Hoy, a las diez y media de la mañana, una vez regresado de misa, he cerrado con llave la puerta de entrada a mi piso. Terminada esta operación, me he quedado unos instantes mirando cara a la puerta con cierto aire de melancolía, al traerme a la cruda realidad de que las vacaciones del verano de 2009, habían finalizado. Tal vez podréis pensar quienes leáis esta mi otra vez tardía entrada en el blog, de que yo estoy todo el año de vacaciones. En partes, nada más cierto. Mi actividad física, desde hace bastantes años, viene siendo la misma todos los días y por tanto mi vacar lo será hasta el final de mis días.
Siendo así todo como queda expuesto, yo me paso nueve meses del año, o sea desde el primero de Septiembre al treinta y uno de mayo, pensando y deseando que llegue el mes de Junio en que pienso que en ese momento se llega al pórtico de las vacaciones de verano. Nada en el mundo se goza y se disfruta más, que el contemplar ese gozo y disfrute por parte de tus seres queridos y que en breve les va a llegar el momento de sus vacaciones. Cuando mientras ellos se entregan a esos esparcimientos, YO, y por ende creo que lo será para todos los padres y abuelos, una complacencia interna y profunda me regodea al contemplar como se lo están pasando. Entre unas cosas y otras, unos dos meses he estado este verano viendo el trajinar de mis hijos, nueras y yerno incluidos, y mis nietos también, como no, y todo casi siempre al alcance de mi vista y aunque no tomando parte directa en muchos de sus actos, no por ello resultan menos entrañables para mí
A partir de hoy, cada uno en sus lugares de residencia, de trabajo, de estudios, imbuidos en sus obligaciones y aunque tengo la absoluta certeza de que nada de ello pueda desviarlos ni olvidarlos de sus deberes como hijos o nietos, sus actividades llenaran gran parte de su tiempo, mientras por mi parte, solo me llena la mente el deseo de que puedan llegar las vacaciones de verano del próximo año y la duda de si, como lo ha sido "ogaño", podré contemplarlo el venidero.
Todo cuanto queda expuesto anteriormente, está envuelto en el recuerdo y dedicado a quien de haber podido estar a mi lado y contemplándolos como yo, hubiera sido para ELLA el no va mas de la felicidad. Sea como fuere en los años próximos, lo contemple o no yo directamente, siga siéndolo en el mismo ambiente como lo ha sido este año.
Tal vez el título que he dado a esta mi tardía entrada en el blog, pueda prestarse a pensar que voy a referirme a la Última Cena, celebrada entre Jesucristo y sus 12 Apóstoles. Nada mas lejos de la realidad. Quizás para la historia de la Humanidad, haya sido muchísimo mas importante que el relato a que yo voy a referirme, pero en cuanto al sentimiento íntimo y personal de mi vida particular, el hecho que me ha dado motivo para titularlo de esta manera, es de los que calan en lo mas profundo del alma y se llevan y mantienen en el recuerdo por todo lo que me reste de existencia.
Ayer no reunimos a comer todos mis hijos, sus cónyuges y sus hijos, que son mis SEIS NIETOS. En los inicios de la comida y presenciando cuanto tenía a mi vista y alrededor, mis pensamientos volaban doce años y medio hacía atrás en el tiempo y se posaban en el recuerdo a mi mujer, a quien interiormente y en silencio brindaba aquella reunión, con la que sin duda alguna, hubiera sido para ella un hecho, posiblemente, y no tan posiblemente, incluso mas entrañable e importante como lo estaba siendo y lo era para mí.
Cuando en los avatares de la vida actual, principalmente entre matrimonios y parejas sentimentales, como se definen cuando se vive en común entre hombre y mujer, o en no pocas ocasiones también, ambas del mismo sexo, se dan a diario millares de problemas familiares y separaciones de sus cónyuges, o como cito anteriormente solo parejas, que no dudo en que en muchos de los casos habrá motivaciones de índole de cierto calado e importancia, alcanzando el problema en infinidad de casos a los hijos de ambos, que son los que padecerán y pesará sobre su existencia en la mayor parte de su vida, el orgullo y la intolerancia que sus progenitores pusieron por encima de esa consecuencia, y que en infinidad de casos el porvenir y la vida de esos hijos, es utilizada por sus respectivos padres para fastidiar a su oponente que incluso llegan a considerarseirreconciliables enemigos. Como he definido en esta larga y quizá farragosa definición de esos aconteceres que con tanta frecuencia se dan actualmente y contemplando el ambiente en que toda esa descendencia mía se manifestaba durante la comida y que por ende ese mismo ambiente es en el que desde que nacieron se han desenvuelto mis NIETOS, no podía por menos que sentirme completamente feliz y en mi fuero interno pedía a Dios siguieran en las mismas condiciones en que lo vienen haciendo y con ello será el sentimiento y recuerdo que me llevaré consigo el día que por imperativo de los años vividos haya de abandonar este mundo y con toda seguridad, mi mujer, su madre y abuela, desde todo lo alto del CIELO donde con toda seguridad se halla, estaría contemplando y gozando en su grado máximo el entrañable ambiente que se respiró durante toda la comida.
La suerte de haber nacido de unos padres como los que tienen mis nietos y de la que en cuanto a condiciones personales, yo la tuve igualmente, marcan el sendero del discurrir de toda la vida de una persona y por la que no se vivirá lo suficiente para poder agradecer a ELLOS, cuanto hicieron y hacen en nuestro favor. Solo pido sigan como están y lo son actualmente, TODOS.
Tal día como hoy pero de hace cincuenta y nueve años, venía camino de Málaga desde Córdoba, para incorporarme al Puesto de la Guardia Civil que fuere destinado después de haber salido de la Academia de Úbeda el día 16 del actual. Cuántas cábalas, esperanzas e ilusiones pasaban por mis pensamientos en aquellos momentos. ¿ uál sería el porvenir que me depararía mi nueva y voluntaria situación como Guardia Civil? Sin duda y pasados esos cincuenta y nueve años, jamás hubiera siquiera soñado alcanzar las cotas de felicidad que conseguí. Pero hoy, no he verificado esta entrada en este mi blog para ésto.
El pasado martes, falleció otro de los buenos amigos, compañero y buena persona, con los que he tenido la dicha de codearme. Esta circunstancia me lleva en el día de la fecha para hacer un pequeño repaso por todos aquellos seres queridos y estimados, que han desaparecido de mi círculo desde tan lejana efemérides. Sin duda, la mas dolorosa y que mas destrozó mi vida, fue la de mi mujer. También, como no, mis padres y mi hermano Cesáreo.
Pero aparte de los señalados, han sido muchos los amigos y compañeros que también se fueron de mi círculo de personas a las que tenía gran estima. Sin punto de comparación con cualesquiera otro de los que abandonaron este mundo, ocupa lugar preferente mi entrañable y querido amigo que lo fue desde mi mas tierna infancia, Francisco FernándezCampoy, al que el resto de conocidos lo llamaban "Currito". Nosotros y para dirigirnos el uno al otro, nos decíamos "pariente". Ahora pensándolo bien, creo que lo mas justo y acertado, hubiera sido llamarnos hermano. Con independencia de este caso particularísimo, han sido muchos, muchísimos, con los que sostuve unas cordiales relaciones y que como lo hizo el pasado martes, José VillalobosTrujillo, se llevaron consigo parte de todo lo que ha sido mi vida personal y profesional y que su sola enumeración por sus propios nombres y apellidos, llenaría mas de una entera página de este blog. Sí, he podido comprobar que en los últimos tres o cuatro años, es cuando se ha producido el mayor número de los fallecidos. Tiene una sencilla explicación. La acumulación de los años vividos por todos nosotros, está pasando factura.
