martes, 23 de septiembre de 2008

¿Será por echar años atrás?


Como prometí hace dos días, vuelvo nuevamente al tajo, pero esta vez retrocediendo SETENTA AÑOS, ni más ni menos.

Sin poder concretar las fechas exactas, en aquel mes se dieron dos circunstancias en el seno de mi familia. La primera, y sería sobre mediados del mes de septiembre de 1938, a mi padre lo movilizaron para llevárselo a la guerra. Entonces, a mí me parecía que mi padre era casi un anciano, cuando contaba solo con cuarenta años de edad.

Cuando se despidió de mi madre, de mis hermanos y de mí, yo entonces tenía la edad que hoy tiene mi nieto Jorge y recuerdo que mi padre que como yo, era muy fácil de lágrimas, llorando a lágrima viva, cuando se despedía de mí, que por cierto fui el último, recuerdo exactamente la recomendación que me hizo y fue la siguiente: "Tú que eres el mayor, tienes que hacer ahora de padre para con tus hermanos y ayudar a tu madre en todo lo que necesite". Con la perspectiva de setenta años atrás, reconozco hoy que semejante recomendación me la tomé bastante a pecho y pese a mis trece años, me revestía de autoridad para con todos mis hermanos, reprochándoles e incluso regañándoles, por hechos o circunstancia que yo consideraba no era lo correcto en su comportamiento . A mi padre lo destinaron al frente de Extremadura. Tardamos cerca de un mes en tener noticias suyas. Tras recibir su primera carta, nos sirvió un tanto de tranquilidad, ya que nos comunicaba que era un frente muy tranquilo y hacía varios meses no se habían producido ningún combate.

Unos diez o doce días después de la marcha de mi padre, yo me coloqué de pastor, con un rebaño de ovejas de unas trescientas cabezas, que pertenecía a los Servicios de Intendencia del Ejército Republicano. Me asignaron un jornal de diez pesetas diarias, pero el dinero no servía para nada, ya que nada había que se pudiera comprar. Se carecía de todo. Lo que mas creo empujó a mi madre a que me colocara como tal, fue el hecho de que cada diez o quince días, nos facilitaban un pequeño racionamiento de artículos de primera necesidad, tales como azúcar, arroz, garbanzos, aceite y otros artículos, pero todo en cantidades ridículas. El encargado de llevarnos este racionamiento, era un Comisario Político de Batallón, sobrino del Mayoral que mandaba en mí, que yo tenía la categoría de zagal y de otro hombre mayor que el citado mayoral. Ambos se llamaban José, y también los dos eran de Pozoblanco.

Seis meses justos, sin descansar ni un solo día, duró mi ejercicio como "zagal", que lo fue hasta el final de la Guerra Civil. Lo mío, hasta el final transcurrió con la normalidad propia de la misión a que estaba destinado, pero el último día fue uno de los mas amargos para mi madre en toda su vida. Yo también lo pase mal. Tal evento, precisa un entrada exclusiva para relatar lo sucedido.

Con el temor propio de que a mi padre le sucediera algo en el frente de guerra. pasaron los seis meses hasta que terminó la contienda. A partir de entonces comenzó un verdadero calvario para toda la familia, que duró aproximadamente un lustro. Ya lo contaré el día que me disponga a ello.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Pasaron 60 años

No sé si es hoy, fue ayer o sería mañana, cuando se cumplen los SESENTA AÑOS, del día mas nefasto en cuanto a mí personalmente se refiere. Pero seguro que en uno de los tres días que cito, se ha cumplido del 60º aniversario, de lo sucedido en el relato que a continuación voy a exponer.

Serían también aproximadamente, las 12'50 horas que son en este momento, de aquel ya lejano día, cuando mi amigo y compañero de fatigas Casimiro Fernández Ferrer y yo, salíamos desde Villaharta camino de la Ballesta, para comenzar nuevamente nuestro trabajo en la mina, después de dos años y medio que lo dejamos para incorporarnos al Ejército. A tal fin, el día anterior a que me refiero ahora mi camarada Casimiro y yo nos habíamos presentado a Don Marcelino, que era el jefe de la explotación minera, para manifestarle que pretendíamos incorporarnos nuevamente al trabajo en la mina y a lo cual tenía la obligación de admitirnos. Ante nuestra presentación y requerimiento, nos citó para el día siguiente y al segundo relevo que se iniciaba a las dos de la tarde.

Como sabéis por mis entradas anteriores en este blog, los dos años y medio anteriores que había pasado en la mili, lo hice en las oficinas de Capitanía lo que para mí era en plan señorito y tan distinto y distante de la rudeza del trabajo en el campo y en la mina, que hasta entonces había sido mi actividad, desde la mas temprana juventud, o para mejor decir, desde mi adolescencia. También lo he dejado expuesto en otras ocasiones que mi propósito cuando me fui a la mili era el de no volver más al denostado trabajo de la mina. Las circunstancias dispusieron lo contrario.

Así serían alrededor de la una de la tarde salíamos los dos recién licenciados del Ejército, a patita camino de la Ballesta que distaba unos seis o siete kilómetros del pueblo. ¡Cuánta amargura se apoderaba de mis sentimientos en aquellos momentos! ¡Qué oscuro porvenir se vislumbraba en mis pensamientos! ¡Qué ser tan insignificante me consideraba a mí mismo¡!Con estos pesares, llegué, acompañado por Casimiro, a nuestro destino. La explotación minera en aquellas fechas se hallaba en pleno declive, pese a lo cual era obligatoria nuestra admisión.

Quiso la casualidad de que a los dos reciÉn llegados, y solamente a los dos, nos mandaron a trabajar en un frente de carbón en una de las galerías del pozo número 6, para abrir una serie de barrenos que con su posterior "pega" con dinamita, proporcionar el correspondiente desplome de carbón. Este trabajo debería realizarse por barreneros o picadores, categoría que ninguno de los dos habíamos tenido antes, pero la falta de personal y la escasez de otros trabajos, nos asignaron el mencionado.

Provistos de barrenas y picos, comenzamos nuestra faena, que por la dureza del trabajo y que la callosidad de nuestras manos habían desaparecido durante nuestro servicio militar, agraviado con la escasez de oxígeno en la galería que carecía de la pertinente ventilación, no sé el tiempo que habría transcurrido, mi amigo Casimiro y yo, caímos desfallecidos en el lugar del trabajo y cuando fueron a vigilarnos y descubrir el estado en que no encontrábamos, hubieron de sacarnos al exterior y yo lo primero que noté fueron los guantazos que el jefe Don Marcelino me estaba dando en la cara para que volviera en sí. En idéntica situación estaba mi colega. Cuando estuvimos totalmente reanimados, nos indicaron que volvíeramos al trabajo y cada espacio de tiempo corto, saliéramos a la boca de pozo, o sea al principio de la galería junto donde se comunicaba con la luz del pozo, donde se respiraba con normalidad.


