jueves, 4 de junio de 2015

Faenas y palabras que pasan al olvido.

Papas en Las Carboneras
San Cristóbal de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife


Dos semanas justas llevo sin asomarme al blog, tras una indecisión sin saber a que atenerme con respecto de continuar como hasta ahora, o realizar una última entrada para despedirme de todos cuanto me habeis brindado el honor de leerme. Por una parte, considero que ya poca enjundía contienen cada una de mis entradas, y por otra el recordar como hasta ahora he hecho con la mayoría de ellas, relatando cuanto ha sido mi devenir que creo ha sido bastante extenso y variopinto, y ello me produce ese "no se qué" que tanto nos gusta a los pasados en años. Finalmente he optado por esto último, y pido perdón si resultan un tanto manidas mis entradas venideras, pero como digo y a lo mejor pecando de cierto egoismo, continuo por satisfacerme a mí mismo. Terminadas estas disquisiciones, vamos a lo que en el asunto figura.
    
Por las fechas en que nos hallamos y retrotrayéndome a mis años de adolescencia y primera juventud, se me han venido al recuerdo ciertas faenas agrícolas y su nombre por el que eran conocidas, que me parece imposible de lo mucho que solían practicarse y nombrarse entonces,  en las cuales estuve interviniendo, creo recordar que cuatro años,  y que ahora cuando las nombre, a los que tengáis la osadía de leerlas os parecerán y sonaran a "chino"...
     
BARCINAR. Era transportar la mies desde el punto donde se habían segado hasta la era, para cuyo transporte se utilizaban unas llamadas "angarillas", que consistían en un armazón con dos bolsas grandes que colocadas caían una a cada costado de las caballerías y como quiera que la mercancía era de poco peso y mucho volumen, era el motivo de que dichas bolsas lo fueran bastante grandes y el transporte se hiciera en el menor número de viajes, dado a que en ocasiones la era solía estar a veces a más de un kilómetro de distancia. Si el terreno lo permitía, a veces y si existía el carro, se verifica la barcina con dicho vehículo que por supuesto se abreviaba la faena.

PARVA. Se decía de la mies extendida sobre la era para trillarla.

TRILAR. Una vez extendida la mies sobre la era se procedía a la trilla, que en unas ocasiones lo era con el conocido "trillo" que estaba provisto de unas ruedas de acero dentadas, y en su parte superior una tarima de madera donde con el fin de que se hiciera mas peso sobre el mismo, se subía el trillador y fuera cortando las cañas del cereal y desgranando las espigas, cuyo elemento era generalmente tirado por una yunta de mulas. Si se carecía del citado trillo, se verificaba la faena con caballerías, de las cuales las mejores para dicho fin eran los caballos y yeguas, porque tienen el casco de mucho mayor tamaño que el de los mulos, y con ello pisaban una superficie superior. En ocasiones y si los había de diferentes clases, se hacía con caballos y mulos, colocando siempre los primeros lo mas retirado del trabajador que llevaba la reata y colocadas unas al costado de las otras. Lo que era desesperante era trillar con burros, que por tener los cascos mucho mas pequeños que los de los mulos, y sobre todo de los caballos, se hacían interminables las horas para tener la parva trillada y proceder a aventarla.

Durante la trilla, el hombre que lo hacía, solía cantar una especie de "nanas" a fin de animar un tanto a los animales, y recuerdo que una de ellas, y con relación a lo citado anteriormente sobre la trilla con burros, era del tenor siguiente:

El que trilla con burros
caga la parva,
y al cabo de la noche,
la paja larga.

O sea, que la mies estaba casi como cuando se había comenzado a trillar.

AVENTAR. Consistía, primero con las llamadas horcas, que eran unos palos generalmente con tres o cuatro dientes, separados unos de otros varios centímetros, lanzar al aire la mies una vez trillada para que el viento fuera separando el grano de la paja, al ser el primero de menor volumen y mayor peso que la segunda. Una vez que la mayoría de la paja se había separado y el grano, por su pequeño volumen no podía aventarse con las horcas, se utilizaban unas llamadas palas que era una herramienta de madera, con un mango y al final una superficie de unos 30x20 centímetros, con la que se terminaba la total separación  del grano. Las eras había que situarlas en alturas, principalmente en los llamados collados, donde llegaban todos los vientos de las direcciones cualquiera que soplara, aunque había ocasiones que nos pasábamos la mayoría de las horas del día esperando que llegara una pequeña ráfaga para lanzarnos rápidamente aprovechando la misma.

GRANZAS. Se denominaban así a las espigas que durante la trilla no se les había desprendido el grano de las mismas.


Ninguna de las faenas que se han citado se realizan en la actualidad, además de que tampoco la siega, que en aquellos tiempos, se hacía a mano por los hombres, raras veces también por mujeres, por lo menos en mi pueblo, utilizando las hoces como herramienta, Hoy todo se realiza con máquinas, que al propio tiempo que hacen lo uno, van también realizando lo demás, al punto que van dejando tras de sí, el grano debidamente envasado y la paja empacada, solamente para que unos y otros sean recogidos y cargados a los respectivos vehículos y trasladados donde proceda.

Donde entonces para todo ello se precisaban un buen número de hombres durante muchos días, actualmente se realiza con una sola máquina y no mas de dos o tres hombres. Con ello se ha perdido el realizar muchos jornales, pero al mismo tiempo se ha conseguido desterrar el sacrificio que ello suponía en las diferentes faenas que se han indicado.

A mí me correspondió apechar con aquellos sacrificios y precisamente en una edad, cuando ni siquiera físicamente estaba constituido como adulto.

Ahora, doy por bien sufrido aquello, por la diferencia de la que hoy gozo en comparación con los que en aquellas fechas tenían mi edad actual, si no incluso, alguna decena de años menos.

Medio mes después, he vuelto a salir al aire. como suele decirse en las emisiones radiofónicas.

Hasta la próxima. que la recolección cerealística ya habrá que darla por terminada.

(No puedo dejar de citar, que tal día como hoy, pero de hace cincuenta y siete años, aprobaba el examen de convocatoria para Cabo de la Guardia Civil, celebrado en Madrid. Con motivo de aquel examen, veía por primera vez en mi vida, la televisión.)

miércoles, 20 de mayo de 2015

Mi indumentaria a través de los años

Esta mañana ordenando mi vestuario, al pasar la ropa de invierno a compartimento distinto y poner más a la mano la  de verano, se me ha venido a la memoria como ha sido mi indumentaria generalmente a lo largo de mi vida, y sobre todo la diferencia tanto en calidad como en cantidad de aquel lejanísimo ayer, al hoy de un ya nonagenario.

De lo primero que con respecto a mi vestimenta tengo constancia, creo podía tener cuatro o cinco  años de edad, que seguramente fue la primera vez que fui a Córdoba, si recuerdo iba mi madre, aunque no se si también lo fue mi padre, y me compraron un trajecito de pantalón corto por supuesto, y lo que si se, es lo que costó, circunstancia que mi madre me lo comentó muchas veces, y  que  fueron  17'50 pesetas. Aquel pequeño traje recuerdo fue utilizado después, al quedárseme chico a mí,  por mi hermano que en edad me seguía, pese a que era casi cuatro años menor que yo. De aquel traje solo tengo constancia en el recuerdo, y se que en la chaquetita tenía adosado un cuello blanco.

Ya de ahí, doy un salto importante en el tiempo, vistiendo lo que mi madre solía y podía preparanos, y en el que por supuesto atravesé la Guerra Civil Española, y paso a cuando tenía quince años, ya terminada la misma, en que una prima de mi padre, y por encargo de mi madre, me hizo una chaqueta que la verdad creo recordar me estaba un poco estrecha por la parte del pecho, aunque tenía buena solapa. Esta prenda no tuve nunca idea de lo que pudo costar y es la que luzco en la primera foto que espero mi editor coloque en el sitio que le corresponda, como él sabe hacerlo. Aquella chaqueta con un pantalón de color azul que me compraron, fueron las primeras galas que yo vestí en la salida de mi adolescencia y entrada en aquella, podíamos llamar incipiente y precoz juventud.


Tres años después, cuando estaba a punto de cumplir 18 años, y también acompañando a mi madre a Córdoba, recuerdo que en unos grandes almacenas de dicha ciudad, denominados "El Siglo XX", me compró un traje, que de eso si tengo seguro la cantidad que nos costó, que fueron 300 pesetas, y que precisamente era lo que yo ganaba en un mes, vareando aceituna, y después en diversas faenas del olivar, que lo hice durante algo mas de cinco meses en la campaña 1941-42. Además del traje, me compré una camisa de crespón y una corbata, la primera que utilicé en mi vida, En un viaje posterior que realicé a Córdoba, que por supuesto llevaba como tal viaje merecía ese indicado traje, y como no, me hice una fotografía aprovechando el mismo, dado que en mi pueblo no había posibilidad de hacerlo. Este traje, de una mediana calidad, es al que mayor rendimiento le he sacado en mi vida, dado a que me duró precisamente diez años, siendo por tanto el que vestía en toda festividad, especialmente en los bailes, que era el único divertimento que en mi pueblo había. En aquellas fechas, salvo escasas excepciones, cuando llegaba un día de fiesta, la inmensa mayoría de los jóvenes, y hasta, las 'jóvenas', como alguien dijo no hace muchos años, se sabía el traje o vestido que llevaría, salvo en las fiestas del pueblo en el mes de mayo que era donde solía estrenarse alguna prenda, pero no siempre el traje o vestido principal, sino una secundaria.


