domingo, 12 de abril de 2015

Tres doces de abril

Del día de hoy 12 de abril, conservo en mi memoria tres de esta fecha y que han sido de esos hitos que van jalonando el devenir en la vida de una persona, en este caso en la mía. 

La primera de ellas se remonta nada menos que hasta aquel 12 de abril de 1931, en que se celebraron en España una elecciones municipales y dos días después, la proclamación de la Segunda República Española.



Pese a mi corta edad, pues aún me faltaban quince días para cumplir los seis años, sin duda por el ambiente que en cuanto a aquellas elecciones se respiraba en el país, llegaba hasta nosotros los niños que posiblemente aun sin percibir el alcance que ello hubiere de tener, sin duda despertaba algo de curiosidad cuanto por lo que a mi respecta. Tal es así, que como siempre sucedía que se celebraban elecciones, el Colegio electoral se ubicaba en el local de la escuela donde yo asistía. Podía ser a media mañana del referido día, le propuse a un primo mío y a un amigo, ambos unos meses menores que yo, pero de mis misma quinta llegarnos hasta la puerta de nuestra escuela, sin duda por darle gusto al gusanillo de curiosidad en mi despertado. No sé si por complacerme o porque a ellos les sucediera lo mismo que a mí, allá que nos dirigimos. Tan pronto  nos aproximamos a la puerta y fuimos observados por uno de los Guardia Civiles que estaban prestando servicio en el colegio electoral, con  tono bastante autoritario fuimos echados creo recordar con la frase poco mas o menos de "niños iros a jugar por ahí".

Del resultado de aquellos comicios no me consta nada en la memoria, pero si tengo así como un vago presentimiento de que a partir de entonces, y dado a que yo ya sabía leer bastante bien e incluso escribir algo, y un tío mio que trabajaba en el Ayuntamiento estaba suscrito a un periódico de Córdoba, una vez él lo leía, me lo llevaba a mi casa que como quiera que no tenía ni un solo libro en donde pudiera saciar el vicio que ya tenía por la lectura, y de lo que solía comprender solo lo propio al alcance de un niño de mi edad. También tengo la casi total seguridad que a partir de aquellas fechas comenzaron a quedar en mi memoria los hechos y episodios mas importantes que sucedían y también de mi propia historia personal.

La segunda de las efemérides de este doce abril, por cuanto a mi personalmente se refiere, sucedía ocho años más tarde a la antes citada, o sea, el 12 de abril de 1939. Aquel día regresaba a mi pueblo tras haber pasado dos años y medio exiliados del mismo, iniciado el 9 de octubre de 1936 fecha en la que las fuerzas nacionales tomaron el mismo, habiendo permanecido, con toda mi familia como es natural, por distintos pueblos y cortijos del Valle de los Pedroches.



Salimos del lugar donde llevábamos residiendo año y medio aproximadamente, un cortijo del término municipal de Pedroche el día anterior, once de abril, hicimos noche en plena sierra de la Chimorra, precisamente donde estuvo el frente de guerra de ambos ejércitos el mismo tiempo que nosotros estuvimos exiliados, donde a ambos lados de la carretera por donde circulábamos se hallaba abandonado armamento de toda clase, desde armas cortas como pistolas, hasta piezas de artillería y verdaderos montones de municiones de diferentes calibres, todo ello el que dejaron abandonado las fuerzas del Ejército republicano, que en desbandada abandonaron sus posiciones. Asimismo en los olivares que se hallaban en las inmediaciones de la carretera, estaban sobre el suelo las cosechas de las tres campañas en que el frente de guerra se estableció en aquel lugar. Las correspondientes a las campañas 1936-37 y 37-38, por las lluvias y el sol a lo largo del tiempo, la aceituna era inservible para extraerle aceite, no así la correspondiente a la última de 1938-39, que lo único que habían perdido era la parte de agua que contenía el fruto, y pocos días después de nuestra llegada al pueblo, autorizaron la recogida libre de la misma, lo que a mi familia y a todas las que habían regresado de su exilio nos sirvió para estar casi dos meses proporcionándonos unos ingresos que nos solucionaron el problema de la falta de trabajo por un buen tiempo.

Tengo también el recuerdo de que el llegar al pueblo lo hacíamos como un tanto temerosos y sensación de que nosotros mismos nos considerábamos perdedores de la guerra, cuando yo salí de mi pueblo con once años de edad y regresé cuando aún no había cumplido los catorce, pero sí me sentía yo mismo como uno de los perdedores y quizá hasta algo culpable de que hubiere sucedido el conflicto bélico. Nunca después supe darme explicación a semejante sentimiento. No obstante, me hizo gran ilusión el volver donde había pasado toda mi infancia y parte de la niñez, y me recuerdo que las casas y calles del pueblo me parecían mas pequeñas que lo eran cuando salimos de allí.

A partir de aquella llegada a mi pueblo, comenzó sin duda una de las etapas más dificultosas, sobre todo económicas de las pasadas hasta entonces.

Y el último 12 de abril del que guarde un recuerdo especial, lo fue el del año de 1946. Poco después de las tres de la madrugada de aquel día, llegaba al cuartel del Regimiento de Artillería número 14, sito en el punto conocido por Pineda en los extrarradios de la capital sevillana, y que procedentes de Córdoba habíamos salido a las cinco y media de la tarde, o sea que tardamos unas diez horas aproximadamente.



Quiero recordar que a las siete de la mañana tocaron diana, y a la mayoría ni siquiera nos había dado tiempo siquiera a descabezar el sueño, cuando ya estábamos otra vez en danza. Diez minutos para asearnos, formación para el desayuno, y una vez realizado el mismo, dotarnos de todas las prendas de uniforme desde ropa interior, a las saharianas, pantalones, borceguíes, que era el nombre que oficialmente se les daba a las botas, y que nos lo entregaban a medida que nos nombraban por orden alfabético del primer apellido, sin tener en cuenta la talla o número de calzado de cada uno, por lo que hubimos de realizar cambios entre unos y otros reclutas y hasta finalmente algunos hubieron de realizarlo en el propio almacén del Regimiento, porque les era imposible el colocarse las prendas que le fueron entregadas, bien por pequeñas o excesivamente grandes. Yo hube de cambiar un mono con un recluta que  era de Pedroche y me sacaba tres cuartas de estatura a mí. Seguidamente a la entrega de las prendas de uniforme e interiores, unos novecientos reclutas que nos habíamos incorporado procedentes de distintos puntos, y previa la consulta de que todos aquellos que tuvieren algunos conocimientos sobre peluquería que dieran un paso al frente y que fueron bastantes, a todos ellos y a los que ya estaban en el Regimiento de Reemplazos anteriores, les entregaron a cada uno una maquinilla de pelar y nos pelaron al cero, y que tal estropicio hicieron con nosotros, que aquella tarde hubieron de darnos permiso especial para que en peluquerías de Sevilla enmendaran en lo posible lo que hicieron con nosotros, cosa que hicimos la inmensa mayoría, salvo los que tuvieron la suerte de que les tocara algún profesional entendido en el menester. Por cierto cuando un paisano mío y yo regresábamos de arreglarnos el pelo y estábamos llegando al cuartel, arriaban bandera y como observábamos que los artilleros de la Guardia e incluso suboficiales y oficiales, se paraban y en posición de firmes saludaban, nosotros no sabíamos si pararnos o que hacer, así que unas veces parados, otras andando, saludábamos como Dios nos daba a entender, otras dejábamos de hacerlo, y así mientras duró el toque de corneta. Con ese acto de arriar bandera se  daba finalizada la jornada militar, aunque a nosotros nos quedaban varias listas y formaciones, cena, retreta y el último toque del día en un cuartel, el de silencio en que el imaginaria se hacía cargo de su cometido y te tomaba nota si te sorprendía hablando y no digamos si eras sorprendido por el Sargento de Semana, que como mínimo te caían tres imaginarias, pero la segunda o la tercera que eran las peores, pero nunca la primera o la cuarta.

Pues con el toque de silencio de aquel 12 de abril de 1946, terminaba mi primer día de mili, de los dos años y medio que me tiré. Pero para cumplir los VEINTIÚN años, me faltaban aún quince días, los mismos que ahora me faltan para los NOVENTA, que si a éstos le restamos aquéllos, nos dan SESENTA Y NUEVE, que son muchos años.

