jueves, 31 de enero de 2008

La patineta

Esta mañana por un momento, y así de sopetón me quité de encima aproximadamente setenta y cinco años. Una de mis fustraciones de la niñez, o quizá la única, fué el no haber podido tener una patineta (nosotros entonces le llamábamos patín).

Cuando salía de mi casa esta mañana, iba delante de mí una señora que con su mano derecha empujaba un cochecito de niño y en su interior un bebé. Con la otra llevaba cogida a una niña que podía rebasar en poco los tres años de edad. Ésta a su vez, llevaba con su mano izquierda una patineta asida por su manillar y arratrándola sin ningún miramiento por lo que tan preciado juguete pudiera ir padeciendo. Se me revolvían las tripas y si en esos momentos yo hubiera transitado por mis seis o siete años de edad, puedo jurar que incluso usando algo de violencia, le hubiera dado un tirón de mi juguete favorito y que jamás pude conseguir y me hubiera lanzado por esas calles de Dios a deslizarme con toda la velocidad que mis fuerzas me hubieran permitido.

¿Cómo una criatura, esa niña, que como digo andaría rondando los tres años de edad, tenía en sus manos juguete tan sublime, y le estaba dando tan denigrante trato?. Yo en su lugar, y si no hubiera podido seguir el paso de mi madre, estoy seguro lo hubiera llevado entre mis brazos con la misma delicadeza que si hubiera sido mi hermano/a que mi madre llevaba en el interior del cochecito.

A medida que se alejaban de mí, por tomar otra dirección a la que yo llevaba, se me vino a la mente un dicho que por entonces se decía en mi pueblo y que era el siguiente. "Dios le da mocos a quien no se los sabe sorber". Perdonar si puede resultar un poco asqueroso, pero en realidad así era su literalidad.

Al poco rato volvía a la realidad y me consolaba, que podía estar agradecido, porque aunque no tenía patineta, tan poco tenía que utilizar muletas para desplazarme. Vaya lo uno por lo otro, aunque mejor como estoy.

Creo que en mis memorias hago mención a la dichosa patineta, o mejor dicho, "PATÍN".

martes, 29 de enero de 2008

Adiós a un hermano


Querido hermano Cesáreo:

Ayer te dije (te dijimos, mejor dicho) el último adiós. Tan pronto vi tu cuerpo inerte sobre tu último lecho, al tiempo que un torrente de lágrimas surgían de lo mas profundo de mi alma y que incluso algunas llegarían a posarse sobre , mis recuerdos volaban retrocediendo decenas de años hasta llegar a la infancia, niñez, e incluso hasta la primera juventud de todos los hermanos. De los ocho que nacimos del matrimonio de nuestros padres, tres fallecieron durante los primeros meses de su vida. Tú has sido el cuarto, después de más de setenta años que lo hiciera el anterior. Contemplando la serenidad que tu demacrado rostro presentaba, dejabas ver la tranquilidad de conciencia que te había acompañado hasta los últimos estertores de tu existencia. Todo ello no era sino la demostración del comportamiento que siempre habías tenido, y como tal te marchabas satisfecho de la obra que dejabas atrás.

Durante la vida en común que hicimos alrededor y arropados por nuestros padres, pocas festividades económicas pudimos celebrar, pero no por ello, cada vez que estábamos todos juntos, se convertía en un verdadero festival de alegrías, risas y demostraciones que recíprocamente nos dispensábamos. Jamás existió entre nosotros la menor rencilla ni desavenencia en el trato entre los hermanos. Si los bienes económicos que nos legaron nuestros padres al morir, fueron tan exiguos al punto que fueron ningunos, si podemos blasonar de haber sido modelo de convivencia fraternal entre todos nosotros, obra sin duda de ellos al inculcarnos el cariño y respeto que como tales hermanos nos debíamos. Satisfechos podemos sentirnos los que quedamos, al igual que tu así lo hacías, de la descendencia que hemos traído y educado, sin duda también debe ser el premio a nuestros merecimientos.

Hoy con estas sentidas letras, en mi nombre como primogénito y representación de todos los hermanos, te mandamos un abrazo muy fuerte lleno de cariño que lo llevaras consigo hasta que finalmente terminemos uniéndonos todos en la eternidad.