Ya estando en Málaga de Guardia Civil, con veintisiete años, si no cumplidos, próximo a cumplirlos, me hice el primer traje a medida en una sastrería que lo era también de uniformes militares, y que por cierto, también fue la tercera cosa que pagaba a plazos, pues un año antes me compré un reloj marca  Dogma y una pluma estilogáfica "Parker 21", a una casa de Marbella que recuerdo se denominaba "Belón Lima", y que el traje comencé a pagarlo cuando ya había terminado los plazos del reloj y la pluma.

Este traje ya era de una calidad bastante buena, me caía bastante bien, ya que como digo me lo hice a medida, y también me doté de alguna que otra camisa, dos o tres corbatas, zapatos que guardaba relación con el resto de la vestimenta, y en fin, comencé a gozar de verdad del vestuario, de lo que pese a haberlo deseado tanto desde que comencé a mocear, mi pecunia no me lo habían permitido hasta entonces.

Ya a partir de este último indicado traje, que como indicaba me lo hice diez años después del anterior al mismo, y como quiera que poco después pasé a prestar mis servicios en la Guardia Civil, en el Servicio de Información de la Comandancia de Málaga, que lo hacíamos con ropa de paisano, fui proveyéndome con el paso del tiempo de algún que otro traje, chaquetas o americanas como se le llamaban a las mismas, de lo que no sé el porqué de ello, y así hasta la actualidad en que ya he entrado en el grupo de los nonagenarios, donde ojalá en aquellos años de mi juventud, hubiere tenido siquiera la décima parte de lo que hoy poseo, aunque dado a como siempre ha sido mi modo y forma de ser y sentir, tampoco me sobra esa indumentaria de que en mi ropero guardo, aunque hay algún que otro traje, no lo he vestido desde hace algunos años, entre ellos un esmoquin que me hice para la toma de despacho de alférez de mi hijo mayor, para asistir a la cena de gala que para ello se celebró en la Academia General Militar de Zaragoza, en la que se exigía a los hombres, el uniforme de gala si se vestía de militar o el esmoquin si lo era de paisano. Este esmoquin lo volví a utilizar en la entrega de despacho, también de alférez de mi segundo hijo, en la de despachos de Teniente de ambos, y años mas tarde, todas las Nocheviejas en las que con mi mujer y varios matrimonios amigos salíamos a celebrarla en diferentes hoteles de esta ciudad. Hace casi veinte años que no he vuelto a usarlo, y me temo que cuando Dios tenga a bien el citarme, ninguno de mis descendientes, hijos o nietos, primero que no les está bien por las diferencias en estatura con todos ellos, y segundo, que raro será el que les pueda ser oportuno utilizarlo, aparte de que seguro tampoco lo desearán.


Se me quedaba en el olvido, una chaqueta blanca y un pantalón azul que me compré estando en la mili de lo que me sentía bastante a gusto con ambas prendas, pero de lo que no guardo recuerdo gráfico alguno de ello.

Hasta la próxima entrada que espero no se haga de rogar tanto como la presente y deseo tenga algo más de enjundia que ésta.

jueves, 7 de mayo de 2015

Aquellos siete de mayo




Como quiera que gracias a Dios mis preocupaciones solo lo son el poder continuar viviendo tal disfrutándolo estoy, puedo entregar la mente, de vez en vez, al recuerdo de todo ese pasado del que como ahora, guardo inolvidables acontecimientos, y algunos de ellos sucedieron en esta fecha del 7 de mayo, pero de hace sesenta y cinco años para atrás. Y es que las fiestas de mi pueblo desde que tengo noción de mi existencia, hasta mil novecientos cincuenta en que ingresé en la Guardia Civil, se celebraban del 7 al 9 de mayo, ambas inclusive y que después, no puedo decir a partir de cuando, se trasladaron al mes de Julio.

Muchas veces a lo largo de muchos años me he preguntado cómo era posible que de unas fiestas en un pueblo tan pequeño, como era y es el mío,  con las estrecheces económicas de aquellos años cuarenta del pasado siglo, que para cualquier  foráneo hasta le resultaran ridículas,  calaran tan profundamente en mí. Y solo le hallo una explicación. Que si el nacer en una localidad tan pequeña encerraba, y aun lo sigue haciendo, infinidad de inconvenientes, creo que en su contra también el venir al mundo donde lo hice y donde permanecí, hasta estar próximo a cumplir los veinticinco años, salvo el tiempo pasado en el exilio  durante la Guerra Civil y los dos años y medio de mi servicio militar, a medida que desde que comienzas a tener conciencia de tus vivencias, todas esas calles, esos rincones, esas gentes, esos lugares donde jugabas con tus amigos, que por su proximidad forzosa de habitabilidad a la tuya tenias la sensación de vivir bajo el mismo techo, y hasta los extrarradios del pueblo, le resultaban a uno tan íntimos, que se sentían, y pasados mas de sesenta y cinco años de mi salida de allí, aunque haya ido de visita muchas veces, se mantienen esos mismos sentimientos, "UN NOSEQUÉ", que soy incapaz de hallar la palabra que pueda definir, aunque lo sea aproximadamente, lo que tan profundo al  alma llegaba, y tanto arraigo producía, que seguro estoy lo mantendré mientras viva.


Y es que en aquellos bailes de la caseta, que era lo único sobresaliente que había en las fiestas, y cuando en aquellos años en que yo pasaba de la adolescencia a una incipiente juventud, donde todo son ilusiones, donde por primera vez y, por cuanto a mi particularmente lo era, todo ruborizado trataba de declarar mis sentimientos de amor a una mujer, y que la necesidad de esos sentimientos podían superar la timidez de la que yo, puede decirse que padecía, van marcando en el discurrir de la vida uno de los principales capítulos en que con el paso del tiempo se va compartimentando el discurrir de toda ella.


Ya desde la noche del día 6, víspera de las fiestas en que hasta quienes residían en el campo a lo largo del año iban al pueblo para celebrar uno, dos o los tres días de las mismas, y hasta salían para entrevistarse con los mas amigos, daban un ambiente tan distinto al cotidiano del resto de los demás días del año, que hasta te resistías a marcharte a tu casa a dormir, y cuando ya de madrugada lo hacías, el propio deseo de que llegara el siguiente día te ocasionaba un estado de nervios que horas te costaba el poder conciliar el sueño.


Pero sin duda, el día 7 de mayo de 1944, primer día de las fiestas de aquel año, tomé una determinación, que, de no haberlo hecho, hubiere cambiado lo que después ha sido  mi propio caminar por la vida. Tal circunstancia consistió en que sobre las once y media de la mañana de aquel día, vistiendo mi ropa de las grandes solemnidades y estrenando zapatos, salía del pueblo caminando a pié que era la única forma de poderlo hacer, salvo a lomos de una caballería de la que yo no poseía, para ir a visitar a mi primera novia, que vivía a no menos de dos horas de camino en un cortijo del término municipal de Obejo.  El calor con que desde aquellas horas de la mañana reinaba, cuando no llevaba recorrido mas de diez o doce minutos, las molestias que el nuevo calzado comenzaba a producirme, el pensar que por la tarde o noche hubiere de tener que desandar otras dos horas de camino, y así todas las veces que hubiere de ir a verla, recostado sobre el tronco de una encina que me daba su  buena sombra, creo que no menos de media hora sin saber que determinación tomar, si continuar para ver a la novia, a la que le había prometido diez días antes el ir a verla en tal fecha, y de la que seguro no estaba tan enamorado como pensaba, o volverme para celebrar las fiestas con los amigos. Finalmente opté por esto último, y nunca mas volví a verla. Confieso que mi proceder en el inicio, que lo fue el entrometerme solicitándole relaciones cuando sabía que tenía novio, y término de aquel noviazgo tal lo fue, no era lo sensato que debiera haberlo sido. Tal hecho me ha estado, y lo sigue, pesando desde entonces. Cosas de la vida.


No creo que la presente entrada en este blog, tenga la menor enjundia para nadie, pero yo si he sentido la necesidad de exponerlo cuando hoy se han cumplido setenta y un años de ello.


