. Y digo hoy, porque se cumplen catorce años en que por fin, y después de diez días en la UVI del Hospital Parque de San Antonio, los médicos se decidieron a operarme del corazón y cuyos detalles ya apunté en mi entrada del pasado día 3, cuando se cumplía el aniversario del fallecimientos de mi esposa. Aquel 27 de abril de 1939, cumplía catorce años, pero solamente eso, catorce años. Los de hoy, y que como es natural es un cumpleaños virtual, hay que añadirle los casi setenta y dos que ya llevaba como reata aquel 13 de febrero de 1997.

Haciendo un recorrido mental por el paso del tiempo, entonces todo eran esperanzas, ilusiones, incógnitas; cual sería el porvenir que me estaba esperando, en fin todas esas consultas que interiormente y para sí te haces, y que esas incertidumbres te llevan a soñar en no pocos momentos, lo maravilloso que realmente podría acaecer.

Hoy, tras otros catorce años pasados desde la exitosa operación (si exitosa fue para los médicos que diríamos lo fue para mí), lo que antaño eran incógnitas, esperanzas, ilusiones y todas aquellas ensoñaciones que cualquier adolescente normal pueda hacerse, han sido consecuciones de lo que ni siquiera mi corta experiencia hasta entonces paso por la vida podía alcanzar a soñar. Humildemente, hoy vuelvo a confesarme, todas esa felicísimas consecuciones lo han sido mayores a mis propios merecimientos, pero también he de decir, que si Dios o el destino así lo han querido que fueren, sean bienvenidas y como si de algo quizá pueda darme por satisfecho de mi ser, es de ser agradecido, allá van mis más expresivas gracias a quien o quienes, puedan corresponderle todo cuanto me haya sido adjudicado.

De aquel abril de 1939, creo que mis deseos lo eran un tanto egoístas, todo cuanto pedía y esperaba, lo era solo para mí, aunque siendo sincero, algo sentía que también podría alcanzarles a mis padres y hermanos, que bien necesitados de ello lo estaban en aquellos entonces. De este 13 de febrero de 2011, yo y para mí, con poco me doy por satisfecho. Mis ambiciones personales, escasas son; mis fantasías, más que menguadas, podríamos decir que desaparecidas; mis necesidades, tan escasas, que como diría Séneca, para remediarlas "lo poco es mucho", y solo mis súplicas, se van y se quedan hasta el entorno de los míos, que sigan en todo, como lo están hasta ahora. Que así sea.

Hasta otra.

martes, 8 de febrero de 2011

Cosas que el tiempo trae, se lleva o altera

Fuente: "La historia de la "arroba" en

En el día de ayer hablando con uno de mis nietos, salió a colación la palabra arroba y le pregunté si sabía el antecedente de la misma. Como es natural y con toda seguridad como le sucede actualmente a la mayoría de las personas con edad inferior a los cincuenta o sesenta años, solo sabe que (@), arroba, es el símbolo usado en las direcciones del correo electrónico.

El que la arroba no hace tantos años, o por lo menos a mi me lo parece, era una medida de peso y también de volumen, a dichas personas les resulta totalmente desconocido, y aquí reconozco que por mí han pasado ya un montón de años, y también como no, yo sobre ellos. De niño, adolescente e incluso de joven, era habitual presenciar el peso en muchos casos por arrobas y especialmente esto se hacía con los cerdos. En la mayor parte de España, la arroba y que se utilizaba el mismo símbolo de @, como hoy en el correo electrónico, correspondía a un peso de 11'502 kilogramos, pero sin embargo, en Aragón por lo menos, creo, lo era de 12'500 kilogramos.

Por cuanto en la medida de líquidos variaba según la clase de éstos, así la arroba de aceite era de unos 12 litros y sin embargo para el vino, eran 16 litros. Ya en mi entrada juventud, en muchas ocasiones, y sobre todo para calcular el precio, se procedía a su transformación a kilos, que era lo que solía representar el precio.


Otra cuestión, que al escuchar un pasaje del Evangelio leído en la Misa del pasado Domingo, que decía "...tampoco se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín...", en ese momento se me vino a la mente de que la inmensa mayoría de los oyentes, eso de "celemín", le sonaba a chino. Y hete aquí que otra vez tengo que confesar, que como se decía en mis tiempos, no soy un "mozo". El celemín en aquellos tiempos se utilizaba principalmente para la medida de cereales y otros. La medida que mas solía emplearse era la cuartilla, que era la cuarta parte de una fanega. La cuartilla tenía 3 celemines y las inferiores al celemín, era el medio celemín y el cuartillo, correspondiente a la mitad y la cuarta parte del celemín. Empleadas estas medidas en los granos o cereales, se daba la circunstancias de que los granos menudos, como el trigo, la cebada y el centeno, se hacía con la medidas rasada, o sea se pasaba una especie de rodillo sobre la parte superior de la medida y el cereal quedaba a ras de la parte por donde se pasaba el rasero. No así en los granos más gruesos, tales como los garbanzos, la avena, el maíz, habas, etc., en los que las medidas se hacían a colmo, o sea, se estaba echando el grano sobre la medida hasta que rebosaba totalmente. En más de una ocasión y en más de cien, fui a comprar, un celemín, un medio celemín o un cuartillo, de cebada, que era el que solía darse generalmente a los animales domésticos, como gallinas, cabras, caballerías o cerdos.

En casa de mis padres, había una cuartilla, un celemín, un medio celemín y un cuartillo. En la cuartilla, solía mi madre preparar el nidal para las gallinas que echaba a incubar los huevos.

Mis hijos y especialmente mis nietos, dirán "¿Qué cosas tan raras había durante la infancia y juventud de mi padre y mi abuelo?". Igualmente habrá de sucederle a toda persona que me honrare con una entrada a este humilde blog y que no alcance los sesenta, cincuenta o menor edad, pero si se aproximare a la mía, le traerá al recuerdo aquellos pasados y lejanos tiempos. Con estos relatos y durante el tiempo en que los traigo a la memoria y los escribo, me lleva a recrearme por aquella niñez y juventud, tantos años ha que la perdí y que le sucede como al honor, que como dice el primer artículo de la Cartilla de la Guardia Civil, "una vez perdido, no se recobra jamás".

Hasta la próxima entrada.

jueves, 3 de febrero de 2011

Catorce años sin ella


Si en mi entrada del pasado día 27 de enero, consideraba que ese mismo día pero de 1952, había sido el más determinante de toda mi vida y precisamente para bien, el 3 de febrero de 1997, lo fue con diferencia, el más NEFASTO. Todo comenzó a gestarse el día anterior.