QUERIDO HERMANO CESÁREO, HASTA SIEMPRE.

Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo.
Platón

domingo, 27 de enero de 2008

¿Dónde estoy?

Un reto: sólo tenéis que adivinar de dónde es la foto de abajo. Una pista: es un sitio con mucha agua.


La respuesta en unos días.

viernes, 25 de enero de 2008

Impuestos, disposiciones y costumbres singulares

Como diría un popular y director de un programa de radio español, corrían los años treinta del pasado siglo XX, existía en mi pueblo una costumbre de que las puertas de los domicilios particulares de la localidad, permanecían abiertas todo el día, o sea, desde que se levantaba el personal hasta que se acostaba. Sólo dejaba de cumplirse tal requisito si los moradores de la vivienda, guardaban luto por el fallecimiento de algún familiar y, entonces esas puertas estaban cerradas a cal y canto, durante el tiempo que la costumbre tenía establecido, según el grado de familiaridad con el fallecido. Creo recordar que si se trataba de un hijo/a adulto, era el tiempo de cinco años. Para los padres, tres años; hermanos creo que dos, y los abuelos no sé si uno o dos también. Esas puertas se abrían solamente para la entrada o salida de las personas, bien las del propio domicilio o quienes iban de visita u otra circunstancia, para lo cual había que llamar previamente. Si quien abría la puerta para facilitar la entrada a persona ajena a la casa y una vez recibida la preceptiva llamada, era una señora mayor, lo hacía abriendo solo el espacio suficiente para que pudiera efectuar el paso y ocultándose en lo posible para que no pudiera ser vista por alguien que circunstancialmente pasara en aquel momento por las inmediaciones.


A este respecto voy a contar una anécdota de la que fue autor mi hermano Antonio. Debía contar a la sazón entre los cinco y seis años de edad y a esa edad e incluso más temprana los niños andábamos solos por la calle con toda libertad. Así cuando caminaba por la misma calle donde nosotros lo hacíamos y al pasar junto a la puerta de una casa situada siete más arriba de la nuestra, cuya señora inquilina se llamaba Asunción, mi hermano penetró en la misma, había un puchero puesto a la lumbre, lo destapó y vio que entre otros condumios había un trozo de morcilla; ni corto ni perezoso tomó un plato y una cuchara del cajón de la mesa que estaba próxima, extrajo su morcilla y se sentó a comérsela tranquilamente. Cuando regresó de sus recados la señora de la casa fue sorprendido cuando aún no había terminado de zamparse tan suculento manjar. A partir de aquel día, dicha señora siempre que se refería a mi hermano lo hacía por el apelativo de "El de la morcilla".


Por aquellos entonces existía, no sólo en mi pueblo si no en todos, un impuesto municipal que se denominaba el de "los canales". Este impuesto consistía en que había que pagar todos los años cierta cantidad, por el agua de lluvia que los canales formados por los tejados vertían al suelo. Se pagaba con arreglo al número de canales que cada casa tenía en su vertiente que daba a la calle y quienes podían, colocaban un canalón metálico por el trayecto de la fachada en su parte mas alta, que recogía la de todos los canales del tejado y mediante un bajante, sólo desaguaba a la a la calle por un solo punto. Con este procedimiento tenía que pagar solo por un canal.

viernes, 18 de enero de 2008

El otoño perpetuo


Incluso antes de llegar a ser un octogenario bien consolidado, mi situación vital ante la existencia, así como la de todos mis coetáneos, podría compararse a un apéndice extremo de un árbol de hoja caduca en un otoño bien adentrado en el tiempo, allá por los últimos días del mes de noviembre en nuestras latitudes.

Aunque estando a socaire de algún tronco que te sostiene de los vaivenes del viento, ves como las de tus inmediaciones se van desprendiendo en cuanto Eolo sopla un poco mas fuerte de la cuenta.