Hasta la próxima entrada.

viernes, 1 de mayo de 2015

Primero de mayo. La fiesta del trabajo


Hoy, desde esta atalaya de los NOVENTA años recién cumplidos, vuelvo la vista hacía atrás y desandando el camino recorrido durante ochenta años, me sitúo en aquel primero de mayo de 1935, cuando como natural resulta, hacía cuatro días había cumplido los diez años. ¿Pero qué puede tener de importancia el haber cumplido diez años? El cumplir los diez años, nada, pero aquel primero de mayo del mencionado año de mil novecientos treinta y cinco realizaría el primer día de trabajo de mi vida, y lo hacía como porquero, por lo que también sería mi primera peseta ganada que era lo estipulado. Exigua y ridícula cantidad, pero en aquel día sería el único ingreso verificado en un hogar compuesto por el matrimonio y cinco hijos. Pero como diría Séneca, "para nuestras ambiciones, lo mucho es poco, pero para nuestras necesidades, lo poco es mucho".

Sin duda, el ser humano somos la consecuencia de nuestro tiempo y de sus circunstancias. Mi padre llevaba cerca de cinco meses encamado por la fractura de tibia y peroné de su pierna derecha, como consecuencia de un accidente laboral, al caer el caballo que montaba y no poder sacar del estribo el pie de dicha pierna. Y que por razones que sería largo de contar ninguna compensación tuvo a su accidente, que como he citado lo fue en un acto de su trabajo. Mi madre, harta faena tenía el llevar adelanta su prole, que como cito anteriormente era de cinco hijos, yo el mayor de diez años, hasta la menor con solo un año, más su marido enfermo y postrado en la cama. Sin duda aquella peseta, poco podía resolver, pero como quiera que el dueño de los cerdos a los que ayudaba a guardar, auxiliando a José María que así se llamaba mi superior jerárquico, era también el propietario de una tienda en la que desde tabaco, hasta toda clase de productos alimenticios tenía en la misma,  mi madre se permitía, por exigírselo la necesidad, cuando iba a diario a llevarse artículos como pago a la peseta que su hijo mayor ganaba, excederse un tanto en sus peticiones, que aunque seguro no de total complacencia le era servido, si le era facilitado y que allí iba quedando la deuda que no pararía de aumentar en el día a día.

Extraño podrá parecer que un niño con la edad que yo tenía, aquella luminosa mañana primaveral caminara con total disposición de ánimo a su cometido, lo que cuando menos le privaría totalmente de poder dedicarse a jugar con sus amigos durante el tiempo que estuviera en tal menester. Pero así era, canturreando, de lo que en mi era muy natural, algunas de las coplas que por entonces estaban mas en boga, así lo recuerdo tal si lo hubiere sido en el día de ayer. Los grillos, insectos que siempre fueron mi predilección, a un lado y otro del camino lanzaban a los cuatro vientos sus cantos que me daban la sensación de estar dando un paseo triunfal por alguna victoria conseguida. Y es que, aunque como cito anteriormente pueda parecer extraño, no me resultaba indiferente la situación que a diario contemplaba el devenir de todo mi entorno, y tan ridículo aporte que yo comenzaba a allegar a la casa, a mi me parecía, con la inocencia propia de un niño, que aquello supondría la total resolución a las carencias que se estaban produciendo.

La primera misión que realicé aquella jornada, fue el contar los cerdos que ordenado por mi mayoral y que situado dentro de donde se hallaban encerrados y con la puerta abierta que sostenía a medio abrir a fin de que solo pudieran hacerlo de uno en uno, y que cuando me pregunto una vez habían salido todos, le respondí que eran OCHENTA Y SEIS, recibiendo como respuesta solo una palabra "bien", lo que me llenó de satisfacción como de haber cumplido a satisfacción aquel cometido.

Que ajeno estaba yo en aquel lejanísimo día, de lo que habría de ser mi vida, y que hoy pasados OCHENTA AÑOS, nunca podré agradecer a Dios y al Destino, todo cuanto y como ha sido, lo sucedido a lo largo de todo ese dilatado espacio de tiempo.

Hasta la próxima entrada.

lunes, 27 de abril de 2015

El sentir de un nonagenario

Reunidos nos hallamos hoy aquí para celebrar un acto del que nunca hasta hace unos años se me hubiese pasado siquiera por la imaginación. Y es que esperar cumplir noventa años, no es cosa que la mayoría de los mortales lo traigamos a mente si no es cuando se está, como suele decirse, al alcance de la mano. 



Por un estudio realizado por Etnogerontología Social, llegaron a la conclusión de que se esta en “edad extrema”, generalmente a partir de los ochenta y cuatro años. Y me pregunto: ¿entonces donde me encuentro yo ahora? Podéis llamarme lo que queráis, pero yo me miro y observo, y entonces seguro estoy que la fecha de mi nacimiento no es la que consta, o aquellos que dictaminaron eso de edad extrema, no tuvieron en cuenta la condición de algunas personas que hubieren rebasado los ochenta y cuatro años.


Pero quiero dejar aparte estas disquisiciones y ceñirme al acto que celebrando estamos.


Hoy está siendo unos de esos días que luchan por hacerse hueco entre los de mayor satisfacción pasada a lo largo de una existencia. Sentirme acompañado por toda una familia, que son dos, pero para mí, conforman una sola. La mía propia y la que me viene por parte de Carmen, que tal cual, lo mismo son. Sí, porque familia se considera todas esas gentes, junto a tus ascendientes y descendientes, a los que quieres con toda el alma y que solo haces el corresponder con lo que de ellos recibes.


Los que a fondo me conocéis y los que hayáis tenido la osadía de leer mis memorias, estáis al tanto de cuantas vicisitudes he atravesado a lo largo de mi ya larga vida. Unas pasajeras; no pocas durísimas; las más, maravillosas.

Siendo un niño todavía, las dos grandes preocupaciones que tenía ya en mente, eran la una, que sería cuando fuera mayor, y la otra, como y cuando sería la mujer con la que habría de casarme. Extraño podrá parecer, pero así era. Ambas tardaron en llegar. La primera, ser Guardia Civil, que lo fue cuando iba a cumplir los veinticinco años, tras estar diez trabajando en el campo, dos en la mina y dos y medio de mili. La segunda también llegó algo tardía, cuando estaba a las puertas de cumplir los treinta y uno, y también ello, tras haber pasado por tres noviazgos, mas que algún que otro escarceo amoroso, sin mayor trascendencia. Pero en ambas acerté de plano. Ser Guardia Civil, lo he dicho siempre y lo mantengo, ha sido una de las grandes ilusiones de mi vida. Casarme y con quien me casé, fue la mejor determinación tomada  y ahí tenéis el resultado. (Señalando a mis nietos)




En muchas ocasiones he pensado en relación con una de las frases antológicas de Cervantes, aquello de que “en la adversidad se forjan los grandes corazones”, y de ello doy fe. Con las adversidades se fortalecen los espíritu, se blindan los sentimientos, y así cuando los acontecimientos llegan favorables, se gozan con mayor satisfacción, porque como diría Pedro Muñoz Seca, en su obra de Anacleto se divorcia, “¡si hasta Dios hizo la noche, pa' que luzca mas el día!”. Las carencias, muchas, sobre todo por las que en un tiempo hubimos de padecer la mayoría de los españoles, nos enseñaron, que para sobrevivir, poco se precisa, y así lo que no es imprescindible, es superfluo, y si nuestras ambiciones no se disparan, con poco que nos llegue, dicha y felicidad nos aporta.

Con todo ello y teniendo presente todas esas premisas, más la benevolencia que Dios y el Destino, conmigo lo han sido sin duda superiores a cuanto haya podido merecer, mi paso por la vida, lo fue, lo ha sido y continuando lo está, colmado de dichas y con cuyo acto de hoy, es el colofón de una felicidad completa.


Sin duda el mayor contratiempo en mi devenir, lo fue hace ahora algo más de dieciocho años, con el fallecimiento de mi mujer, esposa y madre ejemplar, dejándome sumido en la mayor de las desesperanzas, de la que nunca esperaba emerger. Pero os lo digo ahora, a unos y a otros, a los míos y a los de ella, por esas felices casualidades que a darse suelen en la vida, un día en los inicios del año 2011, aparecía un comentario en una de las entradas en el blog que en Internet tengo, y lo firmaba “Carmen”, Quizá y no tan quizás, fundamento ninguno tenía para despertar en mí el menor atisbo de esperanza, mas sin duda por necesidad que de ello tenía, que por lo que pudiera encerrar en sí, aquella aparición. Pero tras aquel comentario, volvieron otro, otro y así otros más, lo que cuando quise darme cuenta, habían calado tan profundo en mí, que trataba de hacer llegar a todo mi entorno la perentoria necesidad que tenía por ponerle cuerpo, cara y alma a aquel nombre de Carmen. Ello llegó en una comida celebrada por todos los míos y también ella, el día 14 de agosto de 2011.


