sábado, 11 de julio de 2015

Festividad de San Benito



Hoy celebra la Iglesia la festividad de San Benito, patrón de Europa. También hoy lo celebra el pueblo de Obejo de la provincia de Córdoba, distante del mío unos quince o veinte kilómetros. Aunque hace hoy siete años hice una entrada en este blog sobre el mismo tema, y dado que el hecho a que me refería entonces, y hoy también, es el mismo, es sin duda uno de los mas lejanos  que mas nítidamente guardo en el recuerdo, y también aunque mi editor enseguida se de cuenta de que esto sucedió hace esos siete años, no voy a privarme de ser reiterativo, dado a que ello me produce una gran satisfacción moverme por los mismos pasos.

Resulta que en el verano de 1930, como años antes sucedía, y en los tres o cuatro siguientes también en otras partes, me salieron unos diviesos en una parte delicada de mi infantil cuerpo, por lo que en vista de ello, mi madre echó la promesa de que si aquellos malditos granos sanaban sin dejar consecuencias, al año siguiente me llevarían a Obejo, para estar presente en la procesión del Santo, que se celebraba, y aun se sigue celebrando, en esta fecha, en la ermita donde se venera, sita en unos encinares no mas distante  de un kilómetro de la localidad.

Como quiera que los diviesos sanaron como eran los deseos de mi madre, y también claro de mi padre, y por lo dolorosos que resultaban, también yo, había que cumplir lo prometido.

Cuando aún no había amanecido aquella esplendida mañana del año de 1931, utilizando una burra que había en la casa, siendo aparejada y colocándole la enjalma que para las grandes festividades tenía, acompañando a mi padre salíamos de mi pueblo para cumplir la manda hecha por mi madre. Cuando podrían ser las diez de la mañana y llegábamos a la inmediación de la ermita de San Benito, las chicharras con sus chirriantes cantos anunciaban el calor que ya se hacía sentir. Amarrada el semoviente al tronco de una de los centenares de encinas que había por el entorno, recuerdo que acompañando a mi padre entramos en la ermita y sentados en un banco estuvimos rezando unos minutos. Una hora mas tarde aproximadamente se iniciaba la procesión por los alrededores de la ermita. Terminada la cual y aún con el Santo todavía fuera, en una pequeña explanada un grupo de danzantes portando unas espadas, creo que de madera, y cogidos cada uno a la espada de su compañero, realizaban el danzar alrededor del que podía ser uno que deberían  ajusticiar, y hasta que finalmente quedaba rodeado por el cuello de todas las espadas de los demás.

Todo el hábito que vestía el Santo en la procesión, iba casi cubierto de pequeños billetes de diversos valores de pesetas, y de muchas figuras de partes del cuerpo humano, tales como piernas, manos y otras, que sin duda debieran ser según la promesa hecha, si bien mi padre no recuerdo colocara nada, sin duda porque  la manda hecha, lo sería solo asistir a la procesión.

Mi padre llevaba colocado el traje de novio que utilizó más de siete años antes en su boda y era cuanto solía colocarse en las grandes solemnidades. Yo recuerdo solo que llevaba como vestimenta una camisa blanca de manga corta, un pantalón corto, zapatos y  colocado un sombrero de paja, de ala redonda, y rodeado por una cinta de lana de color rojo y en los dos extremos de la cinta, un madroño del mismo género.

Terminados todos los actos de la misa y la procesión, serían cerca de las dos de la tarde y hacía un calor sofocante. A lomos de la burra salíamos hacia un punto donde almorzar, como en mi pueblo se le llamaba a la comida del medio día, y cuando llevábamos recorridos unos dos kilómetros y en un pilar que existía en la orilla de la carretera de donde salía un gran chorro de un agua riquísima y fresquita, mi padre estuvo llenando la botija que una vez vaciada de la que contenía por lo caliente que estaba, mi padre y yo bebiendo  tanta como necesidad de ello teníamos, y en el pequeño estanque donde caía la del caño, la burra hacía otro tanto. En aquel estanque nadaban diligentes no menos de treinta o cuarenta peces de colores que despertaron en mí un grandísimo deseo de haber cogido alguno de ellos. A unos ciento cincuenta o doscientos metros perpendicularmente hacía abajo del pilar y la carretera existía en un rastrojo de cebada una enorme encina en la que mi padre decidió daríamos buena cuenta de las viandas que mi madre nos había preparado. El animal fue despojado del aparejo y amarrada en una encina próxima a la que nosotros habíamos elegido comenzó también ella a comer de cuanto había a su alrededor.

Terminada la comida, mi padre utilizando los elementos del aparejo, preparó dos camas en las que esperaba echáramos una buena siesta, pero cuando yo me dí por convencido de que mi padre estaba dormido, me dirigí hasta el estanque del pilar, donde me dispuse a pescar alguno de aquellos preciosos pececillos lo que me hubiere hecho el más feliz de los mortales.  Al principio intenté cogerlos a mano, pero no había forma de coger alguno y en vista de la imposibilidad de conseguirlo, intenté hacerlo con el sombrero, pero aunque alguno solía estar cerca de ser pescado, al ser elevado el sombrero a la superficie, el pez escapaba sobre el agua que rebosaba. Pero aunque todos mis intentos resultaban baldíos yo no cesaba en el empeño y así no se que tiempo llevaría, cuando despertando mi padre de su ligera siesta llevándose gran sobresalto al contemplar que yo no estaba echado en la cama ni en su alrededor, pero enseguida al dirigir su mirada por los alrededores me vio de que yo estaba sobre las paredes que formaban el estanque y dándome una ligera voz me ordenó fuera inmediatamente donde el se encontraba, echándome una ligera regañina, pero lo que me dolía en el alma era la desilusión de no haber podido hacerme con alguno de aquellos peces de vistosos colores, que yo hasta entonces no los había visto siquiera.

No sé si por esa visita a San Benito en tan temprana edad, el caso es que siendo ya un adolescente y también después de joven, recuerdo haber ido a las fiestas de San Benito en varias ocasiones, una de las cuales fue en las del año de 1944, que lo hice en compañía de dos amigo míos, con los cuales me hice una fotografía delante de un cartel que tenía pintado un buque de guerra y que llevaba consigo el fotógrafo por la feria de todos los pueblos. 





El que aparece en la parte delantera de la fotografía, se llamaba Antonio Suárez Molero, era cinco años mayor que yo y hace mas de treinta que falleció; el de enmedio se llamaba Florentino Escribano Valero, era de mi quinta y también falleció hace unos quince años, y el de atrás, como no, soy yo y todavía andurreo por estos lares. Esta visita a las fiestas de San Benito en Obejo, como todas las demás que realicé, excepto la primera que me llevó mi padre, lo hacíamos andando, tanto la ida como el regreso, y así paso a paso salvábamos la distancia de unos quince kilómetros que separan aquel pueblo del mio.

La hospitalidad de los vecinos de Obejo, cuando menos en aquellos tiempos, era extraordinaria, al punto de que con unos vecinos del mismo que estuvimos tomando unas copas, y luego en el baile, a cada uno de nosotros tres, nos llevaron otros tantos a dormir a su propia casa, y recuerdo que en la que yo pernocté estaba frente por frente al Cuartel de la Guardia Civil. Tras darme un opíparo desayuno en la mañana siguiente, y despedirme de aquella familia que tan generosamente me acogió, mis dos amigos y paisanos tras reunirnos a la hora que la noche anterior acordamos, tomamos el camino de regreso a Villaharta. Así era el modo y manera de divertirnos en mi juventud, además de que por ejemplo los desplazamientos no había otra forma de realizarlo, si no lo era andando o con caballerías, porque ni siquiera éramos poseedores de una triste bicicleta, aunque la distancia a recorrer por carretera, era casi el doble de hacerla a pie, pero para asistir a unas fiesta donde además solía hacerse noche, lo mas acertado era hacerlo a patita. Pero como en esa del año de 1944, que mi amigo que figura en el centro de la foto y yo, contábamos diecinueve años de edad, y en los pies mas que zapatos, parece que teníamos alas, si querias pasar un rato de diversión, aquello era lo que te costaba.

Ni un solo año se pasa que llegando esta fecha no me acuerde de las fiesta de San Benito en Obejo, y como he dicho antes, el recuerdo mas entrañable es la de la primera vez, cuando tenía seis años. Ochenta y cuatro se cumplen hoy.

Hasta la próxima entrada.

sábado, 4 de julio de 2015

Galbana


Con el soporífero día que hace hoy en Málaga, y como quiera que la tengo, se me ha venido a la memoria la palabra "GALBANA", y me he dado cuenta  que hacía años no la había escuchado, y es que casi se ha olvidado o cuando menos no  suele utilizarse como se hacía antaño.