A las nueve de la noche terminó aquella jornada. Las manos las teníamos llenas de ampollas. Las sienes nos torpedeaban la cabeza como si dentro de ella tuviéramos alguien golpeándonos con un martillo. Más que el desgaste físico producido por la jornada de trabajo, era la pérdida total de la moral que había bajado hasta hallarse por debajo del nivel del suelo. Y ahora quedaba el recorridos de los seis o siete kilómetros hasta llegar al pueblo. Nunca hasta entonces, ni gracias a Dios tampoco después, me he sentido un ser tan insignificante y deprimido. Y si todo ello no era bastante, no se me quitaba de la memoria de que tal había sucedido aquel día, me esperaba al siguiente, al otro, al otro........ y así, hasta sepa Dios cuando. Cuando aquella noche una vez llegado a mi casa, lavado, ya que en el trabajo no existían duchas ni sitio donde poderse lavar y metido en la cama, confieso en este momento, que por vez primera en mi vida, lloré ante el desencanto sufrido y la dificultad que veía para resolverla.

Mi amigo Casimiro, un par de años después ingreso en la Policía Armada, pero pocos mas tarde falleció. Fue el primero que murió de todos los "quintos". Sin duda hace mas de treinta años de su fallecimiento. Él no puede celebrar esta efemérides. Yo sí, y con la alegría de cuan distinta es a lo que presentía en aquel infausto día.

Dentro de breves fechas, haré mención a otro aniversario, pero diez años anterior al que se refiere la presente entrada en el blog.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Aniversario del final de mi vida en el Ejército


Día 17 de septiembre de 1948, por tanto hoy se cumple el 60º aniversario de aquella efemérides.
Cuando todos, o casi todos los componentes de mi reemplazo, el de 1946, marchaban locos de contento hacia sus casas, de donde habíamos salido el día 6 de abril del mencionado año 1946, yo a diferencia me debatía entre la satisfacción de haber terminado una etapa forzosa de mi vida, aunque yo pude no hacer el servicio militar, de haberme quedado trabajando en la mina de carbón donde me encontraba en el momento de incorporarme al Ejército, como creo he referido en alguna entrada anterior en este mi blog, y la incertidumbre de lo que pudiera ser mi futuro profesional. Si cuando me marche a la mili, lo hacía abrigando alguna esperanza de no volver al lugar de mi procedencia de trabajo, o sea a la mina dependiente de la Empresa "Coto Hullero La Ballesta", donde había permanecido los dos años anteriores a mi partida. Todos los trabajos que había realizado en faenas agrícolas antes de entrar enla mina, los había sobrellevado con cierta complacencia, dado también a que efectivamente ni mi preparación, ni por supuesto la escasez de posibilidades de optar por otra clase de actividad, lo hacían casi imposible. Pero por circunstancias que ahora no vendrían al caso y, un tanto largo de contar, me puse a trabajar en la mina, cuyo trabajo a medida que iban pasando los días, menguaban mi entusiasmo al punto de que al final casi llegaba hasta aborrecer tal actividad.
Dado a que como sabeis, durante mi periodo de vida militar, donde llegué como jornalero agrícola de profesión, terminé hecho todo un bastante aceptable escribiente-mecanógrafo. Estos conocimientos adquiridos en el Ejército, en mi pueblo no había posibilidad de ejercitarlo, dado a que solo existía una plaza de auxiliar administrativo en toda la localidad, que era en el Ayuntamiento y estaba ocupada. Así, ante todas las circunstancias expuestas mi porvenir laboral se me presentaba bastante oscuro, o sea, en las entrañas de las galerías de la mina nuevamente, donde pese a estar en gran decadencia la mencionada explotación del "Coto Hullero La Ballesta", tenían la obligación de admitirnos a todos los que salimos de allí para incorporarnos al Ejército dos años y medio antes.
Como ha quedado expuesto, creo que bastante claro, el hecho de haber sido licenciado del Ejército no me proporcionaba la alegría que en todo caso hubiere deseado.
Cuando tomé el tren en la estación de la Plaza de Armas de Sevilla, me coloqué al cuello una especie de escapulario, que un compañero de de la oficina en Capitanía, llamado Manuel Arroyo Clares, del que me parece cité en una entrada de hace algún tiempo en este blog, que lo recuerdo por haber hecho mención a que tenía una hermana que era todo un monumento al cuerpo femenino y a la belleza. En el referido escapulario y con letras góticas bastante bien trazadas, podía leerse. "ADIÓS SERVA LA BARI Y LAS MUCHACHAS DE LA CIUDAD JARDÍN". Ese nombre de "Serva la Bari" a Sevilla, no puedo explicar porque es, dado a que lo ignoro. Lo de las muchachas de la Ciudad Jardín, era que había tenido dos novias en la mencionada barriada sevillana.
Con estas tribulaciones, llegaba a mi pueblo sobre la puesta de sol de aquel lejano 17 de septiembre de 1948. Dentro de 4 días, haré si Dios quiere nueva entrada en este mi blog, para hacer constar las resultas inmediatas a esos temores que me impedían celebrar como se merecía mi licenciamiento del Ejército.

lunes, 8 de septiembre de 2008

El último grato recuerdo


Hoy se cumplen exactamente DOCE AÑOS, del último grato recuerdo de los muchísimos que hubieron durante los casi cuarenta y uno que duró mi matrimonio. Tal día como hoy, los cinco matrimonios que generalmente solíamos reunirnos los fines de semana y días festivos, lo hicimos aquel día, festividad en Málaga de Nuestra Señora de la Victoria.

Mi mujer, aunque desde el mes de mayo anterior en que fue otra vez operada, venía arrastrando ciertas alteraciones en su estado de salud, bastantes de ellas de cierta importancia, cuando menos en su estado anímico, la noche anterior al día en que me estoy refiriendo, aceptó el que nos reuniéramos los mencionados matrimonios amigos, que eran, Pepi y Julio; Trini y Rafa; Luisa y Paco; Crimelda y Juan y por supuesto nosotros, para ir a almorzar. Lo hicimos como otras muchas veces en el Salón de Pescados "Mario Eva", y posteriormente, como ya teníamos concertado, nos vinimos aquí a mi casa para hacer lo que teníamos por costumbre echar unas partidas a distintos juegos, en las que se apostaban distintas cantidades, casi todas de poca monta y cuyos ganadores tenían que dejar el 50% de las ganancias para un fondo que luego entre todos gastábamos en pagar comidas u otros gastos.

Durante las aproximadas seis horas que duró la reunión aquí en mi casa, desde antes de las cinco de la tarde, hasta alrededor de las diez y media de la noche, mi mujer ni un solo instante le falló el alegre estado de ánimo con el que siempre se tomaba tales reuniones. Sin lugar a dudas, para mí fue una reunión inolvidable y esperanzadora, en lo que a su recuperación de su estado de salud y de ánimo se refería, dado a la forma en que como he citado antes, se comportó durante tan largo rato. Ni un solo instante cesó de reír, de gastar bromas, y de celebrar otra de las tantas reuniones como desde hacía algunos años veníamos haciendo.

Yo, interiormente me regocijaba de verla a ella en la forma que disfrutaba y que de soslayo no dejé de contemplarla durante toda la reunión. Aproximadamente sobre las diez y media de la noche, como apunte anteriormente se terminó la reunión. Antes de la despedida, creo recordar dejamos concertada la cita para una próxima. Ésta, nunca llegó a celebrarse.

