miércoles, 26 de octubre de 2016

Costumbres y oficios ya pasados

 Monumento a Colón, Barcelona

Como he citado ya muchas veces de que hay quien dice que soy "mu pensaor" y haciendo un revoltijo de la fecha del 12 de octubre, el descubrimiento de América y la ciudad italiana de Génova en que recientemente ha estado, quien dice de mi eso de pensaor, de donde  era natural Cristobal Colón, he sacado el motivo de la entrada de hoy en el blog.

Tomando al descubridor de América como punto de partida, y según yo estudie cuando estuve en la escuela, el mismo como he citado, era natural de Génova, e hijo de un "cardador de lana". Este oficio consistía, porque creo ya se hace de otra forma mas moderna, en quitar las impurezas de la lana  una vez eran trasquiladas las ovejas. Dichas impurezas consistían especialmente, en que como ese pelo de las ovejas, y carneros también, que para eso hay jóvenes y 'jóvenas', cuando están pastando en el campo, se le adhieren muchos trozos minúsculos de pastos, semillas y otros, así como también de dormir sobre los excrementos propios, suelen ensuciarse, y así cuando, como he citado se procede en la entrada del verano a la esquila de los mismos, los vellones que conforman el que se consigue de cada animal, tenían que ser limpiados de esas impurezas y posteriormente se procedía al lavado de los mismos, a fin de poder tejerse las correspondientes telas.

 Monumento a Colón, Barcelona

Una vez citado lo anterior, ahora diré que cuando yo era joven, en mi pueblo había la costumbre que para los casamientos, los muebles del dormitorio los aportaba el novio, y los enseres para la cama, entre los que como es natural era el colchón, lo ponía la novia. Aunque no totalmente generalizado, entonces en las cama se colocaban dos colchones, uno el de abajo, relleno de farfolla que eran una especie de envolturas de las mazorcas del maíz, y el colchón de arriba era de lana pura.

Para ello solían comprarse los vellones que se estimaban pertinentes para rellenar el colchón, y se hacía tal como los esquiladores los conseguían al trasquilar los animales. Primero había que quitar las impurezas, que era como suele decirse una tarea de chinos, por lo engorroso de quitar las pequeñas partículas adheridas al propio pelo que realmente eran infinidad.

Una prima mía, aunque tres o cuatro años más joven que yo, se casó unos cuantos antes y con tiempo suficiente antes de la boda, compró no se cuantos vellones serían, y como existía también la costumbre de que amigos y familiares de los novios, generalmente jóvenes, ayudaban a cardar la lana, pues en tal  caso, yo como de costumbre también estuve metido en aquel jaleo. Nos juntábamos por lo menos ocho o diez personas y estuvimos unas cuantas noches, durante tres o cuatro horas cada una, hasta terminar nuestra misión, y cuando se terminaban como citaba anteriormente se procedía a su lavado, que generalmente la extendían sobre mantas o sábanas que ya no se echaban en la cama, se procedía a su secado, que si no era en verano, tardaban dos o tres días en hacerlo y estar en condiciones de meterla dentro del colchón.

De aquellas reuniones se decía que salían nuevos noviazgos y yo estuve a punto de que se diera tal circunstancia, que lo fue con una amiga y vecina de la novia, y que precisamente tuve noticia hace unos meses de que había fallecido.

Aquellos colchones de lana, lo recuerdo porque los había en casa de mis padres, como el colchón no estuviera muy lleno, cuando te acostabas se hundía con el peso del cuerpo, aunque en aquellos entonces, yo no solía tener muchos kilos. Para hacer la cama recuerdo que mi madre se pasaba un rato ahuecando la que solía aplastarse bastante durante toda la noche.

Ni aquellos colchones existen ya, y como es natural el cardado de la lana, no se como se hace ahora, pero seguro no tiene nada que ver a como se hacía, cuando menos para llenar los  de los que se iban a casar. Tan poco aquellas circunstancias que aprovechábamos para estar unas horas junto a las jóvenes, que eran oportunidades que no se daban todos los días y que tan a gusto nos hallábamos, y el solo estar narrándolo ahora, casi me ruborizo de ver como lo celebrábamos, y que a como se reúnen o junta ahora la juventud hay seguro mas diferencia que pueda haber en el modo y manera del  cardado de la lana.

De aquellos tiempos procedo yo.

Hasta la próxima entrada.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Feliz recompensa


Actualidad Noticias VERGONZOSO IMPAGO DE NOMINA A CIENTOS DE GUARDIAS CIVILES DE TRAFICO


Hoy se ha cumplido una semana de la festividad del 12 de de octubre, festividad de la Santísima Virgen del Pilar Patrona de la Guardia Civil. Este año he tenido la suerte de ser invitado a la cena de gala que con tal motivo se celebró el viernes día siete, en la residencia Militar Castañón de Mena de esta ciudad, y a los actos propiamente dichos de la Patrona en el Acuartelamiento de los Ángeles, donde pasé los diez últimos años de mi servicio activo en el Cuerpo.

Mi familia más íntima, así como amistades y personas mas cercanas, sabéis lo que para mí la Guardia Civil, supuso, lo sigue suponiendo, y lo seguirá  mientras viva, mi algo mas de treinta y un años perteneciendo a la misma.