A todos ellos, mi mas sentido recuerdo.
Todo mi anterior relato puede parecer que mi estado de ánimo este un tanto melancólico, pero no es así, solo que al traerme a la memoria aquel 26 de julio de 1950 y el reciente fallecimiento de mi amigo Pepe Villalobos, me ha hecho realizar con el pensamiento ese recuento de todos los que se fueron.
Uno de los mas lejanos recuerdos que con mas nitidez conservo en la memoria, son las fiestas que en honor de su Patrón San Benito, se celebraba en la localidad de Obejo, pueblo limítrofe con el mío.
Hace hoy SETENTA Y SIETE AÑOS, y para cumplir una promesa que el verano anterior había hecho mi madre, motivado a unos diviesos que me habían salido en las "cholas", como se decía en mi pueblo, o sea en los testículos, prometiendo que si se me curaban sin mas complicaciones, irían conmigo a la procesión que con motivo de la mencionada festividad se celebraba, y aún siguen celebrándose en una ermita sita a un kilómetro aproximado de la referida localidad de Obejo.
Apenas había amanecido aquel 11 de julio de 1932, mi padre y yo, y utilizando una burra que a la sazón había en mi casa, tomábamos el camino hacia San Benito. A tal fin, el aparejo de la burra iba ornado con una enjalma de las de días de fiesta y la jáquima del jumento, como suplemento una orlas de color rojo con sus borlas correspondientes. De mi vestimenta solo recuerdo que iba cubierto con un sombrero de paja de ala redonda y también circundándolo una trenza de lana de color rojo y en sus dos extremos rematados con unas bolas simulando dos madroños.
Aproximadamente a un kilómetro antes de llegar a Obejo, había un pilar donde mi padre le dio de beber a la burra y a su vez de su caño llenó del fresco y buen líquido una botija que en uno de los lados de las alforjas llevaba, vaciando la que llevábamos desde mi pueblo, porque se había calentado mas de la cuenta.
Serían poco mas de las nueve de la mañana cuando llegábamos a las inmediaciones de la ermita, que como digo estaba situada a un kilómetro de distancia del pueblo, poco más o menos, y en medio de un frondoso encinar.
Entre tanto llegaba la hora de la procesión que se celebraba, sobre las once de la mañana, nos colocamos en una sombra de una de las muchas encinas que había cerca de la ermita y mientras la burra pastaba en sus alrededores.
A la procesión que con la imagen de San Benito se celebraba, acudían muchísimos penitentes de la mayoría de los pueblos limítrofes, para cumplir las promesas hechas al Santo. A la hora fijada se inició la procesión y de ella solo recuerdo que la vestimenta del Santo iba en su mayoría cubierta con billetes, aunque supongo serían de los de menor cuantía que circulaban en la época. También llevaba sobre la misma figuras de distintas partes del cuerpo humano y realizadas supongo en distintos materiales, menos de cera, porque con el calor que hacía se hubieran derretido al instante.
Terminada la función religiosa y cumplida la promesa, no se si mi padre colocó algún billete sobre la vestimenta del Santo, o bastó solamente con nuestra presencia en la procesión. Finalizada ésta, se procedía a ejecutar una danza entre vejetes de la localidad llevando todos ellos una espadas simuladas y realizando cierto ritual sobre el jefe de la misma, y que al final terminaban con las espadas circundando el cuello del mandamás, que creo suponía como que era ahorcado.
Creo serían alrededor de las dos de la tarde tomábamos el camino de regreso para mi pueblo, pero al llegar otra vez al pilar donde antes de la entrada estuvo bebiendo la burra y nosotros rellenando la botija, realizamos la misma faena y a unos cien metros distante del pilar hacia abajo y a la sombra de otra encina nos dedicamos a dar buena cuenta del condumio que mi madre nos había preparado para tal evento.
Tanto cuando llegamos al pilar a la entrada como luego a la salida, yo quedé maravillado de unas decenas de peces de colores que había en el mismo y solo pasaba por mi mente la ilusión de pescar a algunos de los inocentes pececillos que tan a gusto lo pasaban en su reducido espacio. Una vez hecha la comida, mi padre se preparó con el aparejo de la burra un cómodo camastro y se echó a dormir la siesta. Tan pronto yo observé que mi padre se había quedado dormido tomé la cuesta arriba hacía el pilar y primero utilizando el sombrero y después a mano, me dediqué a la pesca de los bellos peces de colores. Como podéis comprender utilizando semejantes medios, no llegué a capturar ninguno pese a la hora larga que estuve dedicado a tal menester, hasta que mi padre despertando del coscón que había echado, se dio cuenta que yo no estaba a su lado y alarmado instantes después observó que me encontraba subido sobre los bordes del pilar. Una ligera llamada de atención terminó con el episodio de la pesca.
Volvimos a reanudar la marcha, pero tomando una dirección distinta con rumbo a una finca de olivos que mi abuela paterna tenía en un entorno conocido por La Calera, con el fin de coger peras de unos perales, naturalmente tenían que ser perales, lo que así realizamos y que en un costal que a tal efecto llevaba mi padre preparado, llegamos a coger yo calculo podrían ser entre los doce a quince kilos. A mi pueblo creo llegamos próximo al oscurecer y después de haber recorrido aquel día una distancia no menos de 40 kilómetros.
Mi madre no pudo ir con nosotros para cumplir su promesa, dado que se hallaba en muy avanzado estado de gestación, tanto es así que 16 días después daba a luz a mi hermano José.
A San Benito volví a ir nueve años después, en compañía de dos amigos, Antonio Suárez Molero y Florentino Escribano Valero, aquél cinco mayor que nosotros, éste por tanto de mi misma quinta. El primero falleció hace cuando menos treinta años; el segundo no menos de diez. De esta visita a Obejo conservo una fotografía que nos hicimos los tres. Dos años mas tarde, volví con uno de los mas entrañables amigos que he tenido y a quien aparte de mi familia, más he querido y apreciado. Con éste en aquella ocasión y un par de kilómetros antes de llegar a la ermita y bajo una sobra estuvimos ensayando una canción que estaba en boga a la sazón y con el fin de poderla cantar en algún bar cuando estuviéramos tomando una copa. La canción se titulaba y se titula, "Hace un año que yo tuve una ilusión". Este entrañable amigo se llamaba Francisco FernándezCampoy. Hace seis o siete años también falleció. Yo aquí continuo hasta que Dios quiera, para poder ir recordando estas efemérides.
Vuelvo a entrar hoy recordando el 50º aniversario, de uno de los hechos mas entrañables y que mas profundamente calaron en mí, de los que solo se dan en la vida no más de diez veces.