El espejismo de todo cuanto sucedió en aquella inolvidable reunión, duró escasamente hora y media. Serían alrededor de las doce de la noche cuando íbamos a acostarnos, le volvieron de repente aquellos vómitos, de los que siempre y sobre todo desde el inicio de sus primeros síntomas de la enfermedad, unos tres años antes, le sobrevenían de vez en cuando, pero en esta ocasión, con mayor intensidad y menos espaciados en el tiempo. En aquellos momentos comenzaba el CALVARIO, que terminó, cuando también lo hacía su propia vida. Aquella noche fue el inicio de lo que serían otras muchas, en las que solo el recordarlas en este momento, me destrozan el alma. AQUELLAS SEIS HORAS APROXIMADAS QUE DURÓ LA REUNIÓN, fueron las últimas gozosas de mi matrimonio. Posiblemente ELLA, desde donde se encuentre, a lo mejor lo habrá recordado también.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Continuación de "El triduo de la preocupación (III)"


Con fecha 2 de agosto pasado dejé a medio relatar el tercero y último episodio de mi titulado EL TRIDUO DE LA PREOCUPACIÓN.

No se que circunstancias me han llevado a distanciar tanto en el tiempo esta continuación, pero sean cuales fueren, aquí me tenéis otra vez dispuesto a lo que me había propuesto y era dejar cual fue su resultado final y sus consecuencias.

Creo haber dejado mi relato anterior sobre este tema, cuando mi nuevo Capitán me aceptó y me dio la oportunidad de aprender a escribir a máquina. Pues vamos a ello.

Aquel mismo día, 2 de agosto de 1946, después de almorzar y una vez terminada la "quintada" que me dieron, que a grandes rasgos fue bajar los 108 escalones con tres libracos que cada uno pesaba al menos cinco kilos, y llevarlos hasta la Cantina donde según la llamada telefónica que me hicieron los que me gastaron la broma, era el Teniente Ayudante, y unos diez metros antes de llegar a la meta que me indicaban en la llamada, caí en la cuenta de que aquello era una broma, lo que no me impidió el retorno con los tres libros y a patita volver a subir los dichosos 108 escalones. El cachondeito que ello originó. no me importó en absoluto. La alegría que había recibido con mi aceptación por parte del Capitán, era superior a todo lo que hubieran querido hacer conmigo mis futuros compañeros de oficina. Bueno, como decía, una vez almorzado y pasado el acontecimiento de los libros, y previas las explicaciones de otro mecanógrafo, comencé a teclear en aquella Underwood y hacer los escritos de tres modelos que mi Capitán me había dejado, con tanto entusiasmo y dedicación que así día tras día y renunciando a la siesta, me llevaba seis o siete horas diarias dándole al teclado.

Habían pasado unos veinte días, con las yemas de los dedos llenas de callos, ya que los bordes de las teclas eran metálicos, cuando aquella mañana llegaba mi Capitán a la oficina, le dí lo que para mí era la culminación, tanto así como de una ilusión, como la del cumplimiento de una promesa, como digo, le dí la noticia de que podíamos trabajar a máquina y despachar todo lo que se había quedado atrasado y que no era urgente, lo cual ésto nos lo hicieron entre los otros mecanógrafos de la Dependencia. La respuesta de mi Capitán y mostrando una sonrisa en la que demostraba haber recibido una gran alegría y que sin duda él era el verdadero artífice que me facilitó el que eso fuera posible.

Con la eficiencia que había conseguido, que para tal fin me había comprado un pequeño librito titulado "Mecanografía al tacto", y todo el empeño que puse en ello, los días transcurrían con una inmensa alegría por mi parte y también la que en mayor parte correspondía a mi Capitán y consiguiendo una progresión formidable en la puesta al día de todo lo atrasado, me consideraba el hombre. o mejor dicho en aquellos momentos el Soldado mas feliz, no solo de Capitanía General, sino creo que toda la II Región

Cuando mis padres recibieron mi carta en la que les daba cuenta de donde me encontraba destinado, recibieron tal vez una alegría aún superior a la mía.

No habrían pasado tres meses desde que como tal mecanógrafo desempeñaba mi cometido, el que como tal lo hacía en la oficina de Mayoría, llamado Antonio Tenor Dorado, causó baja por haber ingresado en la Guardia Civil. El puesto de mecanógrafo de Mayoría era el que se consideraba más importante de toda la Dependencia. El Teniente Coronel Mayor, Don Enrique Ambel Albarrán, sin duda, previa la información de alguien, que para mí era del Brigada Blanco destinado en Mayoría, ordenó que yo pasara a desempeñar el cometido que dejaba Antonio Tenor. Mi Capitán puso el grito en el cielo, le contó al Teniente Coronel como había sido mi llegada allí, pero todo fue inútil, era el Ejército y el que manda, manda. Yo pasaba destinado a Mayoría. Por mi parte, mis sentimientos se encontraban divididos: por un lado sentía que mi Capitán al que todo se lo debía, lo dejaran otra vez sin mecanógrafo, pero por otra sentía ese gusanillo de la vanidad, al sentirme disputado para el desempeño de un cometido que meses antes, yo ni siquiera hubiera llegado a sospechar ni soñando. Como se escribiría en la reseña de la documentación de los militares: "En esta situación, terminé la mili".

Un destino para el que se precisaban de las mayores recomendaciones, yo llegué a él de la forma que bastante amplia y detallada he dejado expuesta en las cuatro entradas a este blog. Se da la circunstancia, que cinco años después y ya como Guardia Civil, fui destinado a la oficina de Mayoría aquí en Málaga, con el mismo cometido que tenía allí, o sea el Negociado de extracto, que era donde se hacía la reclamación de los sueldos y devengos, allí de los Jefes, Oficiales y Sub oficiales y en la Guardia Civil, además también, Cabos y Guardias. En la mili no pasarían de cincuenta y en la Guardia Civil, sobrepasaban los cinco mil. Allí no ganaba nada, y aquí cobraba un sueldo, si no muy elevado, sí mucho mayor que el que dejé atrás cuando ingresé.

Dentro de pocos días se cumplirán sesenta años de mi licenciamiento del Ejército. Ya escribiré sobre ello. Si no lo hago antes. hasta entonces.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Mi cumplemeses



Hoy 27 de agosto de 2008 se cumplen MIL MESES desde que llegué a este mundo. Dicho así como suena la cosa en sí no tiene la mayor importancia, pero el haberlos ido pasando hora a hora, día a día y también mes a mes, hasta que he llegado a los MIL, sobre mi, un tanto maltrecho mi cuerpo, se nota mas de lo deseado el paso de tan larga travesía.

Volviendo mis recuerdos hacía los primeros años de la década de los años treinta del pasado siglo XX, en los que comencé a tener conciencia exacta de lo que acaecía, y trayendo a la memoria aquella forma del vivir cotidiano del hogar en que me crié, y que era la norma mayoritaria en los demás de la localidad, extensivo a todo el país, no tengo por menos que recordar la calidad de vida en que nos desenvolvíamos, donde las carencias de incluso lo imprescindible para el sustento hacía aún difícil el mantener la supervivencia. Incluso la escasez de las prendas de abrigo para soportar los rigores del frío en invierno, hacían que las tiriteras de nuestros ateridos cuerpecillos corrían paralelas con la desnudez de las despensas de nuestros hogares.