Reconociendo lo insignificante que pueda ser, de los escasos valores que pudiera estar dotado, jamás durante el tiempo de mi permanencia en el Cuerpo, escatimé la entrega total y absoluta de los mismos, y no es que ello supusiera sacrificio alguno, sino que al hacerlo  con el cariño que tan dentro de mí llevaba, que al igual que sucede con las personas que amamos de verdad, lo que tal vez para otras cuestiones o personas que no lo fueran ni, en mi caso para otra que tampoco se tratara de la Guardia Civil, a lo mejor el paso de muchas horas, acaecidas en no pocas ocasiones, en la realización de cualquier servicio o misión encomendada, en vez de que pudiera considerarlo como un sacrificio, me resultaba tan gratificante, que podrá parecer una incongruencia, pero doy mi palabra de que hasta me resultaba placentero. Tanto agradecimiento sentía, y así lo sigo, de cuanto me aportaba mi pertenencia al Cuerpo, al punto de que llegaba hasta considerar, que yo no le daba todo cuanto debía.

Si como he dicho en muchas ocasiones, mi paso por este Instituto al que amo con todas las fuerzas que Dios pudo darme, y dándomelas sigue, me permitió en todos los órdenes, profesionales, particulares y sobre todo familiares, el caminar por ese sendero de dicha y felicidad durante todo el tiempo que permanecí en activo, cuyas consecuencias se han extendido hasta los mas de treinta y cinco años que llevo en situación de "retirado", palabra que siempre hemos utilizado los civiles cuando pasamos a la situación de jubilados.

Todo este largo preámbulo que he colocado, quizás innecesario, tiene por objeto el señalar, que en los dos actos que la pasada semana asistí con motivo de la celebración de la patrona, en la cena, tuvieron la deferencia de señalarme para que en compañía del Subdelegado del Gobierno, que asistía a la misma, cortara la tarta que como postre tenían preparada.

En los actos celebrados el día de la Patrona, me hicieron entrega de una placa de la "Hermandad de la Expiración", como la Guardia Civil lo dice cuando se refieren a la misma, en la que se me ofrecía con motivo de ser el Suboficial de mayor edad de los residentes en Málaga.

Todo ello, ha sido obra del Coronel Jefe de la Comandancia, al que por supuesto le dí las gracias en varios momentos de los actos, y a estas alturas de mi discurrir por la vida, ha sido el colofón de las recompensas que se me hayan podido ofrecer, y donde ahora si puedo decir alto, claro y con toda rotundidad que LA GUARDIA CIVIL, no solo me ha dado mucho mas de lo que yo pude entregarle a lo largo de mi permanencia en activo, si no que hasta lo considero superior a cuanto haya podido merecer y cuyo recuerdo lo llevaré grabado hasta el fin de mis días.

GUARDIA CIVIL, MUCHAS GRACIAS.

Hasta la próxima entrada.

jueves, 13 de octubre de 2016

Pero 44 años antes


Tal día como hoy, 13 de octubre, pero de 1972, hace por lo tanto cuarenta y cuatro años, aparecía en la pagina 26 del Diario Sur de esta ciudad de Málaga, entre otras noticias, la imposición el día anterior, con motivo de la festividad de la patrona de dicho Instituto, nuestra Señora la Virgen del Pilar, al Sargento de la Guardia Civil, con destino en el Servicio de información de la Comandancia Don Rafael Galán Rodríguez, por el General Gobernador Militar de la plaza y provincia de Málaga, de la Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, como premio a los servicios prestados por el referido Suboficial.

De dicho acto y motivo, se acompaña fotografía, así como copia de la carta que el Excmo. Sr. Teniente General Director General del Cuerpo, felicitaba al Sargento Galán.


Aquello era una recompensa a su cotidiano y meritorio trabajo. Lo de ayer una muestra de agradecimiento al sacrificio de aquellos que con escasos medios, pero con sobrada vocación y sin reparar en las muchas horas empleadas en su abnegado quehacer, escasamente remunerado, continuaban dejando al Cuerpo a que pertenecían, el lugar que meritoriamente, se había dado la catalogación de "BENEMÉRITO".

"Ganábamos 609 pesetas, el vehículo más rápido que teníamos era la bicicleta"

Rafael Galán, veterano de la Guardia Civil con 91 años, recuerda el quíntuple asesinato de unos pesqueros.




Ha cumplido 91 años y se aferra a la vida pero también a su joven pasado triunfal. Ese en el que metió entre rejas a los tres autores de un quíntuple asesinato de la dotación de un barco pesquero con base en Tánger en el que viajaban ocho personas. Rafael Galán, ayer homenajeado por erigirse en el subteniente de la Guardia Civil más veterano de la Comandancia de Málaga, se mueve con la misma agilidad con que maneja el cargador de su memoria, que ahora refleja en un blog. ¿La fórmula? Ser "buena persona", aunque, reconoce, "cuidarse está bien". 


Entre las fechas grabadas a fuego, rescata sin dubitar aquel 24 de diciembre del año 50 en que resultó herido de un disparo "que se le escapó a un compañero". Ingresó en el Cuerpo hacía solo nueve meses. "Estábamos en el puesto de playas, aislados completamente. Pasé la noche en la cama, el médico me hizo una cura. Había que taponarme el orificio de entrada y salida", explicó. Allí permaneció hasta el día siguiente, cuando llegó a Málaga en un coche de la compañía de Antonio Machín. 