Hasta la próxima, que ya veremos que sale.

sábado, 4 de abril de 2015

Día de la Merendilla

Merendilla de Villaharta
Año 2010

Hoy se ha celebrado, y aun se estará celebrando por muchos de los asistentes al acto, el Día de la "Merendilla" en Villaharta, también conocido como "mi pueblo". Mi hermana que este año está allí, y mis sobrinas y sobrinos han colocado en Facebook varias fotografías en las que se aprecian parte de las viandas que en tan señalado día se consumen. Esto de la merendilla es una costumbre que existe en mi pueblo, no sé desde hace cuánto tiempo, y que antes, se celebraba el Domingo de Resurrección, pero actualmente se hace el Sábado Santo, a fin de que muchos de los villaharteños/as que se hallan en otros puntos de España, puedan asistir, si así lo desean, y el lunes estar en sus puntos de residencia y de trabajo.

Dicha celebración consiste, en irse a cualquier pradera cerca del pueblo y llevando viandas, que antes lo eran generalmente la inmensa mayoría productos de la matanza y en la actualidad bastante mas variadas, aunque podría decirse, que la chacina es la base fundamental de lo que opíparamente se yanta en dicho día.

Mis recuerdos de la merendilla se pierden en la lejanía de mi infancia, y de los que más lejanos tengo en la memoria, lo eran cuando se celebraban en el punto conocido por La Cruz, dado que hay una cruz de piedra en un pequeño llano de la pradera, sito aguas arriba del Arroyo de Las Navas, desde la carretera que del llamado cruce va hasta Villaharta. Después se han celebrado en diferentes puntos, aunque desde hace algunos años suele hacerse en el mismo sitio. No sabría explicar el porqué, pero tengo la sensación de que estas costumbres de los pequeños pueblos, se consideran mas íntimas y calan más en los sentimientos personales, que las grandes solemnidades que suelen llevarse a cabo en las ciudades, donde la inmensa mayoría de quienes asisten, te son totalmente desconocidas, no así por cuanto a lo que en mi pueblo sucede, y con mas razón de ser lo era antes, cuando los medios de transporte lo eran casi inexistentes, salvo los autobuses de pasajeros, aunque también escaseaban mucho, y por tanto entrañaban gran dificultad para desplazarse de uno a otro lugar, que son, si no familias o amigos, cuando menos conocidos.

Mis ocupaciones profesionales y familiares, hallándome por supuesto aquí en Málaga, me tuvieron muchos años sin poder asistir al referido acto, aunque la vorágine de mis actividades y la familia, me hacían que casi me pasara desapercibida, sobre todo no sentida, mi asistencia a dicho acto. No obstante, desde hace doce, o catorce años, una vez enviudé, han sido pocos los años que he perdido de asistir al mismo. Hoy, que lo ha sido uno de esos, y trayendo al recuerdo los pasados, saco la conclusión de las diferentes formas de la celebración de este día, según la edad que contaba cuando a la merendilla asistía.

No sé si será de la primera que me alcanza el recuerdo, no solía alejarme mucho de mis padres y en todo caso jugar con niños de mi edad, pero siempre en las proximidades donde ellos estuvieran. Tal vez, aunque las concentraciones de gentes, que solo eran de mi propio pueblo, salvo raras ocasiones que hubiere familiar de algunos de los asistentes, no eran nada extraordinarias, pero en esos primeros años de la infancia tal vez la cautela y sensación del desamparo que te invade al sentirte lejos de tus padres, instintivamente te llevaban a estar siempre en sus proximidades. Ya algo mayor y cuando se asistía a la escuela, solías jugar con tus amigos y compañeros de todos los días y a los juegos que en tal época estuviera actual. Años mas tarde, el jugar al fútbol, que en tan señalado día, no faltaba quien tuviera un balón, o cuando menos una pelota de goma, todo el tiempo en que no se estuviera comiendo, que era bastante, se empleaba en jugar al fútbol, de lo que confieso en este instante, y no me avergüenzo de ello, siempre fui la criatura que peor ha jugado al fútbol, nunca vi a nadie tan malo como yo, pues en una ocasión, ya de Guardia Civil aquí en Málaga, que jugamos un partido en el campo del Seminario, entre compañeros de los que trabajaban en las oficinas de la planta baja y los que lo hacíamos en la segunda planta (la primera era la residencia del Coronel y su familia), me pusieron de defensa y aunque os cueste trabajo creerlo, en todo el partido. no llegué en ninguna ocasión darle una sola patada al balón, pero si conseguí estar por lo menos una semana con unas agujetas en las piernas que hasta andar me constaba trabajo.

Volviendo a la merendilla, ya cuando comencé a "mocear", a eso de los quince o dieciséis años, ya jugar pero solo y en sus inmediaciones o en compañía de las niñas de nuestra edad, que entonces como la asistencia a la escuela lo era por separado, estar jugando junto a ellas era mas que una novedad, una necesidad que solo se daba en dos o tres días al año.

En los años últimos en los que he asistido, sin duda son los que me he entregado a saborear y sacarle todo el partido a las viandas que suelen llevarse, especialmente a los productos del cerdo, que como buen sibarita me regodeo en la ingestión de tales "chichas".

Lo que esta totalmente perdida es la costumbre de hace muchos años, que no había familia que no llevara en su cesta, un "hornazo" para cada uno de sus miembros.

Con que el día de la merendilla del año que viene me tenga Dios por estos lares y tal estoy en estos momentos, por satisfecho me doy.

Hasta la próxima entrada.   
   

sábado, 28 de marzo de 2015

Día de mal recuerdo



28 de marzo de 1939, día de pésimo recuerdo.

Haré una somera historia, antes de entrar en desentrañar el porqué de citar como día de mal recuerdo el citado 28 de marzo de 1939.

Desde septiembre de 1938, ejercía como zagal en la guarda de un rebaño de ovejas de unas trescientas cabezas aproximadamente, bajo las órdenes del  Mayoral, un tal José, de unos cincuenta años de edad, y otro pastor, un tal Pepe, de unos sesenta, como entre ellos se llamaban el uno al otro,  ambos de Pozoblanco. El ganado pertenecía al Ejército Republicano y por las fechas que cito, lo era durante la Guerra Civil Española. El encargado del mismo era un Comisario Político del Cuerpo de Intendencia del que solo sé, era también de Pozoblanco, se llamaba Bartolomé y era sobrino del Mayoral, e ignoro donde tenía la base de su destino y que posiblemente pudiera ser precisamente Pozoblanco.

Pocos días antes de enrolarme en tal menester, mi padre había sido movilizado y llevado al frente de guerra de Extremadura. Ante la petición para ayudar a los dos pastores en la guarda del rebaño que por decisión del propio ejército republicano lo ubicaron en una finca conocida por Don Elías Cabrera, del término municipal de Pedroche, sin duda requisada al propietario que habría de llamarse así,  en la que se había establecido  un año antes, una Colectividad de Trabajadores, compuesta por hombres, entre ellos mi padre, todos exiliados de sus respectivos pueblos de residencia como consecuencia de haber sido tomados por las fuerzas sublevadas, o fascistas como eran llamadas en zona roja, donde estábamos. Mi madre accedió a ello debido a que ofrecían que, quincenalmente, nos daban un pequeño suministro de artículos alimenticios de primera necesidad, de lo que tanto escaseábamos, más diez pesetas de jornal diario, aunque el dinero nada valía, debido a que no había casi nada que pudiera comprarse. Hasta aquí, cuanto quería señalar para entrar en materia con lo acaecido el día del que hoy se cumplen SETENTA Y SEIS AÑOS. A mí me faltaba un mes para cumplir los catorce, los mismos que hoy lo son para cumplir los noventa.

Vamos a ello. Recuerdo que no hacía mucho rato que los tres, mayoral, pastor y zagal,  habíamos estado comiendo, cada uno en puntos distintos, claro como se hacía todos los días según la situación en que nos encontrábamos para la custodia y guarda del rebaño, cuando apareció todo excitado, el comisario político que antes he citado, y dirigiéndose a su tío, le ordenó que como máximo dentro de una hora u hora y media, había que partir con las ovejas hacía la localidad de Conquista, último pueblo de la provincia de Córdoba, limitando con la de Ciudad Real, tiempo que consideraba mas que suficiente para que fuéramos a nuestros domicilios, se lo comunicáramos a nuestros familiares y tomáramos las cosas  precisas para ello. Que el motivo de tal traslado era el de que las fuerzas fascistas estaban rompiendo los frentes de guerra de Pozoblanco en la sierra de la Chimorra, y los de Extremadura, y a fin de que no se apoderaran del ganado, en caso de que pudieran llegar hasta donde estábamos.