Como no, me vienen a mente hechos de los que yo mismo fui protagonista, como lo era el que niños con seis, ocho o diez años, se veían impelidos a abandonar sus casas para dedicarse a la guarda y custodia de toda clase de animales ajenos a las propiedad de sus padres, y que en la mayoría de los casos los estipendios que recibían por su trabajo, era simplemente el facilitarles la manutención gratuita y que en no pocos casos, aventajaba poco en calidad y cantidad de la que había dejado atrás en su propia casa. No obstante, no poco que le hubiera correspondido en ésta, quedaba para repartirse en los que habían quedado en el domicilio y que no tardarían en tomar el camino que su hermano había tomado. En aquellos hogares, que como decía Cervantes, "toda incomodidad tenía su asiento", se luchaba principalmente por mantener la supervivencia de la prole, todo lo demás resultaba como simple añadido.

Si con todas aquellas carencias y sacrificios que hubimos de soportar, contribuimos en algo para llegar a la situación en que mi descendencia, se desenvuelve en la actualidad y desde hace bastantes años, me doy por satisfecho de que así sucediera.


sábado, 2 de agosto de 2008

El triduo de la preocupación (III)



La segunda noche de este triduo de la preocupación, la pase con un tanto mas de sosiego, bien por el cansancio propio que traía arrastrado de la noche y día anterior, o bien porque a todo se acostumbra uno, lo cierto es que aunque de trecho en trecho, conseguí dar tres o cuatro cabezadas, unas de más larga duración que otras.
Cuando el día anterior regresé de mi frustrada presentación, en la oficina de la Batería donde pregunté, me indicaron que mi destino lo era a la Zona de Reclutamiento y Movilización número 9. Así, una vez desayunado aquella nueva mañana del día 2 de agosto de 1946, tan calurosa o más que la anterior, tomaba por segunda vez mi maleta y esta vez sí, llevaba el convencimiento de que lo que fuera iba a solventarse. Como mis reservas de dinero las había agotado el día anterior en la cantina del Regimiento, tomándome aquella fresquita cerveza que me supo a gloria, hube de pedir prestado, para no devolverlo, los quince o veinte céntimos que costaba el billete del tranvía. Por toda fortuna llevaba en mi cartera un sello de correos que tenía reservado para que tan pronto se resolviera mi situación, escribir a mis padres y darles cuenta del resultado.
Alrededor de las once de la mañana serían, cuando por segunda vez me presentaba al Brigada de la Compañía de Destinos, que ya sabía se llamaba Benito, hallándolo nuevamente sentado a la máquina de escribir. Esta vez de propia voz me invitó a que me sentara un momento en una silla que a su diestra mano se hallaba vacía.
Yo, durante ese ínterin, trataba unas veces de darme ánimo y aceptar con entereza cualesquiera que fuera la suerte que estaba próxima a sucederme, e inmediatamente mi ánimo se venía abajo y me auguraba, además de algún castigo, la vergüenza y la humillación que lo menos que me dirían es de que era un cara dura.
Tan pronto el Brigada Benito hizo el además de levantarse, mi corazón comenzó a latir a cuando menos doscientas pulsaciones por minuto. Cogió un gorro cuartelero que tenía colgado en una percha y a la vez que se lo colocaba me preguntó por la oficina a que tenía que presentarme. Cuando se lo comuniqué solo de su boca salió esta expresión: "Escaleras".

Pasamos a una puerta contingua a la que se hallaba su oficina, atravesamos un largo pasillo y acto seguido tomábamos una escalera de las llamadas de caracol y una vez ascendidos 108 escalones, llegábamos a un pequeño rellano, una puerta de madera de dos hojas, abierta solo una de ellas, y unos dos metros hacía adentro en su frontal derecho y circundado una ventanilla, en letras mayúsculas y de color negro, la siguiente inscripción: "ZONA DE RECLUTAMIENTO Y MOVILIZACIÓN NÚMERO 9" Para mí, aquello en vez de una indicación de la ubicación de unas oficinas, me parecieron otra cosa peor. ¡Un epitafio! Tras de aquellas letras, en breves instantes se iba a determinar la suerte que posiblemente yo habría de correr en lo que me quedara de mili, que así a ojo de buen cubero, por entonces no dudábamos en que sería superior a dos años.

El Brigada Benito delante, yo maleta en ristre le seguía y tras atravesar un pasillo, con despachos a izquierda y derecha, separados entre sí por mamparas de madera y cristaleras, entrábamos en un despacho de medianas proporciones, donde otro Brigada con un cigarrillo entre sus labios tecleaba a buen ritmo otra máquina de escribir. El Brigada Benito, dice: "Amigo Blanco, aquí te traigo el mecanógrafo que habías solicitado". Después de intercambiar dos o tres palabras entre ambos, allí quedaba yo a disposición del otro Brigada Blanco. No más de cuarenta o cincuenta segundos habían transcurrido, cuando me dice, "sígueme". Ahora sí parece que había perdido hasta la noción de que era una persona. Así era mi estado de ánimo y de nervios. Volvimos a tomar el pasillo que habíamos seguido al entrar, pero en sentido inverso y llegando a la puerta de uno de los negociados que se hallaba a la mano izquierda según caminábamos y entreabriéndola levemente, dice: "Con su permiso mi Capitán". Desde el interior del despacho se oyó una potente voz que escuetamente decía "". Pasa el Brigada Blanco y yo tras él. Mi presentador, dirigiéndose al Capitán y como quien da una buena noticia, suelta la siguiente frase: "Mi Capitán, aquí le traigo a su nuevo mecanógrafo". En ese momento solo sentía un deseo: "Desintegrarme". Desaparecer del mundo. Sin mas palabras, allí quedaba yo a disposición de mi nuevo Capitán. En el mismo despacho pero un tanto retirado de la mesa del Capitán, había otro Brigada y cerca de éste, un Cabo 1º y cuatro o cinco Soldados, en distintas mesas.

El Capitán tenía un rostro sonrosado, pelo algo canoso, orejas algo mas grandes de lo normal, representaba tener alrededor de cincuenta y cinco años, estaba sentado en una mesa y a su derecha había una silla vacía y en una pequeña mesita, una máquina de escribir marca "Underwood". El Capitán al tiempo que me dirigía directamente su mirada, sacaba su petaca del cajón de la mesa y echaba sobre su mano un poco de tabaco. Esta vez dirigiéndose a mí de propia voz, me dice: "¿Tú fumas?", al contestarle afirmativamente me alargo su petaca y yo realice lo mismo que él había hecho, vertiendo sobre mi mano un poco de tabaco. El Capitán lía su cigarro y yo con mi tabaco en la mano. Me dice: ¿no tienes papel de fumar? Nueva negativa y me alarga el librito de papel de fumar, marca "bambú". Él enciende su cigarro, yo con el mío en la mano. Tercera pregunta. "¿Tampoco tienes lumbre?"; nueva repuesta, no mi Capitán, y me añade, "pues vienes tú como para irte de juerga". Mal empezaba la cosa. El calor reinante más mi estado nervioso me tenían bañado en sudor. Pero yo lo que deseaba de todo corazón era que llegara la hora del desenlace de aquella situación.



Al fin se iniciaba el proceso para el esclarecimiento de cuanto hubiera de suceder. Yo hasta entonces había permanecido de pie.