De su trayectoria en el Servicio de Información del Instituto Armado, este cordobés, vecino de Málaga desde hace 66 años, recuerda también con orgullo el día en que descubrió a Eleuterio Sánchez, conocido como El Lute, el preso más famoso del Franquismo, que se había fugado de la cárcel del Puerto de Santa María y se refugió en Mangas Verdes. "Recuperé a los dos hijos que le había quitado a su madre verdadera y los llevé al aeropuerto", relató. 



Su pena, se lamenta, es haber perdido ya a compañeros con los que durante tantos años compartió reconocimientos y vivencias de una época en la que ganaban "609 pesetas al mes" y el vehículo más rapido que tenían "era la bicicleta". "Se van quedando en el camino amigos y familiares. Solía ir a comer con ellos", expresó Rafael, que con la voz quebrada recomienda a las nuevas generaciones "mantener el honor", que una vez que se pierde "no se recobra jamás". 

(...)

Historias de héroes anónimos

La Guardia Civil reconoce los méritos de sus agentes durante los actos de celebración del día de su patrona. Rafael Galán y Francisco Martín le ponen nombre propio a las vivencias y al trabajo que cada día realizan los agentes del Instituto Armado.


Una escuadra de guardias civiles avanzaba solemne hacia su patrona, la Virgen del Pilar. Iba a depositar una ofrenda floral en honor de los agentes que ya nunca volverán a estar junto a sus compañeros. Rafael Galán los observaba mientras su memoria le invitaba a un fugaz viaje por el pasado. Sus puños se cerraban y la emoción le embriagaba, así comenzaba la travesía. 

Rafael es el agente, ya retirado, más veterano que hay en la provincia de Málaga. Ayer acudió a los actos que la Guardia Civil organizaba con motivo de su patrona en la Comandancia de la capital. Mientras la lluvia caía sobre los tricornios de los agentes de la escuadra, sus recuerdos le arrastraban 66 años atrás, cuando ingresó en el Instituto Armado.

Pocos meses después, un tiro en la rodilla le dio la bienvenida al cuerpo. A sus 91 años, no ha perdido un ápice de fortaleza, con una memoria envidiable que le recordaba momentos de su vida en los que perseguía por Málaga a Eleuterio Sánchez El Lute o en los que llegó a esclarecer un quíntuple homicidio de unos pescadores en alta mar.

El cuerpo ha cambiado mucho desde entonces, cuando «la bicicleta era el vehículo más rápido» del que disponía. Pero es cierto que hay cosas que no lo hacen. Sus ojos se enrojecían. Se emocionaba al pensar en el «honor», «lo más importante que hay», algo que «la Guardia Civil mantiene» y «que ningún hombre debería perder».

Pensaba en sus antiguos compañeros, esos que «ya por desgracia» nunca podrán regresar a las comidas que hacían después de retirarse. Rafael los echa de menos, al igual que Francisco Martín a su padre, de quien se acordaba mientras podía escucharse el sonido del impacto contra el asfalto mojado de las botas de los agentes que desfilaban para llevar la ofrenda floral a los pies de su patrona.


El padre de este guardia civil también pertenecía al cuerpo. Francisco le recordaba al volante de los coches oficiales de la Casa Real. Tiene esa imagen grabada en la cabeza. Entonces era un crío, pero ya sabía que acabaría vistiendo el uniforme del Instituto Armado. Siempre ha sido su «pasión», «vocación por ayudar a los demás pase lo que pase».

Lo hace cada vez que sale a la calle con Ogro, Kuanton y Kim. Él y estos tres perros son «un equipo con una conexión especial», que trabaja en la Unidad Canina desde hace años para detectar drogas, armas o dinero.

Ayer los dos fueron reconocidos por los años de servicio que han prestado. Rafael agarraba entre sus manos una placa que le agradecía toda su entrega durante años, mientras que del uniforme de Francisco colgaba la medalla al Mérito de la Guardia Civil con distintivo blanco.

Las suyas son unas leves pinceladas de la infinidad de historias que hay detrás de cada uno de esos héroes anónimos que cada día se enfundan el uniforme para salir de casa con el objetivo de prestar servicio a la sociedad.

El fuerte estruendo de una salva rescataba a Rafael y Francisco de sus pensamientos. La escuadra de guardias civiles ya había depositado la ofrenda floral a los pies de su patrona. Las detonaciones de los rifles recordaban a los compañeros fallecidos, mientras una voz les consolaba: «No quisieron andar otro camino, no supieron vivir de otra manera».



lunes, 10 de octubre de 2016

Sesenta y cinco años han pasado


Hoy se cumplen sesenta y cinco años de mi primer cambio de destino en la Guardia Civil. El día 10 de octubre de 1951, salía del Puesto de Torrelasal, donde fui destinado al salir de la academia de Úbeda para incorporarme al de Aduana de esta ciudad de Màlaga, donde había causado alta, en las entonces llamadas "Altas y Bajas" del mes de octubre del citado año.