Arreando el rebaño a toda marcha hasta los corrales que se hallaban a menos de un kilómetro, lo encerramos en los mismos y cuando yo llegué al cortijo y puse a mi madre en conocimiento  de la orden recibida, jamás en toda la vida, y que mi madre falleció cuando iba a cumplir los noventa y siete años de edad, la vi en un estado tan de locura como lo que le produjo la noticia que terminaba de darle. El ambiente desde hacía un par de días estaba muy cargado de rumores alarmantes sobre la situación de la guerra, y que todos eran como que la misma se iba a perder por la República. Mi madre, además de que estaba muy preocupada por la situación de mi padre que se hallaba en el frente de Extremadura y hacía mas de quince días que no sabía nada de él, llorando y gritando se abrazó a mí diciendo que no permitiría que a un niño, como yo entonces lo era, lo apartaran de su madre, y yo, que además del propio miedo que  tenía, y de verla a ella en tal estado, comencé a acompañarla en los llantos y así hasta que pasados un rato en tal estado, al fin dándome una manta, y un pequeño hatillo con ropa interior, y como yo consideraba necesaria cumplimentar la orden recibida, que muchas veces las circunstancias suelen obrar acciones incomprensibles, salía hacía la majada, siendo seguido por mi madre durante muchos metros sin dejar de besarme y abrazarme, hasta que al fin y creo que ya falta de fuerzas me dejó seguir. Ella volvía hacía el cortijo donde quedaba en la situación que he señalado, teniendo allí cuatro hijos, de diez, ocho, seis y cuatro años de edad, respectivamente.

Comenzaba a caer la  tarde cuando los tres componentes de la guarda, manta y hatillo al hombro, tomábamos el camino al que pronto llegamos casi paralelo a la carretera Pozoblanco-Villanueva de Córdoba, hacia donde llevábamos la intención de llegar para pernoctar en la misma. No llevaríamos una hora caminando, que como he dicho lo era paralelo a la indicada carretera, cuando llegando sobre nuestra altura un tanque quedaba parado en la orilla de la misma conforme circulaba hacía la dirección que nosotros llevábamos. Tal vez pudiera ser por haber sufrido una avería o quizá por haberse quedado sin combustible, un número de cinco o ses militares bajaban del mismo, se despojaban de sus prendas de cabeza y las divisas de su empleo, tirándolas sobre la cuneta de la vía y continuaban su marcha a pie. Cuando el más retrasado se había distanciado unos quince o veinte metros del vehículo blindado, parándose y volviendo la vista hacia el mismo, permaneció por espacio de un minuto poco mas o menos, observándolo muy pensativo, sin duda diciendo el ultimo adiós a una máquina de guerra que la habría tenido bajo su mando por espacio quizá de un par de años, y allí quedaba dando testimonio que de nada había servido tal vez que sin duda en alguno de los combates en que tomara parte, hasta habría ocasionado la muerte de algún que otro soldado y seguro que también españoles. Otros muchos pensamientos y sentimientos le vendrían al recuerdo como los sufrimientos padecidos a lo largo de casi tres años de guerra, tanto ellos como soldados, como la población civil, con la desventaja de que en la parte que el había estado combatiendo le correspondía la derrota para mayor inri, y la incertidumbre de cual fuere su futuro inmediato.

No mas de dos kilómetros mas adelante del punto donde presenciamos lo detallado, había una ambulancia del ejército también parada junto a la orilla de la carretera, con las puertas abiertas y sin que nadie se observara a su alrededor. Sin duda sería abandonada por las mismas causas que el tanque. Lo que nos causaba cierta extrañeza es que el frente de guerra mas próximo a donde caminábamos y quedaban aquellos vehículos, estaba a unos treinta kilómetros, lo que a lo mejor sería la avanzadilla de la desbandada que aquella tarde noche se produjo en todos los frentes de guerra, cuando menos del Sur de España.

Siguiendo nuestra marcha con el ganado, nos alcanzó la noche en un grupo de casas que había junto a la carretera, antes de llegar a Villanueva de Córdoba, vía que ya habíamos tomado para conducir el ganado, donde se hallaba destacada la Plana Mayor de una Brigada del Ejército, donde un componente de la misma, tal vez pudiera ser el mismo general, de lo que no se podía dar fe de ello, dado a que también todos los militares que componían aquella unidad, se habían despojado de sus divisas militares, si bien se podía suponer que  serían de alta graduación, ya que vestían en su mayoría prendas todas de cuero, distintas a las que usaban los soldados, ordenó hiciéramos noche allí, encerrando las ovejas en un cercado que había en las proximidades.

Tomamos  unos bocadillos que nos fueron servidos por los militares, y cuando no habían transcurrido ni cinco minutos de haberlo tomado, recibí la mayor alegría de mi vida, ya que el marido de la hermana mayor de mi madre, que era el único hombre de la familia que no estaba en el frente por ser el mayor de todos, y temiendo el que caso de llegar los "fascistas" fuera detenido por su actuación en el pueblo al principio de la guerra, se prestó voluntario para reemplazarme. En toda la noche pude pegar ojo y cuando solo estaban asomando las primera claras del siguiente día, tomaba el camino de regreso al cortijo que distaría unos diez kilómetros, donde llegué cuando el sol terminaba de asomarse en aquellos encinares de La Jara, mi madre y yo nos fundimos en un abrazo, que no se cuanto pudo durar, pero seguro lo fue varios minutos.

Unas dos horas después de mi regreso se tuvo noticia que en el cortijo, de que en otro no mas de dos kilómetros de distancia del nuestro, donde había estado instalado un Depósito de Intendencia del Ejército, había sido abandonado por los militares y la población civil se estaba apoderando de todas las existencias que habían dejado. Todos los niños incluso con no mas de cinco o seis años, provistos de sacos o envases corrimos hacía el punto señalado, y dimos varios viajes, especialmente de latas de conservas de carne, y de frutas, y sobre todo de chocolates, que a la par que echábamos a nuestros envases, íbamos comiendo, sin duda mas de la cuenta y en su consecuencia ninguno nos salvamos de sufrir unas diarreas con lo que pagamos nuestra glotonería.

Como consecuencia de estar resultando la presente entrada mas larga de lo normal, este último tramo he tratado de abreviarlo en lo posible, aunque lo que supuso para nuestras menguadas despensas fue bastante importante, los viajes que dimos hasta los abandonados depósitos de la intendencia militar.

Los momentos de la despedida de mi madre cuando partí hacía donde no sabíamos donde y cuál sería nuestra suerte, el solo traerlo al recuerdo, como suele decirse me rebana el alma, y como y cuanto sería lo pasado por ella, solo una madre es capaz de soportarlo.

Hasta la próxima entrada.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Pasando página




Aunque hace ya tres años que dejé de conducir (automóviles se entiende), más que por carecer de facultades, por atender a las recomendaciones de mis hijos, esta mañana en un rutinario escrutinio de documentos, de todos esos que suelen formar parte de la nostalgia de los ya metidos en años, se ha puesto ante mis ojos el último permiso de conducir que me fue concedido y que estaba en vigor hasta precisamente antes de ayer, o sea el día 22 del actual.

Aunque, y perdón, quizá porque tal vez pueda resultar un tanto pedante o fanfarrón, yo que cada vez que oigo pronunciar la palabra  "anciano" no me considero incluido dentro de ese término, en el momento de ojear el referido permiso de conducir, he sentido cierto gusanillo de tristeza al comprobar que con el vencimiento del tan  repetido permiso y la NO renovación del mismo, doy por pasada una página más en el devenir de mi ya larga vida.

Como eso de los proyectos, sean de la índole que fueren, si reconozco y me considero no suelen estarlo ya para mí, me hacen volver la vista atrás, y como cada hijo de vecino, a estas alturas del tiempo pasado, me pasan por la mente esas principales etapas o circunstancias que van dejando hitos como señal, especialmente donde han ido culminando hechos señalados por los que vamos pasando, en el recorrido de, unas veces, podrían catalogarse de grandes y lujosas avenidas, autopistas, calles, carreteras, callejuelas, veredas y hasta vericuetos, que el destino nos impone en el caminar por la vida. Pero aquí también, y no pienso ahora pedir perdón por ello, en mis sentimientos bullen el considerarme he circulado en la inmensa mayoría de toda mi vida, por esas grandes y lujosas avenidas, o formidables autopistas en las que cuando se van recorriendo, se ensanchan las sensibilidades y a la par que se van dando gracias a Dios de que así lo sea, te van dejando ese regustillo de andar y haber tenido la dicha de venir a este mundo, donde la catalogación en la inmensa mayoría de las veces en considerarlo como premio o castigo, depende del talante de cada cual. O sea, como suele decirse de ver, no la botella medio llena o medio vacía, cuando contiene la mitad de su volumen ocupado, si no incluso de considerarla LLENA, cuando a lo mejor solo contiene unos posos que hasta pudieran considerarse como "zurrapas".