Voy a ser breve, aunque no por ello le reste importancia al hecho. Me refiero al regreso a Málaga después de mi ascenso a Cabo, del que ayer hice referencia en mi entrada a este blog. Cuando aquella mañana, que serían alrededor de las diez y media, llegaba el tren expreso procedente de Madrid a la entonces recoleta estación, yo vestido de uniforme, aunque sea repetitivo, con mis flamantes galones de Cabo de la Guardia Civil, descendía del convoy y observé en el andén a una distancia de unos cincuenta metros, mi hijo Rafael delante corriendo a la velocidad que un niño con poco más de años le permitían sus fuerzas, detrás mi hijo José Carlos con el bamboleo propio del que el día anterior había echado a andar solo, y tras ellos, su madre, mi mujer, que no se si por algún misterio especial, la vi más guapa que nunca, el corazón se me salía del pecho y una angustia atenazaba todo mi ser, por llegar cuanto antes a ellos. Aquel encuentro, creo que principalmente por la alegría de mi ascenso y otra porque hacía mas de dos meses que nos los veía, cuando nos juntamos los cuatro, yo con mi hijo mayor en brazos, que había llegado antes y mi mujer con el pequeño, nos fundimos en un abrazo, del que recuerdo mencioné en mis memorias, que daría cuanto me quedaba de vida por volver a vivirlo en presente, hoy vuelvo a repetirme en dicho aserto y lo pasado, pasado está.
La diferencia de los actuantes desde aquel evento al día de hoy, cincuenta años después, cualquiera puede imaginarse cuáles puedan ser y por fortuna para tres de los mismo son; sólo la ausencia de la mujer que amé como no puede amarse más, nubla la fiesta que tal vez hoy hubiéramos podido celebrar. Si no hubiera faltado ella, podrían haberse añadido un incremento notable de la familia en el entorno más íntimo.
¡Cuánta dicha puede originarse en un breve instante como aquél!
Tal día como hoy, pero de hace cincuenta años ascendía a Cabo de la Guardia Civil. Seguro que a esta hora, una menos cuarto de la mañana me había mirado los galones por lo menos veinte veces.
¡Cuántas ideas se me pasaban por la mente aquel día! Sin lugar a la duda la mas importante y la que no se me iba de la cabeza, era el presentarme ante mi mujer, abrazarla con toda la fuerza de la que eran mis deseos, darle la alegría de mostrarle mis flamantes galones, y junto a ello y por añadidura también ver y abrazar a mis hijos, uno con algo mas de dos años y el otro poco mas de uno. Por cierto y haciendo un paréntesis, hoy también se cumplen 50 años de que mi hijo José Carlos, comenzase a andar. Tenía catorce meses y doce días, no digamos que fue muy precoz en eso. Pero desde entonces ya ha corrido todo lo que pudiera corresponderle en su vida.
Volviendo al ascenso a Cabo, se cumplía una de las grandes ilusiones de mi vida. Me retrotraía diez o doce años atrás, cuando en el trabajo del campo, o transitando por las galería de la mina conduciendo un carrillo de mano con un par de espuertas de carbón, transcurrían las jornadas soñando con que algún día la forma de ganarme el sustento fuera otro distinto al que entonces realizaba y aunque parezca ridículo, lo había conseguido.
No dejaba de preocuparme también cuando ascendí cual pudiera ser el destino que me dieran, y que al final no pudo ser mejor de todo lo que me hubiera imaginado, como lo fue el continuar en el mismo que venía desempeñando cuando me fui a la Academia.
Hoy MEDIO SIGLO después, haciendo comparaciones de mis expectativas y cábalas de entonces, al discurrir de hoy, me tropiezo con la siguiente diferencia.
En los quince días que faltan para terminar el mes de junio de 2009, me espera una VISITA AL URÓLOGO; UNA SESIÓN DE QUIMIOTERAPIA; UN ANÁLISIS DE SANGRE Y ORINA; UNA VISITA AL MEDICO DE CABECERA Y UNA VISITA AL OCULISTA. Y eso que por lo que respecta a compararme con los y las de mi edad, soy uno de los que mejor se encuentra.
Desde luego atravesar 50 años, desde los 34 que tenía cuando ascendí a Cabo de la Guardia Civil, te hacen un destrozo físico en todo tu organismo, que no te conocería como suele decirse, ni la madre que te parió. Pero en fin, aquí estoy, aquí me hallo y siempre cuando menos como ahora y mejor lo que Dios quiera.
Dice un refrán que cuando un tonto le da por tomar un camino, se acaba el camino y sigue el tonto. Ésto, parece ser que es lo que me sucede a mí en estos días, que me ha dado por hacer entradas en este Blog con referencias a la mencionada festividad. A pesar de ello, no me cabe duda de que cuanto voy a relatar en esta entrada, está avalada por, según mi humilde criterio, de la suficiente entidad para traerla a colación.
Se trata de nada más y nada menos, que de la festividad del Corpus del año de 1942. Yo por tanto contaba con 17 años de edad:¡quién los pillara! Sigamos. En la mencionada festividad del señalado año, me hallaba yo en compañía de otros ocho o diez compañeros más, segando una haza de trigo en una finca muy próxima a La Calera. El trabajo lo habíamos tomado a destajo, o sea fijado en un número determinado de jornales. Así, mientras antes termináramos, más alto sería el sueldo a que nos resultaría cada jornal y con ello poder ir a otro trabajo. De entre todos los segadores, estábamos solo 4 solteros y decidimos ir al pueblo a pasar la mencionada festividad, considerada entonces por una de las principales del calendario festivo anual. Previo acuerdo con los compañeros que no decidieron celebrar el día, no señalaron una tarea a segar antes de marcharnos para Villaharta. Tan pronto amaneció, los cuatro célibes ya estábamos manos a la obra. Serían aproximadamente las once de la mañana cuando dábamos fin a nuestra señalada misión, desde luego bastante benévola que nos había sido impuesta por nuestros camaradas de faena, o para mejor decir, por el manijero.
Las aproximadamente dos leguas de camino que nos separaban de nuestro pueblo las recorrimos en aproximadamente una hora. Digo aproximadamente, porque ninguno de los cuatro teníamos reloj. Eso era un lujo que no todos podíamos gozarlo.
Cuando llegué a mi casa mi madre me tenía preparado un barreño, o baño, como se le llamaba, de cinc, lleno de agua que serían aproximadamente unos 20 litros, cuyo líquido estaba bastante templado gracias al sol que de plano caía sobre el mismo.
Para no alargar demasiado el relato, diré que una vez tomado el baño que no serían allá mas de las doce y media de la mañana, regresé a mi casa sobre las tres de la madrugada del siguiente día, hora en que había terminado el baile al que asistí, al igual que el resto de compañeros de fatiga. Menos de media hora después de la llegada a mi casa, y solo una vez cambiado de indumentaria, estábamos de regreso hacía nuestro trabajo donde la hoz y un trigo cuya clase se le denominaba "raspinegro", también nuestros compañeros, nos esperaban con los brazos abiertos.
Las primeras claras del día comenzaban a iluminar la vereda por donde transitábamos, cuando cual no sería mi cansancio que conforme iba andando, me quedé dormido y fui a caer sobre unos matojos que se hallaban en la inmediación del camino, ocasionándome unos cuantos rasguños en la cara y manos, pero nada de importancia.