En estos instantes, que faltan cinco minutos para las nueve de la mañana, en que me pongo a realizar esta entrada, aquel ya tan lejano día, también sobre esta hora, quizá minutos mas o menos, en Sabinillas, barriada de Manilva, donde se hallaba con carácter permanente un control de la Guardia Civil para evitar en lo posible, el contrabando que procedente de Gibraltar se traficaba en aquel tiempo, en la caja de un camión sin carga alguna y que se dirigía hasta Málaga, acompañado de mi maleta,  tomaba el camino hacia mi nuevo destino.

No se me ha olvidado, y seguro nunca se me olvidará, cuando en dicho vehículo que me transportaba hasta esta bendita ciudad de Málaga, cuando circulaba frente al cuartel de Torrelasal, donde había permanecido quince meses, no pude evitar en que no pocas lágrimas asomaran a mis ojos, cuando veía quedar atrás aquel acuartelamiento, donde asi mismo quedaban aquellos primeros compañeros con los que había compartido mis primeras experiencias en los servicios que durarían treinta años más.


Podrá parecer una simpleza, pero al mismo tiempo que ese efecto me producía cuando veía que, me dejaba atrás aquel humilde edificio que me había cobijado el tiempo indicado, no lo era menos, cuando unos centenares de metros de dicho cuartel hacía levante,  dentro del mar y cerca de la lengua del agua, me sucedía lo mismo con una pequeña roca la que se le llamaba "Piedra Paloma". Tan humilde peñasco, era el limite y el comienzo, del distrito a vigilar por dos de las tres parejas de Guardias que todas las noches prestábamos el servicio nocturno. Estos servicios eran señalados de levante a poniente, y en la papeleta de la primera pareja se hacía constar que el distrito a vigilar era desde el Cortijo Buenas Noches, hasta Piedra Paloma; la segunda pareja, lo era desde Piedra Paloma, hasta el Arroyo Camarate y la tercera y última del Puesto de Torrelasal, desde el Arroyo de Camarate, hasta el río Manilva que era el límite de la demarcación del puesto.

No sé desde cuando venía señalándose aquel peñasco como fin y principio de un distrito a vigilar, ni hasta cuando lo sería después, pero el mismo todos los días del año, Piedra Paloma figuraba escrito en aquellas dos papeletas que dos jefes de pareja de la Guardia Civil llevaban en sus carteras de servicio.

Hace aproximadamente un año, tuve la suerte de que me llevaran hasta Torrelasal, y donde en sus inmediaciones cuando yo estuve allí destinado solo había campo en el que las lagartijas y cigarrones corrían y saltaban a sus anchas, ha desaparecido por la construcción de viviendas, del cuartel no queda el menor rastro de haber existido, pero Piedra Paloma, permanece solitaria en su emplazamiento, donde sin duda ha perdido toda su importancia, por cuanto ya nada dice su presencia, y yo la comparo con aquella juventud de la que yo gozaba hace sesenta y cinco años y que por imperativo del paso del tiempo, también pasó a mejor vida.


Como creo he comentado muchas veces, el tiempo pasa inexorable, no solo cambiando la constitución y aspecto físico de las personas, si no también muchas veces, la fisonomía del terreno e incluso de los pueblos y ciudades. Cuántas interrogantes bullían dentro de mi cerebro en aquellos momentos, en que como citaba antes, mis ojos eran anegados en lágrimas cuando veía quedar atrás y para siempre, como así sucedió aquellos parajes y la de todos aquellos compañeros con los que compartí tantas horas de vigilia y conversaciones en tan larguísimas horas de los servicios nocturnos, que como se indicaba en las anteriores comentadas papeletas de servicio, se hacía constar lo era desde antes del anochecido hasta después del amanecido, que en invierno lo era por mas de quince horas seguidas, y sin un solo día de descanso, aunque alternado por el servicio de puertas o el de vigilante de día, cuando a uno le correspondía, y que tampoco lo era por menor número de horas.

Lo que si, nunca hubiera podido predecir, que pasados sesenta y cinco años, hoy ellos pasados sobre mí, estuviera relatando esta efemérides, con mis facultades físicas y mentales, tal las conservo,  y utilizando este medio y aparato para efectuarlo, de lo que no tengo por menos que dar gracias a Dios de que así sea.

Hasta la próxima entrada.

martes, 4 de octubre de 2016

Tributos por ir cumpliendo años



Hoy festividad de San Francisco de Asís, al felicitar a un antiguo y viejo compañero, con motivo de su onomástica, se me han venido al pensamiento los tributos que han de irse pagando, especialmente cuando se acumulan los años como a mi me viene sucediendo.

Este compañero en el momento en el que ha recibido mi llamada telefónica para felicitarlo esta mañana, se hallaba dando un paseo fuera de su domicilio, pero acompañado de una mujer que le han puesto sus hijos para que le ayude en tal menester.

Hoy también se cumplen 12 años, del fallecimiento de uno de mis buenos amigos y que también tenía por nombre Francisco, así que fallecía precisamente el día de su santo.

Hace algunos años, y con una diferencia de cuatro o cinco, fallecieron dos antiguos compañeros, con los que después de quedarme viudo, salía con ellos con relativa frecuencia para comer juntos y a la vez, como es preceptivo en los "mayores" , contar nuestras batallitas.