Sí, así ha sido mi forma de ser y pensar, y ahora en este caso del que me ha traído a esta nueva entrada en el blog, con el dejar de conducir y el cese en la validez del permiso, he ganado, el no tener que preocuparme si cuando llegaba al barrio había o no había sitio donde estacionar el coche, de si estaba el mismo más o menos limpio y proceder en su consecuencia, de tener que repostar a cada momento que parecía que el combustible se lo bebía aún estando parado, sin tener que estar siempre pendiente del despiste o barrabasada que pudiera cometer cualquier otro conductor, y como recompensa, tengo la de viajar en el autobús contemplando todo cuanto se va cruzando por el camino, que la preocupación que antes había que llevarse al volante, tiene que llevarla el conductor del mismo, e incluso hasta las no pocas veces el comportamiento de los demás pasajeros te dan, si se observan, el modo y forma de ser las gentes, que en no pocas ocasiones hablando de forma que los demás pasajeros hemos de enterarnos por fuerza de todos sus problemas que va contando a quien lleva a su lado, que posiblemente le vaya en ello lo mismo que a los demás, y así un largo etcétera. Sobre esto, voy a relatar un hecho contemplado ayer tarde cuando regresaba a casa en el autobús, que me trajo entretenido durante la mayor parte del trayecto.

Resulta que viajaba en el mismo un matrimonio metidito en años, y estoy por asegurar que el marido había sido Guardia Civil de Tráfico aquí en Málaga y al que estuve tentado por preguntarle tal circunstancia. Pero yendo al hecho, resulta que la esposa, debe ser de esas que, como se dice, no se calla ni debajo del agua, y no cesaba un instante de hablar y de gesticular, y como la hora que eran las tres y algunos minutos de la tarde, y no sé si el matrimonio habría comido por ahí, el caso es que el marido, que parecía estar a punto de dar una cabezada, no se inmutaba siquiera a cuanto la mujer decía,  y cuando hacia casi veinte minutos en que yo tomé el autobús en el que ellos ya venían, el paciente marido se limitó a hacer un ligero movimiento de cabeza, pero sin despegar los labios siquiera, como muestra de asentimiento a cuanto su incansable esposa no paraba de decirle. Simplemente ese gesto, era la respuesta dada a casi media hora de charla a marchas forzadas que parecía denotar en sus exposiciones. En un momento de la charla de la señora, quise descubrir que se refería a la descripción de la  cara de otra persona, porque se pasaba la mano derecha por la suya, los ojos, la nariz y sobre todo el mentón, que seguro debiera tenerlo bastante prominente, por el gesto que hizo al pasar la mano por el mismo. Yo procuraba mirarlos con cierto disimulo porque me producía una sonrisa que me era imposible de ocultar, a la par que sentía compasión por el paciente marido, aunque creo que el propio Job no lo era tanto como éste.

En concreto, que el paso del tiempo todo lo va colocando en su sitio, aunque a mí hasta el momento, cuando menos, no ha podido quitarme la ilusión y el deseo de vivir, el considerarme un ser privilegiado que todos debemos hacerlo por el mero hecho de venir a esta vida, y en fin, aunque deba andar por los espacios donde se debe ir haciendo balance de todo lo pasado, creo y espero no me sorprenda negligente de dar cuenta a Dios de todos mis actos, a la vez que nunca podré darle las suficientes gracias por todo cuanto me ha dado y sigue dándome.

Hasta la próxima, que sobre la conducción de automóviles ya me está vedado pronunciarme al haber prescrito lo que a ello me autorizaba.

martes, 17 de marzo de 2015

Aquellos DÍAS DE QUINTOS


Los días de quintos cuando yo moceaba, eran días extraordinarios en los pueblos. Los hombres teníamos entonces un hito importante en nuestras vidas, que solía contarse en el antes o después de la mili.

Cada quinta, o reemplazo como era la denominación oficial, tenía para ello tres días de trámite, en distintas fechas.

El primero, al que se le llamaba el día de la talla, consistía en el alistamiento, reconocimiento médico, y que entre ello entraba la talla del mozo, y de ahí salía el que se le clasificara  de "apto" para el servicio de las armas, cuyo término de no apto, realmente era el de "inútil total  para el servicio de las armas". También había una circunstancia entremedia, que se consideraba "útil solo para servicios auxiliares", que solía aplicarse al que tenía cierta merma de condiciones físicas, que no lo consideraba para ser clasificado como "apto". Estos eran llamados a filas y solían prestar solo servicios de limpieza, de cocina, imaginaria, cuartel y todos aquellos en los que no fuere necesario el uso de las armas. Solían ser muy escasos los que eran clasificados como tales.

Este primer acto se realizaba durante el verano del año anterior al que habías de incorporarte al Ejército, que en el caso de mi "quinta", lo fue el día primero de agosto de 1945. Todos estos actos se realizaban en los Ayuntamientos de los pueblos o ciudades, y cuyos resultados eran enviados a las Cajas de Recluta que se hallaban enclavadas en Capitales de provincia, y en las que había más de una, en pueblos importantes situados en puntos que comprendían varios pueblos y que solían estar mas alejados de la Capital. Oficialmente también a este hecho, se le denominaba "Ingreso en Caja".

El segundo acto era el sorteo del reemplazo para determinar a los puntos donde habían de destinarse por las Cajas de Recluta, y que se hacía extrayendo de un bombo una letra del abecedario, y a partir de esa letra por orden alfabético del primer apellido de cada mozo, y el cupo que se había establecido de enviar a cada Región militar o plaza, se iban destinando según correspondiera al orden que se había preestablecido.

Pues el día del sorteo de mi quinta, se realizó el domingo 17 de marzo de 1946. Hoy se cumplen, nada menos, pero nada más, que SESENTA Y NUEVE AÑOS de ello. La mayoría de los quintos de mi pueblo (entre ellos yo), nos tocó Sevilla. De ello fuimos informados por la familia de uno de los quintos que tenía familia que vivía en Córdoba y a su vez tenían la central de teléfonos en el pueblo, por cuyo conducto lo hicieron y por medio de un propio, nos lo hicieron llegar hasta donde nos encontrábamos preparando las pitanzas. A partir de tener conocimiento del resultado del sorteo, cada cual daba contínuos vivas a la ciudad o pueblo donde había sido destinado.

Cada día en que se realizaba uno de estos actos, era celebrado por los Quintos, con una comilona, siempre en el campo, y bien regada con vino abundante. No se porqué, al día del sorteo era al que mayor solemnidad solía dársele, dado también a que dos o tres semanas después llegaba la hora de marcharse, como en nuestro caso, sucedió el siguiente seis de abril, veinte días después del sorteo.

Sobre este día quiero recordar escribí ya en una ocasión anterior, y nos comimos un chivo en las inmediaciones del Balneario de Fuente Agria, a dos kilómetros de mi pueblo. También, y creo lo cite en la entrada anterior que señalo, que mientras se preparaba la comida, el hijo del dueño de la finca, que  también era quinto, tenían una vaquilla, que los cuernos eran como dos botones, o sea comenzaban a asomar en la cabeza. y que embestía tan pronto se la citaba y dio varios revolcones a quienes se ponían delante de ella. Aunque siempre lo supe, aquel día me desengañé de que yo no vine al mundo para ser torero, pues mientras la vaquilla anduvo por nuestras proximidades, yo me la pasé subido a un árbol, y no fui el único, si no que me copiaron algún que otro compañero. Terminado el atracón de carne, que a la mayoría buena falta nos hacía, nos fuimos al pueblo continuando la juerga durante toda la tarde y noche, y en lo que era  costumbre, entonando canciones de las llamadas de "quintos", que generalmente en su mayoría. eran de tono bastante subidas, especialmente por lo que respecta al sexo, y de lo que se les perdonaba, solo a los "quintos", en sus días especiales.

Tales acontecimientos, tan arraigados estaban, sobre todo en los pueblos pequeños, que hoy mirando hacía atrás, parece mentira que no queda actualmente ni siquiera creo, el recuerdo de aquellos acontecimientos, que bastante importancia y trascendencia se les daba por los jóvenes varones, y que como citaba anteriormente, aquello suponía el final de una etapa de la vida, y el comienzo de otra, para nosotros. No obstante, y retrotrayendo el recuerdo a como entonces solía vivirse la vida, hasta yo mismo, y creo que sucedería igualmente a mis coetáneos, si pudiéramos contemplar tal se celebraban aquellos jolgorios, los consideraríamos como fuera de lugar y  de sitio. Aunque con cierta nostalgia, hay  que reconocer que los tiempos pasan, y con ellos se llevan, no solo a las personas, sino también hasta los usos y costumbres de las épocas que lo fueron.