Aquel 2 de febrero de 1997, unos minutos después de las cuatro y media de la tarde, un sanitario en el Hospital Parque de San Antonio de esta capital, y en una camilla, conducía a mi mujer a los quirófanos de dicho centro para ser operada, por cuarta o quinta vez, ya no sé, en poco más de tres años, de su deteriorado aparato digestivo. Si cuando hacía cuarenta y cinco años y una semana que la conocí, lo que mas me impactó desde el primer momento fue aquella sonrisa emitida por una mujer que terminaba de cumplir 17 años, llena de vida, y que siempre llevé impreso en mi mente aquel recuerdo, esa tarde del dos de febrero, aunque tanto mis hijos como yo, antes de salir de la Sala hacia quirófanos ya la habíamos besado y desearle suerte, yo la acompañaba hasta su entrada en el ascensor que había de transportarla. Sujetando la puerta del mismo para facilitar la entrada de la camilla y ya una vez dentro, posiblemente para darme ánimo a mí, trató de dirigirme una de aquellas sonrisas como ella solo sabía hacerlo, a la vez que con la mano trato de decirme adiós. Todo fue un remedo. Sus facultades físicas tan mermadas, solo consiguieron mostrar levemente parte de su blanquísima dentadura. Su mano derecha no consiguió levantarla creo más de tres o cuatro centímetros. Aquello fue lo último que vi de ella. El ruido característico del ascensor descendiendo, surtieron en mis sentimientos el efecto de una marcha fúnebre. Aquello, quizá agravó un tanto el malestar físico que yo llevaba sintiendo desde hacía un par de días. A partir de esos momentos comencé a perder la noción del tiempo e incluso de mi propia existencia. Me movía creo que solo a impulsos de la inercia.

Podrían ser algo mas de las ocho de tarde, cuando el propio cirujano que la había operado, acompañado de algunos compañeros que le habían ayudado en la intervención, a mis hijos y a mí, nos facilitaba la desalentadora noticia del resultado. "Durante la operación, Gloria ha sufrido unos vómitos y se le han encharcado los pulmones, La cosa es bastante seria". Si queréis podéis pasar a la UVI para verla. Mis hijos pasaron los tres. Yo no lo hice, ya no era dueño de mis decisiones. Poco después mis dos hijos varones y yo nos íbamos a mi casa. Mi hija que estaba sobre el 7º mes de gestación de su segundo hijo, se marchó a la suya.

Minutos antes de las ocho de la mañana del siguiente día, 3 de febrero de 1997, sonaba el teléfono de mi casa. Al otro lado del hilo telefónico, la voz del propio cirujano. Mi hijo mayor recibía la noticia. "Tu madre ha empeorado, veniros para acá". Esto se lo transmitíamos a mi hija. Ellos tres fueron a verla a la UVI. Yo quedaba en la sala de espera sumido en un estado que parecía irme alejando de cualquier realidad de este mundo. No se que tiempo habría pasado, recobrando un tanto mi propia conciencia, me di cuenta estaba en la sala de urgencias del hospital y tenía conectadas unas cuantas cosas. Las únicas palabras que salían de mi ser, eran preguntarles a mis hijos por su madre. Creo que un par de horas después me trasladaron a planta. Un fuerte dolor en el pecho puso en movimiento al médico de guardia y vario personal sanitario más, de lo que solo recuerdo haber captado, las peticiones de bolsas de sangre. Mi último recuerdo de aquellos momentos, fueron la de la entrada en la sala donde yo estaba, del Doctor José María Rodríguez, que había sido quien operó a mi mujer. Sé que le pregunté cómo estaba mi mujer. Su lacónica respuesta fue: "Gloria está mejor". Y me preguntó como seguía yo. Sé que le respondí: "yo estoy mejor". La realidad es que iba a comunicarle a mis hijos que su madre terminaba de fallecer. Yo sin tener noticia de ello, a partir de aquel instante perdía totalmente la conciencia. Cinco minutos después ingresaba en la UVI, con el siguiente diagnóstico. " Neumonía, hemorragia gástrica severa, precisando transfusión y angina post-infarto".

A las cinco de la tarde de aquél aciago 3 de febrero de 1997, mi hijos se encontraban con su madre fallecida y su padre en la UVI. En esta situación permanecí durante diez días, volviendo en sí durante ese tiempo creo que en tres o cuatro ocasiones solamente y motivado cuando percibía la voz de algunos de mis hijos y recuerdo que en alguna ocasión le preguntaba por su madre.

Su ausencia dejó en mi vida tal vacío, que aún pasados catorce años, especialmente en esas largas soledades de las noches, cierro los ojos y trayendo a la mente tantos felices recuerdos, siempre hay alguna lágrima dispuesta a volver a mis ojos, llorando su PÉRDIDA.

El día 13 de febrero y en vista de que yo no me iba como temían los médicos en busca de mi mujer, decidieron operarme, para lo cual y extrayéndome la vena safena interna de la pierna derecha, me colocaron, casi un acueducto, o sea tres puentes, en los conductos del corazón que se hallaban casi totalmente obstruidos.

Yo siempre en mis conversaciones con unos cuantos matrimonios amigos que salíamos juntos todas las semanas, decía siempre que si mi mujer moría yo quería hacerlo a la par que ella. Estos amigos, en aquellos momentos de los sucesos relatados, se decían unos a otros, "pero como Rafael se va a salir con la suya". Esto no lo quiso Dios, pasados CATORCE AÑOS, aquí sigo y la única satisfacción es que su solo recuerdo sigue alimentando mi existencia.

Hasta la próxima entrada.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Entrada obligada



Aunque en vísperas de una entrada de lo que nunca hubiere querido tratar, lo hago en el día de hoy, con el solo propósito de cumplir con una obligación que sin causa justificada la he venido demorando en demasía. Esta obligación no es otra que la de manifestar mi gratitud a todas aquellas personas que me han honrado con su entrada en este humilde blog, con mas o menos asiduidad, pero que para mí son todas iguales.

Cuando el propósito y el único valor de cuanto en él he venido relatando hasta ahora, no era, y no lo es otro, que el traer a la actualidad aquellos recuerdos que por razones de mi ya larga vida se me han ido sucediendo en el tiempo, y que aun suponiendo pudieran interesar solo a mis familiares y amigos mas allegados, he sido gratamente sorprendido por esas entradas a cuyos autores reitero mi profundo agradecimiento.