La pérdida de un familiar, de un amigo, de un antiguo compañero, en fin de cualquier conocido, supone que un nuevo jirón, mas o menos importante, se desprende de tu entorno y te hace recapacitar en tu estado de ánimo y dejándote poco a poco desnudo de lo que ha sido tu proximidad social en la vida. Siempre que un acontecimiento de esta índole te llega al conocimiento, terminas volviendo el pensamiento hacía atrás, comprobando como a medida que ha ido pasando el tiempo, han saltado a "mejor vida", personas, costumbres,modas, profesiones, regímenes e infinidad de variantes en el modo y formas del caminar diario de todos nosotros.

Aunque en otra ocasión pueda extenderme sobre el particular, terminaré señalando solamente tres profesiones u oficios que durante mi niñez y primera juventud estaban en todo su apogeo y las cuales hace ya algunos años que han desaparecido totalmente, al punto de que la inmensa mayoría de la juventud y, también, como no, algún talludito no tiene ni idea de que a qué se dedicaban tales ejercitantes. Eran éstas, los arrieros, cosarios y recoveros. Quizá la consulta al diccionario os pueda sacar de vuestra ignorancia sobre el particular. Refiriéndome solo a la primera señalada y atendiendo a la época del año en que nos encontramos, mes de enero, recuerdo como por los caminos y veredas de los campos de mi pueblo podías ver interminables recuas de burros, un arriero nunca diría asno, portando sobre sus lomos, los dos o tres sacos de aceitunas que les habían sido colocados. Hoy estos semovientes han desaparecido de toda faena del campo y sustituidos por vehículos automóviles en sus diferentes modalidades.

En cuanto a las costumbres, voy a citar solamente un hecho que dice a las claras la enorme diferencia de ese antaño a hogaño, como solían decir antes los viejos. Ayer día 17 de enero, festividad de SAN ANTÓN, se cumplieron sesenta y cuatro años del primer beso que le di a una novia. Aunque pueda parecer un tanto exagerado, para nosotros entonces era más ilusionante y le dábamos mayor trascendencia, que hoy llevarse la novia a la cama, al coche o a un pajar.

Por cuanto he dejado escrito, no vayáis a pensar que detesto la forma y modo en que se vive hoy en general, si no todo lo contrario y esperando que esa virtual hoja casi solitaria en rama semi desnuda, continúe estándolo por mucho tiempo para deleitarse con lo que pueda servirle de nutriente.

lunes, 14 de enero de 2008

Comparaciones

Hay un dicho muy extendido que dice que "toda comparación es odiosa". Como en todas las cuestiones de la vida, no hay regla sin excepción, y las que voy a exponer a continuación, antes pueden calificarse como de venturosas, que no como se apunta anteriormente.

Como fiel jubilado, con la añadidura de bastante deslizado sobre el paso de los años y reiterándome en mis principios de este blog, hoy me he regodeado pensando y comparando mi niñez, adolescencia y primera juventud, cuando yo tenía la edad de cada uno de mis nietos en la actualidad.


Comencemos por mi lejanía en el tiempo. Esto sería los diez años y pico del mas joven te todos ellos, que es Pepillo. A las alturas de su edad, yo cada siete días de la semana y una tras otra sin alteración alguna, auxiliando al abuelo de un amigo mio, guardábamos una piara de cerdos y por tal misión recibía el emolumento de una peseta diaria. En los días como la mañana del actual, cuando la lluvia caía sobre nosotros, solo me resguardaba de ella, cobijándome sobre el tronco de las encinas y situándome en el lado opuesto de donde llegaba la ventisca. La situación suya actual y la mía de antaño, poca correlación tienen.


Sigamos con el segundo, Jorge. Con su edad, nos hallábamos en plena Guerra Civil. Mis ocupaciones consistían de cuando menos cuatro o cinco días por semana, y casi siempre en compañía de mi primo Rafaelito, un año mayor que yo, y utilizando alguna caballería nos trasladábamos a la localidad de Pedroche, donde cada uno nos uníamos a la cola de una panadería distinta y cuando nos tocaba, comprábamos uno o dos panes que era lo máximo que te daban. Como había cuatro o cinco panaderías en el pueblo, de aquella nos íbamos a otra y así hasta que terminaban sus respectivas cochuras a finales de la tarde. No recuerdo que en alguna ocasión hubiéramos llevado algo para comer. Un cantero de pan era nuestro almuerzo, que algunas veces lo era a las tres o cuatro de la tarde. Pese a los estudios y muchos deberes que le ponen en el Instituto, si no mas llevadero que aquéllo, si con mucho mas porvenir y sobre todo la compensación cuando regresa a su casa. La cama que toda mi familia tenía estaba hecha de troncos y ramas de encina y sobre ella unas mantas. La cama era corrida para los siete de la familia.