El envío por mi parte de un correo al poco de conocernos, reconozco que tal vez un tanto de mal gusto, pero quizá no menos de un exceso en su interpretación por parte de ella, estuvo al borde de romperse un recién comienzo de amistad, que pocos días después, más por justificar mi pequeño desliz que por otro sentimiento, con el envío de un escrito al que recuerdo titulé “pliego de descargos”, volvieron las aguas al cauce de su propio inicio. A partir de entonces y comprendiendo que la sustitución de una persona por otra, nunca es posible, el efecto que una dejó de cumplir con su ausencia, si fue restituido por la otra que llegaba. Hoy, y aunque seguro estoy de que todos los presentes están al tanto de ello, a ti, Carmen, y aunque tu lo sabes y dicho te lo tengo muchas veces, delante de todos, te vuelvo a dar las gracias por haberme llevado al sendero de la dicha que tantos años llevé recorriendo y truncado por el hecho citado anteriormente. Contigo volví, y volviendo sigo, a transitar por esos caminos donde junto a ti estoy viviendo y continuando esa dicha que consideraba totalmente perdida, y hasta mentira me parece, el que tu la hayas restituido con solo el aceptarme tal soy.

Pido perdón si a lo mejor el momento de hacer estas manifestaciones que acabo de realizar, no vienen a cuento, pero cuando unos sentimientos tienen la necesidad de mostrase a la vista de todos, no es posible el contenerlas, como posiblemente la prudencia hubiere sido lo contrario.


Con un abrazo para cada uno de los que hoy me estáis acompañando en este acto, os doy las gracias porque, en estos instantes, ahora, vuelvo a sentirme el mas feliz de los mortales.


lunes, 20 de abril de 2015

En recuerdo a mi madre



Hoy se cumple el vigésimo primer aniversario del fallecimiento de mi madre, justamente cuando le faltaba mes y medio para cumplir los noventa y siete años. Aún la longevidad alcanzada y pese a que la espera de tal acontecimiento se estaba esperando, no por enfermedad si no por lo apuntado de sus muchos años, cuando una madre se nos va, se lleva consigo, no de uno, si no de todos sus hijos, un desgarro del alma de cada uno de ellos.

Pese al tiempo transcurrido de su óbito, ni un solo día se pasa sin que, no una, si no en varias ocasiones se traiga el recuerdo de esa madre que nos dejó. Sin duda la pérdida de un hijo ha de ser quizá mas dolorosa, pero esos recuerdos que se pierden allá en la lejanía de la niñez, cuando por la edad nos encontramos tan necesarios de la protección y el cobijo para la continuación del seguir viviendo, se nos viene a la mente la ternura y el cuido de nuestra madre. Sin duda la mayor garantía cuando llegamos al mundo, es nacer de unos padres buenos y responsables. Yo, y me pongo primero por haber sido el mayor de todos los hermanos, tuvimos toda esa suerte. Mi madre, mujer de carácter, que no dejaba pasar ni una de las acciones que no consideraba acertadas, de cualesquiera de nosotros, e incluso solía de írsele la mano con relativa frecuencia, no para dar una paliza pero si un buen cachete en las posaderas, luego era toda una madraza en el cuido de sus hijos y procurarles el mayor bienestar y sentirse felices.

Tuvo, primero el dolor de ver fallecer tres de sus ocho hijos nacidos, que lo fueron antes de cumplir el primer año de edad. Parte de la guerra civil y tres años más de la posguerra, el cuidar de los cinco que le sobrevivimos con la ausencia de su marido, pero su capacidad de trabajo y sufrimiento le hicieron el sobrellevar con toda entereza aquellas adversidades dándonos la crianza y educación que ella estimaba justa, y de lo que hasta presumir pudimos en el pueblo de haberla recibido ejemplar y que como tal había que demostrarla.

Valga esta entrada de hoy como homenaje  y recuerdo a aquella madre y esposa ejemplar, que juntamente con su esposo, nuestro padre, y otros tres de los cinco que le sobrevivimos  la infancia, y los que lo hicieron en su más tierna infancia, ya se marcharon también en su busca, estarán intercediendo para que los dos que lo estamos todavía por este mundo, el mayor y la mas pequeña, así como sus descendencias, nos proteja Dios hasta que a bien tenga el reunirnos a todos en el mas allá.

Hasta la próxima entrada.

domingo, 12 de abril de 2015

Tres doces de abril

Del día de hoy 12 de abril, conservo en mi memoria tres de esta fecha y que han sido de esos hitos que van jalonando el devenir en la vida de una persona, en este caso en la mía. 

La primera de ellas se remonta nada menos que hasta aquel 12 de abril de 1931, en que se celebraron en España una elecciones municipales y dos días después, la proclamación de la Segunda República Española.



Pese a mi corta edad, pues aún me faltaban quince días para cumplir los seis años, sin duda por el ambiente que en cuanto a aquellas elecciones se respiraba en el país, llegaba hasta nosotros los niños que posiblemente aun sin percibir el alcance que ello hubiere de tener, sin duda despertaba algo de curiosidad cuanto por lo que a mi respecta. Tal es así, que como siempre sucedía que se celebraban elecciones, el Colegio electoral se ubicaba en el local de la escuela donde yo asistía. Podía ser a media mañana del referido día, le propuse a un primo mío y a un amigo, ambos unos meses menores que yo, pero de mis misma quinta llegarnos hasta la puerta de nuestra escuela, sin duda por darle gusto al gusanillo de curiosidad en mi despertado. No sé si por complacerme o porque a ellos les sucediera lo mismo que a mí, allá que nos dirigimos. Tan pronto  nos aproximamos a la puerta y fuimos observados por uno de los Guardia Civiles que estaban prestando servicio en el colegio electoral, con  tono bastante autoritario fuimos echados creo recordar con la frase poco mas o menos de "niños iros a jugar por ahí".

Del resultado de aquellos comicios no me consta nada en la memoria, pero si tengo así como un vago presentimiento de que a partir de entonces, y dado a que yo ya sabía leer bastante bien e incluso escribir algo, y un tío mio que trabajaba en el Ayuntamiento estaba suscrito a un periódico de Córdoba, una vez él lo leía, me lo llevaba a mi casa que como quiera que no tenía ni un solo libro en donde pudiera saciar el vicio que ya tenía por la lectura, y de lo que solía comprender solo lo propio al alcance de un niño de mi edad. También tengo la casi total seguridad que a partir de aquellas fechas comenzaron a quedar en mi memoria los hechos y episodios mas importantes que sucedían y también de mi propia historia personal.

La segunda de las efemérides de este doce abril, por cuanto a mi personalmente se refiere, sucedía ocho años más tarde a la antes citada, o sea, el 12 de abril de 1939. Aquel día regresaba a mi pueblo tras haber pasado dos años y medio exiliados del mismo, iniciado el 9 de octubre de 1936 fecha en la que las fuerzas nacionales tomaron el mismo, habiendo permanecido, con toda mi familia como es natural, por distintos pueblos y cortijos del Valle de los Pedroches.



Salimos del lugar donde llevábamos residiendo año y medio aproximadamente, un cortijo del término municipal de Pedroche el día anterior, once de abril, hicimos noche en plena sierra de la Chimorra, precisamente donde estuvo el frente de guerra de ambos ejércitos el mismo tiempo que nosotros estuvimos exiliados, donde a ambos lados de la carretera por donde circulábamos se hallaba abandonado armamento de toda clase, desde armas cortas como pistolas, hasta piezas de artillería y verdaderos montones de municiones de diferentes calibres, todo ello el que dejaron abandonado las fuerzas del Ejército republicano, que en desbandada abandonaron sus posiciones. Asimismo en los olivares que se hallaban en las inmediaciones de la carretera, estaban sobre el suelo las cosechas de las tres campañas en que el frente de guerra se estableció en aquel lugar. Las correspondientes a las campañas 1936-37 y 37-38, por las lluvias y el sol a lo largo del tiempo, la aceituna era inservible para extraerle aceite, no así la correspondiente a la última de 1938-39, que lo único que habían perdido era la parte de agua que contenía el fruto, y pocos días después de nuestra llegada al pueblo, autorizaron la recogida libre de la misma, lo que a mi familia y a todas las que habían regresado de su exilio nos sirvió para estar casi dos meses proporcionándonos unos ingresos que nos solucionaron el problema de la falta de trabajo por un buen tiempo.

Tengo también el recuerdo de que el llegar al pueblo lo hacíamos como un tanto temerosos y sensación de que nosotros mismos nos considerábamos perdedores de la guerra, cuando yo salí de mi pueblo con once años de edad y regresé cuando aún no había cumplido los catorce, pero sí me sentía yo mismo como uno de los perdedores y quizá hasta algo culpable de que hubiere sucedido el conflicto bélico. Nunca después supe darme explicación a semejante sentimiento. No obstante, me hizo gran ilusión el volver donde había pasado toda mi infancia y parte de la niñez, y me recuerdo que las casas y calles del pueblo me parecían mas pequeñas que lo eran cuando salimos de allí.

A partir de aquella llegada a mi pueblo, comenzó sin duda una de las etapas más dificultosas, sobre todo económicas de las pasadas hasta entonces.