Cuando llegamos a nuestro destino, nuestros compañeros comenzaban su faena y a nosotros solo nos dio tiempo a colocarnos el antepecho, nuestros dediles que nos colocábamos en la mano izquierda, para evitar cortes, tomar la hoz y manos a la obra.
Ése fue uno de tantos otros días, en los que desde la diversión me tenía que entregar a la tarea que estuviera realizando. Ese inmenso sacrificio era el tributo que una juventud tenía que pagar, a una situación, a la que por supuesto nosotros no habíamos contribuido a crear y que sin duda sus consecuencias posiblemente venían arrastradas desde muchas décadas pasadas.
Hoy pasados 67 años de aquel acontecer y rumiando la forma de ser, pensar y comportarse de unos jóvenes, me parece de todo punto imposible traerlos a la situación del año 2009, donde tengo la completa seguridad que ningún joven actualmente actuaría de la forma en que nosotros lo hacíamos. Por supuesto, la situación es totalmente opuesta a la de entonces, lo que me hace suponer, que aún en edades, como la que yo entonces contaba de diecisiete años, nos hacía madurar en nuestras responsabilidades y que para afrontar las dificultades incluso de supervivencia por las que atravesábamos las familias del campesinado, y otras muchas también, el no hacerlo como nosotros nos comportamos hubiera sido considerarlo casi un suicidio colectivo. La supervivencia hay que reconocer, está por encima de cualquier otra situación y la nuestra entonces era ésa.
Mis nietos, incluso mis hijos, no han tenido que pasar por semejantes situaciones.
Hoy, en uno de esos rebobinados del discurrir de nuestras vidas, que solemos hacer los viejos, o mayores que es como suele denominársenos en estos tiempos, he realizado un pequeño descanso en el recuerdo de mi abuela paterna, que se llamaba Elisa. Al traerla a mi memoria, no he podido por menos que comparar lo que a mi me contaron y lo que yo conocí del desarrollo de su vida, con la mía propia, constatando que la suya pasó y, la mía sigue pasando, de forma totalmente opuesta la una a la otra.
Ella, nació en el seno de una familia de un poder económico de cierta importancia para aquellos tiempos, ya que sus padres eran propietarios de un número de fincas, de relativa importancia, principalmente de olivar. Su padre, mi bisabuelo, era conocido por el apodo de "El Niño Bonito" y que con este apodo era conocido quizás la principal finca de olivar que poseían en el término municipal de Obejo de la provincia de Córdoba, limítrofe a la finca de La Calera, donde yo estuve trabajando algunos años, desde mi adolescencia hasta mi primera juventud.
Según llegó a mi conocimiento, las malas lenguas comentaban que mi abuela durante su matrimonio y mientras vivió su marido, mi abuelo Rafael, siempre iba presumiendo de llevar la faltriquera llena de duros, como se conocían las monedas de plata de cinco pesetas, que circulaban entonces.
En su matrimonio tuvieron, cuanto menos 9 hijos, que vivieron hasta edades relativamente avanzadas, la mayoría de ellos. De estos nueve hijos, cinco varones y cuatro hembras, lo que se dice trabajar en sus fincas, solo lo hacían los dos varones mas pequeños, que eran mi padre y mi tío Antonio. Los demás varones, por causas que sería largo de explicar, no daban ni golpe.
La cinco hembras, solo se dedicaban a las faenas propias de la casa, que entre todas ellas a poco trabajo caerían. En fin, una familia compuesta por el matrimonio y nueve hijos, sin control alguno de sus actividades y creo que también del manejo del dinero, poco a poco fue decayendo el patrimonio con la venta de las propiedades y cuando llegó la guerra civil española, que es desde cuando yo tengo algún conocimiento de la situación por la que atravesaban, todo se reducía a una parte mínima de otra parte del olivar que a mi abuela le correspondió en herencia en el conocido por el cortijo del "Niño Bonito" , que poco tiempo después de terminada la contienda procedieron a su venta.
Desde entonces y hasta su fallecimiento, que lo fue en agosto de 1950, yo ya había ingresado en la Guardia Civil, estuvo acogida por meses con cada uno de los hijos que residían en el pueblo, que a lo sumo, cuando no por una causas o por otras, solamente eran cuatro o cinco en total. Precisamente durante ese tiempo que estuvo a expensas de los hijos su manutención, coincidió con los llamados años del hambre, con una falta casi total de medios y de alimentos. Yo la recuerdo, que los meses que le tocaba venir a la casa de mis padres, que como podéis comprenden también era la mía, las escasísimas y paupérrimas cantidades de comida que mi madre preparaba para el matrimonio y sus cinco hijos, habíamos de compartirla con ella. Se me vienen a la memoria, que los ratos que había de esperar hasta que la comida se ponía en la mesa, mi abuela Elisa se sumía como en una especia de duermevela, lo que yo ahora pienso debía de ser, como yo he hecho hoy, lo que hacía era rebobinar su propia vida, y a donde había llegado, tan diferente a como había sido, su infancia, juventud y madurez de su larga existencia, pues no recuerdo, pero debía rebasar los ochenta años cuando falleció.
Lo que también recuerdo es que mi abuela siempre siguió usando la faltriquera, que como todas las mujeres se colocaban amarrada a la cintura debajo del delantal. Supongo sería como homenaje a su pasado, porque en aquellos entonces de su asilado con los hijos, tengo la seguridad de que su faltriquera, no solo no contenía duros, sino tampoco pesetas.
Como todos los míos sabéis, el devenir de mi existencia, ha sido todo lo contrario de mi abuela Elisa, que Dios la tenga en su Santa Gloria.
Tal día como hoy, pero de hace cincuenta y nueve AÑOS, fue la festividad del Corpus Christi (o día del Señor como popularmente se llamaba). Os preguntaréis del porqué traigo esto a colación, cuando desde entonces se han sucedido otras cincuenta y ocho festividades como aquélla. Os parecerá una circunstancia insignificante, para mí desde luego, marcó el inicio de una ilusión. Como cito anteriormente se celebró la festividad del Corpus, yo me encontraba entonces en la Academia de Úbeda como Guardia Alumno y aquel día desfilamos en la procesión que se celebró en la mencionada localidad. Como recuerdo conservo una fotografía que nos hicimos en la plaza del Ayuntamiento, dos compañeros míos de clase y yo. Uno se llamaba Juan Dueñas Romero, de Andújar; otro Francisco Duzmán Cortés, de Ceuta (su primer apellido es como está escrito), Nunca más volví a saber nada de ellos desde que salimos de la Academia.
Hasta aquí, tampoco hay nada especial para traer esto al recuerdo, pero el detalle que cito a continuación hace que todos los años me acuerde de aquel día. Parecerá que estoy escribiendo una novela de suspense cuando después de varios renglones mantengo la incógnita de la motivación de recordarlo. Se trata sencillamente de que en dicha ocasión vestí por vez primera el uniforme de paseo de la Guardia Civil y lo mas representativo de ello, también el estreno del tricornio. Desde unos cuantos años antes, siempre soñé con que algún día me pudiera llegar ese momento, quizás tan humilde como deseado por mí.