Comenzaba con estas frases del Capitán, al tiempo que me indicaba me sentara en la silla que estaba frente a la máquina de escribir: "Bueno vamos a comenzar a trabajar". ¡LLEGABA EL MOMENTO!. Estas determinaciones que de momento se vienen a la mente de una persona, se me vinieron a mí, y armándome de un valor que hasta ese momento no lo había tenido, y diciendo para mis adentros, que sea lo que Dios quiera, respondí con estas palabras. "MI CAPITÁN YO NO SOY MECANÓGRAFO, NI HE TOCADO UNA MAQUINA DE ESCRIBIR EN MI VIDA. HAGA USTED CONMIGO LO QUE CREA QUE MEREZCO". Su reacción a mi confesión fue la de entonces como es que te han mandado aquí como mecanógrafo. A grandes rasgos le explique cómo fue mi solicitud para ello. Aquel hombre mirándome fijamente, durante unos momentos que a mi me parecieron una eternidad, creo que se estaría preguntando, algo así: "¿qué hago yo ahora con este tío?". Por la forma de mirarme y la expresión de su rostro yo no era capaz de siquiera suponer cual pudiera ser el veredicto a tan semejante e inesperada respuesta dada por mí. Yo estaba petrificado. Ansiaba que su determinación fuera rápida, lo que fuera, pero que fuera ya. ¡ALELUYA!. Al fin salía de la boca del aquel Santo varón, la siguiente pregunta: "¿tú tienes interés en aprender a escribir a máquina?" Es lo que mas deseo en el mundo en estos momentos. A mano por lo menos sabes escribir. "Sí mi Capitán". Entonces no te preocupes, verás que pronto, si pones empeño en ello lo vas a conseguir. EN ESOS MOMENTOS ME HUBIERA ABALANZADO SOBRE AQUEL CAPITÁN Y LO HUBIERA COLMADO DE BESOS Y ABRAZOS. El gesto que tuvo conmigo en aquella ocasión aquel Capitán, que olvidándose de su deber como un Oficial del Ejército y que como menos hubiera procedido a despacharme para mi procedencia, pudo más su sentimiento humano y con ello dictaba una resolución que enaltecía los sentimientos que como hombre sin lugar a dudas lo adornaban.

Dado a que me he extendido más de la cuenta en esta narración para finalizar el triduo inicial, dentro de unos días continuaré narrando lo que a corto plazo supuso para mí y resultó de todo esto.

Así que hasta dentro de unas breves fechas.

viernes, 1 de agosto de 2008

El triduo de la preocupación (II)


Como hacía constar en mi entrada de ayer y por los motivos que exponía, la noche del 31 de Julio de 1946 al siguiente 1º de agosto, la pase totalmente en blanco. Cavilando acerca de la suerte que pudiera correr al día siguiente y cuyos resultados a estas cavilaciones, ninguno de ellos se me aparecía favorable, llegó el toque de diana antes del cual nadie podía levantarse. La primera idea que se me vino a mente cuando comenzó a sonar el toque de la corneta, fue el de que donde me encontraría en la diana del próximo día, 2 de agosto. Pese a que no soy de condición pesimista, sino todo lo contrario, lo mejor que pensaba acerca de la suerte que podía correr, era el de que después de que me hubieran lanzado alguna lindeza por mi osadía, fuera la de que volviera a mi Regimiento. Esta determinación la hubiera firmado desde el primer momento en que me dieron la noticia de mi destino.

Una vez aseado y tomar el desayuno, un cazo de agua un tanto teñida de color pardusco con el añadido de un pequeño mendrugo de pan reservado en la cena anterior, volví a la Batería donde tomando mi maleta comenzaba mi viaje hacia lo desconocido, en cuanto a los resultados que de ello se pudieran derivar.

Desde el acuartelamiento hasta la primera parada del tranvía denominada Guadaira y que distaba del cuartel algo más de un kilómetro, lo hice -como es natural- a patita. En Guadaira cogí dicho medio de transporte hasta la parada de La Pasarela. Descendí del vehículo y a medida que cruzaba el Prado de San Sebastián, donde entonces se ponían las casetas de la feria de Abril, mi cerebro al ritmo que lo hacían los latidos del corazón, no era capaz de coordinar las razones que habría de exponer cuando me pidieran explicaciones de porqué había solicitado un destino para el cual no me encontraba capacitado.

Por fin llego a la Plaza de España, por su parte posterior donde tenían su entrada la mayoría de los departamentos correspondientes a la Capitanía General de la II Región Militar. Me dirigí, previo a ser informado a mi petición, a la Compañía de destinos. Solicitada y concedida la venía, paso al despacho del Brigada que estaba a cargo de la oficina, el cual se hallaba escribiendo a máquina, circunstancia que para mí era el no va más de la capacitación. Con su mano derecha me hizo una indicación de que esperara un momento para ser atendido. Aquel momento hubiere deseado yo que fuera eterno, pero no, llegó enseguida. Me pregunta el motivo de mi presentación, contestándole que iba destinado a Capitanía como...... y me costó Dios y ayuda para decir "mecanógrafo". "¿A qué negociado u oficina vienes?" "Pues no lo sé, mi Brigada, no me lo han dicho en mi Regimiento". A la vista de mi contestación negativa, hizo varias llamadas a teléfonos interiores preguntando si esperaban la incorporación de un Soldado mecanógrafo, y al contestarles en sentido negativo, se queda mirándome fijamente y me dice: "Vete a tu Regimiento, que te digan por que Dependencia has sido solicitado y vuelves mañana".

Ante la determinación del Brigada, un profundo respiro de alivio salió de mi cuerpo que no parecía sino que se había prorrogado mi ejecución por veinticuatro horas.

Mi vuelta la hacía mas alegre que lo fue la ida. Llegué al Regimiento y sin reparar que eran los últimos recursos que me quedaban, me fui a la Cantina y me tomé una cerveza fresquita, con lo qué, si por una parte me refrescaron mi reseca garganta y mi sudoroso cuerpo, dejaron totalmente esquilmados mis ahorros que al día siguiente me iban a ser necesarios para pagar cuando menos el billete del tranvía. Pero en fin tenía bastantes horas por delante y a tratar de serenarme un tanto y procurar preparar mi defensa, para el juicio que al siguiente día seguramente se me iba a realizar.

Quizá, los familiares mas allegados, únicos de los que suelen entrar en mis bloges, estaréis deseando que termine de una vez de exponer el resultado final de esta extraña aventura, pero como cito en los títulos de ayer y de hoy, era un triduo y ese triduo termina mañana. Así como es mi filosofía: "Mañana será otro día y verá el tuerto los espárragos".

jueves, 31 de julio de 2008

El triduo de la preocupación (I)


En la noche de este día, de hace hoy SESENTA Y DOS AÑOS, me sucedió, como decía Cervantes, que me la pase de claro en claro y de turbio en turbio, o sea que no pegue ojo en toda la noche. ¿Cuál fue el motivo de semejante vigilia? Sencillamente el serme comunicada una grata noticia. Así dicho parecerá una incongruencia, pero desbrozada como me voy a proponer hacerlo a continuación, se verá que me asiste buena parte de razón. Vamos a ello.