El diccionario de la RAE, la define como "pereza o no tener gana de hacer nada.

Allá en mis tiempos, como solemos decir los "mayores", era frecuente oírla, principalmente porque se cogía esa galbana cuando el calor hacía casi imposible el poder tener la menor diligencia para el trabajo en el campo y reiniciarlo una vez terminado el tiempo del pequeño descanso al que solíamos llamar "echar un cigarro". Y es que las faenas del campo, en los años en que yo las practicaba, todo lo que en invierno, si el frío no era muy riguroso, te invitaba a ello para entrar en calor, que realmente se conseguía al poco de comenzar, en estos días de calor que el nublado lo hacía, y lo hace, húmedo y pegajoso, suponía un inmenso sacrificio el lanzarte a ello, y hasta mentalmente se maldecía al "manijero", cuando daba la voz por ejemplo, vamos a echar otro revezo, que era como lo denominábamos al tiempo que se trabajaba entre descanso y descanso, y de lo que no estoy seguro sea correcta la palabra o esté aceptada en el DRAE.

Por pura reminiscencia, la última palabra del primer párrafo de esta entrada, he colocado la  de "antaño", como generalmente era utilizada por los viejos de cuando yo no lo era, cuando se refería a tiempo pasado y lo mismo solían usar la de "hogaño", cuando lo era del tiempo actual.

Ya entonces, a mí, y creo también a los jóvenes como yo, nos chirriaban esas palabras de antaño, hogaño, y también como los más mayores de aquellos lejanos tiempos, solían utilizar la palabra  "reales", al referirse a cantidades de dinero, incluso siendo bastante importantes, como por ejemplo para decir diez mil pesetas, la suprimían por "cuarenta mil reales", lo que a nosotros se nos obligaba a que mentalmente los cuarenta mil reales lo dividiéramos entre  cuatro, que aunque algunos jóvenes de hoy no lo sepan, cada peseta constaba de cuatro reales, y que incluso había monedas de a real y de dos reales, y esto hasta hace pocos años.

Lo que si hasta me da casi vergüenza, es cuando digo que yo he utilizado en algunas comprar, como las de caramelos, las monedas de uno y de dos céntimos, a las que se les llamaba "céntimo chico" y "céntimo gordo", respectivamente, y por ellas nos daban uno o dos caramelos de café con leche. También  las monedas de cinco  y de diez céntimos, eran las "perra chica "  y la "perra gorda".

Por cuanto a todo lo expuesto, no será de extrañar, que los hombres, entre ellos mi padre, utilizaban los calzoncillos blancos, que le llegaban hasta los tobillos, donde se los anudaban, con dos  cintas que tenían en cada una de la parte baja de las perneras. Los niños no utilizábamos pantalones largos hasta tener los catorce, quince o dieciséis años, y  se pasaba vergüenza la primera vez que salias a la calle utilizándolos, y cuando las piernas las tenías ya cubiertas de vello. También las mujeres usaban el refajo, la enagua  el corpiño, y las faldas, no dos o tres dedos más arriba de los tobillos. Como venido de aquellos lejanos tiempos, hasta me extraño de haberme ido adaptando a cada uno de los modos y formas que se han ido poniendo al uso a través de los años, de tantas y tantas cosas, de lo que como suele decirse, si nuestros antepasados levantaran la cabeza, volverían a morir de la sorpresa que habrían de llevarse, por los cambios habidos en todos los órdenes.

Seguro no faltara de quién lea esta entrada, que diga este tío la verdad que es lo que se llama un "vejestorio" y no les falta razón, aunque gracias a Dios lo llevo bastante bien.

Hasta la próxima entrada.

martes, 23 de junio de 2015

Lo que va de ayer al hoy

Santa Cruz de Tenerife
Ayer y Hoy

Cuando a estas alturas de mi ya larga vida, le doy vueltas al magín y pasan por mi mente del modo y forma del como se desarrollaba el vivir cotidiano, cuando menos en los hogares de mi pueblo, y seguro estoy lo era semejante en la inmensa mayoría de España en aquellos años, del que voy a poner como mera  exposición tal lo era en el mio propio, o sea el formado por mis padres y toda su prole, hasta mentira me parece de que tal sucediera como voy a contarlo.

Comenzaré por señalar, lo que hoy resulta hasta ridículo, y es que los hijos tratábamos de usted no solo a nuestros padres, si no también a los abuelos, a los tíos, y en fin a toda persona adulta, ya fuere de la propia familia o ajenas a la misma. Incluso entre los y las jóvenes que no se conocieran, no se permitía el tuteo, si no lo era una vez se llevaba cierto rato charlando entre ambos y a petición de uno de los dos, se proponía el tutearse, se aceptaba de inmediato y se comenzaba a practicarlo. En mi casa, se daba la circunstancia, de que de los cinco hermanos, los cuatro mayores, todos varones, así era nuestro proceder, pero la última de los hermanos, no se si por ser hembra o por haber nacido en los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil, ella ya los tuteaba, y así lo hizo a lo largo de toda la vida, al igual que nosotros continuamos tal nos enseñaron desde pequeños. 

Otra de las costumbres imperantes en aquel tiempo, es que las mujeres no podían ni siquiera entrar en los bares. Con respecto a esto, recuerdo en una ocasión que estando yo en la puerta del que llamábamos "casino", sin duda por ser el de mayores dimensiones y estar en mejor edificio que el resto de los demás bares del pueblo a los que se les llamaba tabernas, y mi padre se hallaba en el interior del mismo en compañía de dos o tres amigos, donde creo no solía entrar más de cuatro o cinco veces al cabo del año,  observé como mi madre desde una distancia de unos cincuenta metros me hizo indicaciones de que me acercara a ella, y lo era para decirme que entrara en el casino y le dijera a mi padre que hiciera el favor de salir que tenía necesidad de hablar con él para una cosa urgente, y que había pasado por allí dos o tres veces y no había podido encontrar a nadie que le pasara la noticia de que saliera. No es que no podían entrar en los bares, si no que como le sucedió a mi madre, ni siquiera se atrevían a asomarse a la puerta del establecimiento, con lo que ella hubiera solucionado el problema.

Tampoco los hijos, estaba bien visto que se tomaran una copa de vino o una cerveza en compañía de su padre y si uno estaba en el interior de un bar y llegaba el mismo, con mucho disimulo se salía dejando allí a sus amigos, pero era una cuestión que se veía totalmente normal, dado a que se consideraba una falta de respeto el alterne de padres e hijos en tales establecimientos.

Asimismo, los hijos no fumábamos delante de los padres, y por lo que a mi particularmente respecta, señalo que en el viaje de novios que estuvimos en en mi pueblo, cuando me faltaban unos quince días para cumplir los 31 años, me dijo mi padre que podía fumar delante de él, y entonces fue el primer cigarro que me fumé en su presencia. Mi padre fue un fumador empedernido y si en alguna ocasión le faltaba el tabaco, se ponía de un humor insoportable, y  muchas noches cuando después de cenar yo salía a charlar un rato con los amigos, como tenía por costumbre y él no tenía tabaco, una vez yo salía de la casa me llegaba corriendo uno de mis hermanos diciéndome le dejara unos cuantos cigarros para mi padre que se había quedado sin tabaco. A tal punto se llegaba en la propia relación entre padres e hijos.

Incluso los hombres cuando fallecía un familiar allegado, estaba mal visto que poco tiempo después entrara en los bares, que era una de las normas que había que seguir con los lutos, pero las mujeres durante el cumplimiento de esos lutos, solo podían salir a la calle para realizar cualquier mandado, ir a por agua, o a misa, pero siempre cubierta la cabeza con un pañuelo negro al igual que el resto de su vestimenta. Las puertas de la inmensa mayoría de las casas del pueblo estaban siempre abiertas durante el día, menos en las que se tenía luto que mientras había que cumplirlo estaban cerradas a cal y canto. Durante las Navidades en que los jóvenes salíamos pidiendo el aguinaldo, cuando se llegaba a las casas se preguntaba "¿Se canta o se reza?", y si tenían luto, se contestaba "Se reza" y en vez de cantar unos villancicos, se rezaban unos cuantos padrenuestrtos, salves y credos. Los jóvenes y las jóvenes, se pasaban uno o mas años, sin poder ir al baile, según el grado de parentesco del que había fallecido, por el cual se guardaba luto.