Algunas de esas personas han dejado su recuerdo, con cuyas opiniones estoy totalmente de acuerdo. Una de ellas y creo lo ha sido en mi entrada del pasado 27 de enero verificado por una paisana, y digo paisana, porque según ella reside en Málaga como yo, me daba un calificativo del que me ha hecho a la vez que gracia, mucha ilusión, dado a que en principio la que era mi novia y después mi mujer, cada vez que salía a colación aquella situación, me lo hacía con la mismísima connotación. Al principio me decía "es que tú eres un pinta", en presente, pero que con el paso del tiempo lo cambió, por la de pasado, igual que ha hecho mi paisana, de que yo "era un pinta". Algo he ganado además de años.

GRACIAS A TODOS. Hasta mañana.

Nota del editor: el que quiera entender, que entienda. Perdón.

jueves, 27 de enero de 2011

27 de enero de 1952

Sin mas preámbulo, el día 27 de enero de 1952 ha sido el mas determinante de toda mi vida, con la añadidura de que lo fue para bien.

Después de haber asistido a un partido de fútbol en la Rosaleda, aquella tarde del domingo del mencionado día, y como entonces era lo natural en Málaga, me dispuse a dar mis paseos por calle Larios-Parque, Parque-Calle Larios, y así vuelta tras vuelta, circunstancia que lo verificaba la inmensa mayoría de la juventud de la época. Señalaré que desde hacía año y medio aproximadamente yo tenía novia y que residía en un pequeño pueblo de la costa granadina donde también había nacido. Ese noviazgo contaba también con la aquiescencia de nuestras respectivas familias.

Como indico anteriormente y vestido de uniforme, llevaba creo que unas dos vueltas al itinerario descrito para los paseos, lo hacía en solitario y sin duda lo haría pensando en la ausencia de la entonces mi novia, cuando junto a la plaza de la Constitución hacía la Alameda, entonces Plaza de José Antonio, y por su acera derecha, paseaba un grupo de tres jóvenes en una charla bastante animada adobada, con, sino risas a carcajadas, si bastante audible. Puedo jurar en este momento, que sin otra intención que la de dejar de pasear en solitario, me uní a ellas creo que dirigiéndole la siguiente o parecida frase. "Voy a tener que acompañarlas para evitar que la conversación y risas que llevan, suba de tono". Mi incorporación al grupo fue acogida con bastante aceptación. Según mi apreciación aquellas tres jóvenes estarían rondando los veinte años. Según tras escasos minutos de acompañar a estas jóvenes, dos tenían los citados veinte años y otra, 17 recién cumplidos. Paseaban cogidas del brazo unas a otras y sus nombres de izquierda a derecha, según caminaban, Puri, GLORIA y Encarni. A mi primer golpe de vista, su físico para mi gusto, y de menor a mayor eran, Encarni; con alguna diferencia sobre ésta, Puri, y con gran diferencia sobre ambas, GLORIA, y que caminaba en el centro del grupo.

Como era natural, fui preguntándole una a una, si tenían novio, que todas me contestaron negativamente, pero cuando lo hice a la segunda, o sea Gloria, que como he dicho iba en el centro, la sonrisa que se dibujó en su boca y la mirada que percibí por aquellos hermosísimos ojos negros, sin que por el momento pude darle la menor importancia, sin duda calaron hasta tal punto en mí, que aquella noche, la pasé completamente en una duerme-vela, unas veces arrepintiédome de haberme unido a ellas; otras culpándome de lo que suponía una traición a mi entonces novia y otra, la más de ellas, en no poder apartar del pensamiento aquellos ojos y aquella sonrisa, que de una forma casual y sin ninguna otra intención yo me había buscado.

Una semana después, yo tenía dos novias. La mayoría de las tardes, a la ausente le escribía la correspondiente carta. A la de Málaga, iba a esperarla a la salida del taller de Alta Costura donde trabajaba, y que pese a su corta edad, estaba al mando de uno de los dos grupos que constituían las aproximadas treinta mujeres que componían el Taller y la acompañaba hasta su casa, donde en la puerta pasaba no menos de dos horas hablando con ella. Quince meses, me hallé inmerso en dicha situación. Nunca hasta entonces me sentí tan incapaz de tomar una decisión que me apartara de lo que yo mismo lo consideraba no se correspondía con lo que siempre fueron mis comportamientos. Pero, por un lado estaba el tener que terminar con una relación que llevaba ya mas de dos años, cuya mujer si comprendía no estaba profundamente enamorado de ella, si valoraba, en lo que sí me contrariaba el hecho de terminar con ella, es que era una persona con unas cualidades morales y personales de indudable mérito. La distancia, era una circunstancia en contra de ella.

Por el contrario, como dejaba una relación con una mujer, que aún siendo casi diez años más joven que yo, me sentía totalmente atraído por su físico, su forma de ser y en su consecuencia estaba locamente enamorado de ella.

Pasados quince meses y llegado a conocimiento de la madre de Gloria, por circunstancias que sería largo de contar, que yo tenía otra novia en la provincia de Granada, me pusieron a la necesidad de tener que optar por una de las dos, no sin antes en que una noche cuando recibía a Gloria a la salida del taller, me espetó en la forma y modo que podáis suponer, que nosotros habíamos terminado y que me marchara con la novia de Granada.

Tras las propias vacilaciones que durante aquellos quince meses estuvieron teniéndome un tanto a la deriva, me continuaron por espacio de no más de cuatro o cinco días, mi decisión fue la de que si no lo hacía decidirme por Gloria, su recuerdo me estaría pesando durante toda la vida. El domingo siguiente a la ruptura con Gloria por determinación de ella y cuando también en compañía de su amiga Puri las avisté paseando por el Parque, aunque con alguna displicencia al principio, me uní a ellas y aquella misma tarde, decidimos continuar nuestra relación. A partir de aquel instante, ninguna otra mujer se interpuso, primero entre nuestro noviazgo y luego en nuestro matrimonio, que tres años después de la definitiva reconciliación se celebró y duró CUARENTA Y UN AÑOS, en que Dios quiso llevársela, porque seguramente en el Cielo faltaban almas de su categoría, y que tanto los años de noviazgo, como los de matrimonio han sido de una FELICIDAD SIN POSIBLE COMPARACIÓN, y para mayor abundamiento en esta FELICIDAD, la descendencia y consecuencia que trajo consigo aquella unión.

EN SU RECUERDO:

Que no hay Dios, hay quien lo dice
y solo pudo ser EL,
quien designó la mujer
que hizo mi vida felice.

Paseaba por calle Larios,
como canjilón de noria.
y me topé con la GLORIA
tal evento extraordinario.

Corría una fresquita brisa,
era un Domingo de enero,
y me cautivó primero
su encantadora sonrisa.

Era graciosa y morena
como es la mujer de España,
y sus ojos y pestañas
igual que la Macarena.

Mi dicha allí comenzó,
y primero fue mi novia.
siguiendo después la historia
que en matrimonio acabó.