Y el último 12 de abril del que guarde un recuerdo especial, lo fue el del año de 1946. Poco después de las tres de la madrugada de aquel día, llegaba al cuartel del Regimiento de Artillería número 14, sito en el punto conocido por Pineda en los extrarradios de la capital sevillana, y que procedentes de Córdoba habíamos salido a las cinco y media de la tarde, o sea que tardamos unas diez horas aproximadamente.



Quiero recordar que a las siete de la mañana tocaron diana, y a la mayoría ni siquiera nos había dado tiempo siquiera a descabezar el sueño, cuando ya estábamos otra vez en danza. Diez minutos para asearnos, formación para el desayuno, y una vez realizado el mismo, dotarnos de todas las prendas de uniforme desde ropa interior, a las saharianas, pantalones, borceguíes, que era el nombre que oficialmente se les daba a las botas, y que nos lo entregaban a medida que nos nombraban por orden alfabético del primer apellido, sin tener en cuenta la talla o número de calzado de cada uno, por lo que hubimos de realizar cambios entre unos y otros reclutas y hasta finalmente algunos hubieron de realizarlo en el propio almacén del Regimiento, porque les era imposible el colocarse las prendas que le fueron entregadas, bien por pequeñas o excesivamente grandes. Yo hube de cambiar un mono con un recluta que  era de Pedroche y me sacaba tres cuartas de estatura a mí. Seguidamente a la entrega de las prendas de uniforme e interiores, unos novecientos reclutas que nos habíamos incorporado procedentes de distintos puntos, y previa la consulta de que todos aquellos que tuvieren algunos conocimientos sobre peluquería que dieran un paso al frente y que fueron bastantes, a todos ellos y a los que ya estaban en el Regimiento de Reemplazos anteriores, les entregaron a cada uno una maquinilla de pelar y nos pelaron al cero, y que tal estropicio hicieron con nosotros, que aquella tarde hubieron de darnos permiso especial para que en peluquerías de Sevilla enmendaran en lo posible lo que hicieron con nosotros, cosa que hicimos la inmensa mayoría, salvo los que tuvieron la suerte de que les tocara algún profesional entendido en el menester. Por cierto cuando un paisano mío y yo regresábamos de arreglarnos el pelo y estábamos llegando al cuartel, arriaban bandera y como observábamos que los artilleros de la Guardia e incluso suboficiales y oficiales, se paraban y en posición de firmes saludaban, nosotros no sabíamos si pararnos o que hacer, así que unas veces parados, otras andando, saludábamos como Dios nos daba a entender, otras dejábamos de hacerlo, y así mientras duró el toque de corneta. Con ese acto de arriar bandera se  daba finalizada la jornada militar, aunque a nosotros nos quedaban varias listas y formaciones, cena, retreta y el último toque del día en un cuartel, el de silencio en que el imaginaria se hacía cargo de su cometido y te tomaba nota si te sorprendía hablando y no digamos si eras sorprendido por el Sargento de Semana, que como mínimo te caían tres imaginarias, pero la segunda o la tercera que eran las peores, pero nunca la primera o la cuarta.

Pues con el toque de silencio de aquel 12 de abril de 1946, terminaba mi primer día de mili, de los dos años y medio que me tiré. Pero para cumplir los VEINTIÚN años, me faltaban aún quince días, los mismos que ahora me faltan para los NOVENTA, que si a éstos le restamos aquéllos, nos dan SESENTA Y NUEVE, que son muchos años.

Hasta la próxima, que ya veremos que sale.

sábado, 4 de abril de 2015

Día de la Merendilla

Merendilla de Villaharta
Año 2010

Hoy se ha celebrado, y aun se estará celebrando por muchos de los asistentes al acto, el Día de la "Merendilla" en Villaharta, también conocido como "mi pueblo". Mi hermana que este año está allí, y mis sobrinas y sobrinos han colocado en Facebook varias fotografías en las que se aprecian parte de las viandas que en tan señalado día se consumen. Esto de la merendilla es una costumbre que existe en mi pueblo, no sé desde hace cuánto tiempo, y que antes, se celebraba el Domingo de Resurrección, pero actualmente se hace el Sábado Santo, a fin de que muchos de los villaharteños/as que se hallan en otros puntos de España, puedan asistir, si así lo desean, y el lunes estar en sus puntos de residencia y de trabajo.

Dicha celebración consiste, en irse a cualquier pradera cerca del pueblo y llevando viandas, que antes lo eran generalmente la inmensa mayoría productos de la matanza y en la actualidad bastante mas variadas, aunque podría decirse, que la chacina es la base fundamental de lo que opíparamente se yanta en dicho día.

Mis recuerdos de la merendilla se pierden en la lejanía de mi infancia, y de los que más lejanos tengo en la memoria, lo eran cuando se celebraban en el punto conocido por La Cruz, dado que hay una cruz de piedra en un pequeño llano de la pradera, sito aguas arriba del Arroyo de Las Navas, desde la carretera que del llamado cruce va hasta Villaharta. Después se han celebrado en diferentes puntos, aunque desde hace algunos años suele hacerse en el mismo sitio. No sabría explicar el porqué, pero tengo la sensación de que estas costumbres de los pequeños pueblos, se consideran mas íntimas y calan más en los sentimientos personales, que las grandes solemnidades que suelen llevarse a cabo en las ciudades, donde la inmensa mayoría de quienes asisten, te son totalmente desconocidas, no así por cuanto a lo que en mi pueblo sucede, y con mas razón de ser lo era antes, cuando los medios de transporte lo eran casi inexistentes, salvo los autobuses de pasajeros, aunque también escaseaban mucho, y por tanto entrañaban gran dificultad para desplazarse de uno a otro lugar, que son, si no familias o amigos, cuando menos conocidos.

Mis ocupaciones profesionales y familiares, hallándome por supuesto aquí en Málaga, me tuvieron muchos años sin poder asistir al referido acto, aunque la vorágine de mis actividades y la familia, me hacían que casi me pasara desapercibida, sobre todo no sentida, mi asistencia a dicho acto. No obstante, desde hace doce, o catorce años, una vez enviudé, han sido pocos los años que he perdido de asistir al mismo. Hoy, que lo ha sido uno de esos, y trayendo al recuerdo los pasados, saco la conclusión de las diferentes formas de la celebración de este día, según la edad que contaba cuando a la merendilla asistía.

No sé si será de la primera que me alcanza el recuerdo, no solía alejarme mucho de mis padres y en todo caso jugar con niños de mi edad, pero siempre en las proximidades donde ellos estuvieran. Tal vez, aunque las concentraciones de gentes, que solo eran de mi propio pueblo, salvo raras ocasiones que hubiere familiar de algunos de los asistentes, no eran nada extraordinarias, pero en esos primeros años de la infancia tal vez la cautela y sensación del desamparo que te invade al sentirte lejos de tus padres, instintivamente te llevaban a estar siempre en sus proximidades. Ya algo mayor y cuando se asistía a la escuela, solías jugar con tus amigos y compañeros de todos los días y a los juegos que en tal época estuviera actual. Años mas tarde, el jugar al fútbol, que en tan señalado día, no faltaba quien tuviera un balón, o cuando menos una pelota de goma, todo el tiempo en que no se estuviera comiendo, que era bastante, se empleaba en jugar al fútbol, de lo que confieso en este instante, y no me avergüenzo de ello, siempre fui la criatura que peor ha jugado al fútbol, nunca vi a nadie tan malo como yo, pues en una ocasión, ya de Guardia Civil aquí en Málaga, que jugamos un partido en el campo del Seminario, entre compañeros de los que trabajaban en las oficinas de la planta baja y los que lo hacíamos en la segunda planta (la primera era la residencia del Coronel y su familia), me pusieron de defensa y aunque os cueste trabajo creerlo, en todo el partido. no llegué en ninguna ocasión darle una sola patada al balón, pero si conseguí estar por lo menos una semana con unas agujetas en las piernas que hasta andar me constaba trabajo.

Volviendo a la merendilla, ya cuando comencé a "mocear", a eso de los quince o dieciséis años, ya jugar pero solo y en sus inmediaciones o en compañía de las niñas de nuestra edad, que entonces como la asistencia a la escuela lo era por separado, estar jugando junto a ellas era mas que una novedad, una necesidad que solo se daba en dos o tres días al año.

En los años últimos en los que he asistido, sin duda son los que me he entregado a saborear y sacarle todo el partido a las viandas que suelen llevarse, especialmente a los productos del cerdo, que como buen sibarita me regodeo en la ingestión de tales "chichas".

Lo que esta totalmente perdida es la costumbre de hace muchos años, que no había familia que no llevara en su cesta, un "hornazo" para cada uno de sus miembros.

Con que el día de la merendilla del año que viene me tenga Dios por estos lares y tal estoy en estos momentos, por satisfecho me doy.

Hasta la próxima entrada.   
   

sábado, 28 de marzo de 2015

Día de mal recuerdo



28 de marzo de 1939, día de pésimo recuerdo.