Los novios no podían ni siquiera cogerse de la mano en público, y a lo máximo que se llegaba una vez formalizado el noviazgo, era por ejemplo en los paseos, "ir sueltos de pareja", como se le llamaba a ir solo los dos uno junto al otro, sin mas nadie a su lado pero eso sí, sin tocarse siquiera. En el principio de los noviazgos, se comenzaba por hablar con la novia en la puerta o a través de la ventana de una de las habitaciones que la misma diera a la calle, ello hasta que pasado el tiempo se le pedía permiso al padre de la novia, como se consideraba era el cabeza de familia y autorizaba el poder hablar con ella dentro de la casa. Yo tuve necesidad de hacerlo en dos ocasiones, aunque las dos, lo fue hablando con la madre, dado a que el padre se hallaba ausente ambas veces, por razones de trabajo, siéndome concedida licencia para ello hasta que "volviera su marido". Luego hube de volver a pedirlo lo que ya concedido tenía. Así eran las cosas.

Si en aquellos entonces me hubieren dicho que no hoy, si no hace ya algunos años, las cosas lo iban a ser tal lo son de todo cuanto de contado llevo, hubiere tratado de desquiciado mental quien, estoy seguro ninguna mente de entonces por mas privilegiada que fuera, se hubiere aproximado siquiera a prever que así lo iban a ser.

Quizá yo haya tenido la facultad, aunque en alguna ocasión mejor que otra, de adaptarme a como se han ido modificando esas formas y modos de entender y hacer la vida, y como suele decirse, "si mis antepasados levantaran cabeza", creo volverían a morir al pensar que este no era el mundo que ellos dejaron. Ello sin hacer mención a otros descubrimientos, tales la forma de trabajar, comunicaciones, nivel de vida, etcétera, etcétera. Yo, considero un privilegio haber llegado a vivir tal lo hago, de lo que ni los mas privilegiados de aquellos lejanísimo años podían conseguirlo.

Despertando del sueño, que es lo que me da la sensación traer al recuerdo aquel pasado, doy por terminada esta entrada y palpándome la cara y la cabeza, me confirmo que soy yo y aquí estoy realmente cuando llevamos pasado por casi medio año del décimo quinto del siglo XXI.

Hasta la próxima.

lunes, 15 de junio de 2015

Mis primeros galones


Y parece que fue ayer. Hace cincuenta y seis años que ascendí a Cabo de la Guardia Civil. Humilde empleo podrá parecer, pero cuando aquel 15 de junio de 1959, formaba en el patio de la Dirección General del Cuerpo, en que lucía en las mangas de mi guerrera aquellos galones "coloraos", como los llamábamos en el Cuerpo, dos sentimientos se me venían al pensamiento principalmente. Uno, el deseo por llegar a Málaga y ver a mi mujer y mis hijos, que no los veía desde las vacaciones de Semana Santa, y darle a ella también la misma alegría que yo sentía al obtener aquel tan deseado empleo, y digo a ella, porque mis hijos, contaban dos y un año de edad respectivamente; y el otro, la pena de que mi padre no pudiera verme con aquellos galones, de lo que seguro estoy le hubiere hecho tanta ilusión, o quizás más  que a mí, por haber fallecido al poco de iniciar el curso para obtener dicho ascenso. 

Humilde empleo decía al principio podrá parecer, pero si aquello me lo hubieren dicho cuando me pasaba meses enteros trabajando en aquel olivar de La Calera, sin mas distracción que el propio trabajo, la charla y las bromas con los compañeros de fatiga, sin ir por el pueblo nada mas que con motivo de cortarnos el pelo o por la llegada de alguna festividad grande en la que se celebrara baile, o también, cuando trabajando en aquellas galerías de una mina, que como he dicho en muchas ocasiones, más bien parecían "gazaperas", que por lo rudimentario y escasez de medios había que trabajar, me hubiera parecido que ello solo pudiera suceder en los sueños.

Ello sucedía cuando llevaba ya nueve años en el Cuerpo, pero los cinco que estuve en las oficinas del Tercio, lo que me suponía darme una gran vida como suele decirse, y la completa seguridad de que el haber ascendido estando allí, con toda seguridad hubiera tenido que ser destinado a otro punto, seguro al mando de algún Puesto, donde además del trabajo propio del mismo, era la esclavitud que en aquellas fechas suponía tal cometido, fue la principal causa de que a los tres años de servicio en Puesto, teniendo en cuenta que los trabajos burocráticos como eran los de oficinas no contaban, que era la circunstancia que se exigía para poder optar a las oposiciones, no me hubiere decidido hacerlo.

Con aquel ascenso tuve la gran suerte de venir destinado a Málaga, Comandancia que había solicitado, con el añadido de que también me quedé en situación de  agregado, en el Servicio de Información de esta Comandancia,  destino que tenía cuando me presenté a las oposiciones.

Por otra parte, y a partir de primeros de agosto siguiente al ascenso, se me concedió el sueldo de Sargento ya que en aquellas fechas, existía una disposición de que a los Cabos con doce años o mas de servicio, contando el tiempo servido en el Ejército, se les concedería tal beneficio, lo que, aunque dicho aumento no era para ponerse rico, pero tal decía Séneca, "para nuestras ambiciones, lo mucho es poco, pero para nuestras necesidades, lo poco es mucho", tal sucedió en mi caso, dado que por aquellas fechas los emolumentos que percibíamos, eran para tratarlos con el mayor mimo, si queríamos llegar con algún fondo cuando llegaba la hora de cobrar el siguiente mes.

Hoy transcurrido mas de medio siglo, cuando a estas horas, nueve y media de la mañana, que ya estábamos formados en el patio, donde sobre las diez se nos hizo entrega de nuestros Despachos, en el que se nos concedía el ascenso a "CABO DE LA GUARDIA CIVIL",  pese a como al principio señalaba de lo humilde de tal empleo, al traerlo hoy al recuerdo, no he podido remediar que unas lágrimas se hayan asomado a mis ojos, por la alegría que ello supuso, además de a mí, a todo mi entorno familiar, principalmente a mi mujer y a mi madre, de los que casi todos han desaparecido de este mundo.

Una de las cuestiones que recuerdo y que me hace cierta gracia al traerlo a la memoria, es que cuando estaba en la oficina del Servicio de Información y recibía una llamada telefónica, parecía darme cierto "corte" de comenzar diciendo "aquí el Cabo Galán", pues ello se me antojaba era una petulancia. Así era yo, pero confieso, y vuelvo a repetirme otra vez, tan humilde empleo, me llenó de satisfacción personal y en su consecuencia, también con  mucha suerte, no tardaron en llegarme destinos de cierta importancia dentro de los asignados a los de mi empleo. Además, como nunca me cansaré de decirlo,  ya el mero hecho de pertenecer a la Guardia Civil, supuso una de las grandes ilusiones de mi vida.

Esta nostalgia que tan a menudo acude a los sentimientos de los "mayores", nos lleva a volver a revivir aquellos acontecimientos, con el regusto que todo cuanto nos aconteció durante esa etapa de la vida, así como la infancia, la adolescencia y la juventud, tan profundos rescoldos deja en los sentimientos del ser humano. Pese a llevar más de 34 años "retirado" todavía, interiormente me considero que soy Guardia Civil.

Hasta la próxima entrada.

jueves, 4 de junio de 2015

Faenas y palabras que pasan al olvido.

Papas en Las Carboneras
San Cristóbal de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife


Dos semanas justas llevo sin asomarme al blog, tras una indecisión sin saber a que atenerme con respecto de continuar como hasta ahora, o realizar una última entrada para despedirme de todos cuanto me habeis brindado el honor de leerme. Por una parte, considero que ya poca enjundía contienen cada una de mis entradas, y por otra el recordar como hasta ahora he hecho con la mayoría de ellas, relatando cuanto ha sido mi devenir que creo ha sido bastante extenso y variopinto, y ello me produce ese "no se qué" que tanto nos gusta a los pasados en años. Finalmente he optado por esto último, y pido perdón si resultan un tanto manidas mis entradas venideras, pero como digo y a lo mejor pecando de cierto egoismo, continuo por satisfacerme a mí mismo. Terminadas estas disquisiciones, vamos a lo que en el asunto figura.
    
Por las fechas en que nos hallamos y retrotrayéndome a mis años de adolescencia y primera juventud, se me han venido al recuerdo ciertas faenas agrícolas y su nombre por el que eran conocidas, que me parece imposible de lo mucho que solían practicarse y nombrarse entonces,  en las cuales estuve interviniendo, creo recordar que cuatro años,  y que ahora cuando las nombre, a los que tengáis la osadía de leerlas os parecerán y sonaran a "chino"...
     