Para la llegada a cualquier meta, la mayor o menor importancia de su consecución es situarte en el punto de partida hacia la misma. Después de una intentona frustrada para ingresar en el Cuerpo cuando estaba haciendo el servicio militar, que en principio me hizo volver a trabajar en la mina, todo mi desvelo personal era el procurarme un medio de vida, cuando menos estable y seguro. Tras algunas contrariedades, por fin vestía el uniforme con el que tanto llevaba soñando y pese a lo humilde de conseguir el empleo de Guardia Civil, su consecuencia a través de los años, llegó a ser mucho mas importante y rentable de lo que yo nunca hubiera sospechado llegar a alcanzar. Desde luego no lo fue hacerme poseedor de riquezas tal como ello se entiende, de esas que lo mismo que se atesoran pueden dilapidarse, sino el que por su razón poco menos de dos años después del día que estoy rememorando, conocí a la mujer, con la que formé la familia que con ello sí llegué pasando el tiempo, a considerarme el hombre mas afortunado del mundo. Cuando se ha llegado a sobrepasar con holgura los ochenta años de vida, desde esa atalaya que supone el paso del tiempo, es cuando se da todo el valor y alcance de cuanto se consigue en el plano sentimental y afectivo, que nada otra posesión puede comparársele.
Valga este humilde recuerdo a aquel día del Corpus, que supuso el inicio de un modo de vida del que tanto llegué a poseer y tan orgulloso me siento de haber sido como fue.
Son en este momento las nueve y cuarto de la mañana del día 26 de mayo de 2009. Podría apostar por mi propia vida, que en este mismo momento de hace 37 años, me encontraba cambiando impresiones con un Guardia que tenía a mis órdenes en el Servicio de Información de la Guardia Civil de Málaga, sobre los ocupantes de un coche al que estuvo prestando ayuda el día anterior, que por supuesto era Jueves y además la festividad de la Ascensión, uno de los jueves que entonces se decía relumbraban mas que el Sol, fiesta en toda España. Estos ocupantes, conductor incluido, causaron en mi paisano, tratamiento que nos dábamos mutuamente entre el citado Guardia y yo, ya que era natural de Villaviciosa, un pueblo limítrofe con el mío, cierta sospecha de tratarse de gentes dedicada a actividades fuera de la ley. Comenzando por el principio, al tratar de identificar el vehículo, que desde el río de Campanillas, donde había quedado atascado, dio dos viajes para desplazar a algún punto desconocido a todos los componentes que formaban el grupo, resultó tener matrícula falsa, ya que la que poseía correspondía a una furgoneta de reparto del Diario Sur de Málaga, cuando el vehículo sospechoso era un Seat 124.
Tras el cambio de impresiones y consulta de datos y albumes de fotografías, reconoció a dos niños que un par de años antes habían sido "recogidos" en Madrid, sin la autorización de su madre. En el mismo entorno familiar de estas fotografías, también reconoció al conductor del "124" sospechoso y que a la vez era el padre de los niños. Se trataba nada más y nada menos que de "El Lute", personaje en aquellos momentos mas buscado de España.
Ante tal descubrimiento fui inmediatamente a dar la novedad al superior inmediato de quien directamente dependía, aunque varios grados de diferencia en la escala de mando y categoría dentro del Cuerpo. Mi noticia no fue recibida con agrado por mi superior, debido a circunstancias personales que le afectaban en aquellas fechas, y por tanto hube de guardar para mí y el Guardia que me había facilitado los datos para la identificación de la referida persona, al fin de no dejar al descubierto de sus responsabilidades a quien tenía la obligación de haber recibido la noticia por la importancia que tenía , darla a su inmediato superior, y con ello se hubieran organizado los servicios pertinentes para tratar de la localización y detención de quienes hubieran estado al margen de la ley. Yo por mi propia cuenta y sin ser relevado de las demás obligaciones que teníamos encomendadas, con un gran sacrificio de todo el personal que tenía a mis órdenes, continuamos practicando las gestiones que el caso merecía y que algo mas de mes y medio después, tuvo sus consecuencias y que cuando llegue su momento posiblemente relataré, aunque bastante abreviado, porque hacerlo en toda su extensión, se precisaría todo un libro para explicarlo. Las causas por las que mi inmediato superior en el mando del Servicio de Información no me aceptó la noticia que le daba, la dejaré por el momento para mí, aunque alguno de mi familia recuerde lo que sucedió, que me parece lo habré contado a ellos alguna vez.
¡Cómo pasa el tiempo, y las circunstancias!
Hasta una nueva entrada y pido perdón por si con el presente relato pueda haber quedado alguien con la miel en los labios.
(Incluido en la revista que será editada con motivo de la Feria de Villaharta 2009)
¿Cuándo el Cerro de la Solana en los orígenes de su conformación actual, hubiera llegado a pensar siquiera, que con el paso del tiempo, iba atener extendidas sobre su falda sur, las casas y calles del pueblo mas entrañable que pueda imaginarse y que habría de llamarse Villaharta? ¡Nunca! ¿Y quién puede tener la dicha de ufanarse y blasonar el haber nacido allí? Entre otros afortunados, YO. De no haber sido por esa agudeza de quién o quienes idearon la constitución de aquella humilde villa, hoy, ni siquiera el Puerto de la Silleta, el Puerto Ginés, el Puerto de La Lapa, Las Lagunillas, el Cerro de las Viñas, El Lagarazo, El Centenillo, Los Horcajos, Las Zahurdillas, el Cerro del Cabrahigo. La Solana del Peñón y otros muchos entornos de mi pueblo que a todos los villaharteños/as nos son comunes, estarían hoy identificados con tal nombre. El mero hecho de traerme a la memoria la menciónde los lugares que anteceden, me han transportado hasta aquellos lejanos recuerdos de mis primeras correrías infantiles, cuando en compañía de otros “nenes”, íbamos a buscarnidos, cazar grillos, coger arbejanas, cornachos, yerba gitana y otros “hierbajos”, que aunque ponían nuestras comisuras y nuestras bocasmanchadas de un color verdoso un tanto inmundo, su sabor y tal vez por alguna carencia de nuestra cotidiana alimentación, nos sabían a gloria.
Algunos años después, cuando la fuerza irreprimible de la juventud llegó a inundar todo mi ser, en las calles de Villaharta, en el paseo de la carretera, o en los bailes que se organizaban en el salón del Casino, o en el de la casa de la Sra. Eugenia,llegaronmis primerasy timoratas declaraciones de amor que hacían enrojecer mi semblante.Como no, estos aconteceres en esas edades, dejan en el recuerdo la huella indeleble de su circunstancia, mas que nada por la época de la vida en que sucede.
Después de varios decenios en que por causas de mi profesión dejé de residir allí, cada vez que visito Villaharta, que lo hago con relativa frecuencia, aunque menos de lo que me gustaría hacerlo, tan pronto como se aparecen ante mi vista sus blancas y límpidas casas, al traspasar el collado de la Cuesta de la Matanza, un estremecimiento de emoción recorre todo mi ajado y añoso cuerpo y que permanece inalterado hasta quemis pies posan sus plantas sobre las calles de mi pueblo. Caminando por ellas, vagan mis recuerdos por aquellos lejanos años, los mismos que parecen quitarme de encima de los que ya llevo cumplidos y mis propias energías se recuperan, creyéndome cuando menos, si no un hombre joven, sí uno solo en su edad madura, olvidándome por completo de todos los achaques que en esos momentos puedan afectarme.