Fallecidos estos dos últimos citados, lo hacía también, con el que hoy he felicitado y que como quiera que hace un par de meses tuvo un desfallecimiento en plena calle cuando caminaba solo, ya solo le permite su estado físico el de dar algún paseo en las proximidades de su domicilio, pero como indicaba anteriormente, ayudado por esa mujer que se le ha asignado.

Ahora por tanto, carezco de antiguos y viejos compañeros o amigos, con los que de vez en cuando poder "celebrar", que eso era para nosotros cada vez que nos juntábamos para comer.

Estos relatos que termino de citar, me han señalado el tributo, que sobre todo con la pérdida de seres queridos, amigos, compañeros de profesión, y un largo etcétera, hay que pagar por esta larga supervivencia de la que yo llevo acumulada, y no es que la deteste, pero como indico, no sale totalmente gratis.

Ello me recuerda, el que la misma vida, es ese viaje que iniciamos desde el momento en que venimos a este mundo, utilizando ese medio de locomoción que es el tiempo, cuyos coches son los días, meses, años y décadas, que sin que uno nada pueda hacer por detenerlos, van atravesando estaciones, que son las vicisitudes de cada cual, y a cada uno se le va agotando el billete que le fue asignado, aunque sin que él, o ella, hiciera nada para señalar el recorrido que debiera hacer, y así en cada una de esas estaciones han de bajarse, y si cuando se inició el viaje, lo haces completamente rodeado de seres conocidos, amigos y familiares, solo te van quedando, aunque por fortuna, esos que tomaron el vehículo incluso bastantes años después de que uno lo hiciera, y ellos conforman ese báculo necesario para poder apoyarte en el largo caminar, y que sin él, llega ese momento de no poder continuar el viaje, hasta que el trayecto estipulado en tu boleto, totalmente desconocido para uno, termina agotándose, te ayudan a apearte del convoy, allí te quedas por eso que hemos dado en llamarle ETERNIDAD, mientras ellos continúan su viaje hasta que también les ha llegado la estación de su destino.

Puede que quien lea esta entrada, piense que se me ha caído el ánimo por los suelos, pero no, todo lo contrario, si no que cumplidas las normas que nos son inoculadas para cumplirlas con los que se van quedando en el camino, aunque lo esencial y principal, son las que deben llevarse a efecto mientras juntos vamos caminando, y aunque nunca, nunca, nunca, dejaran de permanecer en nuestro recuerdo, hemos de procurar continuar el trayecto que nos quede con la mayor de las dichas, que serán mayores, cuanto más procures y cooperes para  que lo sean tus acompañantes.

Hasta la próxima entrada, que pueda ser más alegre que ésta.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Cuando doblan las campanas.


Hoy, sin que haya venido a cuento de nada y como hay quien dice que soy "mu pensaor", me ha venido al recuerdo un hecho que como mínimo acaeció hace por lo menos ochenta y cinco años y fue lo siguiente.

Una noche estando cenando con mis padres, comenzaron a doblar las campanas de la iglesia, y mi madre santiguándose dijo lo siguiente, " Ya ha muerto, no recuerdo el nombre, ni si era hombre o mujer", pero sin duda era una persona del pueblo que estaba gravemente enferma y por tanto terminaba sus días.

En un pequeño pueblo como era, y lo sigue siendo el mio, se estaba al tanto de quién esta enfermo y casi hasta quien había cogido un constipado, así, y como creo recordar se sucedió tal hecho de que tanto de día como hasta bien entrada la noche, cuando alguien fallecía, procedían a doblar las campanas, todo el pueblo quedaba enterado del acontecimiento.

El traer a colación este hecho no es precisamente por el relatado, si no por lo que a partir de entonces, cada vez que yo oía doblar las campanas lo relacionaba con la muerte de alguien, y aunque no siempre lo era por eso, a lo largo de algunos  años, hasta aun siendo un adolescente, se me encogía el ánimo al punto de no poder evitar que me brotaran algunas lágrimas.

En mi pueblo, éramos tan humildes que ni siquiera había torre en la iglesia, si no una pequeña espadaña, a la que por cierto le llamábamos  "torre", y contaba con solo dos campanas, de cierta diferencia entre una y otra en la gravedad de su tañido, y aunque no sea tal lo hacían, voy a tratar de hacerlo como mejor se, poco mas o menos.

Una, la más grande:

Toooooommmmm.......Toooooommmmm..............

dejando pasar unos segundos, la mas pequeña sonaba así,

tiiiiiinnnnnn........... tiiiiiinnnnnn......., tiiiiiinnnnnn,.................

La primera sonaba dos veces y la otra tres,  igualmente dejando cierto espacio de tiempo entre el toque de una y otra campana, cuyo eco con el silencio del pueblo en aquellos tiempos, estaba resonando un rato.

No entonces, si no incluso ahora que ya no soy niño ni adolescente, aquellos sonidos de una y otra campana, producían en mi estado de ánimo, un  no se que,  no  pudiendo  señalar mejor lo tétrico de su tañer para decir que alguien había muerto.