El tercero, Pablo, esa adolescencia me cogió recién terminada la guerra y cuando yo tenía su edad, me pasaba nueve, de las diez partes del año en el cortijo de la Calera. En el mes de enero de 1941, estaba vareando aceitunas. Estudiar precisará de su esfuerzo, pero la tortícolis del cuello estando todo el día mirando hacía arriba, no era nada de agradable. A las horas del desayuno, almuerzo y cena, los condumios estaban sujetos a los mas estrictos racionamientos. La única variedad, es que "todo" nos gustaba.


El cuarto y quinto puesto, Alberto y Rafita, van a ir unidos en el mismo lote. Cuando tenía 19 y 20 años, los pasé trabajando en la mina. Sin duda ha sido una de las etapas menos ilusionantes de toda mi existencia. Creo que he contado demasiadas veces la clase de trabajo y los itinerarios a recorrer para ir y volver al tajo. Las únicas compensaciones que me proporcionaba aquella actividad, eran, la una, que descansábamos los domingos y días festivos y la segunda que nos facilitaban un pequeño suministro mensual de alimentos de primera necesidad, tales como arroz, azúcar garbanzos y otros, pero como digo en cantidades casi ridículas. Los que trabajábamos en la mina estábamos exentos, si lo deseábamos de ir a la mili, pero el noventa y cinco por ciento de los que eramos mineros allí, cuando nos llegó la hora, decidimos hacer el servicio militar antes que continuar con aquella clase de "trabajo". El marcharme a la mili, ha sido sin duda una de las mas acertadas decisiones de mi vida.


Por último, le ha llegado la hora a Carlitos. Como había terminado la época de las edades de los dos anteriores, a la edad de este me hallaba en pleno cumplimiento del servicio militar en Sevilla. El comienzo de tal situación, no fue muy prometedor que digamos. Malos ranchos, malos tratos, mal cuido y sucios platos, eran el pan nuestro de cada día. Una de las peores noches de toda mi vida, lo fue la comprendida entre el 30 de Abril y 1º de Mayo de 1.946. Motivado a una úlcera en la cornea del ojo izquierdo, me enviaron hospitalizado al denominado "Hospital Militar "Queipo de Llano", no mas de un kilómetro de distancia de nuestro acuartelamiento. Íbamos diez o doce enfermos y el camino lo hacíamos a pié. Por no haber servicios de oftalmología en el centro donde me mandaban, fui rechazado para que al siguiente día fuera remitido al denominado Hospital de La Macarena. Tanto a la ida como a la vuelta de aquella noche, desde el primer hospital referenciado, nos cayó encima una tormenta que llegamos al cuartel totalmente calados. Para arreglar la cosa, no quedaba ninguna cama libre y lo único que me facilitaron fue una manta, sin cabezal y extendida sobre el suelo, fue el lecho de aquella interminable noche, con la añadidura del tremendo dolor que me producía la úlcera del ojo.

Mi llegada al Hospital Militar de La Macarena al siguiente día, me supuso llegar a la misma gloria. Las atenciones, la comida, el trato del Comandante oftalmólogo, fueron de lo mas extraordinario que pueda imaginarse.

Después de mes y medio de estancia en el centro, mas de un mes en la oficina de la clínica volví al cuartel, pero un mes después y tras la mayor y mas atrevida decisión de toda mi larga vida, pasaba destinado a las oficinas Capitanía General, como mecanógrafo, destino que yo había peticionado cuando anunciaron las vacantes, sin tener ni la mas remota idea ni haber tocado siquiera en mi vida una máquina de escribir. En mis memorias detalle todos los pormenores de mi incorporación. A partir de entonces, comencé a pasar los mejores días de todos los que hasta aquellas fechas había gozado.