De aquellos quince o veinte que formábamos la quinta, solo quedamos en este mundo, dos, precisamente mi mas íntimo amigo, que incluso, por ser tres días mayor que yo, estamos inscritos en el Libro del Registro Civil, él, en folio par y yo en el impar siguiente, que una vez se cierra el libro, estamos los dos juntitos desde ya mismo va a hacer noventa años de ello. El primero en fallecer, de mis "quintos" hace ya más de cincuenta años. Después le fueron siguiendo los demás. Mi amigo Alfonso y yo, continuamos por estos lares y "unidos", manteniendo una amistad, que en mi pueblo, Villaharta, se cita como ejemplo de ello.

Hasta la próxima entrada.

martes, 10 de marzo de 2015

Palabras moribundas


Tras trece días de sequía bloguera, por desidia o como consecuencia de una prueba médica, de la que hube de pasar por el quirófano que me ha tenido un tanto desganado, y ya repuesto gracias a Dios, hoy al fin me decido nuevamente a verificar otra entrada en este blog.

Después de leer un libro que recientemente me ha sido regalado por un familiar querido, cuyo título es el mismo al que he dado a esta entrada, o sea "Palabras moribundas", que como su título reza lo son de palabras que a lo largo de los años se han ido olvidando, o están a punto de serlo, y de las cuales cuando menos un noventa por ciento me son conocidas e incluso usadas por mí en mi niñez, juventud y ya metido en años, salvo algunas de las que solo han sido, o lo son, usadas en puntos muy determinados de España e incluso en países de habla española, primero me han dejado un tanto pensativo de los años que arrastrados llevo, y para mayor "inri", otras muchas de las que los dos autores del libro han dejado de citar, que aún como antes he señalado, también he utilizado a lo largo de mis años. Sobre éstas, hoy voy a citar solo tres de ellas y en entradas sucesivas iré señalando alguna que otra.

Comenzaré la casa por el tejado como suele decirse, o sea por orden alfabético invertido, de la Z a la A. Vamos a ello.

Zurrón. Según el DRAE, "bolsa grande de pellejo que regularmente usan los pastores para guardar y llevar su comida u otras cosas." El hecho de que se cite que era de pellejo, generalmente de piel de cabra u oveja, era para que si en alguna ocasión si se derramaba en el interior parte de la comida que  estaba hecha con aceite, no se traspasara la mancha y llegara a la ropa de los mismos. Generalmente, y lo digo por haberlo visto, solían añadirle al zurrón por la parte exterior, que descansaba sobre la espalda, un trozo de piel de oveja con su propia lana, a fin de que caso de que incluso la mancha lo traspasara, nunca podía llegar a su vestimenta.

Los cazadores asimismo solían, y no sé si lo seguirán haciendo, utilizando el zurrón,  y en mis años mozos, había un dicho de los mismos, que cuando cobraban una pieza, solían decir "¡Pieza al zurrón!".

En la actualidad, las misiones del zurrón, y su formato, aunque confeccionadas de diferente material, son las mochilas de uso tan popular, y los pastores, no sé si seguirán utilizando el zurrón como lo hacían en mis años de niño y joven, el caso es que hace muchas anualidades no he oído pronunciar semejante palabra, por lo que cuando menos, considero debieran haberla incluido también como "moribunda" o "agonizante".

Zurrapa. En su primera acepción el DRAE dice "Brizna, pelillo o sedimento que se halla en los líquidos y que poco a poco se va sentando". Tan de uso lo era en mis tiempos como solemos decir los metidos en años, que incluso había un dicho del tenor siguiente: "Al primer tapón, zurrapa", que solía emplearse cuando algún intento en su primera intención había fracasado, como el experimento de una nueva comida, un trabajo, un proyecto, etcétera, y que este dicho, si suele oírse de vez en vez, sobre todo por personas mayores.

Este nombre se daba también a los residuos de los productos de una matanza, a los posos de una bebida, y también en mi pueblo por lo menos, se le llamaba así a los posos que quedaban en los vasos o tazas donde se tomaba el café. Sin embargo, años ha, no he oído pronunciar esta palabra, aunque para mí sigue siéndome familiar, pero creo tiene ganado el mérito de estar incluída entre las "moribundas".


Talega. La define el DRAE como "Saco o bolsa ancha y corta, de lienzo basto u otra tela, que sirve para llevar o guardar las cosas".

Esta palabra si que hace no sé cuantos años no la he oído pronunciar, y nunca por los jóvenes, cuando en mis años, vuelvo a repetirme, lo era de uso diario, e incluso utilizada por mí, al igual que  la inmensa mayoría de los trabajadores que se desplazaban desde el pueblo para trabajar en punto distinto al mismo. Yo la utilicé, lo mismo en los trabajos del campo, que los dos años que trabajé en la mina, donde llevaba la comida, y generalmente solíamos llevarla enganchada al cinturón que sostenía los pantalones, con el cuidado de que, como señalé en los zurrones, no se derramara la comida y nos manchara los pantalones.

Si está vigente una palabra, que aunque pueda parecer un diminutivo de talega, no lo es, y es la llamada "taleguilla", que resulta ser el nombre que se da al calzón del traje de luces de los toreros utilizado en las corridas. Así en muchas ocasiones y en las referencias, sobre todo cuando el torero es cogido por el toro, se escribe "fue enganchado por la taleguilla", que resulta lo enganchó por alguna parte del pantalón, que por cierto lo utilizan muy ceñido, para evitar el ser enganchados por dicha prenda con facilidad.


¡Cómo el tiempo todo lo va transformando, y que en su día a día nada se nota, pero volviendo la vista atrás ochenta o algunos años más, cuántas cosas no lo son tal lo eran, entre ellas, yo mismo! No obstante esto último, mucho más es lo ganado desde aquellos tiempos y de mayor importancia, que la pérdida, o dejado de utilizarse gran número de las palabras que lo fueron mi uso cotidiano, y si cuando comencé a tener uso de razón, me hubieren dicho, cómo me hallaría a las puertas de ser nonagenario, hubiere dado, como hoy no lo hago por carecer de facultades, más saltos que un canguro.

Hasta la próxima entrada.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Festividad de San Cesáreo



Hoy se cumplen cincuenta y seis años del fallecimiento de mi padre. Se daba la circunstancia de que se llamaba Cesáreo y aquel  mismo día se cumplía el 61º aniversario de su nacimiento. Por tanto moría el día de su santo y de su cumpleaños.

También, como citaba en una de mis últimas entradas, para poder llegar a la hora del entierro, subí por primera vez en avión. Pero el traer hoy al recuerdo esta efemérides, en primer lugar, lo es como un homenaje cariñoso a su recuerdo, y también señalar lo que supone el fallecimiento de un padre. Por cuanto a lo primero, seguro estoy si la Gloria existe, gozándola estará.

La pérdida de un padre supone un desgarro del alma y gran parte de la vida de todos sus hijos, se van con él. Pero no se porqué, se asume con una resignación considerándolo como un hecho totalmente normal, y claro, los padres han de morirse antes que los hijos.

Ese suceso fue el primero que como cito anteriormente, me produjo el sentimiento del que uno nunca llega olvidarlo y cada año que llega este día, no tengo por menos, y sin que pueda remediarlo, llorar su pérdida. También en cada uno de estos aniversarios, pasa mi recuerdo sobre lo que fue su vida, una parte contada por él, y el resto conocida por mí, teniendo la certeza de que lo fue poco afortunada. Tuvo que intervenir en dos guerras, la una en su época de cuando le correspondió su reemplazo, en la de Melilla, donde fue herido. La segunda, la Guerra Civil y sin duda mucho mas dolorosa para él, que aunque no sufrió percance físico alguno, hubo de marcharse al frente de guerra dejando atrás a su mujer y cinco hijos, el mayor yo, que tenía trece años de edad. Luego, cuando terminó, después de estar quince días sin saber nada de su mujer y sus hijos, ni nosotros de la suerte que hubiere podido correr, ciertos avatares que se prolongaron casi tres años más.

Solo en la vida le fue favorable, lo que le supuso su matrimonio y la prole que del mismo le sobrevino, que ahí sí, los años que, por desgracia no fueron luengos ni sobraban lo recursos, si pudo gozarlo y sin duda lo fue el tiempo demasiado corto, para lo que mereció.