Posiblemente para desquitarme en el sentimiento de cuanto me sucedía en el doblar de las campanas, cuando repicaban, se me alegraba el ánimo, todo ello, hasta que llegó la guerra civil española, que cuando después de que una avioneta sobrevolando el pueblo arrojó unas cuantas bombas, cada vez que un avión se acercaba, se anunciaba mediante el repique de las campanas, que era lo único que no había desaparecido de la iglesia, y que también podían haberlo hecho doblando las mismas, en vez de repicar, por que lo que anunciaban no era cuestión de celebraciones.

Desde que salí de mi pueblo hace setenta años, no he oído doblar campanas como lo hacían las de mi pueblo.

Extraña y rara cuestión lo tratado hoy en esta entrada, pero como el título de este blog es el de "Recuerdos", y éste no es uno de los menores, ya que creo que han sido miles de veces a lo largo de mi ya larga existencia que me he acordado de esa primera vez que hicieron mella en mi ánimo el doblar de las campanas de mi pueblo.

Hasta la próxima que podrá ser mas alegre, pero creo que mas original, no.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Adios a las armas y con paradoja

Fortaleza de Sagres, Algarve, Portugal

17 de septiembre de 1948. Después de dos años. cinco meses y once días causaba baja en el Ejército con "permiso indefinido" que al final resultó ser definitivo. Yo había salido de mi casa para incorporarme el día 6 de abril de 1946. Hoy por tanto se cumplen "SESENTA Y OCHO AÑOS" de aquel día. Perdonadme, si como suele sucedernos a los cargados de primaveras, no podemos resistirnos al dicho ese de "y parece que fue ayer"...


En mis tiempos, para los hombres se consideraba una de las etapas de mayor trascendencia el cumplimiento del forzoso servicio militar. Así cualquier circunstancia sucedida en la vida de un hombre, se hacía comparación de haber sucedido antes o después de la mili. Todos los que  hacíamos el servicio militar, después a lo largo de la vida, raro era el día que no se sacaba a relucir cualquier evento o sucedido durante el tiempo que se permaneció en activo.



Mi curriculum cuando yo me incorporé al ejército, y que me faltaban veintiún días para cumplir esos mismos veintiún años, era de nueve trabajando en el campo entre porquero, pastor y jornalero agrícola, y dos años como minero, con la categoría de vagonero en una mina de carbón.



Como todos cuantos hayáis leído algo mío sabéis que yo podía no haber realizado el servicio militar dado a que había una disposición que los trabajadores en esa y otras clases de minas, le constaría como realizado dicho servicio si permanecían en el trabajo. el tiempo que los de su reemplazo estuvieran realizándolo en sus unidades militares.



El trabajo de minero, hasta entonces, comparándolo con todos los que había practicado en el campo, no es que fuera el que menos me gustaba, si no que casi lo detestaba y solo me mantenía en el mismo por la imperiosa necesidad de tener que ganar un jornal con que aportarlo al hogar que tan precisado estaba de ello. Pero como lo he citado muchas veces, aun siendo todavía un niño, una de mis principales preocupaciones era lo que sería de mayor con lo que me ganaría la vida, y en mi pueblo, Villaharta, no tenía otra opción que lo que había venido realizando, el campo o la mina. Ante esta perspectiva, cuando me llegó la hora, al igual que lo hicieron algunos otros compañeros, opté por dejar el trabajo en la mina, e incorporarme al Ejército, donde no se porqué, tenía la esperanza de alcanzar lo que con tanto interés deseaba.



Riotinto, Huelva

Como todos cuantos me hayáis leído algo, y si no lo repito aquí ahora, por un impulso de lo que pasados más de setenta años todavía no se porque lo hice, sin haber tocado siquiera una máquina de escribir, solicité como voluntario para irme de mecanógrafo nada menos que a Capitanía General, de Sevilla, donde los solicitaban. Como quiera que se realizó el milagro de que, al negociado que me destinaron, en vez de estar mandado por un Capitán, que también lo era, pero resultó ser además un Santo, así con mayúscula. Sin darle mas vueltas, al mes poco más o menos de mi presentación ya comenzaba a despachar correspondencia con la máquina de escribir.


A las oficinas de Capitanía pasé destinado cuando llevaba en el Regimiento de Artillería 14 de guarnición en dicha ciudad de Sevilla, tras haber estado mas de un mes hospitalizado en el militar de la Macarena. En dicho Regimiento, hacía unos días me había dado de alta para asistir a la Academia de Ascenso a Cabo, ello con miras a conseguir los ascensos necesarios para haber continuado en el Ejército cuando me llegara la hora del licenciamiento, todo con arreglo a los proyectos que yo me había formado.



El plan de vida que conseguí cuando llegué a las oficinas de Capitanía tan distinto a los que había dejado atrás desde que vine al mundo, que mas que recrearme en ello, como diría Cervantes me refocilaba en aquella vida tan placentera, y porqué no, también en el estatus de sentirme un mecanógrafo, con perdón, algo mejor que aceptable, a lo que me acostumbré sin que mis sentimientos opusieran obstáculo alguno, hasta que cuando quise darme cuenta llegaba aquel 17 de septiembre de 1948, y como ni siquiera había solicitado el llamado "reenganche", en aquella fecha causaba baja en aquellas oficinas donde me dí hasta entonces la mejor vida que ni siquiera  hubiere podido soñar.



Unos meses antes traté de cursar solicitud para ingreso en la Guardia Civil, pero circunstancias ajenas a mi voluntad no me lo permitieron.