Haré una somera historia, antes de entrar en desentrañar el porqué de citar como día de mal recuerdo el citado 28 de marzo de 1939.

Desde septiembre de 1938, ejercía como zagal en la guarda de un rebaño de ovejas de unas trescientas cabezas aproximadamente, bajo las órdenes del  Mayoral, un tal José, de unos cincuenta años de edad, y otro pastor, un tal Pepe, de unos sesenta, como entre ellos se llamaban el uno al otro,  ambos de Pozoblanco. El ganado pertenecía al Ejército Republicano y por las fechas que cito, lo era durante la Guerra Civil Española. El encargado del mismo era un Comisario Político del Cuerpo de Intendencia del que solo sé, era también de Pozoblanco, se llamaba Bartolomé y era sobrino del Mayoral, e ignoro donde tenía la base de su destino y que posiblemente pudiera ser precisamente Pozoblanco.

Pocos días antes de enrolarme en tal menester, mi padre había sido movilizado y llevado al frente de guerra de Extremadura. Ante la petición para ayudar a los dos pastores en la guarda del rebaño que por decisión del propio ejército republicano lo ubicaron en una finca conocida por Don Elías Cabrera, del término municipal de Pedroche, sin duda requisada al propietario que habría de llamarse así,  en la que se había establecido  un año antes, una Colectividad de Trabajadores, compuesta por hombres, entre ellos mi padre, todos exiliados de sus respectivos pueblos de residencia como consecuencia de haber sido tomados por las fuerzas sublevadas, o fascistas como eran llamadas en zona roja, donde estábamos. Mi madre accedió a ello debido a que ofrecían que, quincenalmente, nos daban un pequeño suministro de artículos alimenticios de primera necesidad, de lo que tanto escaseábamos, más diez pesetas de jornal diario, aunque el dinero nada valía, debido a que no había casi nada que pudiera comprarse. Hasta aquí, cuanto quería señalar para entrar en materia con lo acaecido el día del que hoy se cumplen SETENTA Y SEIS AÑOS. A mí me faltaba un mes para cumplir los catorce, los mismos que hoy lo son para cumplir los noventa.

Vamos a ello. Recuerdo que no hacía mucho rato que los tres, mayoral, pastor y zagal,  habíamos estado comiendo, cada uno en puntos distintos, claro como se hacía todos los días según la situación en que nos encontrábamos para la custodia y guarda del rebaño, cuando apareció todo excitado, el comisario político que antes he citado, y dirigiéndose a su tío, le ordenó que como máximo dentro de una hora u hora y media, había que partir con las ovejas hacía la localidad de Conquista, último pueblo de la provincia de Córdoba, limitando con la de Ciudad Real, tiempo que consideraba mas que suficiente para que fuéramos a nuestros domicilios, se lo comunicáramos a nuestros familiares y tomáramos las cosas  precisas para ello. Que el motivo de tal traslado era el de que las fuerzas fascistas estaban rompiendo los frentes de guerra de Pozoblanco en la sierra de la Chimorra, y los de Extremadura, y a fin de que no se apoderaran del ganado, en caso de que pudieran llegar hasta donde estábamos.

Arreando el rebaño a toda marcha hasta los corrales que se hallaban a menos de un kilómetro, lo encerramos en los mismos y cuando yo llegué al cortijo y puse a mi madre en conocimiento  de la orden recibida, jamás en toda la vida, y que mi madre falleció cuando iba a cumplir los noventa y siete años de edad, la vi en un estado tan de locura como lo que le produjo la noticia que terminaba de darle. El ambiente desde hacía un par de días estaba muy cargado de rumores alarmantes sobre la situación de la guerra, y que todos eran como que la misma se iba a perder por la República. Mi madre, además de que estaba muy preocupada por la situación de mi padre que se hallaba en el frente de Extremadura y hacía mas de quince días que no sabía nada de él, llorando y gritando se abrazó a mí diciendo que no permitiría que a un niño, como yo entonces lo era, lo apartaran de su madre, y yo, que además del propio miedo que  tenía, y de verla a ella en tal estado, comencé a acompañarla en los llantos y así hasta que pasados un rato en tal estado, al fin dándome una manta, y un pequeño hatillo con ropa interior, y como yo consideraba necesaria cumplimentar la orden recibida, que muchas veces las circunstancias suelen obrar acciones incomprensibles, salía hacía la majada, siendo seguido por mi madre durante muchos metros sin dejar de besarme y abrazarme, hasta que al fin y creo que ya falta de fuerzas me dejó seguir. Ella volvía hacía el cortijo donde quedaba en la situación que he señalado, teniendo allí cuatro hijos, de diez, ocho, seis y cuatro años de edad, respectivamente.

Comenzaba a caer la  tarde cuando los tres componentes de la guarda, manta y hatillo al hombro, tomábamos el camino al que pronto llegamos casi paralelo a la carretera Pozoblanco-Villanueva de Córdoba, hacia donde llevábamos la intención de llegar para pernoctar en la misma. No llevaríamos una hora caminando, que como he dicho lo era paralelo a la indicada carretera, cuando llegando sobre nuestra altura un tanque quedaba parado en la orilla de la misma conforme circulaba hacía la dirección que nosotros llevábamos. Tal vez pudiera ser por haber sufrido una avería o quizá por haberse quedado sin combustible, un número de cinco o ses militares bajaban del mismo, se despojaban de sus prendas de cabeza y las divisas de su empleo, tirándolas sobre la cuneta de la vía y continuaban su marcha a pie. Cuando el más retrasado se había distanciado unos quince o veinte metros del vehículo blindado, parándose y volviendo la vista hacia el mismo, permaneció por espacio de un minuto poco mas o menos, observándolo muy pensativo, sin duda diciendo el ultimo adiós a una máquina de guerra que la habría tenido bajo su mando por espacio quizá de un par de años, y allí quedaba dando testimonio que de nada había servido tal vez que sin duda en alguno de los combates en que tomara parte, hasta habría ocasionado la muerte de algún que otro soldado y seguro que también españoles. Otros muchos pensamientos y sentimientos le vendrían al recuerdo como los sufrimientos padecidos a lo largo de casi tres años de guerra, tanto ellos como soldados, como la población civil, con la desventaja de que en la parte que el había estado combatiendo le correspondía la derrota para mayor inri, y la incertidumbre de cual fuere su futuro inmediato.

No mas de dos kilómetros mas adelante del punto donde presenciamos lo detallado, había una ambulancia del ejército también parada junto a la orilla de la carretera, con las puertas abiertas y sin que nadie se observara a su alrededor. Sin duda sería abandonada por las mismas causas que el tanque. Lo que nos causaba cierta extrañeza es que el frente de guerra mas próximo a donde caminábamos y quedaban aquellos vehículos, estaba a unos treinta kilómetros, lo que a lo mejor sería la avanzadilla de la desbandada que aquella tarde noche se produjo en todos los frentes de guerra, cuando menos del Sur de España.

Siguiendo nuestra marcha con el ganado, nos alcanzó la noche en un grupo de casas que había junto a la carretera, antes de llegar a Villanueva de Córdoba, vía que ya habíamos tomado para conducir el ganado, donde se hallaba destacada la Plana Mayor de una Brigada del Ejército, donde un componente de la misma, tal vez pudiera ser el mismo general, de lo que no se podía dar fe de ello, dado a que también todos los militares que componían aquella unidad, se habían despojado de sus divisas militares, si bien se podía suponer que  serían de alta graduación, ya que vestían en su mayoría prendas todas de cuero, distintas a las que usaban los soldados, ordenó hiciéramos noche allí, encerrando las ovejas en un cercado que había en las proximidades.

Tomamos  unos bocadillos que nos fueron servidos por los militares, y cuando no habían transcurrido ni cinco minutos de haberlo tomado, recibí la mayor alegría de mi vida, ya que el marido de la hermana mayor de mi madre, que era el único hombre de la familia que no estaba en el frente por ser el mayor de todos, y temiendo el que caso de llegar los "fascistas" fuera detenido por su actuación en el pueblo al principio de la guerra, se prestó voluntario para reemplazarme. En toda la noche pude pegar ojo y cuando solo estaban asomando las primera claras del siguiente día, tomaba el camino de regreso al cortijo que distaría unos diez kilómetros, donde llegué cuando el sol terminaba de asomarse en aquellos encinares de La Jara, mi madre y yo nos fundimos en un abrazo, que no se cuanto pudo durar, pero seguro lo fue varios minutos.

Unas dos horas después de mi regreso se tuvo noticia que en el cortijo, de que en otro no mas de dos kilómetros de distancia del nuestro, donde había estado instalado un Depósito de Intendencia del Ejército, había sido abandonado por los militares y la población civil se estaba apoderando de todas las existencias que habían dejado. Todos los niños incluso con no mas de cinco o seis años, provistos de sacos o envases corrimos hacía el punto señalado, y dimos varios viajes, especialmente de latas de conservas de carne, y de frutas, y sobre todo de chocolates, que a la par que echábamos a nuestros envases, íbamos comiendo, sin duda mas de la cuenta y en su consecuencia ninguno nos salvamos de sufrir unas diarreas con lo que pagamos nuestra glotonería.