Fuiste una esposa ejemplar,
sin parangón como madre,
como suegra incomparable
y como abuela sin par.

Luengos años transcurrieron,
de entera felicidad,
que solo pudo acabar,
con su abandono terreno.

Pero lo quiso el destino,
que te ausentaras de aquí.
y me dejaste a mí,
llorando mi triste sino.

Solo me queda el consuelo
y mi esperanza se aferra,
que la que perdí en la Tierra,
vuelva a encontrarla en EL CIELO.

Valga todo cuanto en esta mi larga entrada en el día de hoy, para que por todo el orbe llegue mi eterno agradecimiento a la casual circunstancia en que aquel DOMINGO 27 DE ENERO DE 1952, puso en mi camino la mujer que lo supuso todo en mi vida. Hasta otra.

domingo, 23 de enero de 2011

¡Qué mejor sobremesa!


Ayer y acompañado por mi hijo mayor, estuvimos comiendo con un viejo y buen amigo mío. El menú no era nada extraordinario, a excepción de una buena botella de vino de Rioja que yo aporté, y aunque la intención no era su consumo durante la comida, una circunstancia inesperada hizo que cayera en el almuerzo. Pero esto es una simple anécdota que no tiene la mayor importancia. Tampoco nuestra reunión era la de ingerir ninguna comida ni manjar especial, si no simplemente de pasar un rato agradable y como es natural contar alguna que otra "batallita", principalmente de aquella lejana juventud.

Mi buen amigo Emilio Nuño, con quien compartimos menú, y que como consecuencia de algunas recientes alteraciones en su estado de salud, tiene un tanto disminuido circunstancialmente su sentido de la vista, tanto durante la comida, como en la posterior sobremesa, mi referido hijo, estuvo permanentemente y con el mimo que en él es innato, pendiente que de que todo se desarrollara con la mayor naturalidad y nada le faltara al amigo de su padre.

Aprovechando un momento de ausencia de mi hijo de nuestra presencia, precisamente cuando se dirigía al mostrador para traernos una consumición, mi referido amigo y también dando ejemplo de su fina sensibilidad, mirándome a la cara y con algunas lágrimas en sus ojos, creo que sin duda debido a su gratitud por el trato del que estaba siendo objeto, me dirigió la siguiente frase: "Rafael, cada vez me admiro más de la grandeza y calidad de tu hijo". Si en mi amigo aparecían unas lágrimas en sus ojos, el efecto que en mi surtió semejante declaración, los míos fueron anegados. Puedo jurar en este momento, que nada otra cosa me hubiere satisfecho más que cuanto encerraban en sí, esas catorce palabras. También, como no, en aquel momento me acordé de su madre y le agradecía, la parte que ella hubo tenido en incrementar, esos sentimientos naturales de este nuestro hijo, al igual que el de los otros dos, del que van dejando testimonio por todos los senderos en que se van desenvolviendo en todos los actos de su vida. Nada en el mundo satisface tanto, como esa manifestación que yo ayer recibí por parte de mi amigo y que aún comprendiendo que estaban totalmente justificados, no por ello dejo de agradecérselo de todo corazón.

viernes, 21 de enero de 2011

Hoy es viernes



Hoy es viernes. "¿Bueno y qué?", os preguntareis aquellos que por motivos familiares o algunas personas que me honran con sus entradas en este mi blog, suelen hacerlo. Hoy es uno de los 52 o 53 viernes que se dan a lo largo de todo un año. Sin duda ninguna que así es, cuando menos ahora. Pero hoy, al igual que esos 52 o 53 viernes que se dan a lo largo del año, es también un fin de semana. A partir de esta tarde, miles y miles de trabajadores, estudiantes y todos aquellos que durante el resto de la semana tienen una ocupación, a partir de esta tarde disponen de su asueto hasta el próximo lunes, salvo los que debido a sus profesiones u oficios particulares tengan la obligación de prestar una jornada de guardia o servicio por el estilo. Seguramente os seguiréis preguntando: "¿y éste que ve de especial en ello?" Pues sí, mucho más de lo que vosotros cuyas edades sean cuando menos veinticinco o treinta años inferiores a la mía, podáis suponer.

Desde los trece años en que yo comencé mi trabajo continuado en el campo, y muy especialmente desde los quince hasta los diecinueve años, eso de fin de semana era pura definición de que terminaba un espacio del tiempo transcurrido. Con aquellos dieciséis, diecisiete, dieciocho y diecinueve años míos, me pasaba semanas y semanas completas, día tras día, sin uno siquiera de descanso y aún lo que es peor, con el acompañamiento de seis u ocho compañeros de trabajo, algunos de la misma o parecida edad a la mía, los que una vez terminaba la jornada pernoctábamos en un caserío cuyo núcleo de población, que así pudiera denominarse, estaba cuando menos a ocho o diez kilómetros de distancia.

Seguramente, la inmensa mayoría de los que esto tengáis la deferencia de leer esta nueva entrada, pensaréis para vosotros: "Yo, eso no lo hubiere hecho ni lo hubiere podido soportar." Puedo aseguraros, que estáis en un profundo error. Las circunstancias, lo deciden todo. Cuando por encima de cualquier otra cuestión se halla el límite de la casi supervivencia, tanto de uno mismo como de los propios familiares, cuya indefensión por razones de edad u otro motivo, precisan de tu ayuda, puedo asegurar, que incluso dándose la situación aquella en la que solíamos desenvolvernos, cuando menos lo tomábamos con resignación y hasta en no pocos momentos, incluso con cierta alegría. El que cualquier ínfimo aporte que pueda suponer tu colaboración para que, esos seres queridos puedan seguir adelante, compensan cualquier sacrificio que en su ayuda tengas que soportar. Sin ninguna duda, la adversidad nos hace y nos convierte en altruistas hasta el límite. Por tanto, pedir a Dios que esas "circunstancias" no os obliguen a aquello que, no yo, sino la inmensa mayoría de mis coetáneos estuvimos obligados a realizar.

Que todos, y también yo, tengamos nuestro merecido asueto este fin de semana. Hasta la próxima entrada.

lunes, 17 de enero de 2011

Festividad de San Antón

Hoy celebra la Iglesia la festividad de San Antón, Patrón de los animales. Pero la entrada que me motiva hoy, no tiene nada que ver ni con los animales y directamente con San Antón tampoco. Vamos a ello.
Tal día como hoy pero del año de 1944, yo me encontraba trabajando en la finca de la Calera en la almazara de la misma, o molina como nosotros la llamábamos. La citada finca se halla enclavada en el término municipal de Obejo, pueblo de la provincia de Córdoba y limítrofe con el mío, en cuya localidad se celebraba con gran boato, y creo se sigue haciendo, el día de San Antón.