BARCINAR. Era transportar la mies desde el punto donde se habían segado hasta la era, para cuyo transporte se utilizaban unas llamadas "angarillas", que consistían en un armazón con dos bolsas grandes que colocadas caían una a cada costado de las caballerías y como quiera que la mercancía era de poco peso y mucho volumen, era el motivo de que dichas bolsas lo fueran bastante grandes y el transporte se hiciera en el menor número de viajes, dado a que en ocasiones la era solía estar a veces a más de un kilómetro de distancia. Si el terreno lo permitía, a veces y si existía el carro, se verifica la barcina con dicho vehículo que por supuesto se abreviaba la faena.

PARVA. Se decía de la mies extendida sobre la era para trillarla.

TRILAR. Una vez extendida la mies sobre la era se procedía a la trilla, que en unas ocasiones lo era con el conocido "trillo" que estaba provisto de unas ruedas de acero dentadas, y en su parte superior una tarima de madera donde con el fin de que se hiciera mas peso sobre el mismo, se subía el trillador y fuera cortando las cañas del cereal y desgranando las espigas, cuyo elemento era generalmente tirado por una yunta de mulas. Si se carecía del citado trillo, se verificaba la faena con caballerías, de las cuales las mejores para dicho fin eran los caballos y yeguas, porque tienen el casco de mucho mayor tamaño que el de los mulos, y con ello pisaban una superficie superior. En ocasiones y si los había de diferentes clases, se hacía con caballos y mulos, colocando siempre los primeros lo mas retirado del trabajador que llevaba la reata y colocadas unas al costado de las otras. Lo que era desesperante era trillar con burros, que por tener los cascos mucho mas pequeños que los de los mulos, y sobre todo de los caballos, se hacían interminables las horas para tener la parva trillada y proceder a aventarla.

Durante la trilla, el hombre que lo hacía, solía cantar una especie de "nanas" a fin de animar un tanto a los animales, y recuerdo que una de ellas, y con relación a lo citado anteriormente sobre la trilla con burros, era del tenor siguiente:

El que trilla con burros
caga la parva,
y al cabo de la noche,
la paja larga.

O sea, que la mies estaba casi como cuando se había comenzado a trillar.

AVENTAR. Consistía, primero con las llamadas horcas, que eran unos palos generalmente con tres o cuatro dientes, separados unos de otros varios centímetros, lanzar al aire la mies una vez trillada para que el viento fuera separando el grano de la paja, al ser el primero de menor volumen y mayor peso que la segunda. Una vez que la mayoría de la paja se había separado y el grano, por su pequeño volumen no podía aventarse con las horcas, se utilizaban unas llamadas palas que era una herramienta de madera, con un mango y al final una superficie de unos 30x20 centímetros, con la que se terminaba la total separación  del grano. Las eras había que situarlas en alturas, principalmente en los llamados collados, donde llegaban todos los vientos de las direcciones cualquiera que soplara, aunque había ocasiones que nos pasábamos la mayoría de las horas del día esperando que llegara una pequeña ráfaga para lanzarnos rápidamente aprovechando la misma.

GRANZAS. Se denominaban así a las espigas que durante la trilla no se les había desprendido el grano de las mismas.


Ninguna de las faenas que se han citado se realizan en la actualidad, además de que tampoco la siega, que en aquellos tiempos, se hacía a mano por los hombres, raras veces también por mujeres, por lo menos en mi pueblo, utilizando las hoces como herramienta, Hoy todo se realiza con máquinas, que al propio tiempo que hacen lo uno, van también realizando lo demás, al punto que van dejando tras de sí, el grano debidamente envasado y la paja empacada, solamente para que unos y otros sean recogidos y cargados a los respectivos vehículos y trasladados donde proceda.

Donde entonces para todo ello se precisaban un buen número de hombres durante muchos días, actualmente se realiza con una sola máquina y no mas de dos o tres hombres. Con ello se ha perdido el realizar muchos jornales, pero al mismo tiempo se ha conseguido desterrar el sacrificio que ello suponía en las diferentes faenas que se han indicado.

A mí me correspondió apechar con aquellos sacrificios y precisamente en una edad, cuando ni siquiera físicamente estaba constituido como adulto.

Ahora, doy por bien sufrido aquello, por la diferencia de la que hoy gozo en comparación con los que en aquellas fechas tenían mi edad actual, si no incluso, alguna decena de años menos.

Medio mes después, he vuelto a salir al aire. como suele decirse en las emisiones radiofónicas.

Hasta la próxima. que la recolección cerealística ya habrá que darla por terminada.

(No puedo dejar de citar, que tal día como hoy, pero de hace cincuenta y siete años, aprobaba el examen de convocatoria para Cabo de la Guardia Civil, celebrado en Madrid. Con motivo de aquel examen, veía por primera vez en mi vida, la televisión.)

miércoles, 20 de mayo de 2015

Mi indumentaria a través de los años

Esta mañana ordenando mi vestuario, al pasar la ropa de invierno a compartimento distinto y poner más a la mano la  de verano, se me ha venido a la memoria como ha sido mi indumentaria generalmente a lo largo de mi vida, y sobre todo la diferencia tanto en calidad como en cantidad de aquel lejanísimo ayer, al hoy de un ya nonagenario.

De lo primero que con respecto a mi vestimenta tengo constancia, creo podía tener cuatro o cinco  años de edad, que seguramente fue la primera vez que fui a Córdoba, si recuerdo iba mi madre, aunque no se si también lo fue mi padre, y me compraron un trajecito de pantalón corto por supuesto, y lo que si se, es lo que costó, circunstancia que mi madre me lo comentó muchas veces, y  que  fueron  17'50 pesetas. Aquel pequeño traje recuerdo fue utilizado después, al quedárseme chico a mí,  por mi hermano que en edad me seguía, pese a que era casi cuatro años menor que yo. De aquel traje solo tengo constancia en el recuerdo, y se que en la chaquetita tenía adosado un cuello blanco.

Ya de ahí, doy un salto importante en el tiempo, vistiendo lo que mi madre solía y podía preparanos, y en el que por supuesto atravesé la Guerra Civil Española, y paso a cuando tenía quince años, ya terminada la misma, en que una prima de mi padre, y por encargo de mi madre, me hizo una chaqueta que la verdad creo recordar me estaba un poco estrecha por la parte del pecho, aunque tenía buena solapa. Esta prenda no tuve nunca idea de lo que pudo costar y es la que luzco en la primera foto que espero mi editor coloque en el sitio que le corresponda, como él sabe hacerlo. Aquella chaqueta con un pantalón de color azul que me compraron, fueron las primeras galas que yo vestí en la salida de mi adolescencia y entrada en aquella, podíamos llamar incipiente y precoz juventud.


Tres años después, cuando estaba a punto de cumplir 18 años, y también acompañando a mi madre a Córdoba, recuerdo que en unos grandes almacenas de dicha ciudad, denominados "El Siglo XX", me compró un traje, que de eso si tengo seguro la cantidad que nos costó, que fueron 300 pesetas, y que precisamente era lo que yo ganaba en un mes, vareando aceituna, y después en diversas faenas del olivar, que lo hice durante algo mas de cinco meses en la campaña 1941-42. Además del traje, me compré una camisa de crespón y una corbata, la primera que utilicé en mi vida, En un viaje posterior que realicé a Córdoba, que por supuesto llevaba como tal viaje merecía ese indicado traje, y como no, me hice una fotografía aprovechando el mismo, dado que en mi pueblo no había posibilidad de hacerlo. Este traje, de una mediana calidad, es al que mayor rendimiento le he sacado en mi vida, dado a que me duró precisamente diez años, siendo por tanto el que vestía en toda festividad, especialmente en los bailes, que era el único divertimento que en mi pueblo había. En aquellas fechas, salvo escasas excepciones, cuando llegaba un día de fiesta, la inmensa mayoría de los jóvenes, y hasta, las 'jóvenas', como alguien dijo no hace muchos años, se sabía el traje o vestido que llevaría, salvo en las fiestas del pueblo en el mes de mayo que era donde solía estrenarse alguna prenda, pero no siempre el traje o vestido principal, sino una secundaria.


Ya estando en Málaga de Guardia Civil, con veintisiete años, si no cumplidos, próximo a cumplirlos, me hice el primer traje a medida en una sastrería que lo era también de uniformes militares, y que por cierto, también fue la tercera cosa que pagaba a plazos, pues un año antes me compré un reloj marca  Dogma y una pluma estilogáfica "Parker 21", a una casa de Marbella que recuerdo se denominaba "Belón Lima", y que el traje comencé a pagarlo cuando ya había terminado los plazos del reloj y la pluma.