La alegría causada en los soldados el día en que les daban por terminado el servicio militar y por ello la marcha a sus casas, era inenarrable, pero se daba la paradoja, de que cuando tomamos el tren militar, en el que todos los vagones iban repletos de soldados, ya la mayoría vestidos de paisano, tomando toda clase de bebidas alcohólicas, portando algunos carteles con escrituras haciendo alusión a la dejada atrás de la la mili, y en las que no faltaban el nombre de algún superior, del que no se llevaban buenos recuerdos, y algunos, menos,  en su contra. Yo llevando colgado al cuello una especie de escapulario que me había hecho un compañero de oficina, en el cual había colocado la siguiente inscripción: "ADIÓS SERVA LA BARI Y LAS MUCHACHAS DE LA CIUDAD JARDIN". La última frase haciendo alusión a una novia que tuve en la citada barriada de Sevilla. No fui capaz de aceptar ninguna de las invitaciones de las muchas que se me ofrecieron en el tren durante el trayecto desde Sevilla a Córdoba, ni mi estado de ánimo lo iba como para acompañarles en aquellas interminables canciones, la mayoría un tanto obscenas o subidas de tono. Como decía, en mí, se daba la paradoja de que llevaba interiormente la alegría de llegar a mi pueblo, ver y estar con mi familia y con los amigos, pero por contra, casi me atormentaba en mis interiores la desazón del fracaso sufrido por cuanto que a pocos días vista, me esperaba nuevamente la vuelta del trabajo en la mina como así resultó ser. Nunca hasta entonces me había sentido tan insignificante y falto de actitudes para no haberme dado por resuelto el motivo y causa que me llevaron a dejar el trabajo en la mina y optar por hacer el servicio militar.



Hoy en la soledad de mi domicilio, cuando estoy relatando este pasado acontecer, incluso ha habido momentos en que aquel torbellino de pensamientos que veloces pasaban por mi cerebro, hasta han llegado a sentirme un tanto culpable todavía de lo que no supe ni fui capaz de  solventar. Todo aquel día con su correspondiente noche, ni siquiera fui capaz de conciliar el sueño por el descalabro moral del que solo yo era el culpable.



No quiero hacerme mas pesado con este relato del que ya me he extendido más de la cuenta, pero no puedo dejar de citar, que aún todavía fue peor el día de, no una más de una semana después, que otra vez volví al trabajo en la mina. Ello merecía una entrada solo para medio poder exponer lo desastroso que moral y físicamente me resultó.



Pero no quiero dejar mi estado de ánimo en el punto que cuanto hasta ahora he relatado, y hago constar que tres años después, en diciembre de 1951, aquellos conocimientos de mecanógrafo que conseguí en la mili, cuando ya Guardia Civil y destinado aquí en Málaga, me dieron la oportunidad de obtener un destino que me supusieron la felicidad y dicha durante los algo más de treinta y un años que permanecí en el cuerpo, y sin duda otras circunstancias que con tal motivo se dieron, que me llevaron entonces, y continuándolo sigo, a sentirme totalmente realizado y al premio de cuanto concedido me ha sido, no solo para mí, si no para todo mi núcleo familiar mas íntimo, que ni a soñar que me hubiera echado, pudiere haber sido tan extenso y bienaventurado como lo fue, ha sido y como apunto anteriormente, siguiéndolo sigue.



Pido perdón por todo el tostón que pueda ser para quien tenga la osadía de leer esta entrada, pero tan metido he estado en ello y raíces tan profundas me dejaron aquellos momentos, que no he sido capaz de no sacarlos a la luz, y que aun pasados sesenta y ocho años intactos permanecen en lo más profundo de mis sentires.



Hasta la próxima, que procuraré ser más breve.

jueves, 8 de septiembre de 2016

El principio del fín


Aquel 8 de Septiembre de 1996, comenzaba el principio del fin de su paso por esta vida.

El principio del fin... del día
De izquierda a derecha, El Hierro, La Gomera y La Palma

Tal día como hoy pero del año citado en el párrafo anterior, los cinco matrimonios que generalmente solíamos salir juntos y de lo que en varias ocasiones lo he referido, celebrando la festividad del día, en Málaga la de su patrona la Virgen de la Victoria, asistimos a la celebración de la Santa Misa en la Catedral, estuvimos comiendo en el restaurante de pescaítos "Mario Eva", y luego nos vinimos aquí a mi casa, dedicándonos a lo que teníamos por norma, jugar al bingo, a las cartas, a cenar y pasar la velada lo mas divertida posible, lo que siempre lo conseguimos.

Mi mujer, que desde hacía tres años venía arrastrando las consecuencias  de una dolencia en su salud, y desde varios días antes lo había estado acusando, aquél, como por encanto se sentía sin dolencia alguna y pletórica de ánimo y alegría.  Aquella demostración llegaba a transmitírmela a mi, al punto de que hasta llegaba a hacerme la idea de que sus males habían terminado.

Aunque su carácter siempre fue alegre y desenfadado en las reuniones de amigos, aquel día, tarde y noche lo fue si cabe en su grado máximo.