El entonces arrendatario del olivar, concertó con los manijeros de los vareadores y de las recogedoras de la aceituna considerar festivo aquella fecha, y los que quisieran se trasladaran a Obejo para pasar el día. La faneguería, como se conocía al conjunto de personas dedicadas a las faenas de la recogida de la aceituna, estaba compuesta al menos por cien personas, la mayoría jóvenes de ambos sexos y muchos de ellos solteros.

Desde hacía mas de veinte días, yo sostenía una relación de noviazgo con una de las jóvenes de las recogedoras, que haciendo un aparte, la formación de aquella relación dio mucho que hablar, dado a que cuando yo comencé a solicitarle las relaciones ella tenía novio desde hacía casi dos años, aunque él, se hallaba trabajando en un olivar distante unos cinco o seis kilómetros de donde nosotros estábamos, y en aquellas fechas el mero hecho de que una mujer dejara el novio para hacerse novia de otro, era un verdadero acontecimiento, sobre todo escandaloso. Pese a los más de veinte días en que éramos novios, puedo jurar en este momento, que ni siquiera habíamos tenido ocasión de darnos el primer beso y como será fácil de suponer, no lo era por falta de deseos, si no por encontrar el momento adecuado para ello que consistía en encontrarse los dos solos sin ninguna persona en las inmediaciones y que pudiera ser testigo de semejante acto.

El día de San Antón se presentaba propicio para que con muchas posibilidades consiguiera tan anhelado momento. Así es que de entre las ochenta personas aproximadamente que formabámos la comitiva hacia Obejo, íbamos mi flamante novia y yo.

La distancia por carretera desde La Calera hasta el pueblo sería de unos siete u ocho kilómetros y por su supuesto había que recorrerlos a pie. Para la ida tomamos algunas trochas lo que acortaría el camino un par de kilómetros, pero la vuelta y según una estratagema que urdimos cuatro o cinco parejas de novios, conseguimos que la salida del pueblo fuera cuando menos al anochecer, con lo que dado a que lo haríamos totalmente de noche, las cerca de dos horas de camino había que hacerlo por carretera. Nuestros proyectos dieron el resultado por lo cual fue diseñado. Así, podía ser aproximadamente la hora en que yo me encuentro haciendo este relato cuando desde Obejo salíamos hacía la Calera, carreterita adelante. Aunque con alguno que otro abucheo por parte de quienes no llevaban novia, ni novio, los que sí las y los teníamos, nos fuimos rezagando de la comitiva quedando totalmente a la cola de la misma y también como era preceptivo con cierta distancia en la separación de las otras parejas.

Tan pronto la oscuridad de la noche, y hablo solo por mí, nos dejaba fuera del campo de visión de las demás gentes, recordándolo hoy con la lejanía de sesenta y siete años, que acumulados a los dieciocho que entonces tenía, una ligera sonrisa se me viene a la mente al recordar que posiblemente en aquellos momentos hubiera preferido tener cuando menos tres o cuatro pares de manos más y sin duda también más de una boca, para poder atender a todos los puntos a los que se me apetecía y quería llegar. Aquellos besos y tocamientos eran los primeros que en mi vida realizaba con una novia y nunca se me hizo tan breve el paso de un tiempo ni tampoco deseado el que el mundo se hubiere parado en aquellos instantes por toda la eternidad. Si a todo ello se le añade la total colaboración y entrega de mi flamante novia, aquellas alrededor de dos horas de camino entre Obejo y La Calera, marcaron un hito en mi entonces incipiente juventud.

Comparando aquel evento a como se hace actualmente por las parejas, el tiempo que a mi me llevó y a ella también por supuesto, a darnos el primer beso, sin lugar a dudas hoy hubieran visitado la cama en más de una ocasión. Como yo he citado alguna que otra vez, la carencia engendra deseo, la saturación produce, sino el hastío, por lo menos lleva a la indiferencia el goce del que lo consigue tras vencer las dificultades que hicieron posible su consecución.

En otra ocasión detallaré el porqué y el cómo del inicio, y también el final de aquel efímero y apasionado noviazgo, que solo duró cuatro meses.

Como vereis por esta entrada, yo también fui joven en mis tiempos y en realidad no me fue mal del todo. Hasta otra.

viernes, 14 de enero de 2011

Final de otra etapa


Sobre las seis y media de la mañana de hoy, minuto mas, minuto menos, procedía a poner la ventana de mi dormitorio de par en par, a fin de que se ventilara adecuadamente. Acto seguido y por costumbre inveterada en mí, dirigía la mirada al cielo para contemplar a ojos de buen cubero, la situación meteorológica reinante. A continuación y también desde hace muchos años, procedía a mirar el punto donde se encontrara mi coche, que casi siempre y un aparcamiento libre me lo permitiera lo dejaba en lugar que directamente se divisaba desde mi ventana. Esta mañana, mi coche no estaba al alcance de mi vista. ¿Me lo habían robado? No. Estaba aparcado lejos de mi barriada, ayer lo dejé en la Urbanización de Guadalmar donde vive mi hija y para dirigirme allí, donde lo hago diariamente de lunes a viernes, era para lo que únicamente lo utilizaba. Un ligero nudo en la garganta me llevaron en ese momento a que unas lágrimas asomaran a mis ojos, y cuando aun han pasado cerca de doce horas, continúo con ese pellizco en mi sentimiento. Pero, ¿tanto quiero a mi coche? No es eso. Ayer decidí no volver a conducir nunca más y cuya decisión la he tomado voluntariamente sin que ninguna contrariedad relacionada con el tráfico lo haya motivado. ¿Entonces a que ha sido debida esta decisión mía? Solo y exclusivamente llevar con ello la tranquilidad a mis hijos, que aunque abiertamente nunca me han dicho que dejara de conducir, sí, en más de una ocasión y de una forma indirecta, me lo daban a entender. Ello y con cierta campaña que en televisión se vino haciendo en meses pasados sobre los conductores de cierta edad, o sea de los viejos, entre los cuales me hallo inmerso, ha sido la motivación de mi abandono del pilotaje de automóviles.

En marzo del pasado año me renové el permiso de conducir y estará en vigor hasta marzo de 2015. Esta renovación por el tiempo citado, creo es muestra de que mis facultades físicas y psíquicas son las correctas para lo cual me fue renovado; pese a ello comprendo el recelo que mis hijos puedan tener acerca de la capacidad suficiente que por mis cerca de los OCHENTA Y SEIS AÑOS que hace que vine a este mundo tenga para llevarlo a efecto.