Este traje ya era de una calidad bastante buena, me caía bastante bien, ya que como digo me lo hice a medida, y también me doté de alguna que otra camisa, dos o tres corbatas, zapatos que guardaba relación con el resto de la vestimenta, y en fin, comencé a gozar de verdad del vestuario, de lo que pese a haberlo deseado tanto desde que comencé a mocear, mi pecunia no me lo habían permitido hasta entonces.

Ya a partir de este último indicado traje, que como indicaba me lo hice diez años después del anterior al mismo, y como quiera que poco después pasé a prestar mis servicios en la Guardia Civil, en el Servicio de Información de la Comandancia de Málaga, que lo hacíamos con ropa de paisano, fui proveyéndome con el paso del tiempo de algún que otro traje, chaquetas o americanas como se le llamaban a las mismas, de lo que no sé el porqué de ello, y así hasta la actualidad en que ya he entrado en el grupo de los nonagenarios, donde ojalá en aquellos años de mi juventud, hubiere tenido siquiera la décima parte de lo que hoy poseo, aunque dado a como siempre ha sido mi modo y forma de ser y sentir, tampoco me sobra esa indumentaria de que en mi ropero guardo, aunque hay algún que otro traje, no lo he vestido desde hace algunos años, entre ellos un esmoquin que me hice para la toma de despacho de alférez de mi hijo mayor, para asistir a la cena de gala que para ello se celebró en la Academia General Militar de Zaragoza, en la que se exigía a los hombres, el uniforme de gala si se vestía de militar o el esmoquin si lo era de paisano. Este esmoquin lo volví a utilizar en la entrega de despacho, también de alférez de mi segundo hijo, en la de despachos de Teniente de ambos, y años mas tarde, todas las Nocheviejas en las que con mi mujer y varios matrimonios amigos salíamos a celebrarla en diferentes hoteles de esta ciudad. Hace casi veinte años que no he vuelto a usarlo, y me temo que cuando Dios tenga a bien el citarme, ninguno de mis descendientes, hijos o nietos, primero que no les está bien por las diferencias en estatura con todos ellos, y segundo, que raro será el que les pueda ser oportuno utilizarlo, aparte de que seguro tampoco lo desearán.


Se me quedaba en el olvido, una chaqueta blanca y un pantalón azul que me compré estando en la mili de lo que me sentía bastante a gusto con ambas prendas, pero de lo que no guardo recuerdo gráfico alguno de ello.

Hasta la próxima entrada que espero no se haga de rogar tanto como la presente y deseo tenga algo más de enjundia que ésta.

jueves, 7 de mayo de 2015

Aquellos siete de mayo




Como quiera que gracias a Dios mis preocupaciones solo lo son el poder continuar viviendo tal disfrutándolo estoy, puedo entregar la mente, de vez en vez, al recuerdo de todo ese pasado del que como ahora, guardo inolvidables acontecimientos, y algunos de ellos sucedieron en esta fecha del 7 de mayo, pero de hace sesenta y cinco años para atrás. Y es que las fiestas de mi pueblo desde que tengo noción de mi existencia, hasta mil novecientos cincuenta en que ingresé en la Guardia Civil, se celebraban del 7 al 9 de mayo, ambas inclusive y que después, no puedo decir a partir de cuando, se trasladaron al mes de Julio.

Muchas veces a lo largo de muchos años me he preguntado cómo era posible que de unas fiestas en un pueblo tan pequeño, como era y es el mío,  con las estrecheces económicas de aquellos años cuarenta del pasado siglo, que para cualquier  foráneo hasta le resultaran ridículas,  calaran tan profundamente en mí. Y solo le hallo una explicación. Que si el nacer en una localidad tan pequeña encerraba, y aun lo sigue haciendo, infinidad de inconvenientes, creo que en su contra también el venir al mundo donde lo hice y donde permanecí, hasta estar próximo a cumplir los veinticinco años, salvo el tiempo pasado en el exilio  durante la Guerra Civil y los dos años y medio de mi servicio militar, a medida que desde que comienzas a tener conciencia de tus vivencias, todas esas calles, esos rincones, esas gentes, esos lugares donde jugabas con tus amigos, que por su proximidad forzosa de habitabilidad a la tuya tenias la sensación de vivir bajo el mismo techo, y hasta los extrarradios del pueblo, le resultaban a uno tan íntimos, que se sentían, y pasados mas de sesenta y cinco años de mi salida de allí, aunque haya ido de visita muchas veces, se mantienen esos mismos sentimientos, "UN NOSEQUÉ", que soy incapaz de hallar la palabra que pueda definir, aunque lo sea aproximadamente, lo que tan profundo al  alma llegaba, y tanto arraigo producía, que seguro estoy lo mantendré mientras viva.


Y es que en aquellos bailes de la caseta, que era lo único sobresaliente que había en las fiestas, y cuando en aquellos años en que yo pasaba de la adolescencia a una incipiente juventud, donde todo son ilusiones, donde por primera vez y, por cuanto a mi particularmente lo era, todo ruborizado trataba de declarar mis sentimientos de amor a una mujer, y que la necesidad de esos sentimientos podían superar la timidez de la que yo, puede decirse que padecía, van marcando en el discurrir de la vida uno de los principales capítulos en que con el paso del tiempo se va compartimentando el discurrir de toda ella.


Ya desde la noche del día 6, víspera de las fiestas en que hasta quienes residían en el campo a lo largo del año iban al pueblo para celebrar uno, dos o los tres días de las mismas, y hasta salían para entrevistarse con los mas amigos, daban un ambiente tan distinto al cotidiano del resto de los demás días del año, que hasta te resistías a marcharte a tu casa a dormir, y cuando ya de madrugada lo hacías, el propio deseo de que llegara el siguiente día te ocasionaba un estado de nervios que horas te costaba el poder conciliar el sueño.


Pero sin duda, el día 7 de mayo de 1944, primer día de las fiestas de aquel año, tomé una determinación, que, de no haberlo hecho, hubiere cambiado lo que después ha sido  mi propio caminar por la vida. Tal circunstancia consistió en que sobre las once y media de la mañana de aquel día, vistiendo mi ropa de las grandes solemnidades y estrenando zapatos, salía del pueblo caminando a pié que era la única forma de poderlo hacer, salvo a lomos de una caballería de la que yo no poseía, para ir a visitar a mi primera novia, que vivía a no menos de dos horas de camino en un cortijo del término municipal de Obejo.  El calor con que desde aquellas horas de la mañana reinaba, cuando no llevaba recorrido mas de diez o doce minutos, las molestias que el nuevo calzado comenzaba a producirme, el pensar que por la tarde o noche hubiere de tener que desandar otras dos horas de camino, y así todas las veces que hubiere de ir a verla, recostado sobre el tronco de una encina que me daba su  buena sombra, creo que no menos de media hora sin saber que determinación tomar, si continuar para ver a la novia, a la que le había prometido diez días antes el ir a verla en tal fecha, y de la que seguro no estaba tan enamorado como pensaba, o volverme para celebrar las fiestas con los amigos. Finalmente opté por esto último, y nunca mas volví a verla. Confieso que mi proceder en el inicio, que lo fue el entrometerme solicitándole relaciones cuando sabía que tenía novio, y término de aquel noviazgo tal lo fue, no era lo sensato que debiera haberlo sido. Tal hecho me ha estado, y lo sigue, pesando desde entonces. Cosas de la vida.


No creo que la presente entrada en este blog, tenga la menor enjundia para nadie, pero yo si he sentido la necesidad de exponerlo cuando hoy se han cumplido setenta y un años de ello.


Hasta la próxima entrada.

viernes, 1 de mayo de 2015

Primero de mayo. La fiesta del trabajo


Hoy, desde esta atalaya de los NOVENTA años recién cumplidos, vuelvo la vista hacía atrás y desandando el camino recorrido durante ochenta años, me sitúo en aquel primero de mayo de 1935, cuando como natural resulta, hacía cuatro días había cumplido los diez años. ¿Pero qué puede tener de importancia el haber cumplido diez años? El cumplir los diez años, nada, pero aquel primero de mayo del mencionado año de mil novecientos treinta y cinco realizaría el primer día de trabajo de mi vida, y lo hacía como porquero, por lo que también sería mi primera peseta ganada que era lo estipulado. Exigua y ridícula cantidad, pero en aquel día sería el único ingreso verificado en un hogar compuesto por el matrimonio y cinco hijos. Pero como diría Séneca, "para nuestras ambiciones, lo mucho es poco, pero para nuestras necesidades, lo poco es mucho".