Desde esta bendita Málaga donde resido desde hace casi sesenta años, y donde tanto en mi vida profesional como personal y familiar, llegué a conseguir las cotas de felicidad que nunca siquiera hubiera soñado, no pasa un solo día sin que mis recuerdos lleguen a recrearse por aquel sencillo y humilde pueblo en que como se dice en la manida frase, vi la luz por vez primera. Como se decía en algunos de sus versos en que, creo que era el cantaor Pepe Pinto, intercalaba en una de sus coplas, “yo tengo entre dos amores, mi corazón repartío”, como son Villaharta y Málaga. Aquélla, mi infancia, adolescencia y primera juventud, con todo lo que la travesía de estas etapas marcan en la vida de una persona, Ésta, donde cerca de sesenta años, como cito anteriormente, vengo residiendo y a la queme faltan adecuadas palabras para agradecer todo cuanto en ella he conseguido.
Como este relato lo es como consecuencia de la invitación que se me hace por el Alcalde de mi pueblo, Villaharta, al que desde estas humildes letras le agradezco su atención, que en el próximo mes de julio celebra sus fiestas,arrogándome unas facultades que solo como villaharteño puedan corresponderme, recomiendo a todos los vecinos de los pueblos limítrofes, o cualesquiera otros, que si le es posible no dejen de visitar Villaharta en sus próximas fiestas, con la seguridad de que han de pasarlo estupendamente y cuyo recuerdo, le llevaran a repetir su asistenciaen años sucesivos. Yo no sé si podré hacerlo, si no es así, no lo será por falta de esperanza, y desde aquí le deseo a todos mis paisanos y paisanas las disfruten todo lo posible.
Después de veintisiete días de sequía blogera, vuelvo a entrar de nuevo en el blog. Sin duda la anterior entrada que lo fue el día primero de abril y hoy 27 del mismo mes, han sido con toda seguridad, las fechas mas importantes, por lo que respecta al discurrir de mi propia vida. Esta última, la fecha de mi nacimiento; aquélla en la que contraje matrimonio. ¿Quién da más?
Hoy cumplo OCHENTA Y CUATRO AÑOS, algunos más, quizás bastantes más, de los que yo pensaba cuando era joven y, no tan joven. Alguien dijo alguna vez, que nadie es tan viejo que no piense que aún todavía puede vivir un año más. Doy fe de ello.
Como cada vez que esta efemérides se cumple desde hace algunos años, mis pensares hacen un recordatorio de todo lo que ha sido mi propia existencia. Vuelvo a rebobinar todos los aconteceres, que así con el pensamiento se recorren en un instante, pero que en su transcurso real, sus inicios parecen perderse en lo remoto del tiempo pasado. Estos pensamientos te llevan sin duda a que hagas un balance de lo que ha sido todo el discurrir de esa larga vida. Siempre se piensa que se pudiera haber hecho algo mejor de lo que se hizo, no obstante, consultada mi propia conciencia apruebo todo lo acontecido. Recuerdas con sentimiento los seres queridos que se han ido marchando de entre nosotros a través de los años, circunstancia inevitable de esa pérdida cuando se lleva vivido tanto tiempo.
Transportarme en el tiempo a los años de mi infancia, niñez y primera juventud, se me presentan en el recuerdo aquellas familias carentes incluso de mucho de lo imprescindible para la normal supervivencia de sus componentes. La lucha titánica que permanentemente tenían que sostener nuestros progenitores para poder sacarnos adelante y que no obstante ello, algunos de sus hijos no podían soportar las adversidades que con relativa frecuencia se presentaban y los condenaban a la pérdida de su propia existencia. En mi propia familia, de ocho hijos nacidos, solo cinco, pudimos sobrevivir a los contratiempos surgidos. Tres no llegaron siquiera a cumplir el año de edad. Estos últimos sentimientos me vinieron hace un rato al pensamiento, cuando al consultar el movimiento de mi cuenta en el banco, comprobé que con fecha de hoy se me ingresaba en el mismo, el importe de mi paga de jubilación correspondiente al mes de Abril. Proporcionalmente, el importe de esta paga y transponiéndola a lo que era mi familia antes de la guerra civil española, con ella, hubiéramos vivido los 7 componentes de la misma, cuando menos el 200% ó 300% mejor de lo que lo hacíamos. Y hoy, lo es para mí solo. Y luego, nos quejamos.
El año que viene, tal día como hoy si yo no puedo hacer una entrada en el blog, por cumplimiento de mi estancia aquí, con que alguien siquiera lo lleve a su memoria, me doy por satisfecho y doy las gracias por adelantado.
Hasta otra nueva entrada que espero no tarde tanto como ésta.
Sin duda, el día primero de abril jamás podrá pasar inadvertido para mí mientras mi vida alentare y mis condiciones psíquico-físicas se mantengan como hasta ahora.
Van a dar las nueve y media de la mañana del día uno de abril de 2009. Como quiera que mi memoria me sigue respondiendo, puedo jurar en este momento, que cuanto voy a señalar es rigurosamente cierto.
Comenzando por orden cronológico, hace setenta años a estas horas, algunos de mis hermanos, varios primos y otros de los que residíamos entonces en el Cortijo de Don Elías Cabrera, término municipal de Pedroche y sito cerca de el Apeadero de la Jara, en la línea férrea de vía estrecha, Peñarroya-Puertollano, nos encontrábamos dando viajes desde unos Almacenes que los servicios de Intendencia del Ejército rojo habían abandonado dos días antes, y en los que había almacenados víveres diversos, la mayoría en conserva, y que los residentes de todos los cortijos limítrofes habíamos invadido, y llenábamos nuestros sacos con todo lo que había, proveyendo con ello nuestras maltrechas y raquíticas despensas. La distancia desde nuestro cortijo al que se hallaba habilitado de Depósito de Intendencia, estaría alrededor de los dos kilómetros, lo que no impidió que diéramos durante aquel día por lo menos cinco o seis viajes.
La única circunstancia adversa de aquel evento, fue el que todos los niños, sin excepción, nos entrara una diarrea de órdago a la grande, debido a que como entre los víveres existentes había grandes cantidades de chocolate, el hambre atrasado que arrastrábamos y lo goloso del producto, nos dimos verdaderos atracones de tal producto, que varios días después todavía no habíamos conseguido desterrar los efectos de los retortijones.
El mencionado día, como habréis podido adivinar, se daba por terminada la Guerra Civil Española.
La segunda efemérides a la que me refiero al principio de este relato, es que a esa hora de las nueve y media de la mañana de aquel primero de abril, pero de hace hoy CINCUENTA Y TRES AÑOS, me dirigía en aquellos momentos en busca de mi novia, para ir a la Iglesia de San Pedro, donde a las diez de la mañana estábamos citados para confesar y comulgar, dado a que a las cinco de la tarde, habíamos de contraer matrimonio. Si en el relato anterior hubo una circunstancia adversa, en la celebración de nuestro matrimonio, a partir de entonces y como se nos recomendaba en los consejos del sacerdote celebrante, hasta que la muerte nos separó, fue una continua consecución de venturas que en su inmensa mayoría perduran al día de hoy.