Como consecuencia de estar resultando la presente entrada mas larga de lo normal, este último tramo he tratado de abreviarlo en lo posible, aunque lo que supuso para nuestras menguadas despensas fue bastante importante, los viajes que dimos hasta los abandonados depósitos de la intendencia militar.

Los momentos de la despedida de mi madre cuando partí hacía donde no sabíamos donde y cuál sería nuestra suerte, el solo traerlo al recuerdo, como suele decirse me rebana el alma, y como y cuanto sería lo pasado por ella, solo una madre es capaz de soportarlo.

Hasta la próxima entrada.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Pasando página




Aunque hace ya tres años que dejé de conducir (automóviles se entiende), más que por carecer de facultades, por atender a las recomendaciones de mis hijos, esta mañana en un rutinario escrutinio de documentos, de todos esos que suelen formar parte de la nostalgia de los ya metidos en años, se ha puesto ante mis ojos el último permiso de conducir que me fue concedido y que estaba en vigor hasta precisamente antes de ayer, o sea el día 22 del actual.

Aunque, y perdón, quizá porque tal vez pueda resultar un tanto pedante o fanfarrón, yo que cada vez que oigo pronunciar la palabra  "anciano" no me considero incluido dentro de ese término, en el momento de ojear el referido permiso de conducir, he sentido cierto gusanillo de tristeza al comprobar que con el vencimiento del tan  repetido permiso y la NO renovación del mismo, doy por pasada una página más en el devenir de mi ya larga vida.

Como eso de los proyectos, sean de la índole que fueren, si reconozco y me considero no suelen estarlo ya para mí, me hacen volver la vista atrás, y como cada hijo de vecino, a estas alturas del tiempo pasado, me pasan por la mente esas principales etapas o circunstancias que van dejando hitos como señal, especialmente donde han ido culminando hechos señalados por los que vamos pasando, en el recorrido de, unas veces, podrían catalogarse de grandes y lujosas avenidas, autopistas, calles, carreteras, callejuelas, veredas y hasta vericuetos, que el destino nos impone en el caminar por la vida. Pero aquí también, y no pienso ahora pedir perdón por ello, en mis sentimientos bullen el considerarme he circulado en la inmensa mayoría de toda mi vida, por esas grandes y lujosas avenidas, o formidables autopistas en las que cuando se van recorriendo, se ensanchan las sensibilidades y a la par que se van dando gracias a Dios de que así lo sea, te van dejando ese regustillo de andar y haber tenido la dicha de venir a este mundo, donde la catalogación en la inmensa mayoría de las veces en considerarlo como premio o castigo, depende del talante de cada cual. O sea, como suele decirse de ver, no la botella medio llena o medio vacía, cuando contiene la mitad de su volumen ocupado, si no incluso de considerarla LLENA, cuando a lo mejor solo contiene unos posos que hasta pudieran considerarse como "zurrapas".

Sí, así ha sido mi forma de ser y pensar, y ahora en este caso del que me ha traído a esta nueva entrada en el blog, con el dejar de conducir y el cese en la validez del permiso, he ganado, el no tener que preocuparme si cuando llegaba al barrio había o no había sitio donde estacionar el coche, de si estaba el mismo más o menos limpio y proceder en su consecuencia, de tener que repostar a cada momento que parecía que el combustible se lo bebía aún estando parado, sin tener que estar siempre pendiente del despiste o barrabasada que pudiera cometer cualquier otro conductor, y como recompensa, tengo la de viajar en el autobús contemplando todo cuanto se va cruzando por el camino, que la preocupación que antes había que llevarse al volante, tiene que llevarla el conductor del mismo, e incluso hasta las no pocas veces el comportamiento de los demás pasajeros te dan, si se observan, el modo y forma de ser las gentes, que en no pocas ocasiones hablando de forma que los demás pasajeros hemos de enterarnos por fuerza de todos sus problemas que va contando a quien lleva a su lado, que posiblemente le vaya en ello lo mismo que a los demás, y así un largo etcétera. Sobre esto, voy a relatar un hecho contemplado ayer tarde cuando regresaba a casa en el autobús, que me trajo entretenido durante la mayor parte del trayecto.

Resulta que viajaba en el mismo un matrimonio metidito en años, y estoy por asegurar que el marido había sido Guardia Civil de Tráfico aquí en Málaga y al que estuve tentado por preguntarle tal circunstancia. Pero yendo al hecho, resulta que la esposa, debe ser de esas que, como se dice, no se calla ni debajo del agua, y no cesaba un instante de hablar y de gesticular, y como la hora que eran las tres y algunos minutos de la tarde, y no sé si el matrimonio habría comido por ahí, el caso es que el marido, que parecía estar a punto de dar una cabezada, no se inmutaba siquiera a cuanto la mujer decía,  y cuando hacia casi veinte minutos en que yo tomé el autobús en el que ellos ya venían, el paciente marido se limitó a hacer un ligero movimiento de cabeza, pero sin despegar los labios siquiera, como muestra de asentimiento a cuanto su incansable esposa no paraba de decirle. Simplemente ese gesto, era la respuesta dada a casi media hora de charla a marchas forzadas que parecía denotar en sus exposiciones. En un momento de la charla de la señora, quise descubrir que se refería a la descripción de la  cara de otra persona, porque se pasaba la mano derecha por la suya, los ojos, la nariz y sobre todo el mentón, que seguro debiera tenerlo bastante prominente, por el gesto que hizo al pasar la mano por el mismo. Yo procuraba mirarlos con cierto disimulo porque me producía una sonrisa que me era imposible de ocultar, a la par que sentía compasión por el paciente marido, aunque creo que el propio Job no lo era tanto como éste.

En concreto, que el paso del tiempo todo lo va colocando en su sitio, aunque a mí hasta el momento, cuando menos, no ha podido quitarme la ilusión y el deseo de vivir, el considerarme un ser privilegiado que todos debemos hacerlo por el mero hecho de venir a esta vida, y en fin, aunque deba andar por los espacios donde se debe ir haciendo balance de todo lo pasado, creo y espero no me sorprenda negligente de dar cuenta a Dios de todos mis actos, a la vez que nunca podré darle las suficientes gracias por todo cuanto me ha dado y sigue dándome.

Hasta la próxima, que sobre la conducción de automóviles ya me está vedado pronunciarme al haber prescrito lo que a ello me autorizaba.

martes, 17 de marzo de 2015

Aquellos DÍAS DE QUINTOS


Los días de quintos cuando yo moceaba, eran días extraordinarios en los pueblos. Los hombres teníamos entonces un hito importante en nuestras vidas, que solía contarse en el antes o después de la mili.

Cada quinta, o reemplazo como era la denominación oficial, tenía para ello tres días de trámite, en distintas fechas.

El primero, al que se le llamaba el día de la talla, consistía en el alistamiento, reconocimiento médico, y que entre ello entraba la talla del mozo, y de ahí salía el que se le clasificara  de "apto" para el servicio de las armas, cuyo término de no apto, realmente era el de "inútil total  para el servicio de las armas". También había una circunstancia entremedia, que se consideraba "útil solo para servicios auxiliares", que solía aplicarse al que tenía cierta merma de condiciones físicas, que no lo consideraba para ser clasificado como "apto". Estos eran llamados a filas y solían prestar solo servicios de limpieza, de cocina, imaginaria, cuartel y todos aquellos en los que no fuere necesario el uso de las armas. Solían ser muy escasos los que eran clasificados como tales.

Este primer acto se realizaba durante el verano del año anterior al que habías de incorporarte al Ejército, que en el caso de mi "quinta", lo fue el día primero de agosto de 1945. Todos estos actos se realizaban en los Ayuntamientos de los pueblos o ciudades, y cuyos resultados eran enviados a las Cajas de Recluta que se hallaban enclavadas en Capitales de provincia, y en las que había más de una, en pueblos importantes situados en puntos que comprendían varios pueblos y que solían estar mas alejados de la Capital. Oficialmente también a este hecho, se le denominaba "Ingreso en Caja".

El segundo acto era el sorteo del reemplazo para determinar a los puntos donde habían de destinarse por las Cajas de Recluta, y que se hacía extrayendo de un bombo una letra del abecedario, y a partir de esa letra por orden alfabético del primer apellido de cada mozo, y el cupo que se había establecido de enviar a cada Región militar o plaza, se iban destinando según correspondiera al orden que se había preestablecido.