Sin duda, el ser humano somos la consecuencia de nuestro tiempo y de sus circunstancias. Mi padre llevaba cerca de cinco meses encamado por la fractura de tibia y peroné de su pierna derecha, como consecuencia de un accidente laboral, al caer el caballo que montaba y no poder sacar del estribo el pie de dicha pierna. Y que por razones que sería largo de contar ninguna compensación tuvo a su accidente, que como he citado lo fue en un acto de su trabajo. Mi madre, harta faena tenía el llevar adelanta su prole, que como cito anteriormente era de cinco hijos, yo el mayor de diez años, hasta la menor con solo un año, más su marido enfermo y postrado en la cama. Sin duda aquella peseta, poco podía resolver, pero como quiera que el dueño de los cerdos a los que ayudaba a guardar, auxiliando a José María que así se llamaba mi superior jerárquico, era también el propietario de una tienda en la que desde tabaco, hasta toda clase de productos alimenticios tenía en la misma,  mi madre se permitía, por exigírselo la necesidad, cuando iba a diario a llevarse artículos como pago a la peseta que su hijo mayor ganaba, excederse un tanto en sus peticiones, que aunque seguro no de total complacencia le era servido, si le era facilitado y que allí iba quedando la deuda que no pararía de aumentar en el día a día.

Extraño podrá parecer que un niño con la edad que yo tenía, aquella luminosa mañana primaveral caminara con total disposición de ánimo a su cometido, lo que cuando menos le privaría totalmente de poder dedicarse a jugar con sus amigos durante el tiempo que estuviera en tal menester. Pero así era, canturreando, de lo que en mi era muy natural, algunas de las coplas que por entonces estaban mas en boga, así lo recuerdo tal si lo hubiere sido en el día de ayer. Los grillos, insectos que siempre fueron mi predilección, a un lado y otro del camino lanzaban a los cuatro vientos sus cantos que me daban la sensación de estar dando un paseo triunfal por alguna victoria conseguida. Y es que, aunque como cito anteriormente pueda parecer extraño, no me resultaba indiferente la situación que a diario contemplaba el devenir de todo mi entorno, y tan ridículo aporte que yo comenzaba a allegar a la casa, a mi me parecía, con la inocencia propia de un niño, que aquello supondría la total resolución a las carencias que se estaban produciendo.

La primera misión que realicé aquella jornada, fue el contar los cerdos que ordenado por mi mayoral y que situado dentro de donde se hallaban encerrados y con la puerta abierta que sostenía a medio abrir a fin de que solo pudieran hacerlo de uno en uno, y que cuando me pregunto una vez habían salido todos, le respondí que eran OCHENTA Y SEIS, recibiendo como respuesta solo una palabra "bien", lo que me llenó de satisfacción como de haber cumplido a satisfacción aquel cometido.

Que ajeno estaba yo en aquel lejanísimo día, de lo que habría de ser mi vida, y que hoy pasados OCHENTA AÑOS, nunca podré agradecer a Dios y al Destino, todo cuanto y como ha sido, lo sucedido a lo largo de todo ese dilatado espacio de tiempo.

Hasta la próxima entrada.

lunes, 27 de abril de 2015

El sentir de un nonagenario

Reunidos nos hallamos hoy aquí para celebrar un acto del que nunca hasta hace unos años se me hubiese pasado siquiera por la imaginación. Y es que esperar cumplir noventa años, no es cosa que la mayoría de los mortales lo traigamos a mente si no es cuando se está, como suele decirse, al alcance de la mano. 



Por un estudio realizado por Etnogerontología Social, llegaron a la conclusión de que se esta en “edad extrema”, generalmente a partir de los ochenta y cuatro años. Y me pregunto: ¿entonces donde me encuentro yo ahora? Podéis llamarme lo que queráis, pero yo me miro y observo, y entonces seguro estoy que la fecha de mi nacimiento no es la que consta, o aquellos que dictaminaron eso de edad extrema, no tuvieron en cuenta la condición de algunas personas que hubieren rebasado los ochenta y cuatro años.


Pero quiero dejar aparte estas disquisiciones y ceñirme al acto que celebrando estamos.


Hoy está siendo unos de esos días que luchan por hacerse hueco entre los de mayor satisfacción pasada a lo largo de una existencia. Sentirme acompañado por toda una familia, que son dos, pero para mí, conforman una sola. La mía propia y la que me viene por parte de Carmen, que tal cual, lo mismo son. Sí, porque familia se considera todas esas gentes, junto a tus ascendientes y descendientes, a los que quieres con toda el alma y que solo haces el corresponder con lo que de ellos recibes.


Los que a fondo me conocéis y los que hayáis tenido la osadía de leer mis memorias, estáis al tanto de cuantas vicisitudes he atravesado a lo largo de mi ya larga vida. Unas pasajeras; no pocas durísimas; las más, maravillosas.

Siendo un niño todavía, las dos grandes preocupaciones que tenía ya en mente, eran la una, que sería cuando fuera mayor, y la otra, como y cuando sería la mujer con la que habría de casarme. Extraño podrá parecer, pero así era. Ambas tardaron en llegar. La primera, ser Guardia Civil, que lo fue cuando iba a cumplir los veinticinco años, tras estar diez trabajando en el campo, dos en la mina y dos y medio de mili. La segunda también llegó algo tardía, cuando estaba a las puertas de cumplir los treinta y uno, y también ello, tras haber pasado por tres noviazgos, mas que algún que otro escarceo amoroso, sin mayor trascendencia. Pero en ambas acerté de plano. Ser Guardia Civil, lo he dicho siempre y lo mantengo, ha sido una de las grandes ilusiones de mi vida. Casarme y con quien me casé, fue la mejor determinación tomada  y ahí tenéis el resultado. (Señalando a mis nietos)




En muchas ocasiones he pensado en relación con una de las frases antológicas de Cervantes, aquello de que “en la adversidad se forjan los grandes corazones”, y de ello doy fe. Con las adversidades se fortalecen los espíritu, se blindan los sentimientos, y así cuando los acontecimientos llegan favorables, se gozan con mayor satisfacción, porque como diría Pedro Muñoz Seca, en su obra de Anacleto se divorcia, “¡si hasta Dios hizo la noche, pa' que luzca mas el día!”. Las carencias, muchas, sobre todo por las que en un tiempo hubimos de padecer la mayoría de los españoles, nos enseñaron, que para sobrevivir, poco se precisa, y así lo que no es imprescindible, es superfluo, y si nuestras ambiciones no se disparan, con poco que nos llegue, dicha y felicidad nos aporta.

Con todo ello y teniendo presente todas esas premisas, más la benevolencia que Dios y el Destino, conmigo lo han sido sin duda superiores a cuanto haya podido merecer, mi paso por la vida, lo fue, lo ha sido y continuando lo está, colmado de dichas y con cuyo acto de hoy, es el colofón de una felicidad completa.


Sin duda el mayor contratiempo en mi devenir, lo fue hace ahora algo más de dieciocho años, con el fallecimiento de mi mujer, esposa y madre ejemplar, dejándome sumido en la mayor de las desesperanzas, de la que nunca esperaba emerger. Pero os lo digo ahora, a unos y a otros, a los míos y a los de ella, por esas felices casualidades que a darse suelen en la vida, un día en los inicios del año 2011, aparecía un comentario en una de las entradas en el blog que en Internet tengo, y lo firmaba “Carmen”, Quizá y no tan quizás, fundamento ninguno tenía para despertar en mí el menor atisbo de esperanza, mas sin duda por necesidad que de ello tenía, que por lo que pudiera encerrar en sí, aquella aparición. Pero tras aquel comentario, volvieron otro, otro y así otros más, lo que cuando quise darme cuenta, habían calado tan profundo en mí, que trataba de hacer llegar a todo mi entorno la perentoria necesidad que tenía por ponerle cuerpo, cara y alma a aquel nombre de Carmen. Ello llegó en una comida celebrada por todos los míos y también ella, el día 14 de agosto de 2011.


El envío por mi parte de un correo al poco de conocernos, reconozco que tal vez un tanto de mal gusto, pero quizá no menos de un exceso en su interpretación por parte de ella, estuvo al borde de romperse un recién comienzo de amistad, que pocos días después, más por justificar mi pequeño desliz que por otro sentimiento, con el envío de un escrito al que recuerdo titulé “pliego de descargos”, volvieron las aguas al cauce de su propio inicio. A partir de entonces y comprendiendo que la sustitución de una persona por otra, nunca es posible, el efecto que una dejó de cumplir con su ausencia, si fue restituido por la otra que llegaba. Hoy, y aunque seguro estoy de que todos los presentes están al tanto de ello, a ti, Carmen, y aunque tu lo sabes y dicho te lo tengo muchas veces, delante de todos, te vuelvo a dar las gracias por haberme llevado al sendero de la dicha que tantos años llevé recorriendo y truncado por el hecho citado anteriormente. Contigo volví, y volviendo sigo, a transitar por esos caminos donde junto a ti estoy viviendo y continuando esa dicha que consideraba totalmente perdida, y hasta mentira me parece, el que tu la hayas restituido con solo el aceptarme tal soy.