Pero independientemente de todo este largo, pesado y cansino relato, al tratar de verificar comparaciones con todos vosotros, me llena de satisfacción por la coincidencia de una de las principales virtudes que puedan adornar a la juventud, que no es otra que LA RESPONSABILIDAD EN VUESTROS COMPORTAMIENTOS, y que sin duda os ha sido inculcada por vuestros padres. Yo la recibí también de los mios, aunque por carencia de posibilidades económicas las estrecheces fueran por otros derroteros. Perdonadme todo este rollo.


miércoles, 9 de enero de 2008

Aquellos viajes. Medios utilizados.

ANTES:
AHORA:

Para atender el requerimiento de mi nieto "Rafita", paso a continuación a relatar el viaje que con fecha 26 de julio de 1950, realicé desde mi pueblo natal en Villaharta (Córdoba), hasta esta ciudad de Málaga, con motivo de mi incorporación a la misma como Guardia Civil, una vez terminado el periodo de Academia en Úbeda.

Mi pueblo dista de Córdoba capital 37 km. Desde el pueblo al punto donde hube de tomar un autobús hay dos kilómetros cuyo recorrido lo hice a pie y la maleta y un bulto con efectos del uniforme a lomos de una caballería. Salí de mi casa a las ocho menos cuarto de aquella mañana y el autobús lo tome sobre las ocho y media. Los efectos eran depositados en la baca del vehículo donde transportaba los mas variopintos objetos, enseres e incluso animales como gallinas conejos o similares.

La distancia de los treinta y cinco kilómetros hasta Córdoba tardamos en recorrerla una hora y media aproximadamente, llegando por tanto a la misma sobre las diez de la mañana. Desde la estación de la empresa donde tenía su terminal la empresa a la que correspondia el autobúsun kilómetro aproximadamne lo realicé a patita y con la maleta y el envoltorio en mis manos. Tomar un táxi parea tan corta distancia era un dispendio que no me podía permitir.

Pero ahora viene lo bueno. El tren correo Madrid-Málaga, que había partido de la capital de España a las 22`00 horas del día anterior, salió de Córdoba a las once y media de la mañana con rumbo a mi destino. Mi talón de viaje me autorizaba a utilizar solo coches de 3ª clase. Los asientos desde un extremo a otro del compartimento eran de madera, todos ocupados y de una incomodidad mayor de lo que hoy pudiera imaginarse. El pasillo central entre las dos filas de asientos iba lleno de maletas y bultos y cuyos portadores de las misma lo tomaban como asiento, teniendo en cuenta que muchos de aquellos pasajeros llevaban ya trece horas y media de viaje y las que aún faltaban a los que fueran hasta final de trayecto. Yo hube de unirme por imperativo de fuerza mayor y falta de espacio a los que invadían los pasillos. También mi maleta se convirtió en asiento.

En las interminables paradas que realizaba el convoy en las multiples estaciones, saliamos a las plataformas de los coches con fin de respirar un poco de aire puro. El humo que desprendía la locomotora, como consecuencia del combustible utilizado que era carbón mineral, iba cargado de partículas de dicho mineral, además de ensuciarte la vestimenta, si tenías la desgracia de que una de esas millónesimas particulas se te metía en un ojo, te producía un escozor y molestia que hasta que algun compañero de viaje y utilizando generalmente el pico de un pañuelo no conseguía extraertela, las pasabas canutas.

Con las comodidades señaladas, el calor sofocante por las horas y la época del viaje, más abrigado por el uniforme abrochado hasta el cuello, podeis haceros una idea de las seis horas justitas empleadas en verificar el trayecto Córdoba-Málaga, no porque el tren trajera demora como se decía antes, sino porque las 17'30 era su hora de llegada.

Si los viajeros teniamos que soportar tales incomodidades, el pobre maquinista de la locomotora y muy especialmente el fogonero que constantemente y utilizando una pala tenía que repostar carbón para que el fuego pudiera producir el calor para convertir en vapor el agua de la caldera, cuyo vapor era la fuerza que movía el convoy.
Cuanto acabo de relatar es el fiel relato de lo sucedido en aquél lejano viaje, que era igual a los cuantos se realizaban en iguales medios.
CREO QUE HEMOS PROGRESADO ALGO; O NO.