El día 31 de julio de 1946, hallándome prestando el servicio militar en el Regimiento de Artillería número 14, de guarnición en Sevilla, una vez terminada la Lista de Retreta, la última que se pasa en el día, el Sargento de Semana lee la nota del tenor siguiente. "El Artillero Rafael Galán Rodríguez, se presentara mañana en las oficinas de Capitanía General de esta Plaza, donde ha sido destinado como mecanógrafo". Escuetamente éso. Después de romper filas, el escribiente de la Batería, llamado Marcelino y también de un pueblo de Córdoba, me dice: "Qué suerte tienes paisano, con lo bien que vive la gente de Capitanía". Efectivamente así era, pero ¿entonces el porqué de mi preocupación? No impacientarse y sigamos con ello.



Unos veinte día antes a esta fecha, después del mismo acto de Lista de retreta, se leyó una orden pidiendo personal voluntario para ordenanzas, escribientes y mecanógrafos para Capitanía General. Para ordenanzas se apuntaron unos cuantos; para escribientes dos o tres y para mecanógrafo no salía nadie. Sin poder explicar que me impulsó a ello, cuando nunca había sido, ni aún lo soy, una persona lanzada, dí un paso al frente y digo: "mi Sargento, apúnteme Vd. para mecanógrafo". Aún todavía os seguirá extrañando esta historia. Pues acabemos de una vez de desenmarañar este lío. Resulta que yo no había tocado siquiera en toda mi vida una máquina de escribir. Sin poder dar explicación a ello, ni hoy tras haber pasado mas de sesenta y dos años, me tiré a la piscina cuando estaba totalmente seca. Posiblemente para mis adentros yo pensaría que aquello no iba a tener mas trascendencia. Pero aquí me tenéis que me reclamaban para mecanógrafo nada menos que en las oficinas de Capitanía General.

El mundo se me vino encima. ¿Qué hago yo ahora? ¿Qué excusas pongo para no presentarme? ¿Con qué cara me presento en Capitanía, cuando no sabía siquiera como se metía el papel en la máquina? Para mí, lo mas cerca que veía era un mes arrestado en calabozo, además de la vergüenza que sufriría cuando tuviera que declarar mi desconocimiento total de la misión para la que se me reclamaba, y que yo mismo había peticionado?

Qué no hubiera dado yo porque aquella noche fuera eterna y nunca llegara a oírse el toque de diana del primero de Agosto. Como he citado al principio, ni un solo minuto acudió el sueño en mi ayuda y como siempre, mañana también llegó.

Pues como lo que sigue ya corresponde al primero de agosto, mañana que también se cumplen los mismos sesenta y dos años, seguiré con nueva entrada en el Blog. Hacer cábalas que pudo pasar.

Hasta mañana.

domingo, 27 de julio de 2008

Mi debut en la Guardia Civil

A las nueve horas del día 27 de julio de 1950, tomaba el autobús de la Empresa Portillo, ya existía esta empresa, para trasladarme hasta mi nuevo destino en el Cuerpo de la Guardia Civil, que como cité en mi entrada de ayer, lo fue al Puesto de Torrelasal, así se decía oficialmente, aunque en otras instancias, se escribe Torre de la Sal. Aproximadamente tres horas tardamos en recorrer el trayecto de algo mas de cien kilómetros que lo separaban de esta Capital. Por tanto serían las doce la mañana cuando, parando el autobús en medio de la carretera, el cobrador señalándome una pequeña y humilde vivienda, situada próxima a una de las muchas torres que iban apareciendo en la costa, me dijo que aquello era el Cuartel a que iba destinado.
Cuando me bajé del autobús, vestido de uniforme, portando la maleta en una mano y el abrigo o capote en la otra, con un calor sofocante, en los alrededores del cuartel que no distaba de la carretera mas de ciento cincuenta o doscientos metros, solo se apreciaban las imágenes de varios niños jugando en sus alrededores. y que a simple vista daba la sensación de estar viendo unas kabilas de las que me había contado mi padre existían por Melilla, cuando él hizo el servicio militar, ello debido a la escasez de vestimenta que los niños que jugaban lucían en sus menudos cuerpos.

Pese al aspecto de extrema humildad que presentaba el acuartelamiento, y posiblemente porque yo ya consideraba aquello como que a partir de entonces iba a ser mi casa, para mis sentimientos internos lo iba a considerar un palacio. Previa la presentación de rigor ante el Brigada Comandante de Puesto y la particular ante los compañeros y rendir las explicaciones propias a las preguntas que en tales casos suelen hacerse, un par de horas mas tarde estábamos almorzando.

Cuando el sol trasponía por occidente se procedió al correspondiente sorteo para el servicio. El que se practicaba en las costas se hacía mediante sorteo, a fin de que se evitara con ello el que dos guardias pudieran confabularse con los contrabandistas y realizar algún alijo, y así nunca sabías con quien te iba a tocar de servicio. Yo saqué de una pequeña bolsa donde se guardaban, el número 6, por tanto me toco la tercera posta. El número 5, lo sacó un Guardia que hacía un mes había salido del Colegio de Valdemoro, natural de Barcelona, huérfano del Cuerpo y llamado Luis Jiménez Sesmilo, y por tanto fue mi compañero de pareja, aunque yo fui de Jefe de la misma, por tener mas antigüedad que él. Las postas eran las divisiones que se hacían del trayecto de costa que teníamos que vigilar.

Ya en mis memorias expuse ampliamente lo que supuso este mi primer servicio. Quizá lo que mas queda en mi recuerdo de aquella noche, era la sensación de que por fin tenía en la vida un modo de trabajo seguro, circunstancia de la que durante desde mi adolescencia hasta entonces, tanto había deseado.

Lo que tanto comenzaba a soñar desde aquella misma noche, de lo que sería mi vida en el Cuerpo, jamás hubiera podido imaginar lo que finalmente se cumplió, y por supuesto que fuera todo lo beneficioso, cuando menos a mis sentimientos, como lo fue hasta mi jubilación.

Un regodeo de satisfacción me queda de aquellos recuerdos en aquella lejana noche de mi primer servicio en las playas de Torrelasal, o de Torre de la Sal.
Muchos años han pasado sobre mí y la verdad, el peso de los mismos se nota.

sábado, 26 de julio de 2008

Aquella Málaga



26 de julio de 1950. Tras tomar el tren correo en Córdoba a las once y media de la mañana, a las cinco y media de la tarde llegaba a Málaga, mi primer destino como Guardia Civil a la comandancia de esta provincia, que era la 137ª. Parecerá mentira, pero eso tardaba el tren de entonces en recorrer la distancia, que era la misma que hoy, entre Córdoba y Málaga. Por tanto hoy se cumplen 58 años que llegaba a esta Ciudad. Hacía un día tan caluroso como está resultando el actual. Llegaba al completo de mi uniforme militar; botonadura de la guerrera hasta el cuello; el uso de guantes era obligatorio en todo tiempo; los corchetes del cuello de la guerrera también abrochados; cinto de cuero, y la pistola en su funda, también de cuero, y colgada del hombro mediante otra correa.

Posiblemente porque no había sido de mi agrado el destino a Málaga, o tal vez porque en realidad así era Málaga entonces, la encontré una ciudad muy sucia y un tanto destartaladas sus calles, por lo menos en el itinerario que en unión de varios compañeros más, habíamos llevado desde dicha estación hasta el acuartelamiento de Natera, donde debíamos realizar nuestra presentación. Así que solo recorrimos las calles de la proximidad de la margen izquierda del río Guadalmedina, cuyo cauce estaba con verdaderos montones de basura. En este desplazamiento, cinco o seis compañeros más y yo, entregamos nuestros equipajes a un hombre que depositándolos en un pequeño carruaje y empujado por el mismo, lo llevó hasta nuestro destino. Nosotros lo acompañábamos a pie. Como podréis observar la comodidad en el transporte era perfecta.