También seguro estoy, junto a su mujer, que le sobrevivió mas de treinta y cinco años, y sus hijos que unos, meses después de nacer y otros tres que lo hicieron cuando estaban sobre los ochenta años, estará gozando la dicha que por mucho tiempo le fue negada en este mundo.

Hasta la próxima, que procuraré lo sea un poco mas alegre que la presente.

martes, 17 de febrero de 2015

Hato

La Rosa del Azafrán


La primera definición que el DRAE hace de la palabra "hato", es de "ropa y otros objetos que alguien tiene para el uso preciso y ordinario".


En mi infancia y juventud era frecuente oír la palabra hato, generalmente cuando los pastores con motivo de trasladarse de un punto a otro, tenían que recoger todos sus enseres que contenían sus "chozos" que eran sus habitáculos de ordinario. Como diminutivo de la palabra hato, solían utilizarse, hatillo o hatito.


Ayer tarareando la canción de las espigadoras de la zarzuela "La Rosa del Azafran", que comienza:

Por la mañana muy tempranito,
salí del pueblo con el "hatito"...

y aquí pensando, por que según alguien dice que soy "mu pensaor" me dije: "Hay que ver desde donde yo vengo, o para ir al grano, lo viejo que soy..."

Todo ello se debe a que, como digo, en mi infancia y juventud, solía darse lo de las espigadoras o espigadores, que consistía en recoger las espigas que a los segadores se les caían al suelo cuando se hallaban en las faenas de la siega, bien por cuenta de los propietarios de la finca o bien, cuando se autorizaba el espigue, al igual que se hacía autorizando el "rebusco" de la aceituna cuando se terminaba el trabajo de la recolección por parte de sus dueños, y el cereal o la aceituna,  era para la persona que lo que recogía.


Pero mi entrada de hoy, aunque tenga por principio este relato que antecede, y como he citado de los tiempos que yo vengo, lo es con motivo de la palabra hato, o del diminutivo de "hatillo", como en mi pueblo se decía. Y es que cuando los trabajadores del campo se trasladaban para faenar durante algún tiempo, a fincas alejadas del pueblo donde tenían que pernoctar, solían llevarse su hatillo. Yo hube de realizar tal menester, durante cinco años consecutivos, como lo fueron de 1939 a 1944.


Resulta que sobre mediados de Agosto, pasado el día de la Virgen, nos trasladábamos a la finca de La Calera, donde todos los que habéis leído algunas veces mis entradas en este blog, sabéis de la misma, para dedicarnos a la limpieza de pastos, zarzas y todo cuanto fuere preciso a fin de dejar despejado el terreno y fuere mas fácil la recogida de la aceituna, y donde permanecíamos hasta generalmente el mes de mayo en que terminaban todas las faenas relacionadas con el olivar.


El "hatillo" consistía en  una manta, uno o dos platos, cuchara, tenedor, la navaja que era herramienta que llevaba siempre el trabajador del campo, una olla, una sartén, una o dos toallas y algunas prendas de vestir, sin mas. Todo ello solía hacerse un lío con la propia manta, o metido en un saco, y era frecuentísimo el cruzarte con, generalmente hombres, con su hatillo al hombro dirigiéndose a su lugar de trabajo y donde había de permanecer algún tiempo.


Trayendo al recuerdo aquellos tiempos, no tengo por menos que decirme, sin duda un tanto sorprendido, " hay que ver lo poco que se precisa para poder sobrevivir, y hasta considerábamos que lo era "dignamente". Hoy recuerdo con cierto cariño, una olla pequeñita de color rojo, con algún que otro desconchoncito, y en la que sin duda me preparé cientos de cociditos, algún que otro potaje de lentejas, habichuelas, y pare usted de contar. También el plato, uno solamente, que por cierto era de aluminio, de los que se utilizaban por los soldados durante la guerra y como quiera que el frente estuvo próximo a mi pueblo dos años y medio, al terminar la contienda, tanto en las trincheras de las fuerzas de uno y otro bando, quedaron llenas de platos, cucharas, cantimploras, y todo lo que solía ser utilizado por los soldados. Incluso en las trincheras del ejército republicano dejaron abandonadas infinidad de armas desde pistolas, hasta cañones de artillería donde permanecieron seguro mas de un mes, hasta que fueron recogidas, y siempre quedaron algunas ocultas entre zarzales o matojos, y sobre todo granadas de mano.


Si se me hubiera hecho una fotografía alguna de las veces que caminaba con mi hatillo al hombro (alguna vez lo hicimos cargado sobre una caballería), y se me presentara, incluso creo que ni yo mismo me reconocería.


Así era entonces la vida, y no se si porque se era joven, o porque no había otra, éramos hasta felices en nuestro trabajo y ambiente. Desde luego, qué diferencia de aquella adolescencia y primera juventud a mi tercera edad (como con cierta cursilería se nos llama a los "viejos"...).


Hasta la próxima entrada.

lunes, 9 de febrero de 2015

Los días perdidos

 Cruz del Carmen, Macizo de Anaga, Santa Cruz de Tenerife

Quizá pueda parecer un tanto extraño el título que he dado en poner a esta entrada, pero se trata de una experiencia padecida por mí y de lo que por estos días se están cumpliendo dieciocho años de ello.

El día 3 de febrero de 1997, en los instantes en que mi mujer fallecía, a mí me aquejaba según diagnóstico médico, "hemorragia digestiva severa," que requirió transfusión, "Neumonía derecha, IAM inferior, angina post infarto, con cambios eléctricos en cara anterior". En tal estado me ingresaron en la UCI del hospital Parque de San Antionio de esta ciudad de Málaga.


Serían aproximadamente entre las cuatro y media y cinco de la tarde de aquel infausto día, hallándome aún encamado en sala, lo último que me consta en el recuerdo, fue la visita del cirujano que el día anterior había operado a mi mujer, que resultó llegaba para dar a mis hijos la noticia de que su madre había fallecido, y al que, al preguntarle yo por ella, me respondió que "estaba bien" y a mí por mi estado, de lo que se que contesté que me dolía mucho el pecho. A partir de esos instantes todo desapareció para mí.

Dado al estado en que ingresé en la UVI, los médicos decidían no operarme por considerar que posiblemente no soportaría la grave operación a que habrían de someterme.

De vez en vez y cuando mis hijos y familiares pasaban a visitarme cada día, y siempre a pregunta de algunos de ellos, recuerdo así como de venirme de un infinito el responder a lo que creo me preguntaban, de lo que me consta en una ocasión lo hice a mi hijo mayor y en otra a mi hermana. Pero seguidamente volvía a sumergirme como en un profundo sueño de lo que nada me consta. No sé los días que podría llevar sumido en aquella pérdida de la conciencia y como envuelta entre nubes, vi a mi mujer, de ella solo era su cara, y el resto, la misma vestimenta, de color rosa, y hasta el sombrero que luce la imagen de La Divina Pastora, que se venera en la Iglesia sita en la Plaza de Capuchinos, donde solíamos ir a misa cuando vivíamos allí de recién casados y donde se bautizó mi hijo mayor.

Diez días se sucedieron en la misma situación, de lo que para mí es igual que si hubieran sido un instante solamente. Finalmente, y como Dios parecía no llamarme para "el otro barrio" los propios médicos se verían en la tesitura de animarse a operarme. Al fin, el día 13 tras diez días en la UVI, se decidieron a ello,  me extrajeron la vena safena interna derecha desde el tobillo hasta la rodilla, me colocaron tres By-Pass, y se dirían lo que en tales momentos suele decirse, "que sea lo que Dios quiera".

No se si fue en la tarde del día 15 o del 16, de dicho mes, o sea doce o trece días de haberme ingresado en la UVI, cuando volví a recuperar la total conciencia de que existía, fue que mirando en mi alrededor, vi a mi hija que sentada en una silla estaba junto a mi cama. Seguidamente y sin pronunciar palabra, ahora si recuerdo me quedaba dormido. En la mañana del día 18, cinco después de haberme operado, y por mi propio pie salía dado de alta del hospital.

Ahora y como consecuencia de lo relatado, ha sido el motivo de poner en el asunto "LOS DIAS PERDIDOS", ya que realmente esos doce o trece días de los que yo no tuve conciencia de haber estado en este mundo, creo el deber de solicitar me sean abonados por la parte final de mi existencia.