Pido perdón si a lo mejor el momento de hacer estas manifestaciones que acabo de realizar, no vienen a cuento, pero cuando unos sentimientos tienen la necesidad de mostrase a la vista de todos, no es posible el contenerlas, como posiblemente la prudencia hubiere sido lo contrario.


Con un abrazo para cada uno de los que hoy me estáis acompañando en este acto, os doy las gracias porque, en estos instantes, ahora, vuelvo a sentirme el mas feliz de los mortales.


lunes, 20 de abril de 2015

En recuerdo a mi madre



Hoy se cumple el vigésimo primer aniversario del fallecimiento de mi madre, justamente cuando le faltaba mes y medio para cumplir los noventa y siete años. Aún la longevidad alcanzada y pese a que la espera de tal acontecimiento se estaba esperando, no por enfermedad si no por lo apuntado de sus muchos años, cuando una madre se nos va, se lleva consigo, no de uno, si no de todos sus hijos, un desgarro del alma de cada uno de ellos.

Pese al tiempo transcurrido de su óbito, ni un solo día se pasa sin que, no una, si no en varias ocasiones se traiga el recuerdo de esa madre que nos dejó. Sin duda la pérdida de un hijo ha de ser quizá mas dolorosa, pero esos recuerdos que se pierden allá en la lejanía de la niñez, cuando por la edad nos encontramos tan necesarios de la protección y el cobijo para la continuación del seguir viviendo, se nos viene a la mente la ternura y el cuido de nuestra madre. Sin duda la mayor garantía cuando llegamos al mundo, es nacer de unos padres buenos y responsables. Yo, y me pongo primero por haber sido el mayor de todos los hermanos, tuvimos toda esa suerte. Mi madre, mujer de carácter, que no dejaba pasar ni una de las acciones que no consideraba acertadas, de cualesquiera de nosotros, e incluso solía de írsele la mano con relativa frecuencia, no para dar una paliza pero si un buen cachete en las posaderas, luego era toda una madraza en el cuido de sus hijos y procurarles el mayor bienestar y sentirse felices.

Tuvo, primero el dolor de ver fallecer tres de sus ocho hijos nacidos, que lo fueron antes de cumplir el primer año de edad. Parte de la guerra civil y tres años más de la posguerra, el cuidar de los cinco que le sobrevivimos con la ausencia de su marido, pero su capacidad de trabajo y sufrimiento le hicieron el sobrellevar con toda entereza aquellas adversidades dándonos la crianza y educación que ella estimaba justa, y de lo que hasta presumir pudimos en el pueblo de haberla recibido ejemplar y que como tal había que demostrarla.

Valga esta entrada de hoy como homenaje  y recuerdo a aquella madre y esposa ejemplar, que juntamente con su esposo, nuestro padre, y otros tres de los cinco que le sobrevivimos  la infancia, y los que lo hicieron en su más tierna infancia, ya se marcharon también en su busca, estarán intercediendo para que los dos que lo estamos todavía por este mundo, el mayor y la mas pequeña, así como sus descendencias, nos proteja Dios hasta que a bien tenga el reunirnos a todos en el mas allá.

Hasta la próxima entrada.

domingo, 12 de abril de 2015

Tres doces de abril

Del día de hoy 12 de abril, conservo en mi memoria tres de esta fecha y que han sido de esos hitos que van jalonando el devenir en la vida de una persona, en este caso en la mía. 

La primera de ellas se remonta nada menos que hasta aquel 12 de abril de 1931, en que se celebraron en España una elecciones municipales y dos días después, la proclamación de la Segunda República Española.



Pese a mi corta edad, pues aún me faltaban quince días para cumplir los seis años, sin duda por el ambiente que en cuanto a aquellas elecciones se respiraba en el país, llegaba hasta nosotros los niños que posiblemente aun sin percibir el alcance que ello hubiere de tener, sin duda despertaba algo de curiosidad cuanto por lo que a mi respecta. Tal es así, que como siempre sucedía que se celebraban elecciones, el Colegio electoral se ubicaba en el local de la escuela donde yo asistía. Podía ser a media mañana del referido día, le propuse a un primo mío y a un amigo, ambos unos meses menores que yo, pero de mis misma quinta llegarnos hasta la puerta de nuestra escuela, sin duda por darle gusto al gusanillo de curiosidad en mi despertado. No sé si por complacerme o porque a ellos les sucediera lo mismo que a mí, allá que nos dirigimos. Tan pronto  nos aproximamos a la puerta y fuimos observados por uno de los Guardia Civiles que estaban prestando servicio en el colegio electoral, con  tono bastante autoritario fuimos echados creo recordar con la frase poco mas o menos de "niños iros a jugar por ahí".

Del resultado de aquellos comicios no me consta nada en la memoria, pero si tengo así como un vago presentimiento de que a partir de entonces, y dado a que yo ya sabía leer bastante bien e incluso escribir algo, y un tío mio que trabajaba en el Ayuntamiento estaba suscrito a un periódico de Córdoba, una vez él lo leía, me lo llevaba a mi casa que como quiera que no tenía ni un solo libro en donde pudiera saciar el vicio que ya tenía por la lectura, y de lo que solía comprender solo lo propio al alcance de un niño de mi edad. También tengo la casi total seguridad que a partir de aquellas fechas comenzaron a quedar en mi memoria los hechos y episodios mas importantes que sucedían y también de mi propia historia personal.

La segunda de las efemérides de este doce abril, por cuanto a mi personalmente se refiere, sucedía ocho años más tarde a la antes citada, o sea, el 12 de abril de 1939. Aquel día regresaba a mi pueblo tras haber pasado dos años y medio exiliados del mismo, iniciado el 9 de octubre de 1936 fecha en la que las fuerzas nacionales tomaron el mismo, habiendo permanecido, con toda mi familia como es natural, por distintos pueblos y cortijos del Valle de los Pedroches.



Salimos del lugar donde llevábamos residiendo año y medio aproximadamente, un cortijo del término municipal de Pedroche el día anterior, once de abril, hicimos noche en plena sierra de la Chimorra, precisamente donde estuvo el frente de guerra de ambos ejércitos el mismo tiempo que nosotros estuvimos exiliados, donde a ambos lados de la carretera por donde circulábamos se hallaba abandonado armamento de toda clase, desde armas cortas como pistolas, hasta piezas de artillería y verdaderos montones de municiones de diferentes calibres, todo ello el que dejaron abandonado las fuerzas del Ejército republicano, que en desbandada abandonaron sus posiciones. Asimismo en los olivares que se hallaban en las inmediaciones de la carretera, estaban sobre el suelo las cosechas de las tres campañas en que el frente de guerra se estableció en aquel lugar. Las correspondientes a las campañas 1936-37 y 37-38, por las lluvias y el sol a lo largo del tiempo, la aceituna era inservible para extraerle aceite, no así la correspondiente a la última de 1938-39, que lo único que habían perdido era la parte de agua que contenía el fruto, y pocos días después de nuestra llegada al pueblo, autorizaron la recogida libre de la misma, lo que a mi familia y a todas las que habían regresado de su exilio nos sirvió para estar casi dos meses proporcionándonos unos ingresos que nos solucionaron el problema de la falta de trabajo por un buen tiempo.

Tengo también el recuerdo de que el llegar al pueblo lo hacíamos como un tanto temerosos y sensación de que nosotros mismos nos considerábamos perdedores de la guerra, cuando yo salí de mi pueblo con once años de edad y regresé cuando aún no había cumplido los catorce, pero sí me sentía yo mismo como uno de los perdedores y quizá hasta algo culpable de que hubiere sucedido el conflicto bélico. Nunca después supe darme explicación a semejante sentimiento. No obstante, me hizo gran ilusión el volver donde había pasado toda mi infancia y parte de la niñez, y me recuerdo que las casas y calles del pueblo me parecían mas pequeñas que lo eran cuando salimos de allí.

A partir de aquella llegada a mi pueblo, comenzó sin duda una de las etapas más dificultosas, sobre todo económicas de las pasadas hasta entonces.

Y el último 12 de abril del que guarde un recuerdo especial, lo fue el del año de 1946. Poco después de las tres de la madrugada de aquel día, llegaba al cuartel del Regimiento de Artillería número 14, sito en el punto conocido por Pineda en los extrarradios de la capital sevillana, y que procedentes de Córdoba habíamos salido a las cinco y media de la tarde, o sea que tardamos unas diez horas aproximadamente.