Al verificar mi presentación ante el Brigada Comandante de Puesto, y como jefe de expedición que me habían nombrado, me llevé un pequeño rapapolvo, más por la idiosincrasia del mismo, que por apodo lo conocían como "El Cura del Penal". Después me comunicaron el Puesto al que iba destinado, llamado Torrelasal, en pleno descampado entre Estepona y Sabinillas y que según los informes que me dieron algunos de los compañeros que estaban destinados aquí, era de lo peor que había en toda la Comandancia. Después de todas estas peripecias, me día un paseo por la Capital y que llegué hasta el Puerto. Este paseo me causó mejor impresión que la primera que me llevé cuando llegué a la estación y después hasta el Cuartel.
Mañana continuaré con todas las incidencias hasta mi llegada a Torrelasal y lo que seguía en aquel día. Comparar aquella Málaga a la de hoy, resulta totalmente imposible.

Por hoy, ya vale.

viernes, 11 de julio de 2008

San Benito

Hoy 11 de julio, inicia sus fiestas la localidad cordobesa de Obejo, distante de mi pueblo unos quince kilómetros. Tal día como hoy, de hace SETENTA Y SIETE años, me llevó mi padre a la indicada localidad a fin de asistir a la procesión del Santo Patrón de Obejo, San Benito, y con ello cumplir una promesa hecha por mi madre el verano anterior, debido a que me salieron unos diviesos en una parte dolorosa e importante de mi entonces infantil cuerpo, y que como digo mi madre prometió que me llevarían al año siguiente a la ermita de San Benito en Obejo, si aquellos mal intencionados granos sanaban sin que dejaran consecuencias graves.

Apenas había amanecido, mi padre puso sus mejores galas a una burra que entonces había en mi casa. y con el fin de que no nos cogiera mucho el calor, partíamos camino adelante. Yo de mi atuendo personal, solo recuerdo que llevaba un sombrero de paja, ala redonda y circundando la parte en que entraba mi cabeza, una cinta de lana roja, con un madroño en cada uno de sus extremos e igual color de la cinta. Posiblemente no serían las diez de la mañana llegábamos a la Ermita donde se venera San Benito y situada a un kilómetro aproximadamente del pueblo. Quizá una hora después de nuestra llegada, salía la procesión y tenía un pequeño recorrido por las inmediaciones, en pleno campo y que era un importante encinar.

De este acto me quedan pocos recuerdos, solo que al final del mismo, un grupo de unos quince o veinte hombres, realizaban una danza, cogiendo cada uno el extremo de una espada, simulada pienso, que llevaba su compañero inmediato, y se ejercitaban en la combinación de varios movimientos, terminando por quedar todas las espadas cercando el cuello del director danzante y que por supuesto era el de mayor edad.

Asimismo, también me acuerdo que cuando terminó toda la ceremonia, que serían cerca de las dos de la tarde, hacía un calor sofocante. Finalizado el acto, mi padre tomando el cabestro del semoviente que había estado atado al tronco de una encina, cogíamos el camino de regreso, pero con el propósito de pararnos a almorzar de lo que era la hora ideal. No mas distante de un kilómetro del pueblo , por la carretera Obejo-El Vacar, que en principio había que tomar para dirigirnos a Villaharta, había un pilar por cuyo caño salía un agua tan clara, buena y fresquita, que mi padre vaciando una botija de la que llevábamos de mi pueblo, por estar bastante caliente, volvió a llenarla y que primero yo y después mi padre, bebimos un gran trago, cuyo consumo fue repuesto acto seguido. Igualmente, la burra calmó su sed en el pilón, de cuya necesidad se notaba iba al límite.

Unos ciento cincuenta metros hacia abajo y en dirección vertical desde el pilar, bajo la frondosa sombra de una encina comenzamos a dar cuenta de las viandas que mi madre nos había preparado, regadas de vez en cuando con el agua de nuestra botija. Mi padre había quitado el aparejo de la burra a fin de que se refrescara también y al propio tiempo comiera algo del rastrojo de cebada que era de lo que había estado sembrado aquel lugar, aunque ya se había recolectado casi dos meses antes.

Mi padre como buen andaluz y trabajador del campo, con algunas piezas del aparejo se preparó un pequeño lecho y se echó a dormir la siesta. Para mí había hecho lo mismo, pero mi mente estaba en otros proyectos.
Tan pronto me dí cuenta que mi padre se había quedado dormido, tomé el pecho arriba y me fui al pilar, donde cuando llegamos me quedé alucinado de ver que en el pequeño estanque había no menos de veinte peces de colores, cosa que yo antes no había visto. Mi proyecto era el de pescar el mayor número de peces posible, que en principio trate de hacerlo con la mano y en vista de que no me daba resultado, comencé a utilizar el servicio de mi sombrero. Posiblemente llevaría cerca de una hora en mi infructuosa pesca, cuando despertándose mi padre y darse cuenta de que yo había desaparecido, se llevó un momentáneo y mayúsculo susto, pero enseguida me vio donde estaba y llamándome con una fuerte voz, me hizo llegar a donde él estaba y recibí por ello una pequeña regañiza.


Nunca hasta entonces había recibido yo semejante decepción de no haber podido pescar ni un solo de aquellos preciosos ejemplares de peces. Cuánto hubiese dado yo en aquel momento por haberme hecho siquiera con uno de aquellos animalitos que tranquilamente nadaban en su fresco y apacible estanque. Pero primero se me escurrían de la mano, y después se salían del sombrero y me quedaba con solo un poco de agua.

Pasados diez o doce años de este acontecimiento, fui en varias ocasiones a las fiestas de San Benito. En una de ellas, debía tener yo 16 ó 17 años, me hice una foto con dos paisanos míos que juntos habíamos ido; uno, Antonio Suárez Molero; otro Florentino Escribano Valero. El primero cinco años mayor que yo; el segundo de mi quinta. Aquél falleció hace mas de veinte años; éste no menos de cinco o seis. Yo aquí estoy para contarlo.

lunes, 30 de junio de 2008

Algo se muere en el alma...


La última entrada que hice en este mi Blog, fue para comentar el contacto telefónico que había tenido con mi gran amigo y residente en Córdoba, Rafael Serrano Valero, al que como dije, lo note bastante fastidiado en cuanto a su salud.

Tal contacto con mi amigo Serrano, lo fue el día 21 del corriente mes de junio. Esta noche, última del mes, al llamar a mi hermano Antonio a Villaharta, me ha dado la noticia de que el pasado Sábado día 28 fue enterrado mi citado y querido amigo. Exactamente una semana después de estar hablando con él, recibía sepultura. Como dicen dos estrofas de unas populares sevillanas: "Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va". Nada en tan pocas palabras, dictaminan una realidad tan evidente. Cuando un verdadero amigo, como Serrano lo era para mí, y, me consta que yo también lo era para él, un trozo de la propia vida de uno se marcha acompañándolo en su eterno viaje.