Pasadas estaban las diez de la noche, cuando nuestros amigos se retiraban cada matrimonio para sus domicilios, cuya despedida lo fue como siempre amistosamente y su cita hasta el próximo fin de semana, como de costumbre a repetir aquellas reuniones.

Creo que aún no habían dado las doce de la noche, y toda aquella ilusión en que yo me había estado regodeando al ver su estado de ánimo, como si hubiere sido destruida por un rayo se hizo añicos. Comenzó con lo que venía siendo su martirio, los vómitos, y estuvimos toda la noche, ella que seguro no llegaría a dormir ni dos horas, y yo, como suele decirse, ni a pegar ojo.

Ni un solo día a partir de entonces tuvo lo que se podría decir uno medio tranquila, cuestión que repercutía en mí, que era su cuidador. Volvieron a comenzar sus ingresos y salidas del hospital Parque San Antonio, aunque sin que ya nunca llegara a estar sin dolencia alguna y así hasta su fatal desenlace el día 3 de febrero del siguiente año.

Todos lo comportamientos bienhechores hacía la persona amada, en este caso la propia esposa, deben hacerse  en vida como suele decirse y así es lo cierto, de lo que como mínimo tengo tranquilidad de conciencia, pero en estas efemérides de lo que acaecieron a lo largo de esa vida en común, no se puede dejar de traerlas al recuerdo, aunque sobre la propia persona, ni un solo día pasa sin que se haga, y ello puede considerarse como un homenaje al la felicidad que con su comportamiento aportaron al matrimonio durante el tiempo que transcurrió, en este caso, como la tan conocida recomendación del sacerdote que intervino en el acto del sacramento, "hasta que la muerte os separe". Miles de felices vivencias de sus hijos y nietos se perdió con su marcha, pero seguro, como se merecía, gozándolas estará, desde donde Dios ordenaría su acomodo. D.E.P.

Hasta la próxima.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Caso raro



Durante los algo mas de treinta y un años de servicio en la Guardia Civil, también por la razón de haber estado destinado muchos años en el Servicio de Información de la  Comandancia de Málaga, tendría muchas anécdotas que contar de los hechos acaecidos a lo largo de todo ese tiempo, pero esto que voy a citar, aunque somos muchos, o para decir verdad, fuimos muchos los que pasamos por ello, aunque ya no seamos tantos los que quedamos para contarlo, y es un caso que se dio solo en el personal de la Guardia Civil que pertenecíamos a la 2ª Zona cuyo Puesto de mando por un General de Brigada entonces, estaba ubicado en la Torre Sur de la Plaza de España de Sevilla.

Creo recordar lo fue allá por los años 1960-61 al General que a la sazón ostentaba el mando de dicha Zona, debió encendérsele la luz del entendimiento y dió la orden, extensiva a su zona que comprendía toda Andalucía y creo también Extremadura, para que todo el personal perteneciente a la Clases de Tropa del Cuerpo, que lo componían, Guardias, Cabos y Cabos primeros, para que procedieran a quitarse los bolsillos laterales de las guerreras de sus uniformes.

Yo que entonces ostentaba el empleo de Cabo 1º me vi inmerso en dicha orden. Se daba la circunstancia que los uniformes que llevaban algún tiempo confeccionados y como quiera que dichos bolsillos eran bastante grandes, al quitarlos se dejaba un contraste del color del tejido, al no haberle dado nunca el sol a la parte que estaba cubierta, y aunque en rarísimas ocasiones se utilizaban para meter algo en ellos, de lo que solo recuerdo de un Capitán, que no se lo que podría llevar, pero casi siempre los llevaba repletos y tan abultados, que no se como algún superior no le llamara atención por el efecto que ello producía. Pero como digo, aquellos parches que indicaban de donde habían sido retirados los bolsillos  resultaba de lo mas improcedente en un uniforme militar.

Aquel General, no recuerdo hiciera nada notable o de importancia durante su mandato de la Zona, pero siempre quedó entre todo el personal que componía la misma, incluso a los Suboficiales, Oficiales y Jefes que no le afectó dicha orden, con el merecido sobrenombre del "General de los bolsillos" .

En la fotografía que figura en la cabecera de esta entrada, que me la hice cuando prestaba servicio en el Aeropuerto, y la guerrera y el pantalón que llevaba en aquella ocasión y siempre para el servicio en dicho aeropuerto, puede observarse la falta de los tan repetidos bolsillos, aunque en mi no se notaba el contraste de color, dado a que yo pasé al Aeropuerto procedente del Servicio de Información y en el mismo vestíamos siempre de paisano,  era poco lo que había utilizado aquel uniforme.

Yo no se si en el Reglamento de Uniformidad del Cuerpo constaba que por las clases de tropa no se utilizaran los bolsillos laterales de las guerreras, pero tan pronto el General de los bolsillos cesó en el mando de la Zona, y no recuerdo se diera orden para volverlos a colocar, todos a los que nos los quitaron, procedimos a su colocación y hasta ahora, no creo se haya repetido tal circunstancia.

Lamento tener que contar esta anécdota de un General de la Guardia Civil, pero como es cierto, la verdad debe brillar por encima de todo.

Muchos de los componentes actuales de dicho Instituto estoy seguro les causaría sorpresa si tuvieran conocimiento de cuanto dejo expuesto.

Hasta la próxima entrada.