Quiero recordar que a las siete de la mañana tocaron diana, y a la mayoría ni siquiera nos había dado tiempo siquiera a descabezar el sueño, cuando ya estábamos otra vez en danza. Diez minutos para asearnos, formación para el desayuno, y una vez realizado el mismo, dotarnos de todas las prendas de uniforme desde ropa interior, a las saharianas, pantalones, borceguíes, que era el nombre que oficialmente se les daba a las botas, y que nos lo entregaban a medida que nos nombraban por orden alfabético del primer apellido, sin tener en cuenta la talla o número de calzado de cada uno, por lo que hubimos de realizar cambios entre unos y otros reclutas y hasta finalmente algunos hubieron de realizarlo en el propio almacén del Regimiento, porque les era imposible el colocarse las prendas que le fueron entregadas, bien por pequeñas o excesivamente grandes. Yo hube de cambiar un mono con un recluta que  era de Pedroche y me sacaba tres cuartas de estatura a mí. Seguidamente a la entrega de las prendas de uniforme e interiores, unos novecientos reclutas que nos habíamos incorporado procedentes de distintos puntos, y previa la consulta de que todos aquellos que tuvieren algunos conocimientos sobre peluquería que dieran un paso al frente y que fueron bastantes, a todos ellos y a los que ya estaban en el Regimiento de Reemplazos anteriores, les entregaron a cada uno una maquinilla de pelar y nos pelaron al cero, y que tal estropicio hicieron con nosotros, que aquella tarde hubieron de darnos permiso especial para que en peluquerías de Sevilla enmendaran en lo posible lo que hicieron con nosotros, cosa que hicimos la inmensa mayoría, salvo los que tuvieron la suerte de que les tocara algún profesional entendido en el menester. Por cierto cuando un paisano mío y yo regresábamos de arreglarnos el pelo y estábamos llegando al cuartel, arriaban bandera y como observábamos que los artilleros de la Guardia e incluso suboficiales y oficiales, se paraban y en posición de firmes saludaban, nosotros no sabíamos si pararnos o que hacer, así que unas veces parados, otras andando, saludábamos como Dios nos daba a entender, otras dejábamos de hacerlo, y así mientras duró el toque de corneta. Con ese acto de arriar bandera se  daba finalizada la jornada militar, aunque a nosotros nos quedaban varias listas y formaciones, cena, retreta y el último toque del día en un cuartel, el de silencio en que el imaginaria se hacía cargo de su cometido y te tomaba nota si te sorprendía hablando y no digamos si eras sorprendido por el Sargento de Semana, que como mínimo te caían tres imaginarias, pero la segunda o la tercera que eran las peores, pero nunca la primera o la cuarta.

Pues con el toque de silencio de aquel 12 de abril de 1946, terminaba mi primer día de mili, de los dos años y medio que me tiré. Pero para cumplir los VEINTIÚN años, me faltaban aún quince días, los mismos que ahora me faltan para los NOVENTA, que si a éstos le restamos aquéllos, nos dan SESENTA Y NUEVE, que son muchos años.

Hasta la próxima, que ya veremos que sale.

sábado, 4 de abril de 2015

Día de la Merendilla

Merendilla de Villaharta
Año 2010

Hoy se ha celebrado, y aun se estará celebrando por muchos de los asistentes al acto, el Día de la "Merendilla" en Villaharta, también conocido como "mi pueblo". Mi hermana que este año está allí, y mis sobrinas y sobrinos han colocado en Facebook varias fotografías en las que se aprecian parte de las viandas que en tan señalado día se consumen. Esto de la merendilla es una costumbre que existe en mi pueblo, no sé desde hace cuánto tiempo, y que antes, se celebraba el Domingo de Resurrección, pero actualmente se hace el Sábado Santo, a fin de que muchos de los villaharteños/as que se hallan en otros puntos de España, puedan asistir, si así lo desean, y el lunes estar en sus puntos de residencia y de trabajo.

Dicha celebración consiste, en irse a cualquier pradera cerca del pueblo y llevando viandas, que antes lo eran generalmente la inmensa mayoría productos de la matanza y en la actualidad bastante mas variadas, aunque podría decirse, que la chacina es la base fundamental de lo que opíparamente se yanta en dicho día.

Mis recuerdos de la merendilla se pierden en la lejanía de mi infancia, y de los que más lejanos tengo en la memoria, lo eran cuando se celebraban en el punto conocido por La Cruz, dado que hay una cruz de piedra en un pequeño llano de la pradera, sito aguas arriba del Arroyo de Las Navas, desde la carretera que del llamado cruce va hasta Villaharta. Después se han celebrado en diferentes puntos, aunque desde hace algunos años suele hacerse en el mismo sitio. No sabría explicar el porqué, pero tengo la sensación de que estas costumbres de los pequeños pueblos, se consideran mas íntimas y calan más en los sentimientos personales, que las grandes solemnidades que suelen llevarse a cabo en las ciudades, donde la inmensa mayoría de quienes asisten, te son totalmente desconocidas, no así por cuanto a lo que en mi pueblo sucede, y con mas razón de ser lo era antes, cuando los medios de transporte lo eran casi inexistentes, salvo los autobuses de pasajeros, aunque también escaseaban mucho, y por tanto entrañaban gran dificultad para desplazarse de uno a otro lugar, que son, si no familias o amigos, cuando menos conocidos.

Mis ocupaciones profesionales y familiares, hallándome por supuesto aquí en Málaga, me tuvieron muchos años sin poder asistir al referido acto, aunque la vorágine de mis actividades y la familia, me hacían que casi me pasara desapercibida, sobre todo no sentida, mi asistencia a dicho acto. No obstante, desde hace doce, o catorce años, una vez enviudé, han sido pocos los años que he perdido de asistir al mismo. Hoy, que lo ha sido uno de esos, y trayendo al recuerdo los pasados, saco la conclusión de las diferentes formas de la celebración de este día, según la edad que contaba cuando a la merendilla asistía.

No sé si será de la primera que me alcanza el recuerdo, no solía alejarme mucho de mis padres y en todo caso jugar con niños de mi edad, pero siempre en las proximidades donde ellos estuvieran. Tal vez, aunque las concentraciones de gentes, que solo eran de mi propio pueblo, salvo raras ocasiones que hubiere familiar de algunos de los asistentes, no eran nada extraordinarias, pero en esos primeros años de la infancia tal vez la cautela y sensación del desamparo que te invade al sentirte lejos de tus padres, instintivamente te llevaban a estar siempre en sus proximidades. Ya algo mayor y cuando se asistía a la escuela, solías jugar con tus amigos y compañeros de todos los días y a los juegos que en tal época estuviera actual. Años mas tarde, el jugar al fútbol, que en tan señalado día, no faltaba quien tuviera un balón, o cuando menos una pelota de goma, todo el tiempo en que no se estuviera comiendo, que era bastante, se empleaba en jugar al fútbol, de lo que confieso en este instante, y no me avergüenzo de ello, siempre fui la criatura que peor ha jugado al fútbol, nunca vi a nadie tan malo como yo, pues en una ocasión, ya de Guardia Civil aquí en Málaga, que jugamos un partido en el campo del Seminario, entre compañeros de los que trabajaban en las oficinas de la planta baja y los que lo hacíamos en la segunda planta (la primera era la residencia del Coronel y su familia), me pusieron de defensa y aunque os cueste trabajo creerlo, en todo el partido. no llegué en ninguna ocasión darle una sola patada al balón, pero si conseguí estar por lo menos una semana con unas agujetas en las piernas que hasta andar me constaba trabajo.

Volviendo a la merendilla, ya cuando comencé a "mocear", a eso de los quince o dieciséis años, ya jugar pero solo y en sus inmediaciones o en compañía de las niñas de nuestra edad, que entonces como la asistencia a la escuela lo era por separado, estar jugando junto a ellas era mas que una novedad, una necesidad que solo se daba en dos o tres días al año.

En los años últimos en los que he asistido, sin duda son los que me he entregado a saborear y sacarle todo el partido a las viandas que suelen llevarse, especialmente a los productos del cerdo, que como buen sibarita me regodeo en la ingestión de tales "chichas".

Lo que esta totalmente perdida es la costumbre de hace muchos años, que no había familia que no llevara en su cesta, un "hornazo" para cada uno de sus miembros.

Con que el día de la merendilla del año que viene me tenga Dios por estos lares y tal estoy en estos momentos, por satisfecho me doy.

Hasta la próxima entrada.