Tan pronto he tenido la noticia de su óbito, he llamado a su viuda para darle el pésame y no he podido remediar que unas, bastantes, lágrimas hayan acudido a mis ojos. Con la muerte de mi entrañable amigo Serrano, otra de las hojas que en ese árbol, del que hice referencia en una de mis ya pasadas entradas en este Blog, y que estaba bastante próxima a la que a mi me representa, deja ese vacío que a estas alturas de la vida, ya no llega esa primavera que pueda reemplazarla en el sitio que ocupaba.

Amigo Serrano, que Dios te conceda cuanto hayas merecido en tu paso por esta vida, que en cuanto a lo que fue nuestra amistad, no pudo ser mas leal y entrañable.

SERRANO, hasta siempre.

lunes, 23 de junio de 2008

La fuerza de la AMISTAD

Hace un mes aproximadamente llame a un gran amigo mío residente en Córdoba, con el que he tenido periódicos contactos y por su forma de hablar, y además me lo dijo expresamente, estaba bastante fastidiado de salud.

El pasado viernes día 20, volví a llamarlo y nadie cogía el teléfono en su casa. Sospechando que pudiera haberse agravado su estado, llamé a un hijo suyo residente aquí en Málaga e igualmente no respondían a la llamada. Ésto aumentó mi sospecha de su agravamiento y repetí la llamada el sábado día 21 por la noche. Esta vez recogía la llamada su esposa y a mis preguntas me dijo que su marido había estado unos cuantos días internado en el hospital Reina Sofía de Córdoba en estado bastante grave, donde por el momento le habían dado el alta, y que hacía unos momentos habían regresado. Su mujer me dijo que hacía bastantes días no coordinaba las palabras, pasaba de unos temas a otros y en parte había perdido un tanto la memoria. Ante mi pregunta si podía hablar con él, me respondió que le iba a dar el teléfono y una vez terminada mi conversación con él, que hiciera el favor de no colgar y le dijera que me había contestado y que tal consideraba sus respuestas a las preguntas que pudiera hacerle.

Escuché la voz de su mujer decirle, "toma es para tí, de tu amigo Rafael Galán". "Rafalíto, como él siempre me decía, como andas", yo estupendamente le contesté al tiempo que le preguntaba "y tú, como te encuentras". Yo estoy bastante fastidiado, me contestó y he estado unos pocos días internado. Esto ya son cosas de viejos, pues cuando estábamos en La Calera no nos pasaba nada de esto. Este amigo mío, también llamado Rafael, como no, y de apellidos Serrano Valero, éramos los seguros siempre en el trabajo en dicha finca; los tres años que yo trabajé en la molina, estuvimos siempre juntos y en el mismo relevo. En mis memorias cuento hasta el día en que él se marchó a la mili, que fue el día 28 de marzo de 1944, por tanto era dos años mayor que yó. Como he citado anteriormente fuimos, y lo seguimos siendo, unos entrañables amigos.

De toda la conversación que sostuvimos por teléfono de una duración de ocho o diez minutos, que yo traté de no prolongarla más para no molestarlo en exceso, fue testigo su propia mujer.

Cuando terminamos de hablar y que sin duda había sido a través de un aparato inalámbrico, su mujer tomo el mismo y saliendo de la habitación donde estaba su marido, me dijo que estaba totalmente extrañada de la forma en que había sostenido la conversación conmigo, cuando como me había dicho, desde hacía varios días pasaba de unos temas a otros y en muchas ocasiones decía verdaderas tonterías. Igualmente me añadió que tenía que tener mucho cuidado con él, porque de vez en cuando se tiraba de la cama y en general que se encontraba bastante grave. No quise preguntarle cuál era el motivo y aunque se que tenía un padecimiento de corazón, tal vez se hubiera complicado con alguna otra enfermedad.

Como he titulado esta entrada, la fuerza de nuestra amistad, la reacción de mi amigo Serrano, cuando le dijeron que la llamada era mía, la propia alegría que le produjo al saber que lo llamaba su amigo Rafalíto, le hicieron sin duda volver sus recuerdos a más de sesenta años atrás. Dentro de unos días volveré a llamarlo a ver como sigue.

Sin ninguna duda, los amigos forman una parte muy importante en el devenir de la vida de las personas que hemos tenido la suerte de contar con amistades como la que me une con mi amigo Rafael Serrano, que por ser rubio, era conocido y los es, en Villaharta, con el apelativo del "Cano Serrano". Amigo Serrano, que te mejores.

viernes, 20 de junio de 2008

Última foto del año

Fácil, ¿no?



Esta es la última foto que cuelgo en este blog (por este año), que ya empiezan las vacaciones:

lunes, 16 de junio de 2008

INCOMPARABLE RECUERDO



Como prometí en la entrada de ayer y con respecto al mismo tema, vuelvo hoy a las andadas.

Aún pecando un tanto de vanidoso y reconociendo que dentro de mis limitaciones poseo para mis descripciones un vocabulario relativamente aceptable, me considero un analfabeto para poder hallar palabras que pudieran expresar siquiera aproximadamente el hecho que voy a exponer a continuación.

Día 16 de junio de 1959. Podrían ser aproximadamente las 10'30 horas de aquella calurosa mañana, cuando en el tren expreso Madrid-Málaga, llegaba a esta última ciudad, vestido de uniforme y luciendo mis recién estrenados galones de Cabo de la Guardia Civil. Pese a que la cantidad de pasajeros con que llegaba el tren a Málaga no era muy grande, yo tal vez mientras tomaba mi pequeño equipaje, compuesto por una maleta y un bulto más, cuando descendí del convoy no quedaban muchos detrás de mí. Una vez sobre el andén con el corazón latiendo a fuerte ritmo debido a lo que me esperaba encontrar y al dirigir la vista hacia el pequeño bullicio que se dirigía hacia la salida, a una distancia aproximada de unos cincuenta metros, divise la escena, que como cito anteriormente, produjeron en mi estado de ánimo el mayor impacto emocional y beneficioso, que nunca hasta entonces y creo que después tampoco, me hayan sucedido.

A la distancia que indico antes, venía en primer lugar mi hijo Rafa que a la sazón contaba dos años y cuatro meses, corriendo hacia mí con la velocidad y fuerza que un niño de su edad podía realizar; mi otro hijo José Carlos, que según indiqué ayer en ese día había comenzado a caminar por sí solo, con ese torpe caminar de quién comienza y posiblemente estimulado por su madre para que al igual que su hermano vinieran en mi busca y tras ellos, la madre de ambos, mi mujer, que tal vez porque hacía dos meses que no la veía, al igual que a los niños, mostrando ella una amplia sonrisa y luciendo uno de los vestidos que solo ella tenía esa gracia y habilidad para confeccionarlos tal cual, y confieso que sin duda ha sido el momento en que mas guapa y atractiva, si cabe a como era, la encontré, cuando llegamos a reunirnos los cuatro, nos fundimos en un fuerte y prolongado abrazo, repartiéndonos besos a diestra y siniestra y así permanecimos durante un rato. Como creo así lo hice constar en mis memorias, por volver a vivir aquel momento en su estado natural como lo fue, daría sin duda el resto de los días de vida que me resten.

La profunda huella que dejan en el sentimiento de una persona, hechos como el que termino de relatar, son lo que no tienen precio, ni se olvidan jamás.