La decisión tomada no es que la sienta por el mero hecho de no volver a coger mi "cochecito", dado a que nunca sentí interés por hacerlo y siempre preferí ser acompañante que conductor. Lo que si me llega a lo más profundo del alma, es que ésta es otra etapa más de mi vida que dejó atrás y la que por razones obvias sin esperanza alguna de que con el paso del tiempo vuelva a retomarla, o sea que así quemando etapas una tras otra, creo que pocas me van quedando hasta llegar a la meta final. Pero en fin, si con esta decisión doy a mis hijos un pequeño plus más de tranquilidad, solo a ellos me debo, con la añadidura de mis nietos claro está, y por encima de cualquier cuestión mía personal esta la de su complacencia.

A partir de hoy, pongo a la venta cuatro años y dos meses un permiso para conducir automóviles. Algo más de 41 años lo he utilizado yo.

Hasta otra entrada.

lunes, 10 de enero de 2011

Las monedas a través de los años

Fuente: http://www.fotolog.com/maitote/43794155

Esta mañana en uno de los cajones de la mesilla de noche me encontré una moneda de cinco pesetas de las que estaban en circulación cuando la entrada del Euro hace escasos años. Pese al poco tiempo que hace dejó de circular, al tomarla en mis manos, me pareció una pieza tan ridícula que contemplándola me indujo a volver la vista atrás en el recuerdo, nada más que unos ochenta años. En aquel tiempo, durante mi infancia, la moneda de menor valor era la de un céntimo, "céntimo chico" como se le llamaba popularmente. Quiero recordar que el diámetro de aquel "céntimo chico", era un poquito mayor que la mencionada de cinco pesetas a la que me estoy refiriendo. O sea, que esas cinco pesetas serían quinientos céntimos; pero no está en esa comparación la diferencia que mas me asombra, sino estas cinco pesetas con aquellos duros de plata que también su valor era de cinco pesetas, y si pudieran colocarse ésta junto a la que me encontré esta mañana, tanto en su presencia como en su valor material, sería como comparar una liebre con un elefante. Entonces estaban en circulación el céntimo chico, 1 céntimo; el céntimo gordo, 2 céntimos; la perra chica, 5 céntimos y la perra gorda, 10 céntimos. Todas estas monedas eran de cobre. Luego le seguían en orden ascendente, las monedas de 1 peseta, la de 2 pesetas y la de 5 pesetas o el duro como se le conocía. Estas tres últimas todas de plata. El billete de papel de inferior valor era el de 25 pesetas. Yo llegué a comprar en mas de una ocasión con el céntimo chico, por el cual me daban un caramelo. Quizá uno o dos años después de este recuerdo, me hice con un álbum de Chocolates Suchard y con una perra gorda, o sea diez céntimos me compraba una chocolatina que estaba riquísima y además traía dos estampas para mi álbum. Creo que unos años después de a las que me estoy refiriendo salieron las monedas de un real, o sea de 25 céntimos y que tenían una abertura circular en el centro de la misma.

Continuando mi relato, y como soy tan rico, no en dinero, sino en años, los vaivenes y modificaciones en la moneda a lo largo de mi vida ha sido muy extensa.

Comparando hoy mentalmente aquellas monedad de una, dos o cinco pesetas, tanto con las actuales como con las últimas que han circulado antes del euro, todas resultan ridículas con aquellas y muy especialmente con aquellos duros de plata, que tanto en volumen como en peso, con la añadidura de de la variante del metal con el que estaban fabricadas creo que se precisarían un montón de la que yo me he encontrado esta mañana, para compensar el valor metafísico de mis recordados duros. Recuerdo que la mayoría estaban acuñados en 1870 y la efigie del Rey Amadeo I, lo que daba lugar a que principalmente las personas viejas, o mayores como nos llaman hoy, solían denominarlos los amadeos.


Durante la Guerra Civil, hablo de la zona roja donde estaba, el dinero circulaba en abundancia, pero casi de nada valía, porque poco había que comprar. Al final de la contienda, se acuñaron billetes por valor de 1 , 2 y 5 pesetas. Incluso por los mismos comerciantes de las localidades, cuando menos en mi pueblo así era, imprimieron en cartón, vales de pequeño valor, dado que como las monedas metálicas (a las que se llamaba calderilla) escaseaban, y con esos vales solían darte la vuelta si entregabas billetes. Estos vales eran aceptados por todo el comercio de los pueblos en que se emitían. Entonces los billetes de mil pesetas eran los de mayor valor y años después se emitieron también los de dos mil y los de cinco mil pesetas, hasta últimamente los de diez mil y los actuales del euro.

A los que bien por familiaridad o bien por casualidad accedan a este blog y lean la presente entrada, podrá causarle extrañeza la diferencia entre las monedas en principio citadas y así como han ido variando a lo largo de los años, pero hay que tener en cuenta que en el tiempo en principio señalado, un obrero en el campo, trabajando de sol a sol, ganaba tres pesetas, que en valor nominal serían hoy unos dos céntimos de euro.

Yo comencé a los diez años de edad, ganando una peseta diaria como porquero, o sea guardando guarros. Con esa peseta, se podía comprar un pan de dos kilos, un poco de aceite y hasta una cajetilla de tabaco de picadura. En pesetas hoy serían cuando menos quinientas.

Bueno creo que lo relatado en esta entrada solo da una idea, de los muchos años que llevo transitando por estos lares. Que feliz era cuando conseguía juntar diez céntimos y me compraba mi chocolatina Suchard y la alegría que me daba si las dos estampas que venían en la misma, no las tenía en mi álbum.

Los que sois jóvenes no tenéis la suerte de poder relatar estos avatares, pero no me importaría tampoco el no haberlo vivido en presente y quitarme de encima aunque fueran solo la mitad de las Navidades que llevo pasadas. Hasta otra.

domingo, 9 de enero de 2011

Han pasado catorce años


Nueve de la mañana del día 9 de enero de 1997. Mi mujer salía de esta casa hacia el Hospital Parque de San Antonio de esta Ciudad. Ella, bajaba acompañada por mi cuñada Margari. Yo, con la excusa de que iba a parar el primer taxi que pasara, lo hacía delante de ellas. Pero el motivo de tomar la delantera a ellas, no era el que les dije, sino solo para ocultar la abundancia de lágrimas que comenzaron a desprenderse de mis ojos, dado que tenía el pleno convencimiento de que, jamás volvería al hogar donde durante más de cuarenta años había sido la reina y señora. Mis presentimientos se cumplieron de punta a punta. Con toda seguridad, en lo que no hubiere acertado era en que pasados catorce años yo seguiría caminando aún por esta vida.