Lo que si puedo decir, es que esos doce o trece días, para mí fueron como he dicho anteriormente, solo un instante, y también tengo como un presentimiento de haberlo sido como si hubiere estado sobre un lecho de algodones en el propio cielo, sin sentimiento ni malestar de clase alguna, sin frío ni calor y con la añadidura de que puedo estar contándolo. Si el pasar a la otra vida, lo es con la placidez y el sosiego, con los aquellos que perdí hace ahora 18 años, no es para temer a la muerte, solo con el inconveniente de que no lo pueda contar a nadie, como ahora lo hago, y las alegrías si no se pueden contar, no se  gozan como tales, y las penas, si no se cuentan no te liberan, de que incluso, puedes terminar ahogándote en ellas.

Ah, y gracias a los médicos, pasados casi dos decenios, aquí continúo transitando por este llamado, para mí sin motivo alguno,  "valle de lágrimas", si no todo lo contrario de gozar lo maravillosa que la vida es, y lamentado solo el que "Ella", corrió suerte opuesta a la mía.


Benijo, Santa Cruz de Tenerife

Hasta la próxima entrada.

lunes, 2 de febrero de 2015

De vuelta al Aeropuerto

Costa del Sol

Como quiera que en la entrada anterior en la que trataba del tiempo que estuve prestando servicio en el Aeropuerto de Málaga, y a petición del que además de estar alcanzando el título de Ingeniero Aeronáutico, lo es también mi nieto Pablo, reincido en dicha entrada anterior y con ello doy satisfacción a su petición, y a la vez señalo algunas de las circunstancia o anécdotas que se me quedaron por relatar.


Aeropuerto de Tenerife Norte

Comenzaré diciendo que mi bautizo de vuelo, lo fue el día 25 de febrero de 1959, cuando me encontraba en Madrid realizando el curso de ascenso a Cabo y como consecuencia del fallecimiento de mi padre, y pese a que me notificaron su óbito a las ocho de la mañana de aquel día, y el sepelio señalado para las cinco de la tarde, el único medio para poder llegar a tiempo del mismo, hube de tomar el vuelo de un pequeño avión, de 17 plazas, que salía de Madrid a las cuatro menos cuarto de la tarde y llegada a Córdoba sobre las cuatro y media y a donde el amigo de uno de mis hermanos con una moto, se desplazó hasta el aeropuerto de esta última ciudad, y pese a todo ello, hubieron de aplazar el entierro media hora más,  llegando a mi pueblo y donde solo puede permanecer junto al cuerpo presente de mi padre, poco mas de quince minutos.



Binter Canarias
Aeropuerto de Tenerife Norte

Señalo esta circunstancia, primero, para que se vea que incluso por el medio aéreo, desde Madrid a Córdoba se tardaba en llegar entre el despegue y el aterrizaje, tres cuartos de hora, claro que como he citado aquello era poco mas que una avioneta, y segundo para decir que cuando estuve prestando servicio en el aeropuerto de Málaga, yo ya "había volado". Pero vamos a mi paso por el aeropuerto de esta bendita ciudad, que en principio le llamaban "El Rompedizo", luego como citaba en mi anterior entrada, "Garcia Morato", hasta el suyo actual, del que si sé que como entonces su código es el de "AGP".


Pese a que como digo anteriormente ya había volado en una ocasión, el ambiente de los aeropuertos y mucho menos lo de los aviones era para mí una novedad, aunque muy interesante. Las dos circunstancias que mas me sorprendieron por cuanto a los aviones, fueron la primera, la facilidad con la que un vehículo de tales dimensiones, como entonces lo era el "Super", y previas las indicaciones de los señaleros, con sus palas si era de día, o con sus linternas si lo era de noche, hacían maniobrar a los mismos que en un palmo de tierra podían dar un giro de hasta ciento ochenta gados, y conseguían aparcarlos en el punto exacto donde deseaban que lo hiciera, con una facilidad extraordinaria.


La segunda, fue cuando vi que para la provisión del combustible, dos camiones cisterna que no lo sería con no menos de una capacidad de no se cuantos miles de litros, se situaban cerca de cada una de sus alas, y allí permanecían hasta depositar todo lo que dentro llevaban en las entrañas del aparato. Asimismo me enteré que el citado combustible en vez de gasóleo o gasolina, como lo era en los coches, camiones o autobuses, se le denominaba "queroseno" y que se sometía a ciertos procesos a fin de que el mismo no se congelara durante las travesías, y que soportaban hasta la temperatura de cuarenta y siete grados bajo cero.


Una cuestión que entonces hacían todos los aviones antes del despegue, era situarse en las cabeceras de pista, donde solían estar varios minutos "calentando motores" así hasta que el piloto lo consideraba y comenzaba el rodaje hasta levantar el vuelo. No sé si los aviones suelen hacer esto actualmente, o calientan motores por otro procedimiento.


Ahora y coincidiendo en mi comentario de la entrada anterior, de que en el Aeropuerto estábamos como en familia, voy a señalar una anécdota que da fe de ello.


Desvíos de aviones desde el aeropuerto del Tenerife Norte hacia el aeropuerto de Tenerife Sur

Recuerdo podía ser por el mes de marzo o abril,serían sobre las once de la mañana, hacía un día de cielo totalmente despejado, radiante sol y viento en calma. Una media hora antes había tomado tierra en el aeropuerto un avión, precisamente un DC-3, perteneciente al Servicio Meteorológico Nacional, con base en Madrid, de donde procedía. Además del Comandante y copiloto, venían también dos o tres funcionarios del citado Servicio de meteorología. Charlando momentos antes del despegue, el Comandante nos dice: "el que quiera dar un paseo por la Serranía de Ronda donde vamos a realizar unos estudios, puede venir, y estaremos poco mas de una hora volando". Accedimos a ello, el Policía de servicio, que no era Domínguez, si no otro que solo se era natural de León, y destinado aquí en Málaga; el contable del Bar-Restaurante, era hijo del Cuerpo y también tenía dos hermanos Guardias Cíviles aquí en Málaga, uno de ellos el mejor amigo que tuve en el Cuerpo; un hijo del propietario del entonces celebre Café " Los Valle"  que estaba haciendo un curso para poder pilotar avionetas, y también lo hice yo. En total íbamos cuatro, cada uno de un gremio, además de la tripulación y los empleados de meteorología.

Pese a lo espléndido del día, tan pronto comenzamos a sobre volar los primeros cerros de la Serranía, creo lo era sobre la vertical de el pueblo llamado El Burgo, el avión de buenas a primeras hizo un descenso brusco de cuando menos quince o veinte metros, y no había recuperado el ascenso cuando dio otro mucho mas profundo que el anterior y así continuó con otros muchos más y cada vez que lo hacía, los alerones del aparato parecía que se iban a despegar del cuerpo del mismo. No habían transcurrido cinco minutos de ello, la tripulación y los meteorólogos iban en la cabina, y los cuatro voluntarios en unos asientos en la parte media del avión, cuando mis tres compañeros de viaje comenzaron a vomitar y aquellas bocas parecían un volcán en erupción. Ya los mismos tendidos en el suelo, y yo sintiendo ciertos deseos de vomitar también, que creo no lo hice por que como iba de uniforme pensaba lo desastroso que sería un Cabo de la Guardia Civil tirado en el suelo y hecho un vendo. Abandoné a su suerte a mis acompañantes, mas que nada porque no se me contagiara su situación y me fui a la cabina donde al hacer acto de presencia me preguntó el Comandante como iban mis compañeros de vuelo, al que le conté lo que sucedía. Poco mas de media hora después regresábamos al Aeropuerto, principalmente por hacerle un favor a los que eran de todo menos personas y lo estaban pasando bastante mal.


Al regreso el Comandante indicó que no pensáramos que había hecho adrede que el avión tomara aquellos baches, sino que lo fue motivado por el tiempo. Una vez en tierra y un tanto repuestos de sus mareos, el inspector de Policía, me dice: "Galán, ahora me nombran Director General de la Policía y para hacerme cargo del destino me dicen que tengo que viajar en avión, y renuncio al nombramiento". Cuando yo entonces  no me mareé, sabía no lo haría nunca, como así ha sido. En ese sentido tengo madera de piloto. Los pobres que se marearon, pues todo el personal del aeropuerto, como es natural se enteraron, además hubieron de sufrir las bromas de los que no fueron capaces de embarcarse. El que estaba haciendo el curso de piloto de avionetas, aunque solía estar poco por el aeropuerto, no se libró de los mayores sopleos, y con razón para ello.