P.D.: Y hablando de trenes. Para acabar, por favor, prestad atención a la persona (humana) que va vestida de rosa. Es la mejor definición de: "uyyy, por los pelos".

martes, 8 de enero de 2008

La rutina de un jubilado

Volvemos a la normalidad después de haber pasado las Fiestas de Navidad de 2007 y Festividades de Año Nuevo y Reyes de 2008.

Tanto los niños en edad escolar, hasta los adultos en situación laboral activa, han tenido que volver a sus actividades suspendidas días antes de la Nochebuena. Sin duda a la inmensa mayoría de ellos les habrá supuesto cierta contrariedad reanudar sus ocupaciones y en no pocos casos hasta algún esfuerzo extraordinario, bien por la clase de trabajo u obligación o por tener que volver a verse las caras con algùn compañero o jefe con quien las relaciones no sean todo lo amistosas que debieran serlo. Para mí, todo eso me pasa de largo. Mis horas de trabajo, de acostarme, de levantarme y las dedicadas al desayuno, merienda o cena, siguen siendo las mismas, tanto en festivos, laborales, lluviosos, calurosos, ventosos o todos los que puedan terminar en "osos".

Esta situación, tiene la inmensa ventaja de que no tienes que rendir cuentas a nadie ni soportar sus caprichos, malos modos e incluso su mala leche. Te libera de la preocupación de verificar tu trabajo con la debida diligencia y eficacia, como te sea exigida o como en conciencia deba hacerse. Por contra, te sigue envolviendo en esa rutina que día tras día te aleja de toda alternancia en tu modo de vida que en contadas ocasiones y de tarde en tarde se diferencia ese día de los múltiples anteriores y de los muchos por venir. Conformémonos cada cual con lo que por razones del tiempo en que vinimos al mundo, se nos asigna a medida que va llegando su hora.

Málaga,8 de enero de 2008.

domingo, 6 de enero de 2008

Festividad de los Reyes Magos

Hoy se celebra la Festividad de los Reyes Magos. Millones de niños españoles se habrán despertado horas antes de lo que habitualmente suelen hacerlo. Gestos de sorpresa y alegría inundaran sus rostros angelicales al descubrir los regalos con que han sido compensados por su buena conducta y aplicación, y la profunda satisfacción de sus padres, y en algún caso de sus abuelos, al contemplarlos. Sería imposible hacer una relación de la variedad, clase y utilidad de estos regalos.

Como en su momento decidí dar a este blogs la denominación de "Recuerdos" y dando con ello fe del propósito para el que fue creado, vuelvo mi pensamiento a los tiempos, bastante lejanos, de mi infancia y niñez y hago relato de los que tanto a mí, como a mis hermanos, nos dejaban todos los años SS.MM. los Reyes: Una "perruna" y dos o tres "peladillas" a cada uno, no en los zapatos, si no en algún pequeño recipiente, porque como se trataba de comida, no era muy higiénico dejarlos depositados en calzado que en su mayoría estaban también ya algo desgastados por el uso. La novedad de cada año era el número de peladillas con que éramos obsequiados y que era lo único que se compraba. Las perrunas, pequeñas tortas hechas de harina, manteca y azúcar eran elaboradas por mi propia madre. Se da la circunstancia de que yo como siempre he sido buen madrugador, cuando alguno de mis hermanos se levantaban, los efectos de mis regalos habían pasado a mejor vida y solo quedaba esperar al siguiente año. Efímeros eran los resultados de aquellos regalos que duraban el tiempo que unos estómagos ávidos de semejantes manjares tardaban en devorarlos.

Pese a todo lo anteriormente expuesto, no era preocupación importante en los deseos de nuestros padres, por encima de todo ello, estaba la de mantener la supervivencia de sus proles. En cuanto a nosotros tampoco nos afectaba mucho, nuestro entorno estaba en sintonía con nuestra situación. Tengo la enorme satisfacción, que ya a partir de mis hijos, cambiaron totalmente las circunstancias y no digamos con las de mis nietos. Mis padres y mis abuelos no gozaron de las sensaciones gratificantes que producen ver las alegrías y emociones de los hijos y nietos.
Málaga, 6 de enero de 2008