Largo camino he recorrido desde la primera de las fechas mencionadas, las inmediatas a la misma, las hubo de toda índole, quizá la mayoría adversas, o bastantes adversas, pero con el paso del tiempo, fueron mejorando y en estos momentos no puedo por menos que dar gracias a Dios, por todo lo que me ha sido concedido, incluso con algunas afectaciones personales, excepción hecha, como no, con la pérdida de la que me acompañó durante la consecución de tanta dicha.
De todo ello, solo me queda el recuerdo. ¡Cómo pasan los años!
Cerca de tres meses hace que no había hecho acto de presencia en este blog. ¿Que porqué lo hago hoy? Tampoco lo sé. Tal vez un ligero avenate de improviso me ha llevado a ello. En cuanto al título que le he dado, si quizá tenga algo de razón de ser. Primero, la travesía de unas festividades que harto hace uno a estas alturas en llevarlas, sin dejar de complacer a los que te rodean, como tampoco de homenajear con el recuerdo agradecido de los que se fueron quedando atrás. Después, y se me viene a la memoria de cuando hice el servicio militar y luego la prolongada pertenencia profesional al Cuerpo de la Guardia Civil, que en algunas de las páginas de la documentación personal que a cada uno se nos abría, había que reseñar lo que en su epígrafe se denominaba como "vicisitudes". Así si te concedían un trienio, tenías un ascenso, te casabas, tenías un hijo o por alguna enfermedad tenías que ingresar en el hospital, todo había que anotarlo en esa documentación, y esto eran las "vicisitudes" Pues bien, algunas de estas vicisitudes acaecidas recientemente, e incluso permanecen actualmente, me han llevado a epigrafiar mi esta tardía nueva entrada en el blog.
Como los proyectos de futuro brillan por su ausencia en las mentes de un octogenario, dedicas ese tiempo en ir contemplando cuanto con cierta resignación te va acompañando en ese lento y cansino caminar en que se transforma toda vicisitud que te acaece. Lo primero que te das cuenta es que cada vez el sendero por el que se transita por la vida, se va volviendo mas estrecho y también son muchos menos los que caminamos por la misma vereda. Algunos, no todos, tenemos la suerte de que paralelamente a nuestro caminar, nos acompañan los nuestros que siempre están pendientes de facilitarnos y proveernos de cuánto se nos hace imprescindible para poder seguir la ruta que desde que venimos al mundo nos ha sido impuesta, y que como es lógico, cada vez la meta se nos va acercando más.
Ese camino por el cual discurrimos los "viejos", nos resulta cada vez mas pesado el seguir transitándolo y mientras que a las generaciones más jóvenes, cuando consiguen llegar a la cima de algún inconveniente que les ha surgido, contemplan los fértiles valles que aparecen a su vista, nosotros tropezamos con otro empinado y pedregoso camino, al que dudamos si nos alcanzaran las fuerzas para poder terminar su escalada.
Algunos, entre los cuales por fortuna me encuentro, en cada descanso que forzosamente hemos de realizar cuando la fatiga nos alcanza, me regodea la satisfacción cuando traigo, o por mejor decir, nunca olvido, ese feliz y largo peregrinar por ese camino que para mi dicha, se fue quedando sembrado de las más fértiles y beneméritas "VICISITUDES", volviendo al epígrafe de las documentaciones del personal militar, aunque, y en honor a la verdad, fueron de otros, mucho más que los míos, los méritos en alcanzar esas metas.
Quizá pueda parecer a quien lea esta nueva y tardía entrada en el blog, que me embarga cierto desánimo en mi caminar actualmente, pero nada mas lejos de ello, sino todo lo contrario, que como digo me relamo de satisfacción por llegar al momento en que me hallo y todo lo demás, son vicisitudes que tienen que suceder durante la travesía de una vida
Por fin después de diez y ocho días sin escribir nada en este mi blog, hoy me decido a poner fin a tanta sequía "blogera", aunque tal vez esta última palabreja, no dejará a lo mejor de ser un propio disparate.
También, como casi siempre que entro sucede, hoy se cumple otro aniversario y creo que supuso el principio del fin de una etapa principal en mi vida. Hoy 7 de diciembre se cumplen 15 años de la primera operación que hicieron a mi mujer. Después siguió todo el rosario de circunstancias y contrariedades hasta el desenlace fatal.
Creo recordar, que alguien de vosotros en una entrada que hizo a mi blog, dejó entrever que siempre me envuelvo en cuestiones y hechos de puro pesimismo. Posiblemente pueda considerarse así, ya que reconozco que en los acontecimientos en los que más resalto el suceder, lo haya sido en los que han supuesto una contrariedad, o lo que es peor, una desgracia para el devenir de mi propia vida. Pero seguro que todo ello pueda ser por el mayor realismo que siempre trato de darle a los propios acontecieres a lo que haga referencia.
Además de ser optimista por naturaleza, a lo largo de toda mi existencia, las adversidades he sabido sobrellevarlas con entereza y en las que más me han afectado a mí personalmente, he procurado lamer mis heridas en las mayor intimidad, sin que mis desencantos pudieran llegar a incidir negativamente el devenir de mis mas allegados. Por añadidura a todo ésto, siempre me he considerado un ser privilegiado y feliz, dado a que en la inmensa mayoría de todo lo que me ha sucedido, Dios o el destino, han sido siempre largamente generosos y me han colmado de dichas, muy particularmente en lo que a la conformación de mi propia familia se refiere.
Desde mi primera niñez hasta el día de hoy, que ya rebasan los treinta mil, la inmensa mayoría de ellos, he dado gracias por todo cuanto se me concedía.
Con respecto al dato que hago mención en el párrafo anterior, cito el hecho del tiro que me dieron en la Nochebuena de 1950, y en su consecuencia estuve hospitalizado hasta el 22 de febrero siguiente. Mis padres y hermanos se enteraron de tal hecho, en el mes de agosto siguiente cuando fui con permiso a mi pueblo y todavía cojeaba visiblemente, por lo cual me vi en la obligación de exponer las causas de mi deficiencia física.
Pese a la falta de afecto y soledad en que pase aquellas Navidades, siempre consideré, y aún hoy sigo haciéndolo, el disgusto que le hubiera originado a mi familia, particularmente a mis padres, que en nada me hubieran podido remediar mis males físicos, compensaba con largueza la falta de alguna frase o gesto que me hubieran podido hacer llegar.
En relación al hecho de la operación a mi mujer, no quiero dejar de señalar y con ello mostrar mi profundo agradecimiento a mi amigo Juan Ortiz, que mientras esperábamos el resultado de la operación, fueron muchas las lágrimas que junto a mí derramó, ante el temor de un resultado negativo, cuando me acompañaba en la Sala de espera del Parque San Antonio.
Bueno, por hoy ya vale. Espero no demorar tanto mi próxima entrada, como ha sucedido en ésta.
Aunque en algunos calendarios he visto la festividad de Santa Isabel de Hungría el día 17 de noviembre, realmente la Iglesia lo celebra en el día de hoy, 19 de noviembre, como desde que yo tengo uso de razón lo ha venido haciendo.