Hasta la próxima entrada que abandonaré el aeropuerto.

martes, 27 de enero de 2015

Volando sobre el tiempo


Esta fotografía que encabeza la entrada, en la que aparezco junto a Antonio, entonces maître del Bar-Restaurante del Aeropuerto de Málaga, fue hecha en el año 1960, cuando yo estaba destinado en el mencionado aeropuerto, ostentando el empleo de Cabo 1º de la Guardia Civil, aunque mi cabeza esté cubierta por una gorra de plato, según se conocían dichas prendas y no por el popular tricornio, la prenda característica del Instituto al que pertenecía. Este detalle se debía a que cuando a mediados de los años cuarenta del pasado Siglo, desapareció el llamado Cuerpo de Carabineros y cuyas funciones fueron asignadas a la Guardia Civil, las misiones  encomendadas a éstos, tales como los servicios de fronteras, y los respectivos a las Aduanas  en los Puertos y Aeropuertos, a cuya fuerza se les denominó de Especialistas, y a los que se pasaba destinado tras un pequeño examen de las materias respectivas, para la práctica de  los respectivos servicios, se utilizaba la referida gorra, posiblemente como un referente a la usada por el referido Cuerpo desaparecido.

Al fondo de la fotografía, y como dando la sensación de ser el aeropuerto de un país casi tercermundista, se observa aparcado un avión, el entonces conocido como Super Constellation, y que solía llamarse simplemente "Super". Dicho avión era un cuatrimotor, por supuesto de hélice, el mayor entonces en los servicios de pasajeros, con una capacidad que si no recuerdo mal, lo era de entre ochenta y noventa, y que por supuesto no llegaba a transportar los cien.

Aunque no estoy totalmente seguro de ello, en el momento de realizar la fotografía, casi seguro era el único avión posado sobre las pistas del Aeropuerto de Málaga, pues solo con observar la foto, creo expresa a las claras lo que en sí era el mismo en aquellas fechas, y que oficialmente se le denominaba  "García Morato", nombre éste de un piloto de la Guerra Civil en el bando de los nacionales, no se, quizá de la misma escuadrilla en la que pilotaba Carlos Haya, cuyo nombre ostenta el Hospital del que todo malagueño conoce de sobra. El transporte de pasajeros, se realizaban en su mayoría por tres clases o tipos de aviones: uno, el ya mencionado Super Constellatión, con la capacidad de transporte que no llegaba a los cien pasajeros; otro conocido como "Convair", de una capacidad de ente los cuarenta a cuarenta y cinco, y el más popular de todos ellos, en aquellos años me refiero, el llamado DC-3, que solía llevar unos veinticinco o treinta pasajeros.


Aeropuerto de Tenerife Norte

Dos de estos últimos citados se hallan expuestos como una reliquia del pasado, el DC-3, en los límites del aeropuerto y no más de ciento cincuenta o doscientos metros de la fachada principal de la fábrica de Cerveza San Miguel, junto a la carretera N-340, y el Convair, unos cientos de metros mas hacia Torremolinos, pero en la misma línea del DC-3. Yo de lunes a viernes de cada semana cuando voy a casa de mi hija en Guadalmar, desde el autobús los contemplo allí colocados y donde la mayoría de las gentes ni siquiera saben ya lo que supusieron esos aparatos en el desarrollo de España, y al propio tiempo me transportan a mí hasta aquellos años, que al igual que ellos, me hallaba en el pleno apogeo de mi vida, dado a que contaba treinta y cinco años, por tanto van a cumplirse de aquello los cincuenta y cinco, y claro, y aun dando gracias a Dios, yo, aún sigo cruzando el mismo paisaje y las mismas calles que entonces, aunque mejor preparadas, y sin embargo ahí están esos dos "pájaros de hierro" como solían denominarse a los aviones, que además de mí, pocas personas más habrá que al contemplarlos sientan ese cariño que hacia las cosas inanimadas se les toma, cuando como ellos tanto influyeron y tomaron parte en los momentos de la vida en que yo también la gozaba, y que aunque hoy sigo haciéndolo con no menos deleite, si no al contrario, dado a que a ello se suma toda esa descendencia de la que entonces carecía, aunque alguien, y sin duda la principal artífice de ello, dentro de pocos días se cumplirán dieciocho años que abandonó este mundo, y se da la circunstancia, de que hoy precisamente, se cumple el 63º aniversario que la conocí, dado que lo fue,  el domingo 27 de enero de 1952.
 
Churriana desde el Aeropuerto de Málaga

En el poco más de un año que estuve destinado en dicho Aeropuerto, donde os podéis suponer el tráfico  existente que había en el mismo, pues creo que en el llamado Aeropuerto Internacional entonces, podría oscilar el movimiento en las veinticuatro horas del día, de unos veinte aviones poco mas o menos, al punto de que, un Inspector del Cuerpo General de Policía, el Señor Domínguez, padre del popular actor Antonio Banderas, que prestaba allí su servicio (porque allí éramos todos señor tal o cual...), un controlador aéreo,llamado Pedro González, algún empleado de Iberia, o el maître que figura conmigo en la foto, y yo, solíamos jugar una o varias partidas al dominó durante los servicios, para amenizar un tanto los espacios de tiempo, de a veces mas de dos horas entre las llegadas de uno a otro avión. Se me vienen al recuerdo que en muchas de las partidas, Pedro González, que por cierto era un jugador de dominó de primerísima fila, al que sin que sea una fanfarronada, el que suscribe no le iba a la zaga,  solía decir, esta es la última partida porque dentro de media hora tengo la llegada de un avión de tal o cual procedencia, asi que me tengo que ir para la torre. En el aeropuerto de Málaga, estábamos entonces, como suele decirse, "como en familia".


Aeropuerto de Málaga

Si tal está en la actualidad el Aeropuerto de Málaga, nos enviaran a los que entonces llevábamos todo el timón en el desenvolvimiento del mismo, mi aporte no era de lo mas importante para ello, nos encontraríamos  tan despistados como "gallina en corral ajeno" expresión  que solía utilizar mi madre.

De aquellos entonces recuerdo un hecho de que un día cuando volaba por la vertical del Aeropuerto de Málaga para tomar tierra, un avión "Super" desde el suelo observaron  que el mismo traía dos motores "en bandera" como creo se decía en el argot de la navegación aérea, o sea dos motores, uno de cada lado de las alas, con las hélices paradas y según los pilotos venían así desde la vertical de Córdoba y tuvieron que calmar un tanto al pasaje, dado a que muchos de ellos se dieron cuenta de que volaban con dos motores parados.


Aeropuerto de Málaga

Otra de las anécdotas acaecidas, y que dicen lo que entonces era el aeropuerto de Málaga, fue que creo era en el mes de enero o de febrero por la mañana, pero hacía un día de sol como solo en esta bendita tierra suele hacerlo por estas fechas, llegó un avión procedente de Oslo, y mientras descargaba y cargaba los equipajes y cargaba el combustible, las tres azafatas, sentándose por fuera  junto a las cristaleras del propio restaurante, y donde daba el esplendido sol de plano, subiéndose las faldas hasta casi la cintura y que se les veían plenamente las propias bragas, estuvieron cerca de una hora tomando el sol, lo que dio lugar a que todos los del aeropuerto se pusieran a mirar el espectáculo tan gratificante, que para los hombres por supuesto estaban proporcionando las tres jóvenes, y yo, como quiera que estaba de uniforme y no parecía muy correcto el que descaradamente me pusiera a presenciarlo como hacían los demás, solía dar algunos paseos por las proximidades y de soslayo, no me perdí del todo tampoco aquella contemplación. Ellas solo se dedicaban a gozar de aquel bendito sol y no paraban de sonreír dándose cuenta de como eran observadas.

Aeropuerto de Málaga

Aquel tiempo de servicio en el aeropuerto lo recuerdo con cariño, como todo lo que se hace con ilusión y mucho mas cuando se es joven, solo tenía el inconveniente de que tenía doce horas de servicio diarias, o sea otro Cabo y yo compartíamos las veinticuatro del día, o sea mas tiempo allí que con mi mujer y mis dos hijos que tenía entonces. Pasado un año, quedó vacante la oficina de la Plana Mayor de la Compañía sita en el Puerto de Málaga, la anunciaron, nos presentamos tres, la gané y de estar doce horas de servicio, incluso domingos y festivos, pase a tener  cinco horas de oficina por la mañana, dos por la tarde, y todas las noches a dormir en casita, domingos y festivos nada, y disfrutar de los hijos y el tiempo libre que me dejaba mi nuevo destino.

Aeropuerto de Málaga

Hasta la próxima entrada.


Aeropuerto de Tenerife Norte