Como es natural, esta fecha jamás me pasará inadvertida mientras viva y Dios conserve mi mente tal cual hoy la conservo. Por una parte, me destroza el alma recordando su pérdida. Por la otra, no puedo por menos que dar gracias a Dios por mantenerme vivo y con ello seguir gozando al traer al recuerdo, tantos y tantísimos eventos felicísimos, fruto de los más de cuarenta años que duró nuestro matrimonio, pero a su vez, esto mismo me lleva a lamentar que ELLA, no pueda como yo, continuar de su disfrute al contemplarlo.

Sin duda, cuando se llega a estas alturas de la vida, la mayor satisfacción es contemplar la obra conseguida consecuencia de aquella lejana unión de dos seres que lo hicieron con un enamoramiento que a medida que iban pasando los años, más se afianzaba y expandía. Esa obra no puede ser otra que la descendencia que de aquel matrimonio vino al mundo. Riquezas materiales, no llegamos a acumular, pero las afectivas, que en nada hay en la vida puedan comparársele, no todas las uniones llegaron a conseguir, ninguna, superarla. Si con la pérdida de mi mujer perdí un gran cúmulo de amor y cariño, el que los nuestros me siguen aportando, colman todo cuanto se pueda exigir para continuar transitando por la vida.

Valga esta entrada en mi blog, primero, el cariñoso y amoroso recuerdo para la que siempre estuve y aún hoy lo sigo estando, profundamente enamorado de ella; segundo mi gratitud a cuanto recibo de todos los míos, sin duda mucho más de cuanto puedan estar obligados a ello. Hasta una nueva entrada.

jueves, 6 de enero de 2011

El día de los Reyes



Hoy se celebra como popularmente se dice "El día de los Reyes". En algunas de mis entradas por esta fecha de años anteriores, creo recordar me refería a los regalos que tanto mis hermanos como yo solíamos recibir y lo efímero que sus efectos resultaban, ya que se trataba de unos cuantos dulces que engullíamos tan pronto estaban a nuestro alcance y con toda seguridad cuando aun todavía no había terminado de amanecer. Pero hoy, mi entrada la hago expresamente para señalar las diferencias que en cuanto a las clases y efectos de los regalos hechos a los niños, se han ido produciendo con el paso de los muchos años que yo he atravesado por esta festividad.

En mi infancia, solo unos cuantos niños de mi pueblo podían permitirse el lujo de salir a la calle con una patineta, una pelota o un caballo de cartón; esto los niños, y las niñas, sus típicas muñequitas o cocinitas. Aquellos privilegiados tan pronto amanecía estaban por la calle mostrando sus valiosísimos regalos. Los demás, solamente contemplarlos, aunque por lo que a mí respecta, puedo asegurar no sentía por ello ninguna envidia, a excepción de los que se deslizaban a bordo de una patineta, único juguete que solo en aquellos entonces hubiera dado lo que no tenía por tal de haber tenido uno. Esta fustración la llevo a estas alturas de mi vida en lo más profundo de mis sentimientos, pero me estoy desviando del principal motivo de esta entrada hoy en el blog.

Desde aquellos lejanísimo días de Reyes, hasta no hace quizás mas de cinco o seis años, desde las primeras horas de la mañana del día 6 de enero, enjambres de niños y niñas mostrando y jugando con lo que le habían echado los reyes, llenaban las calles de los barrios de las ciudades y calles de todos los pueblo, con alguna que otra trompeta o tambor con lo que producían, no una melodía musical que se dijera, sino un estrambótico ruido poco agradable al oído.

Otros grupos de la gente menuda, montaban en sus bicicletas o jugaban al fútbol con balones reglamentarios y que como consecuencia no faltaba que algún cristal de las ventanas o balcones próximos a lo que tomaban como campo de deportes, terminaban rompiéndose con el consiguiente disgusto de los afectados. Y vamos al motivo de mi entrada hoy en el blog. Esta mañana salía de casa a las nueve y cuarto de la mañana para asistir a la misa de nueve y media. Ni un solo niño estaba en la calle pese a haber atravesado todo el barrio hasta llegar a la iglesia. Una hora mas tarde al regresar, seguía la misma tónica, ausencia total de críos. Por curiosidad me he asomado a las ventanas y balcón de mi casa, y hasta ahora que son las doce y media de la mañana, pasadas, no he logrado ver ni uno solo de esa gente menuda en la calle y por tanto ignoro qué juguetes le habrán traído los Reyes Magos por su buen comportamiento. No obstante, aunque no los he visto, adivino que la inmensa mayoría de los regalos han consistido en artefactos que conectados a los enchufes de la corriente eléctrica de sus domicilios, los tendrá la mayor parte del día jugando, bien ellos solos o como máximo con un hermano o amigo de una casa próxima, pero con la seguridad de que ni el frío de la calle, ni el barro o el polvo del ambiente le llegue a afectar tanto en su cuerpo como en su indumentaria. Eso sí, los padres pasaran un día totalmente tranquilos, con el solo contratiempo de tener que avisar a su prole en varias ocasiones que ha llegado la hora de comer e incluso la de cenar.

Cuánto han cambiado las cosas desde mi niñez, hasta mi bien entrada ancianidad. Aunque yo me regodeo actualmente en su contemplación. No es por nada, si no porque por lo menos puedo contarlo. Señaladas las oportunas diferencias, doy por terminada mi entrada de hoy.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Se va la primera década del siglo XXI



Hace unos minutos, como todas las noches a las diez, mi reloj acaba de lanzar su alarma. Claro que todas las noches, no son ni el final de un año ni tampoco el de una década, como lo es hoy.

En estos momentos, millares de hogares estarán en los prolegómenos de una cena, o aún algunos ya habrán comenzado a cenar. Yo hace un rato terminé de hacerlo.

Como voluntariamente lo vengo haciendo desde hace ya algunos años, esta Nochevieja también la estoy pasando solo. Esta soledad voluntariamente impuesta y sin nada ni nadie que me lo entorpezca, me lleva a traer al recuerdo, no solo tantas y tantas noches de fin de año, si no todo el largo devenir de toda mi existencia desde aquellos lejanísimos días en que comencé a tener uso y razón de mi existencia. Como no, algunos de tantos y tantos sucedidos, me hacen contraer el ánimo por tratarse casi exclusivamente de la ausencia de esta vida de esas personas, a las que nunca ni por nada, cuando menos mientras tanto Dios nos conserve esa pequeña luz de la mente, dejaremos de dedicarle un sentido y emotivo recuerdo a cuanto supusieron e hicieron por hacernos felices, con la añadidura de que para ello nada nos exigieran a cambio. A ellos, padres, hermanos, uno de estos nos dejó hace escasos meses, otros familiares y como no, ESA MUJER que Dios en su día puso en mi camino, para colmarlo de infinitas felicidades y que tanto disfrutaba con la celebración de esta Festividad que años y años, en compañía de otros matrimonios amigos solíamos festejarlo hasta muy avanzadas horas de la madrugada.