Pues el día del sorteo de mi quinta, se realizó el domingo 17 de marzo de 1946. Hoy se cumplen, nada menos, pero nada más, que SESENTA Y NUEVE AÑOS de ello. La mayoría de los quintos de mi pueblo (entre ellos yo), nos tocó Sevilla. De ello fuimos informados por la familia de uno de los quintos que tenía familia que vivía en Córdoba y a su vez tenían la central de teléfonos en el pueblo, por cuyo conducto lo hicieron y por medio de un propio, nos lo hicieron llegar hasta donde nos encontrábamos preparando las pitanzas. A partir de tener conocimiento del resultado del sorteo, cada cual daba contínuos vivas a la ciudad o pueblo donde había sido destinado.

Cada día en que se realizaba uno de estos actos, era celebrado por los Quintos, con una comilona, siempre en el campo, y bien regada con vino abundante. No se porqué, al día del sorteo era al que mayor solemnidad solía dársele, dado también a que dos o tres semanas después llegaba la hora de marcharse, como en nuestro caso, sucedió el siguiente seis de abril, veinte días después del sorteo.

Sobre este día quiero recordar escribí ya en una ocasión anterior, y nos comimos un chivo en las inmediaciones del Balneario de Fuente Agria, a dos kilómetros de mi pueblo. También, y creo lo cite en la entrada anterior que señalo, que mientras se preparaba la comida, el hijo del dueño de la finca, que  también era quinto, tenían una vaquilla, que los cuernos eran como dos botones, o sea comenzaban a asomar en la cabeza. y que embestía tan pronto se la citaba y dio varios revolcones a quienes se ponían delante de ella. Aunque siempre lo supe, aquel día me desengañé de que yo no vine al mundo para ser torero, pues mientras la vaquilla anduvo por nuestras proximidades, yo me la pasé subido a un árbol, y no fui el único, si no que me copiaron algún que otro compañero. Terminado el atracón de carne, que a la mayoría buena falta nos hacía, nos fuimos al pueblo continuando la juerga durante toda la tarde y noche, y en lo que era  costumbre, entonando canciones de las llamadas de "quintos", que generalmente en su mayoría. eran de tono bastante subidas, especialmente por lo que respecta al sexo, y de lo que se les perdonaba, solo a los "quintos", en sus días especiales.

Tales acontecimientos, tan arraigados estaban, sobre todo en los pueblos pequeños, que hoy mirando hacía atrás, parece mentira que no queda actualmente ni siquiera creo, el recuerdo de aquellos acontecimientos, que bastante importancia y trascendencia se les daba por los jóvenes varones, y que como citaba anteriormente, aquello suponía el final de una etapa de la vida, y el comienzo de otra, para nosotros. No obstante, y retrotrayendo el recuerdo a como entonces solía vivirse la vida, hasta yo mismo, y creo que sucedería igualmente a mis coetáneos, si pudiéramos contemplar tal se celebraban aquellos jolgorios, los consideraríamos como fuera de lugar y  de sitio. Aunque con cierta nostalgia, hay  que reconocer que los tiempos pasan, y con ellos se llevan, no solo a las personas, sino también hasta los usos y costumbres de las épocas que lo fueron.

De aquellos quince o veinte que formábamos la quinta, solo quedamos en este mundo, dos, precisamente mi mas íntimo amigo, que incluso, por ser tres días mayor que yo, estamos inscritos en el Libro del Registro Civil, él, en folio par y yo en el impar siguiente, que una vez se cierra el libro, estamos los dos juntitos desde ya mismo va a hacer noventa años de ello. El primero en fallecer, de mis "quintos" hace ya más de cincuenta años. Después le fueron siguiendo los demás. Mi amigo Alfonso y yo, continuamos por estos lares y "unidos", manteniendo una amistad, que en mi pueblo, Villaharta, se cita como ejemplo de ello.

Hasta la próxima entrada.

martes, 10 de marzo de 2015

Palabras moribundas


Tras trece días de sequía bloguera, por desidia o como consecuencia de una prueba médica, de la que hube de pasar por el quirófano que me ha tenido un tanto desganado, y ya repuesto gracias a Dios, hoy al fin me decido nuevamente a verificar otra entrada en este blog.

Después de leer un libro que recientemente me ha sido regalado por un familiar querido, cuyo título es el mismo al que he dado a esta entrada, o sea "Palabras moribundas", que como su título reza lo son de palabras que a lo largo de los años se han ido olvidando, o están a punto de serlo, y de las cuales cuando menos un noventa por ciento me son conocidas e incluso usadas por mí en mi niñez, juventud y ya metido en años, salvo algunas de las que solo han sido, o lo son, usadas en puntos muy determinados de España e incluso en países de habla española, primero me han dejado un tanto pensativo de los años que arrastrados llevo, y para mayor "inri", otras muchas de las que los dos autores del libro han dejado de citar, que aún como antes he señalado, también he utilizado a lo largo de mis años. Sobre éstas, hoy voy a citar solo tres de ellas y en entradas sucesivas iré señalando alguna que otra.

Comenzaré la casa por el tejado como suele decirse, o sea por orden alfabético invertido, de la Z a la A. Vamos a ello.

Zurrón. Según el DRAE, "bolsa grande de pellejo que regularmente usan los pastores para guardar y llevar su comida u otras cosas." El hecho de que se cite que era de pellejo, generalmente de piel de cabra u oveja, era para que si en alguna ocasión si se derramaba en el interior parte de la comida que  estaba hecha con aceite, no se traspasara la mancha y llegara a la ropa de los mismos. Generalmente, y lo digo por haberlo visto, solían añadirle al zurrón por la parte exterior, que descansaba sobre la espalda, un trozo de piel de oveja con su propia lana, a fin de que caso de que incluso la mancha lo traspasara, nunca podía llegar a su vestimenta.

Los cazadores asimismo solían, y no sé si lo seguirán haciendo, utilizando el zurrón,  y en mis años mozos, había un dicho de los mismos, que cuando cobraban una pieza, solían decir "¡Pieza al zurrón!".

En la actualidad, las misiones del zurrón, y su formato, aunque confeccionadas de diferente material, son las mochilas de uso tan popular, y los pastores, no sé si seguirán utilizando el zurrón como lo hacían en mis años de niño y joven, el caso es que hace muchas anualidades no he oído pronunciar semejante palabra, por lo que cuando menos, considero debieran haberla incluido también como "moribunda" o "agonizante".

Zurrapa. En su primera acepción el DRAE dice "Brizna, pelillo o sedimento que se halla en los líquidos y que poco a poco se va sentando". Tan de uso lo era en mis tiempos como solemos decir los metidos en años, que incluso había un dicho del tenor siguiente: "Al primer tapón, zurrapa", que solía emplearse cuando algún intento en su primera intención había fracasado, como el experimento de una nueva comida, un trabajo, un proyecto, etcétera, y que este dicho, si suele oírse de vez en vez, sobre todo por personas mayores.

Este nombre se daba también a los residuos de los productos de una matanza, a los posos de una bebida, y también en mi pueblo por lo menos, se le llamaba así a los posos que quedaban en los vasos o tazas donde se tomaba el café. Sin embargo, años ha, no he oído pronunciar esta palabra, aunque para mí sigue siéndome familiar, pero creo tiene ganado el mérito de estar incluída entre las "moribundas".


Talega. La define el DRAE como "Saco o bolsa ancha y corta, de lienzo basto u otra tela, que sirve para llevar o guardar las cosas".

Esta palabra si que hace no sé cuantos años no la he oído pronunciar, y nunca por los jóvenes, cuando en mis años, vuelvo a repetirme, lo era de uso diario, e incluso utilizada por mí, al igual que  la inmensa mayoría de los trabajadores que se desplazaban desde el pueblo para trabajar en punto distinto al mismo. Yo la utilicé, lo mismo en los trabajos del campo, que los dos años que trabajé en la mina, donde llevaba la comida, y generalmente solíamos llevarla enganchada al cinturón que sostenía los pantalones, con el cuidado de que, como señalé en los zurrones, no se derramara la comida y nos manchara los pantalones.

Si está vigente una palabra, que aunque pueda parecer un diminutivo de talega, no lo es, y es la llamada "taleguilla", que resulta ser el nombre que se da al calzón del traje de luces de los toreros utilizado en las corridas. Así en muchas ocasiones y en las referencias, sobre todo cuando el torero es cogido por el toro, se escribe "fue enganchado por la taleguilla", que resulta lo enganchó por alguna parte del pantalón, que por cierto lo utilizan muy ceñido, para evitar el ser enganchados por dicha prenda con facilidad.


¡Cómo el tiempo todo lo va transformando, y que en su día a día nada se nota, pero volviendo la vista atrás ochenta o algunos años más, cuántas cosas no lo son tal lo eran, entre ellas, yo mismo! No obstante esto último, mucho más es lo ganado desde aquellos tiempos y de mayor importancia, que la pérdida, o dejado de utilizarse gran número de las palabras que lo fueron mi uso cotidiano, y si cuando comencé a tener uso de razón, me hubieren dicho, cómo me hallaría a las puertas de ser nonagenario, hubiere dado, como hoy no lo hago por carecer de facultades, más saltos que un canguro.

Hasta la próxima entrada.