Pero mi entrada en este mi blog en el día de la fecha, no ha sido para polemizar cuándo debe celebrarse la festividad de Santa Isabel, sino para referirme al noviazgo mas breve de toda mi historia amorosa, que aunque tal vez parezca que yo fui un Don Juan en mi juventud, lamento defraudar a quien así lo piense, toda vez que el haber tenido que pasar esa juventud en una localidad donde nada tenías para poder pasar el tiempo que el trabajo te dejaba libre, no es de extrañar, que los de temperamento algo mas inquieto dedicáramos parte de ese tiempo a intentar proporcionarte unas relaciones amorosas.
El traer esto a colación en el día de Santa Isabel, está motivado a que con una joven llamada Isabel, sostuve el noviazgo mas breve de los pocos que hasta entonces había tenido. Pues resulta que una chica, natural y vecina del Viso de los Pedroches, a la que llamaban Isabelita, vino a casa de mi tía Mercedes en Villaharta, para pasar unos días junto a mi prima "Merceditas" de la que era amiga. Yo, no se porqué, tenía cierta debilidad hacia las forasteras, y tan pronto tuve noticia de su llegada a casa de mi tía, me presenté allí a fin de conocerla. Era de estatura normal para aquellas fechas, tenía el pelo rubio, pero en fin lo que más destacaba en ella eran unos ojos verdes preciosos. Por lo demás todo muy normal, eso sí, tenía 18 años de edad.
Llegué a casa de mi tía, mi prima me la presentó, esto serían aproximadamente las nueve de la noche y estuve charlando con ella hasta bastantes después de la doce. Como quiera que me dijo que pensaba estar allí solo unos diez días, yo para no perder tiempo terminé pidiéndole relaciones. Me dijo que había tenido novio por espacio de poco tiempo y que era un Guardia Civil que estaba de Puesto en su pueblo, y que hacía como un mes que se habían disgustado. Aquella noche cuando nos despedimos, me prometió que al día siguiente me daría la contestación a mis pretensiones de hacernos novios.
Efectivamente al siguiente día y no por la noche, si no por la tarde tan pronto llegué y le solicité su respuesta, como yo esperaba, según terminó la velada anterior, fue aceptar nuestras relaciones. La velada de ese día, fue aún mas prolongada que la anterior.
Cuando al llegar al siguiente, mi tía Mercedes me estaba esperando, me llamó aparte y me hizo que le prometiera que aquel noviazgo iba en plan serio y no como otros de los míos anteriores. A mí en realidad me costó poco trabajo prometer a mi tía que así sería, aunque he de confesar que mis intenciones no estaban en aquellos momentos en tal dirección.
A los tres o cuatro días de formalizado nuestro noviazgo, llegó el de su Santo, que este tal motivo ha sido el relataros mi peripecia.
Algo más de una semana tras iniciadas nuestras relaciones se marchó a su pueblo, y quedamos que pasados tres o cuatro días le escribiera yo la primera carta, a fin de que ella fuera poniendo en antecedentes a sus padres. En casa de éstos estaba la central de telégrafos, era lo único que yo sabía de ellos.
Como habíamos acordado, tras tres o cuatro día de su marcha le escribí mi primera carta. Empezaron a pasar unos cuantos mas de los que yo esperaba su contestación y al cabo de por lo menos doce o catorce después de escribirle, recibí la suya. La noticia que en ella me daba, lo confieso me supuso cierta alegría y el quitarme un cierto peso de encima. Me decía que nuestras relaciones se terminaban y que perdonara, había hecho las paces con su antiguo novio, el Guardia Civil. Al cabo de los años tuve noticia que se había casado con él. Lo que hubiera sido el quedar mal con mi tía Mercedes, supuso que el concepto que hasta entonces tuvo de "Isabelita" le hizo cambiar un tanto, y yo fui exculpado de haber ido solamente a aprovecharme de ella, como en casos de echarse novia por pasar el rato solía decirse. Esto acaeció en el año 1949. Ha llovido desde entonces.
Hasta otra, que espero tenga algo más de interés que ésta.
Hoy, aunque con bastantes días de retraso, he arrancado del calendario que tengo en la cocina la hoja bimensual en la que aparecían los meses de septiembre y octubre, dejando al descubierto la última hoja que contiene los dos últimos meses del año 2008, noviembre y diciembre. Al tiempo que instintivamente procedía con la mano derecha a reducir la hoja arrancada para arrojarla a la basura, mis ojos posaban su mirada sobre la que había quedado a la vista y recorriéndola sobre los 61 días que contienen los dos últimos meses, la terminaba sobre la festividad de San Silvestre, último día del año.
Desde que era un adolescente, cada vez que finalizaba un año y por consiguiente entraba otro nuevo, reflexionaba sobre ello y lo comparaba como el que va transitando por una calle hacia un determinado destino y volvíaa la esquina, para entrar en otra distinta. Por la que habías venido transitando y dejabas atrás, jamas volverías a pisarla, pero en la que terminabas de entrar sostenías la esperanza de hallar algo nuevo en tu vida. A este respecto, el recuerdo que conservo con mayor nitidez fue el paso del año de 1939 a 1940. Posiblemente porque entraba el último año de una década, donde había dejado atrás mi niñez, me encontraba en plena adolescencia y para mis adentros, me consideraba ya como un joven hombre, toda vez que pronto cumpliría los quince años. En aquella fecha, me encontraba, como no, en La Calera, cogiendo aceitunas y formando pareja con mi madre. La situación por la que atravesaba la familia en aquellos momentos era sin duda la más penosa y mayores dificultades de todas las que hasta entonces nos había sobrevenido. Mi padre en la cárcel como preso político y mis cuatro hermanos, todos menores que yo, algunos por ahí en algún que otro cortijo guardando animales y los que no estaban todavía en edad de tal menester, a expensas de mis tías allí en Villaharta.
¡Cuántas lágrimas vi derramar a mi pobre madre durante las largas y frías jornadas en aquella faena! A pesar de ello, y aunque por supuesto compartía los sufrimientos que a ella la llevaban a aquellos silentes y reservados lloros, siempre abrigaba la esperanza de que dentro de aquel año que comenzaba, iba a conseguir algo de lo que personalmente siempre se anhela en esa edad. Aquellas perspectivas personales, cuán distaban de las que en el día de hoy espero. La importancia que al paso del tiempo daba en aquellos entonces, en estas fechas me resultan tan indiferentes, que solo un único deseo personal llevo consigo. Mantenerme en el actual estado de salud y de discernimiento mental, y por tanto con ello, evitar primordialmente el sufrimiento de los míos y el incordio que con la pérdida de ambas situaciones, les llevaría consigo.
También, como no, cada vez que hago alguna reflexión del paso del tiempo, traigo a mi memoria, la ausencia de los ya bastantes años, de la mujer que tanto influyó en la dicha de una importante travesía de mi vida.
Ahora me ayuda a mantener mi deseo de seguir viviendo, ver el feliz discurrir de mis hijos y si se me apura, lo mas importante, como a su compás lo van consiguiendo mis SEIS NIETOS.
Hasta otra nueva entrada en este mi blog, del que ya llevaba desconectado algunos días.