Pero llegó la Nochevieja de 1996. Fue la última que pasamos juntos, de las doce uvas, solo pudo comerse cuatro o cinco. Su estado físico no se lo permitió. El final de sus días caminaba a pasos agigantados. Algunos días después del paso de un mes, se cumplían mis terribles augurios.

Las doce uvas que yo sí ingerí aquella noche, fueron las últimas que como ceremonia de esa festividad, no he vuelto a realizarlo. Con su partida, se llevó consigo toda la ilusión que yo ponía en aquellas celebraciones, en las que, hoy lo confieso, yo ponía el mayor empeño, más que nada, por complacerla a ella y acompañarla en su estado festivo. Hoy, que no esta conmigo, ¿qué hago yo tomando parte en semejantes celebraciones? Nada. Que me perdonen si alguien de los míos piensa que no es correcta mi forma de interpretar la situación.

Cambiando totalmente de tema, tal día como hoy, pero de 1947, rompía unas incipientes relaciones amorosas con una joven de mi pueblo. Tanto en mis memorias como en otras entradas en este blog, he relatado algunas circunstancias sobre aquel extraño e insólito romance. Hoy pasados SESENTA Y TRES años de aquel sucedido, dos cuestiones totalmente contradictorias, me vienen al recuerdo, de vez en vez y siempre cuando llega esta fecha de fin de año. La una de esas contradiciones, lo es que estoy satisfecho de haberlo hecho así. La otra, es que siento cierto remordimiento y culpabilidad, solo por el modo y forma en que lo llevé a efecto. Me queda ese no se qué, de no haberle pedido perdón por esas dos cuestiones. Así son las cosas.

Por todo lo demás y en relación a esta efemérides de fin de año, que Dios siga manteniendo a todos los míos como hasta ahora y, a mí, como ÉL quiera disponer.

domingo, 26 de diciembre de 2010

26 de diciembre


Ya hacía casi veinte días que no entraba en el blog. El día de hoy no podía dejarlo pasar en blanco.

Hoy 26 de diciembre, mi mujer hubiera cumplido 76 años. Seguro que de haber estado entre nosotros, agregado a mi felicitación le hubiera añadido algo, tal como que "era ya demasiado vieja y como consecuencia habría de buscarme otra más jovencita". Su repuesta también me la imagino cual hubiere sido: "¿Mira quien va a hablar, que estas mas cerca de los noventa que de los ochenta, quien debiera de buscar otro sería yo?"

Suposiciones aparte, lo grave es que no la tengo a mi lado en fecha tan señalada. No obstante y si por esos supuestos milagros que dicen se dan en algunas ocasiones, te voy a contar, a ver si lo recibes, que antes de anoche, la Nochebuena de 2010, estuvimos cenando todos en casa de la niña, solo tú no estabas. Durante las más de cuatro horas que estuvimos allí, el ambiente que se respiraba entre todos los nuestros era para que lo hubieras presenciado y gozado igual que yo. Nada te hubiera hecho sentirte más orgullosa que su mera contemplación. Tus nietos, la mayoría, ya sobrepasando en estatura a sus respectivos padres, cuestión que a ti tanto te agradaba de los hombres "altos", lo que debió ser una pequeña contrariedad para casarte conmigo, dado a que como suele decirse, un buen mozo, nunca lo fui. Pero bromas aparte, como te apunto anteriormente, el ambiente y la buena armonía entre todos, hijos, hija, nueras, yerno y nietos y su abuelo, suegro y padre sumergido en su contemplación y haciendo volar la imaginación y el sentimiento hacia tu recuerdo, lo que me hacía gozarlo por partida doble a fin de poder enviarte a ti, cuando menos la mitad de lo que yo disfruté. Dios quiera continue siendo así en años sucesivos hasta siempre y cuando yo parta de aquí en tu busca, tendremos tiempo para ponerte al corriente de todo ello. Entre tanto llega ese día, que lo que ellos expongan ante mi vista, lo sea como mínimo a como yo lo presencié esta pasada Nochebuena. Que así sea.

martes, 7 de diciembre de 2010

7 de diciembre de 1993


Hoy se cumplen 17 años de la primera operación que le hicieron a mi mujer. Aquel día era el principio del fin de su existencia. Tres años y dos meses después de aquella operación, fallecía. Solo once meses de cierta esperanza tuvimos durante dicho espacio de tiempo. El resto entre ciertos sufrimientos y al final un calvario, y lo mas grave de todo su marcha de este mundo.

Aquel siete de diciembre fue sin duda uno de los días de toda mi existencia que mas temía saber el resultado de una cuestión y al propio tiempo mas deseaba conocerlo. Aquella sala de espera del Hospital Parque de San Antonio, era muda testigo de la vorágine de ideas y sentimientos que atropelladamente pasaban por mi cerebro. En principio, resultado esperanzador, y como apunto anteriormente, once meses duró la esperanza.

Hoy rebobinando mis recuerdos hacia el pasado y cabalgando sobre ese jumento que resultan ser los mas de ochenta y cinco años de edad que sobre mí pesan, incluso yo mismo me extraño de seguir a la grupa de esa ancianidad, aunque iluso de mí, cada vez que a mis oídos llega la palabra anciano, miro a mi alrededor por ver si esa catalogación corresponde a alguien que ande por allí cerca. No obstante mi ilusa sensación de sentirme no anciano, creo que cada vez me asemejo en algunos casos más a Don Quijote, que montando su Rocinante, flaco y pasado en años como su cabalgante, al menor lance con algún contrario dado a la escasez de fuerza de ambos, caballo y caballero terminaban rodando por los suelos. La menor contrariedad en mi estado de salud actualmente, acaba dejándome con las energías totalmente mermadas e incluso remontar el estado en que me deja, se lleva mas días de lo que en principio pudiera pensar. A pesar de todo, mi deseo de continuar por estos lares y asida mi voluntad a cualquier agarradero que a mi vera esté, así voy continuando y avanzando por el paso del tiempo mucho más de lo que yo nunca hubiere llegado a soñar. El continuar por aquí, cuando menos hasta hoy me mantiene TRAERLA al recuerdo y con ello hay veces que incluso llego a pensar que la tengo a mi lado. Cuando vuelvo en sí, resulta ser otra de mis muchas ilusiones que se desvanecen. Entre unas y otras, yo sigo cabalgando hasta que Dios quiera.